A favor y en contra del Narcisismo

Por: León Cohen M.  
Fuente: Sepiensa.net, 27 de April de 2006

Un ser  humano mira en el espejo de las aguas una imagen que lo deja perplejo. Es un rostro, un cuerpo que atrapa su mirada. Una fascinación de color, forma y movimiento que invade, a través de esta mirada, sus deseos. Y no puede dejar de mirarlo. A raíz de esto sus pensamientos se impregnan en el deseo de ser esa imagen. Aunque parezca ir en busca de la realidad esta compulsión lo lleva a girar en el círculo vicioso que lo conduce inevitablemente a la imagen deslumbrante que se ha apoderado de sus expectativas y de su identidad. Con el tiempo, solo, e imposibilitado de culminar sus pensamientos en algo fértil, la nada comienza a expandirse en el mundo de su fantasía. Finalmente, girando en el vacío y ya sin nada donde sostener ni lo deslumbrante, el vértigo lo hace desplomarse. Es el clásico periplo de Narciso.

Que duda cabe de que la fuente más continua, persistente y originaria de sensaciones para el cerebro es el cuerpo mismo, el movimiento de sus músculos, la extensa vida que se registra en toda la piel, los tempranos sonidos, las temperaturas, las tensiones de los órganos, etc. Este complejo y progresivo mundo perceptivo madura y crece haciendo florecer la mente del individuo desde la vida in utero. Todas estas sensaciones se registran desde temprano en la memoria y, encarnándose en la base instintiva heredada desde tiempos milenarios, van tejiendo los esbozos de la mente. Es por ello que Freud señalaba al inicio de la teoría psicoanalítica que la memoria de las texturas, de los dolores, del calor, del frío, de los movimientos, de los olores, de todo el tacto, de los registros viscerales, etc. componen el núcleo desde y sobre el cual se desarrolla la mente y específicamente el “yo” de la persona (Freud, 1895). Es pues el registro mnémico de nuestro cuerpo en actividad el alma de nuestra mente.

El primer y urgente propósito de la mente es encontrar la satisfacción de las necesidades y permitir la sobrevivencia del cuerpo. Cada sensación y acción sentida y actuada en la satisfacción de una necesidad es registrada y guardada en la memoria como engramas de deseo, especies de programas o esquemas primitivos que sirven de orientación para cuando vuelva la necesidad corporal. Los engramas exitosos en el tiempo se refuerzan y están profundamente asociados con la memoria de todas las sensaciones de alivio físico que siguen a la satisfacción. Esto quiere decir algo obvio : que la satisfacción es placentera (Freud,1895).

Por ello es que podemos afirmar que cuando vuelve la necesidad (p.e., el hambre), en primer lugar, activará en la mente del bebé aquel olor, textura, turgencia, calor, color, consistencia, sonido, humedad, etc. que han acompañado a las satisfacciones anteriores de este hambre. La necesidad, pues, activa un deseo, ese deseo compuesto precisamente por todas esas múltiples sensaciones asociadas al placer de la experiencia exitosa, un placer que motiva a buscarlas y a reclamarlas  para que vuelvan a satisfacer (Freud,1895). 

La mente del bebé está centrada en este deseo, deseo que compone el núcleo del yo naciente del bebé. Podríamos, descriptivamente, hablar aquí de un momento de profundo egoísmo del ser humano motivado por la fuerza evolutiva que lo obliga a sobrevivir más allá de cualquier consideración o empatía, por lo demás imposible en esta fase del desarrollo para el bebé. Freud planteaba que frente al apremio de las necesidades y de la sobrevivencia cabe proponer el constructo teórico de una “libido yoica”, es decir, de una energía mental que permite y desarrolla la vida, en este período, activando el yo primitivo del bebé.

Tomando el término más allá del mito, podríamos describir este escenario como el de un narcisismo originario que ninguna madre ni padre podría descalificar o del cual rechazar ser cómplice. Por un lado la madre espera que su hijo se despliegue en un egoísmo feroz y que dé cuenta de sus necesidades y deseos con todas las armas de que dispone el recién nacido. Por otro lado el bebé no piensa que la madre está cansada o que puede estar triste o interesada en otra cosa. El bebé sano sencillamente reclama con desenfadada estridencia su necesidad y se lanza con toda su boca sobre el pecho que, recuerda, lo satisfizo en otro momento. La madre “suficientemente buena” (Winnicott) debe ser capaz de tolerar y contener estos “ataques” y este egoísmo inmisericorde, propio de un ser narcisista que no piensa sino que en sí mismo. La madre contiene en su pecho y en su mente las salvajes demandas del bebé, además del propio cansancio, irritación o miedo que le puedan provocar, devolviéndole al bebé alimento y paz.  Como surge del mito, si el bebé fuera dejado solo en su narcisismo se desplomaría ya que se encuentra en un profundo desamparo y no puede, por la inmadurez de su biología y de su mente, salvarse por su cuenta. Lo único que tiene es la posibilidad de llamar dando cuenta de su dolor y de una expectativa, heredada tras miles de años de experiencia, de que algo debe aparecer para calmarlo.

Tendríamos aquí la matriz de un narcisismo indispensable para sobrevivir y esperado por el amor de la madre, que antes que nada, como dijimos, es tolerancia, contención y servicio. Escuchamos en los gritos del bebé y vemos en la contención materna, como lo acentuaba Freud, los esbozos de la comunicación humana que entrega el significado que alimenta, es decir, el origen de la lucha contra el vacío y la futilidad. Hay, entonces, en este narcisismo, un capital que será importante en el desarrollo del niño. En todo proyecto en que necesitemos poner nuestra fuerza nos sostendremos en un “amor por nosotros mismos”  donde encontraremos no solo la reciedumbre y urgencia de nuestras necesidades sino que también los recuerdos de aquella contención materna que nos permitió sobrevivir y tener un yo, una identidad. Esa memoria puesta en actividad será el capital que nos permita oirnos a nosotros mismos, oir nuestras necesidades y además ser capaz, ahora, de ser como nuestra madre, es decir, ser capaz de tolerarnos, contenernos y de ser serviciales con nosotros mismos. Solo identificados con esto, es decir, siendo capaces de ayudarnos y contenernos a nosotros mismos con verdad seremos capaces de jugar el mismo rol con los demás : “ama a tu prójimo como a tí mismo”.

Pasa el tiempo, y si pasa “suficientemente bien”, y el cuerpo madura al son de su código y las circunstancias son relativamente afortunadas, entonces los bosquejos se irán transformado en figuras y las anécdotas en historias dentro de la mente del niño. Con el suceder de las experiencias los olores, colores, sensaciones de contacto, de calor, dolor o sonidos, la imagen de las miradas, la sensación de plenitud tras la satisfacción etc., etc. irán, como es la tendencia intrínseca de la mente, interconectándose entre sí, asociándose a través de diversos puntos. Así se irán perfilando los personajes en el escenario de la vida interna del niño, conectados entre sí en el tiempo de las más diversas formas, y asociados con diversas sensaciones corporales, las que en esa época infantil son de una especial intensidad.

De esta manera se van constituyendo las condiciones para una categoría existencial del ser humano : la temporalidad. Esto se advierte, como dijimos, en la  construcción de las historias en este escenario interno y, con ello, en la posibilidad de recordar. Así, a lo más, desde el precoz reconocimiento de la existencia de una presencia externa alrededor de los seis meses de vida  se inicia la constitución y el poblamiento de un mundo interno, con personajes e historias plenas de goce, dolor, sufrimiento, serenidad, etc.

El formidable despliegue de la figuración de este mundo emerge desde adentro del mismo “yo” del que hablábamos antes y que tanto apreciaban el bebé y su madre como condición de sobrevivencia. Pero ahora al interior de este mundo originario de puro egoísmo se comienzan a destacar personajes e historias inspiradas por las experiencias que el niño está viviendo en su desarrollo. La teoría psicoanalítica, en un afán técnico, llama a estos personajes “objetos internos” y pone el acento en las relaciones que ellos tienen entre sí : las “relaciones objetales”. Este constructo teórico describe un hecho esencial : nuestro mundo para ser mundo humano debe estar poblado por una red de relaciones o vínculos significativos. Esto significa que se trata de historias que, aunque no coincidan exactamente con las ocurridas en la realidad externa, están asentadas y encarnadas en el corazón de la identidad del sujeto, inmersas en la red compuesta por la memoria de las sensaciones corporales y que impregna cada lugar del mundo mental. La verdad significativa humana no es producto de una implacable y pura lógica racional, ya que ni siquiera ésta existe, ni menos del majadero careo con la realidad. Es un estado que resulta de un proceso permanente de comprensión de la experiencia humana. Este esfuerzo siempre está sostenido, desde el alma del “yo”, en el cuerpo encarnado en la memoria, cuya expresión vivida son las emociones y, sobretodo, los sentimientos (Freud,1895).

De esta manera con el paso del tiempo, la madurez biológica, el desarrollo, y las experiencias, aprendemos que lo que sentíamos antes como una pura manifestación de nuestra mera voluntad corporal, está compuesto por nuestra dependencia con otros y que todos esos vínculos han sido los que nos han permitido sobrevivir. Tal estremecedora constatación debería ser imborrable de nuestra mente pues es una condición esencial de la capacidad de amar. Freud describía esta situación con el término “libido objetal”, es decir, que se trata de un momento en que la energía mental que promueve la vida alimenta la relación con un objeto que se ha mostrado vital para el sujeto.

Podemos ver que en este nuevo escenario ya no solo estoy yo en mi “yo”, sino que, además, estoy en él relacionado con diversas figuras que tienen un significado vital diverso para mí, tanto en lo alimenticio como en lo atacante, tanto en lo placentero como en lo doloroso. Este mundo poblado de vínculos e historias vive en nosotros sin que tengamos, las más de las veces, conciencia de él. Sin embargo es indispensable para comprender nuestra experiencia de la realidad internad y externa. Lo que veo, escucho, siento, imagino o pienso adquiere sentido en la medida en que puede ser comprendido por el mundo interno que me puebla.

En definitiva solo así puedo ser persona. Caso contrario, aunque parezca tener toda la apariencia, dejo de ser humano. Esto nos ocurre cada vez que nos desplomamos a raíz del asalto del narcisismo que acecha dentro de nosotros. Aún más dramático es cuando no se ha logrado jamás habitar el mundo como persona sino que solo como apariencia, fantasma o mero caleidoscopio imitador de lo humano, es decir, cuando se ha vivido en el vacío y la futilidad.

Es sorprendente que un recurso que en nuestros primeros días nos fue tan útil para sobrevivir, luego al porfiar en su avidez con tenacidad se convierta en un “hoyo negro” para el despliegue de las constelaciones de relaciones objetales que deberían irse perfilando en el universo mental.  ¿Cómo es posible esto? ¿ Qué puede hacer que en el escenario de mi “yo” siga siendo protagonista un funcionamiento voraz, de extremo egoísmo, incapaz de reconocer la existencia de una persona humana en la “realidad externa” e incapaz de tener, entonces, con ella, la consideración, empatía y preocupación que son propias de alguien que ha logrado la capacidad de amar ? ¿ Cómo es posible que permanezca ese funcionamiento de bebé dentro de mi “yo” y que ahora, a diferencia del pasado, se vuelva contrario a la vida humana ? Este hecho, profundamente simbolizado en el mito de Nosferatu, el vampiro, describe la tragedia del narcisismo patológico respecto al cual no podemos sino estar en contra.

Este narcisismo es emblema, en sus más diversas formas e intensidades,  de un modo eterno de apropiarse de la energía de la vida, tanto del propio sujeto como de la de los demás. Y lo hace con sus dientes pues cuando sus demandas son extremas, como lo pueden atestiguar millones de seres humanos, puede desgarrar en su canibalismo todo lo que huele a vida. La benigna sensación del bebé de ser todo, y la omnipotente sensación de que lo que se necesita se obtiene de inmediato, están entre los constituyentes de la sensación de grandiosidad y omnipotencia del adulto narcisista. ¿Es que el sujeto ha heredado un monto de agresividad tal que ha hecho que su avidez sea de una voracidad insaciable, o que sus dolores se transformen en perseguidores monstruosos, o que la percepción de sus carencias en relacijón a otros le genere tal odio que le desate una envidia imparable y destructiva?

En este sentido, incluso hay sujetos que, aunque libres de grandes traumas o sufrimientos aparentes, están poseídos por un narcisismo tal que los lleva a despreciar y degradar,  movidos por una envidia cuya malignidad solo tiene como final la eliminación de todo rastro de la existencia del otro. Aún más insólito es cuando la meta de tal destructividad es una parte de la propia persona como se advierte en la persecución y desprecio que hacen las mujeres anoréxicas de su propio cuerpo.                     

Otra huella de lo anterior lo encontramos en las relaciones de pareja. El sujeto narcisista, por ejemplo un hombre, elije a aquella mujer que por su belleza, dinero, talento u origen sea alimento para su propio yo. Como Nosferatu, una vez seducida la mujer a través del engañoso enamoramiento, el sujeto dejará caer sus dientes para extraer de ella todos esos bienes y apropiarse de ellos. Entonces veremos marchitarse a esa mujer y dejará de ser un objeto conveniente para ese “yo” grandioso. Se transformará en una compañía “aburrida” o “fea”, en una pareja “pobre” o “tonta” que ya no es útil para “apasionarlo”. A continuación, de diversas formas, será abandonada y sustituida.

Este sujeto, como el vampiro, huye del amor. Puede ser experto para simularlo cuando está tras la presa y en la construcción de su imagen hipnótica, pero huye del amor, es decir, de la luz del sol que es el escenario en que las personas pueden empezar a ver lo que son en realidad.  Nada más peligroso para estos sujetos que llegar a comprender la realidad y tomar conciencia de que han vivido en la falsedad y en el vacío; de que creían vivir en la pasión y que, en verdad, no sienten nada; de que pensaban ser compasivos y, sin embargo, terminar dándose cuenta de que han sido explotadores. Cuando alguien llega a mostrarles esto el odio que estalla en ellos se expresa en una indignación incontenible. Este lamentable narcisismo podemos encontrarlo en variadas formas de manifestarse y con diversas intensidades: desde las que anidan en delincuentes psicópatas, hasta las que campean en la vida cotidiana de la mayoría de nosotros, en nuestros hogares y trabajos, y también entre nuestros líderes políticos, intelectuales, deportivos, militares o religiosos.

Ciertamente que si un sujeto, por razones genéticas, nace con un monto biológico desmesurado de agresividad, corre el riesgo de que su desarrollo mental y su personalidad se vean afectados. Por ejemplo lo puede llevar a una perturbadora intolerancia a la frustración. Las rabias que sufra ante las frustraciones que trae la realidad pueden ser tan intensas y explosivas que le impidan pensar y lo lleven impulsivamente a la acción, dejando de lado toda empatía y consideración. Por ello, cuando lo anterior se da en algunos sujetos narcisistas, hace que éstos padezcan una intolerancia que los lleva a arrebatos de descalificación y desprecio, como si la frustración  a la que la otra persona los expone fuese algo catastrófico e indignante. Cuando esto ocurre en sujetos con poder e inteligencia la situación se vuelve maligna para las víctimas. Pero también para ellos, porque lo que decimos es reflejo de que en la mente de estos sujetos domina, a su vez, un personaje narcisista patológico que trata de imponerse con grandiosidad y omnipotencia ante ellos, y de apoderarse vorazmente de todo lo que viven. Lo que la persona lee, escucha, la pareja con la que está saliendo, la esposa con la que está iniciando el matrimonio, las palabras de tal o cual líder, las iniciativas de los hijos, todo tiende a ser enjuiciado y comparado con esas expectativas grandiosas de belleza o conocimiento. Poco sobrevive en la mente de estos sujetos, solo jirones. Se entiende entonces la dificultad para acoger y alimentarse de estas personas. En la búsqueda de lo ideal para sí mismos se van quedando vacíos sin darse cuenta.

En este camino, como se advierte, tanto una crianza  sobreprotegida como una paupérrima pueden hacer que el bebé, el niño, el joven o el adulto queden atrapados por una idea megalomaníaca, grandiosa y autorreferente (p.e. el narcisista misógino de la película “Magnolia”). Puede ser una idea  política, puede ser una idea religiosa, puede ser una idea respecto al propio cuerpo. En todos los casos la idea se transforma en un agente que posesiona la mente del sujeto el que se transforma en un títere al servicio de las expectativas grandiosas de esa idea. Recientemente la película “Being John Malkovich” representa el mundo perverso del desprecio de la propia identidad y la adicción a apoderarse del valor del mundo de otro para vivirlo o manipularlo. En este caso el narcisismo aparece como una prótesis mental, una defensa frente al vacío o la depresión generada por un profundo sentimiento de autodesvalorización.

El narcisismo expresa un funcionamiento vital para la sobrevivencia del bebé y el núcleo de numerosos recursos que nos permiten defendernos y proyectarnos en la vida. En una personalidad que ha logrado desarrollar un mundo de vínculos amorosos, este narcisismo será energía vital. Pero si por razones genéticas, de crianza, o meramente defensivas, el sujeto ha mantenido un funcionamiento narcisístico desmesurado, entonces verá perturbados o severamente dañadas sus capacidades de amar y de crear.  Perderá de vista el poblar un mundo humano y la experiencia de la temporalidad. Como Nosferatu tenderá a no creer en la muerte o a negarla con todas las técnicas que pueda. En este triste y patético escenario, los dientes de la nada irán abriendo paso al vacío y a la carencia de significados. Con mucho le quedará agarrarse a las cosas prácticas. Finalmente solo, en medio de la futilidad, no habiéndole dado ni siquiera pleno sentido a una posible relación con Dios, se desplomará en el mismo vértigo milenario que sufre Narciso en el mito y que amenaza  con repetirse, a cada momento, en nuestras vidas.  
 

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