Modernización, globalización y riesgos

Por: Norma Alejandra (Marcia) Maluf
Fuente: http://www.bibliotecavirtual.clacso.org.ar

Lleida-Barcelona, 20 al 25 de mayo de 2002

LAS SUBJETIVIDADES JUVENILES EN SOCIEDADES EN RIESGO.
Un análisis en contextos de globalización y modernización

Trabajo presentado para el Seminario Los jóvenes y la sociedad de la información. Globalización y antiglobalización en Europa y América Latina.

Modernización, globalización y riesgos

Parece difícil articular la idea de riesgo y la de globalización sin incurrir en una de las posiciones extremas sobre la globalización, que se ubica a ambos lados del formalismo o la idea de los beneficios que aquélla conlleva para los pueblos, y el pesimismo anárquico relativo a que ésta conlleva el desorden y la falta de centro y de sentido para las sociedades.

¿Qué relación tiene el riesgo con los fenómenos caracterizados como parte de la globalización? Tanto los conceptos sobre los riesgos como sobre los procesos de globalización no constituyen temas nuevos para las sociedades. Pero ambas, riesgo y globalización tienen características nuevas en la actualidad: una idea que subyace a los riesgos actuales y que los diferencian de los riesgos tradicionales es la modernización como la principal generadora de los riesgos contemporáneos.

Las representaciones sociales sobre modernización y globalización están imbuidas por procesos ideológicos en los que sus efectos se conciben como hechos derivados de leyes naturales, o de fatalidades provocadas por causas no controlables como el estrechamiento del planeta, entre otras.

Uno de los mitos principales de la globalización sostiene la participación igualitaria de los países en un sistema que conlleva beneficios para todos y cuyos efectos dependen del aprovechamiento o no de las oportunidades que genera. Los supuestos sobre los riesgos implican una teoría de la modernización que en su despliegue genera peligros colaterales, que se entienden como “restos de riesgo”. Esto implica que los riesgos son tolerados por ser efectos de un proceso de modernización que es eminentemente benéfico y en cuyo seno los riesgos son legítimos.

Tanto en las implicaciones de la globalización como en los efectos de la modernización están ausentes las densas tramas de poderes que estructuran las decisiones económicas y políticas que son productoras de riesgo. Los riesgos sociales en este contexto son efecto de la incapacidad de las normas de proteger a la sociedad de los peligros que la modernización conlleva.

Es en un contexto de globalización -que no es un proceso homogéneo para todos los países del mundo, y que no necesariamente conduce a la equiparación de todas las naciones a los niveles de progreso y bienestar que se supone- que la supremacía del capital, legitima la falta de límites del capital, y la destructividad de su acción dominante sobre las condiciones de vida de los seres humanos y de la naturaleza.

No me refiero necesariamente a los riesgos físicos y químicos sobre el medio ambiente, sino aquellos que las prácticas productivas, los ajustes económicos y la dependencia de los estados sobre las decisiones corporativas generan en el debilitamiento de las instancias de protección y de control sobre los riesgos que estas mismas decisiones generan.

Uno de los riesgos de la modernización en el que me propongo enfatizar aquí –en parte producido por los efectos de los cambios productivos cuyo paradigma es el debilitamiento en la capacidad de agregación de las relaciones laborales-, en la individualización de las relaciones y el descentramiento de los sentidos colectivos es la que conlleva que los mayores esfuerzos de definición se concentren en los individuos. Esto ya no implica la liberación de las certezas religiosas y trascendentales, cuya caracterización iluminó los años de auge del pensamiento posmoderno, sino el ser arrojado fuera de la sociedad moderna e industrial, a la sociedad mundial del riesgo, en la que los riesgos son soportados y distribuidos como condición existencial. La globalización –no solo de los beneficios sino también de los riesgos- conlleva a una incertidumbre sobre los cambios posibles; para los jóvenes, “el riesgo de vivir en una sociedad en la que no pueden intervenir decididamente, a la que no pueden cambiar porque la esencia de la cuestión está mucho más allá de las instituciones locales”.

Es a estas formas de individualización de los riesgos, de las implicaciones subjetivas que tiene esta metáfora de “ser arrojado”, y que ya no conlleva una liberación para los sujetos sino formas de abandono y de ausencia de protección social a lo que me quiero referir en este trabajo.

Para proseguir, debo decir que el mismo se inspira en una investigación realizada a solicitud de una institución gubernamental, acerca de las situaciones de riesgo en adolescentes y jóvenes en Ecuador, y que contempla fenómenos tan disímiles como el trabajo prematuro, la callejización, la pertenencia a pandillas juveniles y los usos de las drogas.

De la juventud y el riesgo

La idea del riesgo como parte de la modernidad no es una categoría que sea tematizada por las sociedades; sin embargo la misma es correlativa con los saberes dominantes sobre la juventud, no tanto desde la perspectiva de “ser arrojados” al riesgo, sino más bien como productores o reproductores de riesgos. Esta idea, presente ya en los años en que las nuevas generaciones comenzaron a hacerse visibles en la posguerra, se profundiza en la actualidad con los problemas de la inseguridad ciudadana y las manifestaciones de violencia que están cada vez más presentes en las sociedades contemporáneas, y en las cuales los jóvenes no dejan de visibilizarse.

Por un lado existe un automatismo que conduce a establecer una relación de equivalencia entre juventud y riesgo. Por el otro, se observa cierta vulnerabilidad juvenil ante el peligro, que no puede desecharse sin un tratamiento conceptual previo; un peligro que se percibe como omnímodo y difuso, como si se tratara de un cuerpo extraño pronto a apegarse a los sujetos durante los frágiles años de la juventud y la adolescencia. ¿De qué riesgos estamos hablando? ¿Cuáles son los elementos de la globalización generadores de riesgo? ¿Qué vinculación tiene la globalización en los procesos de riesgo para las subjetividades juveniles?

No puede dejar de anotarse la prevalencia de un enfoque jurídico dominante sobre el riesgo que durante décadas determinó el tratamiento conceptual y la definición de políticas para un importante sector de la juventud que no se ubicaba en los grupos denominados integrados. La idea de riesgo individual proviene de las instituciones oficiales y los medios de comunicación, y su solución conlleva la puesta en vigencia de prácticas de salvación, penalización e internación. Un enfoque que visibiliza como ninguno la ambigüedad y el limbo social, lugares simbólicos destinados a adolescentes y jóvenes, y que hace de esta figura algo más que una aseveración, tan bien identificada por Bourdieu en su ya clásico artículo sobre la juventud.

Este reconocimiento hace del riesgo una categoría relativa, que conduce a plantearse diversas preguntas: si es cierto que los jóvenes y las jóvenes son sujetos de riesgo, ¿se trata de un riesgo de qué? ¿De un riesgo de vivir, de un riesgo de no vivir, de un riesgo de morir? ¿Riesgo de fundir la identidad subjetiva en las bandas juveniles? ¿Riesgo de convivir en medio del éxtasis colectivo, o de no encontrarse así mismo en la soledad del dormitorio? ¿Riesgo de encontrar en esa búsqueda de socialidad, normas que conlleven a la violencia, o riesgo de no encontrar normas? ¿Riesgo de no tener una familia o riesgo de encontrar una alternativa afectiva en los socialmente temidos escenarios de la calle?

Estas preguntas nos permitieron afirmar que el riesgo –de lo que fuera- consiste en estar expuesto a un dilema, a la imposibilidad de superar un conflicto entre una situación de elección de tipo o-o, que expone al joven al riesgo o al vacío, al riesgo o a la destrucción de la identidad, al riesgo o a la indiferenciación, al riesgo o a la imposibilidad de sobrevivir, al riesgo o a la pérdida de la integridad de sus seres queridos Más concretamente, en las investigaciones realizadas se trataba para los jóvenes de trabajar en condiciones adversas o de perder la integridad familiar, de formar una pandilla o una banda juvenil o soportar la angustia de la soledad o perderse en el anonimato de la ciudad, de tolerar las presiones a la subordinación familiar o de atenerse a las exigencias del grupo, de diluirse en la nada de un hogar sin normas o sin afectos, o de enfrentarse a las normas –a veces poco democráticas- de los otros, de ver destruida su identidad por la falta de sentido o de encontrar algún sentido en el uso de alguna droga, de someterse a un imaginario colectivo que los reduce a no ser, o a ser sólo para el futuro o a vivir intensamente un cuerpo y una sexualidad que a veces por ser casi ajena a ellos mismos no deja de conllevar efectos negativos.

Los riesgos de la juventud son, por un lado una construcción ideológica de sociedades que no quieren explicitar los peligros que generan las decisiones de actores políticos y económicos, y por el otro, son los efectos reales en el ámbito individual de ese estar “arrojado fuera” de una sociedad –idealmente- ordenada y protectora. Realidad para la que no existen salidas, en la que correr riesgos es indicativo de la no existencia de alternativas ni de mediaciones, y no necesariamente una característica esencial juvenil; como se sabe, éstas no existen como tales.

Hoy en día, los peligros que se podían ocultar en los grupos familiares, en la comunidad local, en las clases y grupos sociales, deben percibirse, interpretarse, elaborarse por el individuo en sí mismo.

¿Qué posibilidades existen de que asuman riesgos sin sentido? ¿Se puede decir que existen comportamientos absurdos? ¿Puede uno ser conducido al parricidio por el solo efecto de una droga? ¿Puede uno jugar con la propia vida por la sola presencia de un estímulo que aparentemente llama? ¿Puede una droga convocar por sí sola? ¿Qué extraño poder le da vida a una sustancia? Un investigador ecuatoriano puso de relieve, al tratarse de los riesgos que viven los jóvenes en las calles, con la velocidad o con las drogas, la necesidad de volver al mundo de los léxicos, por un lado para develar aquellos que ocultan lógicas de control y de ejercicio de poder so pretexto de prevenir sobre los riesgos que viven los jóvenes; por otro lado, para considerar, a través de los lenguajes, la importancia que tienen para las nuevas generaciones las huellas de las cosas dichas, de las “promesas” hechas por las generaciones anteriores, que se depositan en los objetos de riesgo, como las promesas de menos sufrimiento, de más alegría, de más placer o reconocimiento.

Tanto la percepción como la producción semiótica de los riesgos son parte de los procesos de globalización y de la producción imaginaria alimentada por los sistemas de información. Mucho se ha dicho, y tal vez poco se ha investigado aún –sobre todo en el contexto latinoamericano- de los efectos de los medios en la construcción de las subjetividades contemporáneas. Más allá de una satanización -siempre posible y nunca aceptable- de los medios, sí habrá que sostener la hipótesis, mientras no se demuestre lo contrario, de que son ellos los que nutren de objetos los imaginarios sociales y juveniles. No se trata de dejar al margen el lugar siempre activo de los sujetos en los procesos de comunicación, sino sólo de admitir el papel en que la producción mediática puede cumplir cuando se trata de ubicar los riesgos juveniles en procesos institucionales y culturales de producción de sentido y de significaciones, y no solamente como responsabilidad plenamente individual.

Política social y globalización

La consagración de la supremacía del capital sobre el resto de la sociedad generó una reestructuración regresiva de la sociedad, cuyo efecto principal fue una derrota al campo popular y el desmantelamiento práctico de los derechos ciudadanos.

Esto implica también la prevalencia de discursos y de prácticas en que lo social se subordina a las lógicas de la inversión, de la gestión y de la eficiencia

Los efectos de la globalización en las políticas conllevan la legitimación de los riesgos, como consecuencias no deseadas y la atribución de la responsabilidad a los individuos por la reproducción de los peligros que en realidad son efecto de decisiones económicas y políticas; se descentran las lógicas de protección social y el discurso se focaliza en la lucha contra el vicio, la maldad, las culpas individuales y la corrupción social, las cuales se hacen entonces objeto de políticas globales y específicas, que incluye incluso las campañas militares. Para la sensación y el efecto de ser arrojado al vacío no existen más obras que las del control de los individuos, sin considerar los contextos sociales y culturales, para los cuales no hay lugar en una sociedad globalizada que piensa en términos instrumentales. Porque reconocer las consecuencias de los riesgos globales y modernos en la subjetividad –la angustia o la desafección- para resolver problemas sociales implicaría el desarrollo de estrategias complejas, menos bélicas, menos verticales y menos reaseguradoras de poder que las actualmente existentes. Implicaría generar estrategias pedagógicas que significaría elevadas dosis de horizontalidad y de negociación, nunca de imposición. Implicaría sobre todo la crítica y el reconocimiento de la propia sociedad como una sociedad generadora de riesgos.

Aunque nunca hubo un lugar para los individuos y las subjetividades, mucho menos lo habrá en los días en que las políticas se exponen a los principios excluyentes del mercado. Sin embargo, las lógicas y las categorías de la subjetividad podrían contribuir en una medida importante a la decodificación de los acontecimientos sociales, aunque no a su resolución de implicaciones más complejas.

Intentos de romper la complejidad social, de reducir, de circunscribir los problemas a grupos específicos para establecer prácticas puntuales además de fragmentarias, son parte e las prácticas de las políticas sociales en tiempos de globalización, a que se enfrenta toda intención de ampliar y sensibilizar acerca de los riesgos como condiciones estructurales de los procesos de cambio productivo, económico y cultural de las sociedades.

Jóvenes, valores y cultura de la información Otro supuesto sobre el riesgo sostiene que los jóvenes sufren las condiciones de riesgo porque “han perdido los valores” y porque los ideales del hedonismo, el individualismo y el consumismo han pasado a prevalecer por sobre la tradición y los enmarcamientos familiares, escolares e incluso religiosos. Los jóvenes siguen siendo los depositarios de los grandes vacíos simbólicos de las sociedades; esta afirmación no es exagerada, porque la llamada crisis de valores, que en realidad es un desplazamiento de unos valores por otros, es una cuestión, como los riesgos de la modernización, que aún no ha sido caracterizada y ni siquiera problematizada por los actores sociales ni políticos.

Un análisis sobre la llamada crisis de los valores da cuenta de que el problema radica en la creencia de que los mismos constituyen una verdad inmutable y no construcciones históricas, que cambian con la cultura, y que sobre todo consisten en procesos de significación. Más bien son los sujetos los que valorizan, no los valores los que se (auto) recuperan u se (auto) otorgan sentido. Otra hipótesis sobre el problema de la crisis de valores es la que niega de manera idealista que los valores se originan de las prácticas sociales, que son un efecto de las mismas y no su origen. ¿Será porque este reconocimiento implicaría una legitimación de las prácticas sociales y políticas actuales?

Dice Lipovetsky: los jóvenes forman parte de una sociedad global radicalmente nueva, con nuevos valores y aspiraciones; entonces no se trata de una crisis de valores protagonizadas por los jóvenes, sino de las contradicciones entre las formas nuevas y las formas viejas de comportamiento, y de las valoraciones sociales que son el cotidiano al que nos enfrentamos todos las que se ubican como un problema cuya responsabilidad se atribuye a los jóvenes. Balbeny, por su parte, afirma que todo esto se ubica en el contexto de un desfase entre dos ámbitos de la cultura contemporánea: la cultura informativa y la valorativa en las sociedades llamadas de la información, desfase que conlleva a que mientras la información -que proviene de los medios- es descriptiva y fácil de asimilar, la valorativa concierne a comportamientos, hábitos y creencias, y requiere la asimilación por parte de los sujetos.

La pregunta que se nos plantea en este momento es si la cultura contemporánea y globalizada es una cultura más informativa que valorativa, y si los valores que se comunican a través de los medios masivos están dotados de efectividad desde el punto de vista del aprendizaje. Si esto es así, podríamos caracterizar a la cultura de la información como una cultura de difusión de valores, es decir, promotora de nuevas éticas. Pero si se tratara de la generación mediática de valores, ¿cuáles son estos valores? ¿Podría hablarse de una práctica lineal o unilateral de producción valorativa?

La teoría de la comunicación puso de relieve en las últimas décadas la importancia del intercambio y de las relaciones intersubjetivas en la vinculación de los sujetos con los medios. Es decir, todo mensaje mediático debe pasar por un proceso de interpretación que es eminentemente intersubjetivo. Si es así, la mediación pedagógica no sería del dispositivo tecnológico en sí, sino de las interacciones personales, en el proceso de vinculación del sujeto con los medios. La mediación no es entonces tecnológica sino intersubjetiva e interpretativa.

En este sentido, los medios no serían productores de identidades y de violencias en los jóvenes, como se está afirmando en nuestros días, sino que la identidad y la violencia pasan por procesos que no se ubican solamente en el plano de las imágenes y de la información, sino por otros que atañen a los vínculos entre los seres humanos. Siempre habría un alguien que sitúa al otro en el camino de la libertad, de la ternura o de la violencia. Ese alguien, ¿podrá ser una pantalla, un ídolo mediático, o un amigo del otro lado del canal del chat? Es posible, y ese es mi principal supuesto que la crisis de valores no esté dada por la irrupción ni por el acceso a la información global, sino por déficit en lo local de la posibilidad de generar valoraciones sobre normas y deberes que se consideren legítimos, y de la imposibilidad de defender los valores dominantes realmente existentes, que se derivan de las prácticas y los comportamientos concretos de actores políticos y sociales.

Descubrir las reales posibilidades de los medios de producir valores es un nuevo desafío para las investigaciones sobre los riesgos juveniles en el contexto de la sociedad de la información.

Mundialización y pluralización de los sentidos

Una afirmación que se ha realizado respecto de la globalización es que, junto con la ruptura del orden mundial, existe una incapacidad por parte de la sociedad para restablecer imágenes del mundo y sentidos unitarios: ya no hay un centro, ya no hay una institucionalidad proveedora de sentidos. Las mismas crisis denunciadas por los jóvenes son de la idea y de la posibilidad de todo lo que implique una sola manera de concebir las relaciones, las instituciones, las prácticas o los sentidos: una familia unida, una relación estable, unas normas legítimas, una única manera –saludable- de encontrar alegría y reconocimiento. A la vida cotidiana, y a sus objetos y relaciones los jóvenes las construyen con sentidos propios, que pueden consistir en “hacer graffiti para ser famosos”, en “la importancia de vivir el momento”, en lo “bacán” de un grupo, o en lo “flash” de una droga.

Si el sentido no está afuera, en la familia, en las instituciones, es preciso para los y las jóvenes reconstruir sentidos por sí mismos, apoyarse en los fragmentos de sentido provistos por otras instancias, tal vez mediáticas que los generan. Pero para afirmar esto con convicción hace falta responder a la pregunta de si los medios son o no generadores de sentido.

Si esto no es así, y si se considera la creciente proporción de personas, incluso de adolescentes y jóvenes que viven solos, no solamente en Europa sino también en un país latinoamericano como Ecuador, por efectos de la migración o de las transformaciones familiares, no quedan muchas posibilidades de generar sentidos sino a través de vivir los que desde afuera se consideran peligros: las pandillas o bandas juveniles, los espacios públicos de interacción, generalmente en la calle, el recurrir a objetos y marcas con que distinguirse de los otros, el vivir la vida con el cuerpo, más que con los intercambios simbólicos que son pocos. Reflexiones que nos conducen de la mano a los fenómenos de la transgresión y de la violencia en un contexto globalizado de déficit de sentidos compartidos.

Los déficit simbólicos

Se ha aludido que para construir sentidos hacen falta referentes, recursos simbólicos que cada vez son más escasos entre los jóvenes que viven en condiciones de soledad o de marginalidad. Una investigación sobre concepciones de vida y muerte en jóvenes colombianos, dio cuenta de cómo el consumo cultural de libros, música y películas, posibilitaba a numerosos jóvenes reafirmar sus ideas sobre la vida, la muerte o la violencia, y de cómo la investigación posibilitó poner en circulación estas representaciones. Lo simbólico, como el sentido, tiene que provenir de otro identificable y significativo, so riesgo de pasar como un discurso que no dice nada a nadie, como esas frecuentes repeticiones mediáticas – sobre la paz, la democracia, o los derechos humanos- que carecen de verosimilitud.

Las representaciones sobre las que se construyen las relaciones sociales son más imaginarias que simbólicas. Esto es, están expuestas a las anticipaciones imaginarias de los sujetos en interacción sobre las percepciones de unos y de otros. ¿Qué pensará de mí? ¿Cómo me veré frente al otro? ¿Cómo querrá verme el otro? Estos imaginarios sustentan la producción de signos en el habla y el lenguaje, y por supuesto las interacciones entre los sujetos.

Ante el debilitamiento de los intercambios simbólicos –que se apoyan en lógicas como las de la reciprocidad o de compartir ideales comunes- las relaciones se tornan cada vez más imaginarias, más frágiles en sí, por apoyarse en supuestos, más dependientes de la subjetividad y de la mirada que en las certezas de las cosas dichas.

La circulación globalizada de imágenes provee de objetos imaginarios en los que se sostienen los comportamientos y las representaciones cuando las relaciones sociales se empobrecen. Esta y el empobrecimiento de los vínculos sociales, y no la sola presencia de las imágenes parece ser la condición de riesgo cuando los jóvenes se orientan hacia nuevas representaciones, algo presente en una subjetividad que se despliega hacia el mundo de los objetos externos, cargados de significaciones.

¿Liberación de las subjetividades?

Vattimo dice que en un contexto global de pérdida de sentidos unitarios, lo que se da es una liberación de los dialectos, de las lenguas de los pequeños grupos, y el estallido de una multiplicidad de racionalidades locales en las minorías étnicas, sexuales, religiosas y culturales, las cuales, quizás por primera vez en la historia occidental toman la palabra.

No es este el caso de los jóvenes que viven en condiciones de exclusión o de marginalidad. Hay adolescentes y jóvenes que no tienen la oportunidad de la palabra, sobre todo de esa palabra pública que se dirige a interlocutores confiables. A veces el derecho a la palabra se toma, se sustrae, se inscribe en una muralla que tiene dueños, a veces poderosos, o simplemente no accesibles, como la única manera de participar y dejar marcas en los mundos que esas murallas representan y que para ellos están vedados. El mundo de los jóvenes se construye al parecer como un intento por dejar una huella, por hacerse visibles, por ser mirados, o para usar sus palabras, “para ser famosos”.

La era actual –por estar abocada en desafíos centrados en el individuo, con los riesgos que esto conlleva, como la supuesta exacerbación del sí mismo- sería un momento en que “cada uno busca ser reconocido como una persona igual”. Esto sería correlativo con una cultura democrática, aunque individualista. No obstante, en América Latina y en países como el Ecuador, esto no es válido. Existe el afán de reconocimiento en los sujetos, pero esta es una necesidad que se percibe en contextos no democráticos, sino profundamente desiguales y excluyentes, es una respuesta más bien al desconocimiento del otro como sujeto, no al individualismo democrático. Esto implica que los jóvenes tampoco son sujetos de palabra, que la emancipación no los alcanza, por lo menos esa emancipación oficial y reconocida por las leyes y por las representaciones sociales o políticas.

Puede existir una forma de emancipación como ese poco de libertad que consiste en dejar hacer una capacidad subjetiva, y que se expresa simbólicamente en una transgresión, en un desliz, en el hecho de faltar a una norma o a los sentidos preestablecidos, como un ejercicio de libertad que no deja de ser “riesgosa” porque está sujeta a las atribuciones de responsabilidad individual.

El reconocimiento de la liberación de la diversidad no es aún un logro de las sociedades latinoamericanas, en las que sí se globalizan –paradójicamente- las interpretaciones unitarias negativas sobre la condición juvenil que los sigue haciendo objeto de intervenciones tradicionales.

Si los medios, en la sociedad de la información son los instrumentos de una visión más compleja y caótica de la sociedad, porque se han convertido en los portadores de una explosión y multiplicación generalizada de visiones del mundo, podría pensarse – y esa es una apuesta importante en quienes trabajan en políticas de juventud- que los medios son la salida para visibilizar y posibilitar que los grupos juveniles tomen la palabra y sean reconocidos.

El riesgo nuevamente es que esta visibilización se convierta en un objeto más de comunicación, que las imágenes portadoras de su presencia se dispersen y pasen a ser parte de los procesos de espectacularización ya cotidianos.

Individualismo y fantasmas del consumismo

Se supone que los jóvenes están inmersos en un entorno individualista, el mismo que es efecto de los hedonismos y una cultura del consumismo de los que son protagonistas. Pero si pensamos en las lógicas que activan el individualismo, en gran medida éstas no se deben a los objetos de consumo –que al fin y al cabo responden a sentidos de integración y de pertenencia- sino a otros procesos que tienen relación sí con una lógica de los derechos a la igualdad y con las expectativas que estos generan en situaciones concretas de relaciones interpersonales.

Las lógicas individuales –o individualistas si así las queremos llamar- responden a un sentido de fracaso o de imposibilidad de las relaciones sociales para constituirse según las expectativas individuales en un contexto de afirmación de la subjetividad. También dependen de la disolución de las instancias que podrían generar un control sobre los sujetos y forzar la continuidad y el sostenimiento de los vínculos. Pienso en la pareja, pero también en los padres y en las relaciones con los hijos, en el sentido de que no existen actualmente constreñimientos sociales fuertes que aseguren la no ruptura de los vínculos o el sostenimiento de las obligaciones familiares.

Me parece que el individualismo –en el que los jóvenes no son solamente protagonistas, sino sujetos de los riesgos que éste conlleva- no responde a la cultura del consumismo y de primacía de los objetos como valores universales, sino al fracaso de los lazos que vinculan a los sujetos entre sí, a la flexibilidad de las normas reales que les conferían sentido y permanencia a dichas relaciones, y al traspaso a los sujetos de la responsabilidad por las opciones y preferencias, ahora sí cada vez más individuales.

La crisis de sentido en las instituciones

Finalmente, quiero decir que las principales condiciones de riesgo para la construcción de las subjetividades juveniles se ubica en las instituciones que son generadas o transformadas en condiciones de una modernización globalizada, y en la capacidad de las mismas de ser proveedoras de sentidos.

Es en la exterioridad y en lo cultural emergente de las instituciones –familiares, educativas, religiosas- que podía esperarse los procesos de producción y generación de sentidos, en su interacción con las interioridades, en una estrecha relación entre lo objetivo y lo subjetivo. De esta vinculación proveedora de sentidos es efecto la subjetividad.

Creo que hoy en día, la multiplicidad de las opciones, y la legitimidad de sentidos puestos en las lógicas del mercado, de la utilidad o de lo que resulta eficiente, han contribuido a dejar por fuera toda otra configuración de sentidos basadas en lógicas expresivas y de desarrollo de capacidades sociales que no redunden en lógicas instrumentales, de tipo medios-fines.

Además, los efectos de la intervención de lógicas globales, no estrictamente nacionales de gestión y de construcción de políticas y proyectos, la prevalencia de principios mercantiles en las políticas (en las que lo que importa es la instrumentalidad y la relación costo-beneficios, más que los efectos en los destinatarios), y la escasa viabilidad de proyectos sociales que se ubican por fuera de estas lógicas, dejan abierta para los sujetos juveniles la pregunta por el sentido de las instituciones, y de toda instancia relacional en que no se jueguen los afectos.

La dificultad de un sujeto joven para ubicarse por fuera de las producciones dominantes de sentido o para generar sentido por sí mismo, es una condición adicional de riesgo. No puede saberse entonces si el riesgo en sí consistirá en la adaptación –más o menos activa- a las lógicas globales como sujeto activo en el mundo de las instituciones, o si el mismo estará implicado en un posicionamiento personal y la generación de maneras propias de generar sentidos.

Sin desconocer la posibilidad de que siempre existan posiciones intermedias entre los extremos, todo apunta a pensar que, al menos para gran parte de los jóvenes que viven en una relación de marginalidad frente a las prácticas globalizadas de participación, los riesgos que asuman seguirán siendo los menos deseables socialmente. La mayoría de ellos, difícilmente tendrán acceso a los requisitos de la sociedad global, en términos de productividad y de acceso al conocimiento y a la información que aquélla requiere.

Hacia la recuperación del sentido

Cómo asegurar que la globalización y la modernización sean condiciones que distribuyan más protecciones y menos riesgos –si es verdad que estos no se pueden eliminar- para las nuevas generaciones, es un objeto de investigación para las ciencias sociales, y de movilización social que de sentido a las prácticas grupales y las individualidades.

Aunque toda fórmula es inefectiva si no está acompañada de condiciones de viabilidad, y por lo que parece hasta ahora las propuestas de los movimientos mal llamados anti-mundialización están aún lejos de ser efectivizadas en el corto o mediano plazo, habrían acciones que podrían impulsarse desde las instituciones de formación y de desarrollo, y que deberían apuntar a acrecentar el potencial de la información que proveen los mismos mecanismos tecnológicos en los que se asienta la globalización.

Esto es, apoyar los procesos organizativos juveniles y de otros sectores y vincularlos a los procesos de formación y de información sobre las consecuencias sociales y subjetivas de la mundialización, y sus alternativas. Vincular los dramas subjetivos con las condiciones de abandono de las políticas, los sin sentidos con las ideologías que destruyen los sentidos, significaría transparentar los procesos de información y aprovechar los dispositivos interactivos de los que disponemos.

Un desafío para los centros de investigación y las instituciones productoras de conocimiento es el de conocer y promover los efectos -no lineales ni fáciles de identificar- de la globalización en las relaciones sociales, descentrando el riesgo de la misma como un fenómeno individual, y proporcionando elementos para pensar posibles articulaciones entre las diversas formas de agregación social –orientadas a las luchas sobre las relaciones laborales, las de género, las intergeneracionales o interculturales- que posibiliten una acción menos fragmentaria de la sociedad civil frente a las estrategias de la mundialización.

La falta de sentido no es una condición real de riesgo; descubrir esta realidad como un efecto histórico que puede modificarse es un desafío para las generaciones presentes y futuras, pero –a diferencia de las connotaciones individualizantes sobre los riesgos- recuperarlo es un proceso colectivo que se puede y se debe promover.
 

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