Una vez más: escritor y sociedad

Por:  Jorge Etcheverry
Fuente: poetas.com

La influencia que podrían tener los escritores en los procesos sociales es, en principio, discutible, así como la suposición de que les corresponde el deber de asumir una posición determinada, cualquiera que fuese, respecto a la realidad política y social. A primera vista no parece haber nada en la esencia del escritor y la escritura que pudiera implicar su ‘compromiso’, sobre todo en momentos en que la literatura ligada a la política estatal o partidaria de izquierda, o al menos la más identificada con la misma–el ‘realismo socialista’—no goza de mucha aceptación.

Si bien vivimos un periodo de retroceso de la izquierda, en el cual las causas del socialismo parecen haber sido desplazadas de la arena política por otros conflictos centrados en torno a la colonización, la dependencia, la identidad etnocultural y la autonomía nacional, se advierte una proliferación de literaturas que abarcan un extenso abanico de afirmaciones culturales, genéricas y de modos de vida, tanto en los países por así decir ‘desarrollados’, como aquellos denominados ‘en vías de desarrollo’.

Al mismo tiempo, y frente a los diversos avatares políticos que se suceden, y sin que haya tenido lugar una discusión o debate del papel de los intelectuales y escritores en la vida política, ni su influencia o falta de ella en la sociedad, no hay evento político importante, sobre todo a partir de los sucesos del 11 de septiembre del 2001 en Nueva York, en que no haya habido participación casi masiva de poetas y escritores en proclamas, declaraciones, denuncias antologías, artículos periodísticos, listas de apoyo, por todos los medios, y especialmente en Internet.

Por afinidad ideológica, y en casos menos loables, por intereses, los escritores e intelectuales se han agrupado y reagrupado ellos mismos, pronunciándose muchas veces con más acierto que las directivas políticas, gracias a la nueva accesibilidad virtual, querámoslo o no, parte de la globalización, que pone al alcance de la mano la difusión instantánea por el el Internet. Muchas veces los intelectuales y escritores han sentado las bases de las políticas partidarias, adelantándose a las directivas orgánicas de los partidos y directivas de izquierda. Pero en el pasado estos debates y análisis se llevaban a cabo entre cuatro paredes, se publicaban en libros o revistas de escasa circulación, se mantenían muchas veces en un lenguaje técnico o en un argot poco accesible universalmente y sobre todo no llegaban a ‘las masas’.

En la actualidad, esos debates tienden a realizarse de alguna manera en público, al menos entre ciertos estamentos. Chomsky, Galeano, el Gabo, la Sontag, Said, Marcos, Saramago, Dorfman, Vargas Llosa y muchos otros producen textos destinados desde su concepción y escritura a influir sobre la vida social y política. Por ejemplo, luego del inicio de la guerra contra Afganistán, circularon algunos excelentes documentos políticos virtuales ensayísticos, de censura y respuesta a las políticas imperialistas, de Arundhati Roy y Le Carré.

Colectivos y asociaciones de escritores se pronuncian y denuncian en manifiestos de rápida difusión: un grupo de autores venezolanos produce un documento atacando al régimen de Chávez, que es respondido por otros en su defensa, se efectúan antologías contra la guerra de Irak en diversas lenguas, los escritores canadienses y estadounidenses se manifiestan al respecto en manifiestos de gran difusión. A todos los niveles vemos ese proceso, también patente en otros modos de expresión. Por ejemplo, parte importante de la juventud chilena reconoce más la guía del grupo musical Los Prisioneros que la de sus líderes políticos.

Entonces, y dejando a un lado las exhortaciones programáticas al escritor a comprometerse, que pueden tanto ser tautologías a que se prestan oídos sordos, pero también llamados que se escuchan, existe en los escritores actuales un impulso manifiesto a la expresión de sus opiniones o compromisos políticos, sociales, ideológicos y culturales, de rechazo o apoyo ante una situación determinada, en forma participativa y de elaboración, con la intención de influir sobre un público lector.

Pero esto presenta una interrogante: ¿Por qué los escritores, y no los sociólogos, psicólogos, cientistas sociales, etc.?, o al menos, ¿Por qué no en la misma medida y no tan masivamente?. ¿Por qué, aparte de las celebridades del celuloide o del deporte, que también suelen ocasionalmente arriesgar sus carreras promoviendo las causas no oficiales en el mundo desarrollado, son los escritores, y los intelectuales- escritores quienes, como gremio, son los que más participan, entre los trabajadores de la representación (o de la cultura), en los debates públicos de la política actual?.

Esto tiene que ver en cierta medida con la imagen social del escritor. Si bien es posible que el lector de un determinado periódico que tenga la proclama no sepa quién es Saramago o García Márquez, por ejemplo, si sabe o se menciona en la nota que se trata de premios Nóbel, el lector prestará atención, y si está indeciso frente al tema en cuestión puede que se diga: Si este premio Nóbel opina esto, hay que prestarle un poco de atención, o incluso, a lo mejor tiene razón.

El escritor deriva su imagen social de su papel histórico y mítico de re-presentador, que se confunde con el papel de “dador de la palabra” e “intérprete de la escritura”, y por ende de la realidad (San Buenaventura, en el Breviloquium pone en paralelo el “libro” del mundo y el de la Escritura). Así, además de la obvia influencia de los escritores en un sentido amplio en la difusión concreta de ideas e ideologías, por su rol de representadores, y por ende re-presentantes de una realidad que es siempre y en última instancia una realidad social, poetas, prosistas, ensayistas, dramaturgos, guionistas, etc. están dotados de un aura reconocida mítica e históricamente, ya desde la acepción de profeta o vate, de registro de la historia.

La percepción general de la influencia del escritor en los procesos sociales siempre ha sido evidente, y aunque sea negada, o se demuestre como siendo ínfima, los ejemplos de las polémicas más que nada virtuales de los últimos años demuestran que la voz de los escritores aún existe y vale para la sociedad. Y esto sucede en un mundo de imágenes que se suceden rápidamente en las pantallas sin dejar huella definida, de clichés repetidos hasta la saciedad en casi toda la difusión institucional del mundo, de disminución creciente de la lectura, de consumo universal de un solo tipo de cultura popular, ligado inextricable e inevitablemente a los medios de comunicación de masas, a las tecnología de información y comunicaciones actuales y a la economía de mercado, que son en mayor medida y en última instancia instrumentos del imperio de turno. Es discutible que una lista formada por celebridades del mundo de las letras vaya a detener el bombardeo de la próxima mira de la máquina de guerra americana, así como es altamente improbable que 13.000 jóvenes se hayan suicidado en la Sajonia del siglo XVIII luego de leer Las tragedias del joven Wherter de Goethe.

No es necesario volver a referirse a la polémica siempre presente del compromiso del escritor. De alguna manera, el escritor es de por sí comprometido, ya que al escribir y representar la realidad con la parcialidad, transformación y mediación que sea, no puede sino comprometerse con ese reflejo. Las autoridades del caso decidirán, si el producto no les gusta, el nivel de represión a ejercer sobre el escritor, mientras éste último, sumido en la perplejidad puede que se pregunte por qué y falle al encontrar una razón. Él no escribía con la intención de criticar a nadie, y menos de ser subversivo.

La responsabilidad le viene al escritor desde el momento en que su material de trabajo es el lenguaje que sacado de su uso cotidiano y enmarcado en un objeto representativo, refleja o se asume que refleja la realidad. Así, la configuración de sentido que el lenguaje asume en el objeto creado por el escritor, lo hace responsable de lo que aparece ante el lector o espectador, de lo que éste crea percibir o inteligir a partir de la obra. Debido al carácter indirecto, representativo, o según algunos, reflejo, mediado o mediatizado del conocimiento humano, este texto o friso significativo que se presenta ante el lector, sin importar el grado de mediación, será percibido como ‘representando’ la realidad y por lo tanto contribuyendo en última instancia a ‘orientar’ las concepciones e incluso acciones de los lectores/espectadores. La imagen de la guerra civil española será incompleta en el mundo de habla castellana sin España en el corazón, y América misma sería incompleta sin el Canto general. Las dictaduras de América Latina tendrían una imagen mucho más vaga sin El señor presidente, El obscuro, El otoño del patriarca, o El paso del ganso. Así, sin importar del lado en que esté vuelto, al verse forzado a trabajar con sentidos que tanto se plasman como se ven, leen e interpretan, el escritor se convierte en el vehículo de esa representación de la realidad. Como tal, se verá forzado a ser objeto del juicio público lector, que es en un sentido general comunidad, que le pedirá pronunciamientos e incluso a veces orientación o conducción, claridad, sobre los sucesos políticos/comunitarios que le afecten o preocupen.

Esta situación del escritor como vehículo entre la representación de la realidad, que denomino ‘misterio’, en el sentido de una representación prestigiosa, acreditada, y la comunidad, hace que se lo responsabilice, en tanto autor, del sentido que se ofrece o impone desde la página o la pantalla. Ésta es una situación de ‘compromiso’ originaria y funcional en la sociedad, que sitúa o posiciona al escritor, muchas a veces a pesar suyo, y quizás en mayor medida que otros ‘productores de misterios’, es decir de las objetividades portadoras de sentido que, enfrentadas a la mirada humana, ofrecen un reflejo de la realidad, que se presupone que deben presentar. Es decir, el carácter reflejo se supone presente en la obra literaria en el momento mismo de su presentación para la lectura o audición, se posibilita la comparación entre este reflejo y la realidad reflejada, que se percibe como precedente o anterior, y se establece el juicio sobre la posible distorsión o fidelidad del reflejo respecto a la realidad.

Esto, para decir que, en la función literaria y poética misma, como fuente de conocimiento, en lo que para Lucaks sería la mediación artística, ya se encuentra ínsito el ‘compromiso’. El escritor es un agente del conocimiento y ya no se trata, y no se ha tratado nunca de cuestionarse el papel del escritor. La fidelidad del escritor a una u otra concepción política o su adscripción ideológica, dejarán de tener interés o de ser determinantes en última instancia para la representación: por ejemplo, los novelistas positivistas burgueses presentaron un cuadro acabado de las contradicciones sociales de su tiempo. El novelista chileno Fuguet presenta un cuadro de la vida alienada de la juventud de clase media alta chilena en un país que se abre a la economía de mercado.

El escritor representa la realidad a pesar suyo, y de ahí la tendencia que existe en todos los públicos a pedirles cuenta tanto de lo que aparece en sus escritos como de sus actitudes y opiniones frente a los hechos que perciben como afectándolos.

Es bastante difícil precisar exactamente la influencia de la literatura en el acontecer social. Evidentemente es menor que la de las organizaciones políticas, brotadas y concebidas con el propósito de influir en la realidad social. Pero de alguna manera su capacidad de efectuar cambio en la estructura social depende del grado de influencia de la superestructura sobre la infraestructura: hasta qué punto las ideas y representaciones pueden influir en la realidad a través de la práctica, asunto más problemático, al menos desde el punto teórico, que el fenómeno inverso, es decir la determinación de las ideologías por las condiciones concretas.

En todo caso, el que una representación tenga más o menos efecto, sea o no percibida, dependerá de que, por un lado, tenga elementos que la hagan distinguible y la destaquen en el vasto friso del mundo alternativo de representaciones que nos rodean. Aquí caben toda la problemática estilística y formal, los distanciamientos percibidos tanto respecto a la realidad como a las otras representaciones, las necesidades de mecanismos vanguardistas o experimentales. Por otro lado, de que sea percibida como efectivamente re-presentando aspectos pertinentes o esenciales de la realidad y el ser humano, lo que da pábulo a todas las tematizaciones de la obra literaria como siendo o debiendo ser esencialmente un reflejo de la realidad, el realismo, el escapismo, las torres de marfil, etc..

El vehículo de esta representación, el escritor, es de alguna manera percibido como ‘responsable’ de la misma, y esta función se le atribuye sin reparos e instantáneamente. Desde siempre ha sido una cara aspiración, al menos de ciertos escritores, el poder liberarse totalmente del enjuiciamiento explícito o implícito a que le somete el público, y hacer una literatura de la literatura. El hecho de que una obra literaria constituye un universo de sentido, una estructura, un todo de partes interrelacionadas, por necesidad distinta y distante del mundo de la objetividad, y enfrentada al lector, da pábulo a la fácil consideración de la obra como autónoma, o referente, en el mejor de los casos, a las otras objetividades similares que constituyen la serie de conjuntos representativos, especialmente la literatura. Así es posible la predicación de la autonomía de la obra literaria, obviando el hecho de que esa misma autonomía es la condición de posibilidad para su calidad representativa, es decir refleja, de la realidad, y su percepción como tal. De que esa representación es lo que realmente consuma su función de obra literaria, aparte de las afirmaciones que se puedan hacer sobre el carácter de la realidad que la obra representa.

Muchas veces, y aceptando implícitamente el ineludible carácter representativo de la realidad, el escritor afirma o piensa que, siendo de alguna manera un lente, un vehículo, él o ella debiera estar exento de la condena o aprobación suscitada por lo que escribe. Pero la misma condición privilegiada de la representación literaria,–ayudada por el prestigio de estar fuera del mundo de lo útil–, el hecho de proporcionar sentido desde el ámbito de los conjuntos representativos, hace que el escritor, su vehículo, aparezca como dotado de libre albedrío, de la capacidad de elegir, ya que si no lo tuviera, la obra literaria misma padecería de una imperfección o carencia. No sería ‘obra’: el escritor, por ende, no puede ser ‘neutral: si bien los americanos contrataron a gran número de los científicos nazis para sus proyectos nucleares y espaciales, no conozco casos de escritores nazis utilizados por los soviéticos y los aliados.

Pese a que se afirma que la lectura está perdiendo terreno frente a la imagen en la sociedad contemporánea, y que la pantalla, grande o chica, asume un papel más importante, eso representa de alguna manera una explosión de lo que Chardin llamaba la ‘noósfera’, la capa de cultura, representación y conciencia que envuelve al planeta. Se dice también que el crecimiento desaforado del internet y la cultura web están menoscabando y rebajando la expresión escrita. Pero esto representa a la vez un salto cualititativo en el espacio de la representación, así como la entrada en el marco de la pantalla de muchas actividades de comunicación antes orales. En realidad, estamos viviendo una suerte de eclosión de la palabra, aunque más no sea de su uso y volumen, a la que se une el imperativo de decisión y selección de individuos y comunidades, frente a los impulsos totalizadores y globalizadores originados en los centros del poder político y económico que tienen su correlato en los medios de comunicación, incluyendo a las tecnologías de información y comunicaciones.

Cuando países, regiones y comunidades sufren los embates del imperialismo neocolonialista, destinados a extender y refinar la estructura de dependencia económica y política mundial, es justo que las miradas se vuelvan a los escritores, y que aprovechando las capacidades tecnológicas de acceso a la información y comunicación, se les pida guía y se los juzgue. Y en su mayoría los escritores parecen estar dispuestos a hacer oír su voz, ya que se sienten llamados a ello. Enraizados en una tradición en que su responsabilidad social siempre ha existido, productores de una obra de sentido que representa en diverso grado la realidad, que en definitiva siempre es social, el escritor no tiene otra opción que reconocer los imperativos de la comunidad. Y al ser percibido como escritor, con todo lo que esto significa, no puede sino ejercitar su libre albedrío de una manera u otra, tanto en su obra como en su vida.

Este trabajo fue publicado el 7/24/03

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