De Lenin a las Torres Gemelas

Por: José Rilla
Fuente: Revista “Brecha”,  Uruguay. Agosto del 2003. 

Las memorias de Eric Hobsbawn

Historiador, comunista, judío, antisionista, marxista, inspirador-intérprete de una izquierda, intelectual, europeo, británico, Eric Hobsbawm parece concentrar muchas de las tensiones que, según él mismo, modelaron el bravo siglo breve. Ya anciano, el historiador cuenta “su” historia.

Puesto en su lugar, cualquier otro testigo de tanta intensidad hubiera titulado sus memorias como “años apasionantes”. ¿Qué otra cosa cabría esperar de quien como Eric Hobsbawm (1917) da pruebas concluyentes de haber vivido atenta e intensamente entre la decadencia del imperio británico (en cuyo seno nació, en Alejandría), el fracaso del “comunismo real” (a cuyos partidos adhirió tempranamente, en los años treinta) y la -a su juicio- relativamente próxima caída de la hegemonía imperial de Estados Unidos (en cuyas universidades enseñó)? El historiador que mira los siglos y cuenta el tiempo más allá de las décadas en las que transcurre su propia vida, el historiador antes que el memorialista o el autobiógrafo, es el que aconseja, con una pizca de frialdad que alguien podría llamar británica, denominar a todo ello como apenas “interesante”.

La autobiografía es un género pleno de ambigüedad y esencialmente hospitalario. Caben en ella lo que no aceptamos tan mansamente en otros “discursos” acerca del pasado: la furia y el juicio apasionado, la arbitrariedad de la memoria y del olvido, una específica jerarquía de las cosas, los procesos y las personas, los mecanismos rara vez explícitos que autorizan lo narrable y lo narrado. Siempre es la escritura-mediadora la instancia que constituye formalmente al género, a partir del recuerdo de lo vivido que de otro modo es irrecuperable, inevitable, irremediable. Esto es así aun en los casos más originales y exhaustivos: Raymond Aron escribió sus memorias en 1983, en un libro fascinante y puntillosamente documentado, en el que su autor parece haber vivido desde siempre para contar su peripecia por el mundo 2. Nadie lo hace, o mejor, sensatamente, pocos son los que viven para escribir un día sus memorias. Pero en un despliegue de erudición y talento Aron casi logra convencernos e “ilusionarnos” acerca de la posibilidad de narrar una vida, que además es la del narrador.

Vivir para contarlo. Es probable entonces que el escepticismo del escritor y del lector sea la compañía más razonable y prudente para la empresa biográfica, sobre todo si se toma en serio y se acepta la incomodidad del territorio delimitado una vez por André Malraux con señales eminentemente contradictorias: “la verdad de un hombre es lo que oculta”; “el hombre es lo que hace”; “el hombre es un mísero montón de secretos” 3.

Eric Hobsbawm conoce los riesgos del género y esquiva con éxito las “trampas al solitario” que amenazan a toda autobiografía. Pero agrega un pliegue de complejidad por cuanto es un historiador reconocido que ha dedicado los últimos diez años de su larga vida a historiar el siglo xx que le tocó en suerte. Como es sabido, en 1994 publicó Age of Extrems (último de una serie que arrancaba con las revoluciones del siglo xviii), un libro afortunado que conquistó en poco tiempo millones de lectores y despertó decenas de polémicas todavía abiertas.4 Una autobiografía de quien ha vivido el mismo siglo que antes historió profesionalmente se ha de mostrar al lector como un tipo de literatura notablemente riesgosa: cabe pensar que más licenciosa en la medida que usa del “permiso” para decir aquí lo que no pudo o no quiso decir allá. Así pues, Años interesantes puede ser leído y disfrutado con autonomía, pero es mucho más aprovechable y comprensible si se lo estudia en cotejo con la Era de los extremos, en un ejercicio especular. Es una zona de riesgo si nos trasladamos del autor al lector y nos enfrentamos a la pregunta acerca de los límites del juicio: ¿hasta dónde es contestable una vida toda vez que ella es narrada por su portador y es además tan perfectamente contrastable con una historia más amplia en la que transcurre?

Este libro se inicia con las vagas imágenes de la Alejandría natal y las mucho más vivaces de Viena y Berlín, en la hora trágica de Hitler. Termina con la voz lúcida de su autor, “viejo y escéptico” historiador que internado por unos días en un sanatorio de Londres, mira por la televisión cómo son derribadas las Torres Gemelas el 11 de setiembre del año 2001. Desde un orden obviamente cronológico Hobsbawm va construyendo el relato de sí mismo donde la política y lo público avanzan firmemente sobre el territorio de lo privado y personal: primero los padres, los tíos, las tías, la infancia en Viena; más adelante la agonía de la República de Weimar, el abrazo “inevitable” al comunismo (¿qué otra cosa podía ser uno por entonces?, piensa Hobsbawm); la llegada a Inglaterra, la vida en Cambridge “donde todo estaba concebido para convertirnos en pilares de una tradición que se remontaba al siglo xviii), el fascismo y la guerra (la guerra “vivida”, no estudiada, desde el cuerpo de educación del ejército y luego desde un hospital municipal), los “días” de Stalin (“el terrible viejo”) y de la Guerra Fría, los “incomprensibles” años sesenta (“lo que he escrito acerca de esa década es lo que puede escribir el autor de una autobiografía que nunca se ha puesto unos vaqueros”).

Hasta allí, el libro mantiene su talante directamente testimonial, para dar paso luego, casi hasta el final, a una mirada algo más distante, de “observador comprometido” (otra vez se nos aparece Aron): del historiador inserto y circulante entre robustas tradiciones académicas sobre todo europeas, del viajero estudioso que se ha movido sobre todo en un área occidental que recorre la vieja Europa (para él, Gran Bretaña, Francia, Italia, España), Estados Unidos donde vuelve cada tanto al riñón del jazz (J Hammond le confesó en su lecho de muerte que su mayor mérito había sido descubrir a Billie Holiday), y aquello que sigue llamando todavía Tercer Mundo, pero que en rigor refiere más que nada a América Latina. Por último, aunque omnipresente, es la mirada del espectador y usuario de una globalización cuyos rasgos fascinantes no logra disimular y que lo ha vuelto “el historiador más conocido del mundo”, como afirma exageradamente Orlando Figes.

Esta última inflexión del texto nos acerca a una lectura diferente, más temática si cabe decirlo. Es porque la secuencia o el encadenamiento de los hechos no basta por sí mismo para devolvernos una significación a la historia que se nos cuenta, por más brillo y agudeza que se ponga en ello. Hobsbawm es su historia, pero su historia, como la de cualquiera, está lejos de rendir culto a la linealidad. Así, hace gala de cierto desarraigo, de cierta fragmentación que transportada al texto nos ofrece una clave de lectura y comprensión tocada de un perfume posmoderno que -seguro- rechazaría: “Me he encariñado y me he sentido como en casa en varios países, y he visto algo de otros muchos. Sin embargo, en todos ellos, incluso en el que me dio la nacionalidad, me he sentido no necesariamente un forastero, sino alguien que no pertenece al lugar en que se encuentra, bien como ciudadano británico entre centroeuropeos, bien como inmigrante del continente en Inglaterra, bien como judío en todos los sitios donde he estado -incluso, o mejor dicho, en realidad especialmente en Israel-, bien como antiespecialista en un mundo de especialistas, bien como políglota cosmopolita, como intelectual cuya política y cuyo trabajo académico iban dirigidos a los no intelectuales e incluso, durante gran parte de mi vida, como una anomalía entre los comunistas, los cuales a su vez han sido una minoría de humanidad política en los países que he conocido. Todo ello ha complicado mi vida como ser humano, pero ha representado una ventaja profesional como historiador” (pág 378).

Algo liberados de una cronología lineal es más fácil acceder a nuestro errante personaje. Sus fronteras interiores, como se verá, son bien difusas: judío, historiador, comunista, historiador judío, antisionista, historiador comunista, marxista, inspirador-intérprete de una izquierda, intelectual, europeo, británico (en sentido insular y también imperial), ciudadano de su país al fin y al cabo, sufragante, opinante, debatiente allí. Y hay más, en modo alguno secundario: profesor, escritor, melómano del jazz, curioso de la ciencia, viajero, amigo, familiero, gozador de vacaciones… La geografía de una vida larga como ésta (“el pasado es otro país”, nos autoriza a decir Hobsbawm; tiempo confundido con espacio), deja testimonios de lugares, ciudades, paisajes, gentes. Una biografía es también un juego de cruces -amistosos y de los otros- con otras biografías y peripecias. Así se cruzan Isaac Deutscher, Isaiah Berlin, Karl Polanyi y Norbert Elías (ambos también judíos en la London School), Christopher Hill, Edward Thompson, Raphael Samuel, Perry Anderson, Raymond Williams, Bertrand Russell, Paul Baran, Paul Sweezy, Amartya Sen (“mi amigo”), R Synge (también premio Nobel como el anterior, pero bioquímico de Cambridge), Hans Magnus Enzenberger, Arthur Koestler, Giangiacomo Feltrinelli, Italo Calvino (que “escribió el mejor libro de un italiano en mi época: Las ciudades invisibles”), Fernand Braudel, Moses Finley, Arthur Schlesinger Jr, Georg Eisler, Pierre Bourdieu, John Hammond Jr (promotor de talentos musicales en Estados Unidos). Y en nuestra América, a la que conoció bastante y aprecia como laboratorio de la historia, se cruza con el padre Camilo Torres, José María Arguedas, Carlos Fuentes, Salvador y Hortensia Allende, Pablo Neruda.

Historiador y comunista. Detengámonos finalmente en dos de los tantos asuntos que recorren persistentemente esta autobiografía: Eric Hobsbawm historiador y Eric Hobsbawm comunista. Son discernibles uno del otro.

La carrera académica del “estudioso del pasado” parece dibujar un camino que lo conduce desde la historia erudita y monográfica hasta la historia global, sintética, divulgable y divulgada, exitosa interlocutora de una demanda creciente por el conocimiento del presente a partir del pasado. Este periplo que es harto difícil concebir como “proyecto” en el sentido de una cabal premeditación, fue recorrido en diálogo y debate con las academias de la “nueva historia”, es decir desde el compromiso con la renovación de la disciplina y del oficio. Éste encuentra sus puntos de arranque más emblemáticos en la obra de Marc Bloch (a quien recuerda vagamente “bajito y gordinflón”) y de Lucien Febvre en tiempos de sus “Combats pour l’histoire”. Concesión a Francia, se dirá, reforzada por una amistad firme con Braudel pero atenuada por cuanto Hobsbawm es un marxista británico de “grupo” que siempre retrocede a las fuentes marxistas animadas en la célebre revista Past & Present fundada por la Agrupación de Historiadores del Partido Comunista que él llegó a presidir.

A la historiografía francesa de posguerra, marcada tenuemente por el marxismo más que nada en los estudios de la revolución, le agrega el diálogo con la tradición alemana mucho más influida entonces por Weber que por Karl Marx. Vistas así las cosas, Hobsbawm se nos presenta como un académico itinerante -“peripatético”, dice varias veces- para quien la nueva historia es una suerte de compromiso político y filosófico en el más amplio sentido, un consenso débil pero relevante, un diálogo del que no se dan aquí mayores muestras y que luce demasiado “pacífico” si se observan las pasiones que el mismo Hobsbawm encendió con sus últimos libros 5. Una muestra de ello es la ruptura con Francia -que no tradujo su última obra sino años más tarde-, entendida como tradición, visible a partir del cruce de perspectivas con François Furet, un ex comunista convertido al liberalismo pero también portador de la tradición de Les Annales, autor de un libro renovador sobre la revolución francesa y de un texto apasionante y polémico sobre la idea comunista en el siglo XX: “historiador y publicista de gran inteligencia y muy influyente -dice del francés este británico-, hizo todo lo posible para que el segundo centenario de la revolución francesa se convirtiera en una embestida intelectual contra ella”. Recién cuando se superen las inercias de la Guerra Fría en la literatura académica podremos calibrar lo injusto o apresurado de este juicio. Y bien, allí estamos en el último asunto, el de Hobsbawm comunista. Esta autobiografía puede ser leída como justificación de una adhesión al partido de la revolución que si bien estuvo lejos de ser imperturbable se mantuvo enhiesta y a salvo de muchas inclemencias. No es, en verdad, muy comprensible por afuera de la historia en la que Hobsbawm la coloca y pretende hacerla inteligible. Véase: nacido en el año del triunfo de Lenin, el joven Eric se hizo comunista en Berlín “para toda la vida”, en un tiempo en que ser comunista significaba luchar contra el fascismo y por la revolución mundial. Ambas cosas no eran exactamente así en 1933, año del abrazo: los comunistas sufrían represión (era un “partido de fusilados”, escribe), pero el comunismo no había resuelto aún enfilar sus baterías contra el fascismo y el “proyecto de la revolución mundial” había cedido paso al “socialismo en un solo país”. Es parte de la tragedia europea, llena de vacilaciones y claudicaciones políticas y morales que aquel joven de 20 años no apreciaba y probablemente era empujado a no apreciar por cuanto -confiesa- había sido deslumbrado por un marxismo simple, global y mágico (“haber dado vuelta a Hegel”) y sobre todo porque “ser comunista” era una actitud, una militancia, un hacer concreto.

Si todo ello ayuda a entender por qué se hizo comunista, más adelante se abocará a indagar en las razones por las que siguió siéndolo. Poco más tarde, con los años, el historiador e intelectual heredero de la pauta ilustrada y racionalista no pudo sino apreciar la máquina totalitaria del estalinismo (sé que no acepta el término arendtiano), los crímenes de los campos de concentración, las purgas y persecuciones sin tregua. Con sus amigos británicos exigió por entonces inútilmente a su partido la elaboración de “una historia seria” y verdadera del comunismo. Y llegó más lejos, tal vez hasta donde ningún comunista había llegado: por el camino inverso al de su afiliación, el inductivo diríamos, deduce ahora que el fracaso histórico de la experiencia estaba inscrito en el libreto que la había organizado desde el principio.

Tales descuentos, reticencias y rechazos no alcanzaron, con todo, a mellar una adhesión que fue perdiendo entusiasmo pero que se mantuvo a pesar de la gran conmoción que produjo en el comunismo el XX Congreso del pcus celebrado en febrero de 1956. Para Hobsbawm y para tantísimos comunistas, una clave de la fidelidad es la dialéctica centrípeta de la Guerra Fría, que postergó dilemas y suspendió juicios morales en aras de una espera histórica, de una batalla no dirimida, de una comprensión del Tercer Mundo como área protegida y hasta emancipada gracias al conflicto global. La otra razón es “el orgullo”, así dicho: “quitarme de encima el sambenito de pertenecer al partido habría mejorado mis perspectivas de éxito profesional, especialmente en Estados Unidos. Me habría resultado fácil escabullirme a la chita callando. Pero logré probarme a mí mismo que podía alcanzar el éxito como comunista reconocido -independientemente de lo que signifique el ‘éxito’-, a pesar de dicho sambenito y en plena Guerra Fría. No es que defienda esta forma de egoísmo, pero tampoco puedo negar su fuerza. Así que me quedé” (pág 205).

Eric Hobsbawm recibió a Gorbachov con alivio, “gratitud”… y dolor. Poco después se dedicó a escribir su desencantada y fascinante Historia del siglo XX cuyo “extremo” más cercano no había sido -a su juicio- en modo alguno enaltecedor. La caída del comunismo cerraba entonces su “siglo corto”. Escéptico y anciano, tumbado en la cama aquel 11 de setiembre, está convencido del inicio de una nueva era: “me gustaría ser lo bastante joven para contribuir a escribir esa historia”.

Notas

1. Eric Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el siglo XX, Buenos Aires, Crítica, 2003, 411 págs.

2. Raymond Aron, Mémoires, Julliard, París 1983; Alianza, Madrid, 1985. Aron nos abre su archivo, nos muestra su correspondencia; llega al extremo de contarnos su ataque de embolia que lo sorprende en abril de 1977 “cuando un pulso muy lento, 50-55, y una arritmia cardíaca habían ocasionado que se formara un coágulo en la aurícula” (pág 657). Pone más adelante obsesiva atención en dejar en claro que en lo que sería su último encuentro con Sartre luego de tantos desencuentros, no lo saludó como “vieux camarade” sino como “petit camarade” (pág 685).

3. André Malraux (1901-1976), Antimemorias, Buenos Aires, Sur, 1968.

4. Age of Extremes. The Short Twentieth Century, 1914-1991, Michael Joseph Lt, Londres, 1994, traducido al castellano como Historia del siglo XX, Barcelona, Crítica, 1995.

5. El número 93 de la revista francesa Le Débat (enero-febrero de 1997) fue dedicado casi íntegramente a discutir el libro de Hobsbawm La era de los extremos, cuando éste aún no había sido traducido al francés. Allí se trenzaron F Furet, Michael Mann, Christian Meier y Krzysztof Pomian -tal vez el más duro de todos los críticos-, Benjamín Schwartz y Pierre Nora, director de la revista. En ocasión de una entrevista que le realicé para Brecha en 1999, resumí los principales argumentos del debate. Véase “Contra Hobsbawm”, José Rilla, en Brecha, 23-VII-99, pág 5. América Latina: revelación, laboratorio

“Nunca he pretendido ser un especialista en Latinoamérica, ni considerarme tal. Como le ocurrió a Darwin en su calidad de biólogo, para mí, en cuanto historiador, la revelación de Latinoamérica no fue regional, sino general. Ha sido un laboratorio del cambio histórico, casi siempre muy distinto de lo que habría cabido esperar, un continente creado para socavar las verdades convencionales. Ha sido una región en la que la evolución histórica se ha producido a una velocidad meteórica y de hecho ha podido comprobarse que se producía en menos de lo que dura la mitad de la vida de una persona, pasándose de las primeras talas de los bosques para el desarrollo de la agricultura y la ganadería hasta la desaparición del campesinado, del auge y la decadencia de los productos agrícolas destinados a su exportación al mercado mundial a la explosión de las macrociudades gigantescas como la megalópolis de San Pablo donde cabe encontrar la mezcla más inimaginable de poblaciones emigradas, desconocida incluso en Nueva York: gentes de Japón y de Okinawa, calabreses, sirios, psicoanalistas argentinos y hasta un restaurante que luce el siguiente letrero: ‘Churrasco típico norcoreano’. Un continente en el que la Ciudad de México vio doblar su población en diez años, y en el que el ambiente callejero de Cusco pasó de estar dominado por indios vestidos con el traje tradicional a llenarse de gente ataviada con ropas modernas, ‘cholos’. Irremediablemente, América Latina cambió mi perspectiva de la historia del resto del planeta. […] Como en la maravillosa novela de Gabriel García Márquez Cien años de soledad, en la que cualquiera que conozca Colombia reconoce la magia y el realismo, América Latina obligó a dar sentido a lo que a primera vista parecía imposible.”

(En Años interesantes, pág 343.)

1. Eric Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el siglo XX, Bueno

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