La democracia como encrucijada

Por: Mario Sobarzo Morales
Fuente: Sepiensa.cl  (26 de October de 2005)

En Homero el término tékhne se aplica al saber de los demiurgoi, metalúrgicos y carpinteros, y a ciertos quehaceres femeninos que requieren experiencia y destreza, como el tejer. Pero designa también las magias de Hefaistos o los sortilegios de Proteo. Entre el logro técnico y el éxito mágico la diferencia aún no está determinada. Los secretos del oficio, los movimientos del especialista, se incluyen en el mismo tipo de actividad y ponen en juego la misma forma de inteligencia, la misma metis, que el arte del adivino, las astucias del hechicero, la ciencia de los filtros y los encantamientos de la maga. (Jean-Pierre Vernant. Mito y Pensamiento en la Grecia Antigua.)

Un seminario que intente determinar ese gran problema que representa para todos los que vivimos en Latinoamérica el modo nunca constituido de la democracia, la sustancia siempre derivada hacia el futuro de su fundamento, y la constante exclusión de amplios sectores para su funcionamiento, sólo puede articularse como una interrogación por las tres grandes preguntas que son el sustrato que hace posible la existencia de esa misma democracia. En primer lugar, ¿qué poder implica la soberanía democrática? En 2º, ¿qué actor la ejerce y es protagonista de ella? Y en 3º, ¿de qué modo se ejerce dicha democracia?.

Para determinar las respuestas a estas preguntas es necesario partir por definir los rasgos que constituyen dicho ideal y construcción llamada democracia, y los vínculos que tiene con ese otro término, parte de la tradición romana, llamado República.

En este punto debo señalar que en todas las reflexiones que desarrollo y he desarrollado hasta hoy, en el ámbito de la filosofía política, siempre he preferido el término República como institución a pensar y desarrollar. Esto no quiere decir que el concepto mismo de democracia no me parezca un concepto adecuado para lograr generar fórmulas de articulación políticas más plurales, sino que el mayor problema que me genera el término es su uso y abuso indiscriminado por tradiciones que van desde el liberalismo hasta el populismo, y que tiende a desvirtuar la sustancia misma de lo que se pensó por ella en el contexto del pensamiento griego, y de la acción política griega, en la Atenas clásica.

Si nos detenemos en la reinstalación en el mundo moderno de esa preocupación por la problemática democrática no podemos sino reconocer la ingerencia liberal en el modo en que se pensó y se dio la articulación de la democracia. El parlamentarismo inglés, la democracia norteamericana o la República representativa francesa están atravesados de arte a parte por el pensamiento liberal. Esto quiere decir por una forma de concebir la estructuración de lo social y de la política desde el individuo como actor central de ellas, de la propiedad como fundamento de la libertad, de los derechos frente al Estado como fórmula de garantía para el ejercicio democrático, de la representación política como fórmula de participación y legitimación de la acción política, de la construcción de un Estado laico como única posibilidad de respeto a la multiplicidad social, y del voto como medio de expresión de la voluntad soberana popular.

Estas ideas tuvieron un potencial transformador y liberador frente al Antiguo Régimen que implicarían la emergencia de los Estados Nacionales modernos, constituidos desde la figura del Pueblo como el cuerpo de lo social que legitima su existencia y da movilidad a su desarrollo histórico en medio de las otras naciones.

Pero es este paradigma el que aparece hoy consumado. Esto quiere decir habiendo alcanzado su máximo potencial de desarrollo, pero por lo mismo abandonado en su posibilidad de desarrollo histórico.

No sólo es el Estado Nacional lo que hoy se encuentra cuestionado, mirado como un paciente terminal, sino que es la democracia misma la que aparece desplazada en su manifestación contigente, para aparecer como una figura trascendental, una realización de una historia aún por venir, donde la multitud pueda expresarse sin las limitaciones de los Estados ni el control biopolítico como garante del funcionamiento eficaz y eficiente del sistema.

Pensar de esta forma la democracia la convierte en un mero ejercicio de la historia concebida como Anánkê, como necesidad trascendental a la voluntad de los actores que viven en la comunidad política, que hacen sus acciones en la práctica diaria, que está en constante peligro de clausurarse, de cerrarse en el totalitarismo del sentido y de la unión de sociedad y política.

Es por ello que me interesa en este contexto, en esta mesa de discusión, volver a reflexionar sobre las tres preguntas que planteaba al principio para reponer esa otra forma de pensar la democracia, esa forma que se encuentra en el origen griego y en su vínculo con la forma específica de política llamada República, y que permite sostener un optimismo siempre en tensión consigo mismo, una acción siempre obligada a volver a pensar por su modo de darse en la realidad.

Poder y Comunidad Política Cada uno de nosotros es sucesivamente, no uno, sino muchos. Y estas personalidades sucesivas, que emergen las unas de las otras, suelen ofrecer entre sí los más raros y asombrosos contrastes.

José Enrique Rodó. Los Motivos de Proteo.

La concepción democrática liberal fue el verdadero artífice de los Estados Nacionales y también del orden imperialista que implicaba la lucha constante de unos contra otros por la dominación. Dos momentos son los que están detrás de ello: su estructuración económica capitalista, y la tendencia a la expansión y concentración que son connaturales a dicho capitalismo. Estas tendencias sólo podían manifestarse como incomodidad para aquellas naciones que quedaban fuera de la repartición del poder o participaban deficientemente de él.

No es de extrañar, entonces, que el discurso trascendentalista de la paz, la seguridad o el derecho abstracto internacional hayan servido de fundamento legitimador del nuevo orden mundial llamado globalización. Ella es efectiva en conseguir estos logros, en convertir el mundo en un lugar más seguro y pacífico, en la medida que la hegemonía requiere la tranquilidad que otorga el control de la disidencia, del desorden, del desacuerdo.

El liberalismo como forma política se sostiene en la práctica del consenso, y a él lo llama ejercicio de soberanía democrático, en la medida que supone la manifestación de la representación mayoritaria para producirlo.

Esta imaginería de la política es consistente con el fundamento que sostiene el aparato de control y administración del poder: el capital. Él se desarrolla óptimamente en el orden, en la tranquilidad, en el abandono de la construcción del espacio común, y en la preocupación por las satisfacciones individuales.

Es por eso que la democracia requiere ser pensada desde otra vertiente, a riesgo de convertirse en una ideología totalitaria que disuelve las diferencias entre los planos de lo social, de lo económico, del derecho, del conocimiento y de la política.

Totalitarismo es como nos recuerda Arendt y Lefort ese momento en que toda diferencia se disuelve para dar paso al dominio del Uno, sea en la forma que adquiera él.

Por el contrario, el verdadero ejercicio democrático como se daba en la Grecia Antigua era el que hacía aparecer la diferencia, el que manifestaba la pluralidad de las singularidades. Para ello era que se generaban una serie de exigencias democráticas.

En primer lugar, la instalación de la ley en el centro de la comunidad política, reemplazando así la figura del cuerpo social como un dato natural, como una totalidad orgánica sostenida en los vínculos de sangre, o en las tradiciones conservadas al precio de la pérdida de decisión soberana de la Polis.

En 2º, el hecho de que esta ley sea situada en el centro (es meson) tiene que ver con una doble condición de ella. Por un lado, con la capacidad de generar la isología o la isegoría de los ciudadanos en su capacidad de influir en la comunidad toda, y por otro como marco de opsis, de mirada desde todos los lugares, campo o ciudad, clases altas o bajas, oficios técnicos o intelectuales, etc.

En 3º, ya que es en la isología que el ejercicio democrático se da, se requiere el reconocimiento de unos y otros como marco de referencia para volver operativo el sistema democrático. No hay democracia ni comunidad política en un sistema que disuelve las identidades particulares en la totalidad, que pierde la condición de unicidad de cada uno de los ciudadanos. La expresión de esta unicidad se da en las acciones que ocurren ante los demás, en el espacio común del ágora, y en los discursos, en el uso del logos como forma de generar decisiones, de producir las leyes.

En 4º, la práctica que sostiene esta condición de la democracia, no es el consenso, sino el disenso. Como lo señala Maquiavelo al referirse a la grandeza de la República Romana, ese disenso, ese desacuerdo surge del afán de dominación y del miedo a perder la libertad. De esa confluencia contradictoria en los fines, surge la práctica de una radical y atenta vigilancia de todos los asuntos que tienen que ver con el ejercicio del poder. Lo que la ley debe hacer es ser garantía y resultado de este disenso. Garantía porque debe mantener la institución de él funcionando, y resultado porque la ley como trascendencia respecto a los intereses particulares expresa el dinamismo de una sociedad viva.

En 5º, este disenso se expresa en la memoria común, en la historia que rescata el acontecimiento particular, específico, de un ser humano que manifiesta su virtud (areté) en el sacrificio por el bien común, en el más allá de todo lo esperable de un simple ser humano, y que por lo tanto en su acción se vuelve ejemplo ciudadano, pero también patrimonio de la comunidad toda.

En 6º, en la conciencia de que es la libertad la que otorga sentido a la acción. Una libertad entendida como expresión no de un deseo inmanente, sino como acto de autoafirmación que se construye en la voluntad de querer conservarla, en el trabajo siempre nuevo de realizarla en actos políticos.

Y en 7º y final, en la conciencia trágica de que la virtud es asunto perecedero. Que la existencia de esa comunidad política, de esa República y su ejercicio democrático está condenada, por ser acción humana, al ciclo de esa misma vida. A la desaparición, al agotamiento, pero también al orgullo de sostenerse en la libertad misma que no encuentra otro sentido más que su propia realidad expresada en acciones y discursos.

Este otro modelo de concebir la democracia como acción difiere del liberal en todo, porque el actor que se encuentra en él no es el pueblo como cuerpo con mil cabezas, o como clase, sino el ciudadano definido políticamente a partir del disenso.

La figura del ciudadano es exactamente lo opuesto al voluntarismo inmanentista del deseo de ser de la multitud, es más bien un acto de decisión que se genera desde el peligro que mana desde una sociedad sin origen datable, sin referencia encontrable en ningún sitio salvo la decisión misma de la comunidad de ciudadanos con afán de gobernar y no querer serlo arbitrariamente. Ese afán se exterioriza en la ley.

Kratos y Praxis

¿Para qué inquirir de eso, oh Atrida? Mejor te sería no saber ni escuchar mis secretos. ¡No habrá de tardarse mucho tu llanto una vez que los oigas! (Homero, Odisea. Canto IV.) Hasta ahora he intentado situar el modo de concebir la problemática y el modo en que ha sido pensada en la tradición liberal y una forma paralela que sirva de alternativa a ella. Sin embargo, hay dos aspectos que he dejado para el final. En primer lugar, la forma que adquiere el poder en esta forma republicano-democrática, y en 2º, los puntos de no retorno que está generando la alternativa liberal de democracia.

Partiré por tematizar el 2º punto, para cerrar luego con el primer problema.

Hace un tiempo, y en el contexto de otro seminario de Ciencias Políticas señalaba en el marco del problema de la igualdad, el bien común y la justicia, que habían tres problemas que nos estaban afectando a nosotros, la comunidad política que se llama Chile. En el contexto del actual Seminario que intenta pensar la democracia, creo que esos problemas pueden ser enfocados desde el ámbito del poder que se despliega en el marco de esa forma política en su vertiente liberal.

La forma que ha adquirido la democracia en Chile es profundamente preocupante. Yo me la imagino bajo esta imagen de Proteo, es decir como un constante desplazamiento de la exclusión como forma de ejercicio del poder, y como exclusividad de resolución de todos los problemas desde una perspectiva, y lógica teórica, liberal.

El mayor problema que tiene la lógica liberal es que tiende a la fragmentación de la comunidad política, a su separación en átomos configurados sólo desde lo social de su aparición. Este es el caso de los delincuentes pensados como meros individuos que rompen la armonía de un sistema donde las instituciones mantienen la estabilidad de todo el resto de la sociedad que es feliz en sus condiciones de participación a través del consumo (de posturas políticas, de productos, de status y roles, de producciones de individualidad, etc.) y la legitimidad de él. También de los adolescentes que son vistos como alteraciones de las fórmulas de integración, y por tanto deben ser reducidos sólo a una categoría penal, pero no cívica. O de las minorías de todo tipo, reducidas a una aparición publica fragmentaria y constantemente dependientes de una exterioridad dada por las elecciones o las manifestaciones reprimidas con todo el peso de la ley.

Pero la exclusión sólo genera una respuesta: rebelión disonómica frente a la violencia sistémica. Esto quiere decir que en poco tiempo es probable que las formas de acción se vuelvan cada vez más radicales, es decir que veamos surgir respuestas bajo la forma del “terrorismo”, o que la delincuencia adquiera una forma más violenta que la que preocupa a los encuestados, o que los adolescentes asuman identidades urbanas cada vez menos integradas al resto de la sociedad (y por lo tanto más violentas según las representaciones sociales dominantes).

El liberalismo no sólo ha generado estas formas de respuesta, sino que además sólo puede relacionarse con ellas con más violencia derivada del control sistémico. Este es un punto de no retorno. Da lo mismo que hubiera un cambio a la ley electoral, de forma que los grupos excluidos pudieran tener representantes, o que la inscripción fuera automática. Las manifestaciones de rebelión no se resuelven con las respuestas que puede dar el paradigma liberal, en la medida que no es la mayor fragmentación otorgada por la libertad negativa lo que soluciona la falta de comunidad. La exclusión sólo puede enfrentarse reconociendo el disenso, dándole, no cabida, sino reconociéndolo como el motor de la comunidad política. Sólo si se invierten los términos y se deja de pensar en la búsqueda de la armonía formal, es posible reconocer que lo que se expresa en la rebelión violenta para el poder dominante es la libertad constituyente de una forma de ciudadanía proscrita y perseguida por una legislación pensada como límite en la relación con los demás. Seguir pensando desde la condición de ley como la alteridad a lo que somos, es hacerla más odiable. Y frente a lo que se odia sólo queda la rebelión: violencia vista desde la perspectiva del sistema.

Pero el pensamiento liberal no sólo usa la exclusión como estrategia de control, sino también la exclusividad de la tolerancia como forma de concebir la relación entre los ciudadanos. Esto quiere decir que el pensamiento liberal se sitúa en el círculo mágico de la existencia, en esa técnica de administración de la vida que produce un pensamiento limitado y limitante. La respuesta nuevamente es pluralidad. Pero esta pluralidad es ruptura del campo simbólico, expresión de alteridad horrorosa. Pánico de los que se encuentran dentro del campo simbólico. Temor a la muerte, manifestación de la inseguridad que viene desde fuera, y ante la que hay que encerrarse, protegerse con policías, guardias privados, botones de pánico.

Afuera está la orgía de los otros, los comunes, los bárbaros. La república viva del disenso que no tiene lugar posible dentro.

Existe alguna alternativa?

Creo que esa respuesta está en la reconsideración del poder. Frente a la concepción del poder liberal que tiene que ver con la violencia para mantener el orden, el poder democrático, republicano, se nutre del entre, de la relación que fluye entre los ciudadanos que para conservar su libertad están obligados a tener que participar, a tener que individualizarse en actos y palabras.

El poder no corrompe, porque para ejercerse se requiere su constante reversibilidad, su extensión en la ley como manifestación de la soberanía que emana de la comunidad activa. Esto es lo que Aristóteles llamó praxis. No el mero cálculo técnico para conseguir fines, lo que supone un conocimiento mágico del futuro, sino el reconocimiento del estar siempre en medio de nada: de un futuro que emana de nuestras acciones y de un pasado que se mantiene vivo en la virtud que se expresa a cada momento, en cada uno de nosotros.

La ley forma a los ciudadanos y la educación a los niños. Es esto lo que nos falta hoy, la separación entre ambas. A los liberales sólo se les ocurre crear leyes para proteger la propiedad, la seguridad, el espacio común y la libertad, cuando es exactamente al revés: la propiedad, la seguridad, el espacio común y la libertad, deberíamos haberlas aprendido como formas de acción en la infancia, en una educación que nos enseñara a juzgar, a decidir, a ser ciudadanos, para que luego, a la hora de hacer las leyes, ellas fueran la manifestación de eso que somos, no lo que otros (los que detentan el poder) quisieran que fuéramos.

La democracia al igual que Proteo se resiste a ser reducido mediante el control de la violencia, y del mismo modo que él, después de las múltiples transformaciones, cuando vuelve a su forma original nos habla y nos dice: soy todos y ninguno, soy la multiplicidad constituyente que se expresa en el poder de la comunidad política. El olvido de esto le va a costar a los liberales mucha sangre y llanto todavía.

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