Sergio Villegas y el Funeral Vigilado

Por: Fernando Quilodrán*
* Presidente de la SECH

Un momento «estelar» en la historia contemporánea fue el vivido por unos cuantos centenares de personas al mediodía del 23 de septiembre de 1973. A ese momento, dedica el periodista Sergio Villegas su libro «Funeral Vigilado. La despedida a Pablo Neruda».
En su prólogo a la edición de LOM, Colección Septiembre, consigna Luis Alberto Mansilla: «Este reportaje se publicó por primera vez en la revista Araucaria. Luego ha sido traducido a otros idiomas, recogido en obras antológicas y adaptado, además, en versión alemana, para la radio».

Sergio Villegas posee una amplia y destacada trayectoria como periodista: fue director de la revista Vistazo y del diario El Siglo y, luego del golpe, trabaja en Radio Berlín Internacional, en la entonces República Democrática Alemana en donde halló refugio. Pero es además autor de «Bajo esta rueda silenciosa inmensa» (poesía, 1949), «El Estadio» (Alemania, 1974), «Historia de monos y de brujos» (1991). Testigo él mismo y protagonista del «funeral vigilado», Sergio Villegas está particularmente calificado para dar cuenta de él. Y lo hace, con singular eficacia, proponiéndonos algo así como una gran escena trágica en la que los actores van informando a través de sus parlamentos y el coro, la multitud, el pueblo, actúa como un telón de fondo igualmente activo y movedizo.

¿Quiénes son las Voces? Veamos: están el propio Luis Alberto Mansilla, Enrique Bello, Aída Figueroa, Hernán Loyola. Como cada uno tiene mucho que decir del poeta, entre ellos van narrando los hechos. Largos racontos nos recuerdan otros trechos de la historia, otras persecuciones, otros dramas. El escenario poco a poco se va completando. Caminan por Avenida La Paz y dice su parlamento Luis Alberto Mansilla: «La columna se engrosaba. Iban muchas mujeres con flores en los brazos, estudiantes, incluso algún niño de la mano de su mamá. En muchas ventanas aparecía gente que hacía un saludo silencioso con un pañuelo o levantando una mano. Una cosa muy curiosa y notoria era que el cortejo lo encabezaba, en realidad, una cuadra más adelante, un carro lleno de militares que iban, a la vuelta de la rueda, apuntando con sus armas en todas direcciones».

Es el turno de Aída Figueroa: «Creo que la policía se confundió, porque evolucionaba en torno a nosotros en forma muy extraña, entre agresiva y desconcertada. No se imaginaron nunca que se iba a formar una columna, Carabineros en motocicleta se acercaban, parecía que iban a lanzarse contra nosotros y luego se alejaban. Pero volvían, sin saber qué hacer, en tanto que el desfile seguía adelante. De pronto una sorpresa. Tensión en el grupo. Instintivamente nos apretamos unos contra otros. Pasábamos frente a una concentradora de electricidad y había un grupo de boinas negras, metralleta en mano, apuntando hacia nosotros».

Y entonces, la tragedia se convierte en epopeya: «Calle Purísima, Río Mapocho, Avenida La Paz. Lo imposible. Parecía un sueño. Ahí se empezó a cantar La Internacional. ¡La Internacional en esos momentos!».

El coro, el pueblo, la voz unánime se hacía oír y expresaba las razones de fondo de la tragedia. Enrique Bello: «Atravesamos la Avenida Perú. Al enfilar a Santos Dumont, los que habían llegado en auto empezaron a bajar para seguir a pie. Nunca vi mayor expresión de duelo en una multitud. En esas fisonomías se unían la desolación causada por la muerte de Pablo y la vigilia tensa que imponían por el terror los militares facciosos.

‘¡Viva Pablo Neruda!’ ‘¡Viva el Partido Comunista!’ Cada cierto trecho, desde el centro del desfile, alguien leía en voz alta. Llevaba un libro de Neruda abierto en las manos. ‘Chacales que el chacal rechazaría, piedras que el cardo seco mordería escupiendo, víboras que las víboras odiaran’. Luis Alberto Mansilla: «Era ‘España en el corazón’. El presidente del Sindicato de Quimantú sacó el libro y empezó a leer con voz fuerte. Poco después aparecieron otros recitadores. Había mucha gente que se sabía esos poemas de memoria. Se recitaban distintas cosas, pero se volvía de preferencia a los mismos:

‘Generales traidores, Mirad mi casa rota, mirad España muerta’. Se decía España y se sentía dolorosamente Chile en el corazón».

Otros personajes. No hablan, se expresan en silencio, con su sola presencia que es un reto y una protesta y una denuncia. Está, por cierto, Matilde Urrutia. Y en varios momentos de la tragedia, y entre otros tantos: Joan Jara, Juan Gómez Millas, Radomiro Tomic, Hernán Díaz Arrieta (Alone), Laurita Reyes (la hermana del poeta), Teresa Hamel, Graciela Alvarez, Juvencio Valle, Francisco Coloane, Patricio Manns, Flavián Levine, Máximo Pacheco, Adriana Dittborn, Harald Edelstam, embajador de Suecia, Enriqueta de Quintana, Elena Nascimento, Alejandro Lipschutz.

Se iniciaba el imperio del terror, del largo silencio, pero esas columnas inauguraban también la resistencia y la esperanza. Y sobre todo, la lucha. De la pluma de un narrador eximio, ha salido un relato que es un prodigio de síntesis y de composición. Aunque no lo buscara, pues tan sólo le movía el irresistible propósito -y también, el deber del cronista de vocación- de convidar el registro de un momento crucial, Sergio Villegas nos regala un testimonio literario digno del momento y a la altura del poeta al que su pueblo venía a despedir y, con él, a todos los que habían estado cayendo y muriendo en esos días en que se cerraban las grandes alamedas para inaugurar el territorio de los cementerios, los centros de tortura, las fosas clandestinas que serían el torvo material de la historia por los 17 años siguientes. Fernando Quilodrán
 

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