Las desilusiones del capitalismo globalizado

Por: John Gray*
Fuente: http://www.es.geocities.com

*John Gray. Profesor de Política en la Universidad de Oxford. Colaborador de The Guardian y el Times Literary Supplement. Es autor de Enlightement´s Wake y biógrafo de Isaiah Berlín.

En la primavera de 1998 John Gray publicó Falso amanecer, un libro que define al capitalismo globalizado como profundamente inestable. Los hechos le han dado la razón. No sólo previó la crisis asiática sino algo que aún está por llegar: un colapso en el sistema económico internacional. Este texto es un postscript a Falso amanecer y ofrece algunos escenarios para el futuro y algunas recomendaciones para evitar lo que a todas luces parece un apocalipsis

Falso amanecer

Tal y como está constituido, el capitalismo global sufre de una inestabilidad inherente. El libre mercado a un nivel mundial no muestra más capacidad de regularse a sí mismo de lo que mostraban los libres mercados nacionales del pasado. Con apenas una década de existencia este proceso contiene ya desequilibrios peligrosos. A menos de que sea reformada radicalmente, la economía mundial corre el riesgo de caerse en pedazos en medio de una repetición -con tintes a la vez de farsa y de tragedia- de las guerras de mercado, las devaluaciones competitivas, los colapsos económicos y las agitaciones políticas de los años treinta.

Los partidos predominantes en todos los países sostienen que no hay alternativa ante el libre mercado mundial. Este libro lanza un reto a esa filosofía económica. Cuando Falso amanecer fue publicado en Gran Bretaña en la primavera de 1998 recibió ataques desde todas las posiciones del espectro político. Su declaración esencial: “el capitalismo globalizado es, en su forma actual, profundamente inestable”, se consideró en extremo pesimista, por no decir apocalíptica. Menos de un año después, esta afirmación ha sido ampliamente vindicada.

La recepción de Falso amanecer confirmó una de sus tesis centrales: la opinión contemporánea -en política, en los medios y en los negocios- se ha apartado tanto de enfrentar realidades humanas, que ya no puede distinguir la utopía de la realidad. Como resultado, la opinión contemporánea no está preparada para el regreso de la historia, con sus conflictos familiares e insolubles, sus decisiones trágicas y sus ilusiones arruinadas, fenómenos de los que ahora somos testigos.

En el breve periodo desde la publicación del libro, sucesos han corroborado sus análisis. Incluso la opinión oficial está comenzando a sospechar que los problemas económicos en Asia no son dificultades locales en países remotos. Dentro de poco esta opinión oficial tendrá que enfrentar el hecho de que lo que ha querido ver como una crisis del capitalismo asiático es, en realidad, una crisis en rápido desarrollo del capitalismo global. Ya no puede haber muchas dudas de que nos acercamos a un trastorno mayor en el sistema económico internacional. Es fácil apostar a que dentro de pocos años será difícil encontrar a una sola persona que admita haber apoyado el régimen global al que hoy la opinión establecida insiste en plantear como inmutable.

Falso amanecer argumenta que un libre mercado global no es una ley de hierro de desarrollo histórico, sino un proyecto político. Las graves fallas de este proyecto ya han causado mucho sufrimiento innecesario. Y no obstante, una economía global modelada en los libres mercados angloamericanos es el objetivo declarado del Fondo Monetario Internacional y organizaciones transnacionales similares. Los mercados globales son máquinas de destrucción creativa. Como los mercados del pasado, no avanzan en olas lisas y graduales. Progresan a través de ciclos de auge y quiebras, manías especulativas y crisis financieras. Como el capitalismo en el pasado, el capitalismo global logra hoy su prodigiosa productividad destruyendo viejas industrias, oficios tradicionales y modos de vida. Pero en una escala mundial. Joseph Schumpeter entendió el capitalismo mejor que ningún otro economista del siglo XX. Percibió que el capitalismo no trabaja para preservar la cohesión social. También que, dejado a sus propias reglas, el capitalismo podía destruir la civilización liberal. Por eso aceptó que el capitalismo debía de ser domado. La intervención gubernamental era necesaria para reconciliar el dinamismo del sistema capitalista con la estabilidad social. Lo mismo es cierto para los mercados globales de hoy.

Los que hoy creen en el laissez faire mundial hacen eco de Schumpeter sin comprenderlo. Creen que al promover prosperidad, los libres mercados logran el avance de los valores liberales. No se han dado cuenta de que un libre mercado global engendra nuevas variedades de nacionalismo y fundamentalismo, incluso aunque produzca nuevas élites. Al erosionar los cimientos de las sociedades burguesas y al imponer una inestabilidad brutal en los países en vías de desarrollo, el capitalismo globalizado está poniendo en peligro a la civilización liberal. También está dificultando la coexistencia pacífica de diferentes civilizaciones. El laissez faire global se ha convertido en una amenaza para la paz entre los Estados. El sistema económico internacional de ahora no cuenta con instituciones efectivas para conservar la riqueza del medio ambiente. Hay el riesgo de que en el futuro los Estados soberanos se enfrasquen en una lucha por el control de los disminuidos recursos naturales de la tierra. En el próximo siglo, a las rivalidades ideológicas entre los Estados pueden seguir guerras malthusianas provocadas por la escasez.

La crisis asiática es un signo de que los libres mercados globales son ingobernables. Una burbuja de proporciones históricas que puede estallar en Estados Unidos; una deflación atrincherada en Japón y emergente en China; la depresión en Indonesia y en varios países asiáticos más pequeños; la crisis financiera y económica y un probable cambio de régimen en Rusia; ninguno de estos procesos augura estabilidad. Muestran lo inestable de la economía mundial entera.

En este nuevo postscript mostraré cómo los recientes sucesos ilustran y corroboran el argumento de Falso amanecer. Ofreceré después algunos escenarios para el futuro y onsideraciones sobre lo que podría hacerse. ¿La crisis actual de Asia prefigura el fin de los modelos asiáticos capitalistas, como ha concluido de manera muy rápida la sabiduría convencional de los países occidentales? ¿Japón podrá preservar su cultura económica característica? ¿Puede la Unión Europea, recién equipada con una moneda única, aislarse del choque del mercado global? ¿Puede el capitalismo alemán renovarse a sí mismo? ¿En qué se convertirá el compromiso de Estados Unidos con el libre mercado, cuando la economía de burbuja propia de ese país haya estallado?

Estas son algunas de las preguntas que me gustaría señalar, sugeridas por los hechos ocurridos desde la primera publicación de este libro. Antes de hacerlo, sería útil revisar su argumento central, estructurado a partir de ocho hilos fundamentales.

El argumento de Falso amanecer

El libre mercado no es -como supone hoy la filosofía económica- el estado natural que toman las cosas, cuando la política no interfiere en los intercambios del mercado. En cualquier amplia y larga perspectiva histórica el libre mercado es una rara desviación de breve existencia. Los mercados regulados constituyen la norma, y surgen espontáneamente en la vida de cada sociedad. El libre mercado es una construcción del poder estatal. La idea de que el libre mercado y el mínimo de intervención gubernamental van juntos, que era parte del stock que manejaba la Nueva Derecha, es la verdad inversa. Dado que la tendencia natural de la sociedad es a restringir los mercados, los libres mercados sólo pueden crearse por el poder de un Estado centralizado. Los libres mercados son las criaturas de los gobiernos fuertes y no pueden existir sin ellos. Este es el primer argumento de Falso amanecer.

El argumento se ilustra bien con la breve historia del laissez faire en el siglo XIX. El libre mercado fue construido en Inglaterra, a mediados de la época victoriana y en circunstancias excepcionalmente propicias. A diferencia de otros países europeos, Inglaterra contaba ya entonces con una larga tradición de individualismo. Durante siglos, las pequeñas granjas fueron la base de su economía. Pero sólo cuando el parlamento utilizó sus poderes para enmendar o destruir los antiguos derechos de propiedad y crear nuevos -mediante leyes que permitieron la privatización de la mayor parte de las tierras comunales del país- nació un capitalismo agrario de grandes haciendas.

El laissez faire surgió en Inglaterra mediante la conjunción de circunstancias históricas favorables y el poder sin freno de un parlamento en el cual no estaba representada la mayoría del pueblo inglés. A mediados del siglo XIX, mediante las leyes de protección, la ley de los pobres y la abrogación de la ley del maíz, la tierra, el trabajo y el pan se volvieron mercancías como otras cualquiera: el libre mercado se había convertido en la institución central de la economía.

Pero el libre mercado duró apenas una generación en Inglaterra. (Algunos historiadores han llegado hasta la hiperbólica afirmación de que nunca existió una era de laissez faire). A partir de 1870, su desaparición fue legislada gradualmente. Ya para la Primera Guerra mundial, los mercados habían tenido una amplia re-regulación en interés de la salud pública y la eficiencia económica, y el gobierno estaba muy activo proporcionando toda una variedad de servicios esenciales, sobre todo educación. Gran Bretaña mantuvo un tipo de capitalismo altamente individualista, y el libre comercio sobrevivió hasta la catástrofe de la Gran Depresión, pero ya se había reafirmado el control político sobre la economía. El libre mercado fue visto como un exceso doctrinario o bien como un mero anacronismo, hasta que la Nueva Derecha lo revivió en los años ochenta.

La Nueva Derecha fue capaz de alterar de manera irreversible la vida política y económica de los países donde ganó poder, pero no pudo lograr la hegemonía a la que aspiraba. En Gran Bretaña, Estados Unidos, Australia y Nueva Zelanda, junto con otros países como México, Chile y la República Checa, gobiernos con fuerte influencia de las ideas del libre mercado fueron capaces de desmantelar muchas de sus herencias corporativas o colectivistas. Pero en todos los casos las coaliciones iniciales que hicieron políticamente posibles las políticas del libre mercado, fueron socavadas por los efectos a mediano plazo de estas mismas políticas.

Liquidar las viviendas de interés social -una de las políticas thatcherianas clave- fue un éxito mientras los precios de las casas estaban al alza. Cuando los precios cayeron abruptamente y millones quedaron atrapados por las pérdidas, la medida se volvió un estorbo político. Privatizar bienes públicos y liberar el mercado sólo fueron medidas políticamente ventajosas mientras una economía de auge escondió su impacto más profundo: agravar la inseguridad económica. Cuando el revés económico hizo palpable ese efecto, los gobiernos de la Nueva Derecha comenzaron a vivir en un tiempo prestado.

En la mayoría de los países, la izquierda moderada ha resultado ser la beneficiaria política de las reformas de la economía neoliberal. Tanto a finales del siglo XIX como a finales del siglo XX, los efectos destructivos del libre mercado lo convirtieron en una experiencia políticamente insostenible. Esta circunstancia lleva al segundo elemento de Falso amanecer: la democracia y el libre mercado son competidores más que socios. “El capitalismo democrático” -el vacuo grito de guerra de los conservadores en todas partes- designa (u oculta) una relación profundamente problemática. El acompañante normal de los libres mercados no es el gobierno democrático estable, sino la política volátil de la inseguridad económica.

Ahora y en el pasado, en prácticamente todas las sociedades, el mercado ha sido restringido para impedirle frustrar de manera demasiado severa necesidades humanas esenciales de estabilidad y seguridad. En contextos modernos recientes, al libre mercado normalmente lo moderan gobiernos democráticos. El marchitamiento del libre mercado en su más pura forma victoriana coincidió con la ampliación de las franquicias. Así como el laissez faire inglés perdió terreno con el avance de la democracia, así en la mayoría de los países los excesos de los años ochenta ya han sido moderados -bajo la presión de la competencia democrática- por los gobiernos sucesivos. No obstante, a nivel global el libre mercado sigue sin freno.

Un proyecto histórico, el de reconciliar la economía de mercado con el gobierno democrático, ha entrado en lo que pareciera su retirada final. La socialdemocracia europea existe como un número de regímenes presentes. Pero los gobiernos socialdemócratas carecen de capacidad de nivelar la vida económica que ejercieron durante su periodo exitoso de postguerra. Los mercados vinculados en la globalidad no autorizarán préstamos fuertes para las socialdemocracias. Las políticas keynesianas no son efectivas en las economías abiertas, de las cuales el capital puede fugarse a voluntad. La movilidad mundial de la producción permite a las empresas ubicarse allí donde la reglamentación y los impuestos resulten menos onerosos.
 

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