Democracia, ni entre ellos

Por: Camilo Estrada Luviano
Fuente: http://www.icalquinta.cl

El dinero por sí mismo no es capital, sino es únicamente el medio de circulación, es decir, el que se utiliza para realizar los intercambios, eso que llamamos comúnmente compraventa. Puede cumplir con este papel porque su función principal es la de servir como medida de valor, entonces, si no se utiliza para la compraventa puede ser atesorado y ser usado cuando así lo disponga su poseedor. Esto no significa que el dinero por si mismo sea reserva de valor, sino que sólo mide el valor de las mercancías y, gracias a la ley, aunque sea un simple papel, es aceptado por todos, porque la ley obliga a todos los miembros de la sociedad a aceptarlo.

El dinero se convierte en capital cuando con él se adquieren instrumentos de trabajo y objetos que con dichos instrumentos van a ser transformados, mas como los instrumentos solos no pueden transformar nada es indispensable para ese comprador-capitalista adquirir fuerza de trabajo, que con frecuencia y para enmascarar la explotación, llaman mano de obra. Ciertamente es la “mano de obra”, pero eso es lo más importante para el patrón, porque el poseedor de esa capacidad de trabajar, es decir el obrero, es quien le va a hacer la transformación de unos objetos en otros, -esto es lo que se llama proceso de trabajo-, pero no es lo más importante.

Lo más importante es que en ese proceso de trabajo, el trabajador crea más valor que el que se le pagó. Si el obrero recibió determinada cantidad de dinero, -su salario-, al finalizar su jornada de trabajo deja mercancías hechas equivalentes a ese salario que recibió más el equivalente al valor de los medios de producción que utilizó más un remanente extra, remanente que al venderse, -al realizarse la mercancía dicen los economistas-, le queda al capitalista como ganancia. Esta ganancia no cae del cielo ni aparece en la circulación, es decir, en el mercado, sino que ya se encuentra en la mercancía que llega a él y ahí únicamente se traduce en dinero junto con el valor que invirtió el dueño de la mercancía para producirla.

Esto es lo que realmente sucede en el capitalismo. Pero como ningún país es cien por ciento capitalista, en toda la sociedad se presenta una serie de fenómenos que hacen más complejo comprender este proceso de explotación, el cual consiste en el hecho de que al trabajador, al obrero, al verdadero productor de mercancías, quien por no poseer medios de producción debe, obligadamente, vender su fuerza de trabajo con lo que permite la explotación de ellos por los patrones y este hecho difícilmente se ve a simple vista. La realización del capital, es decir la transformación del dinero en capital no sólo significa la explotación del obrero, sino una gran cantidad de fenómenos que “le hacen la vida pesada” al propio capitalista. Entre estos tenemos el estar innovando constantemente los medios de producción porque esta innovación, que conocemos como avance tecnológico, significa más y mayores ganancias. Pero este no es el único, los capitalistas tienen, tanto en lo personal como en lo social, gran cantidad de problemas para seguir en el campo de batalla que es el mercado, y tiene que ser competitivo, porque si no, se va fuera de la arena.

La competencia es otro de esos grandes retos que tiene el capitalista. Éste debe ser competente en cuanto que debe explotar más y más a los obreros, lo que se traducirá en más y más ganancias, así esta “competencia” entendida como capacidad de ser apto e idóneo para hacer bien las cosas, -explotar a los obreros-, se pone a prueba en la competencia del mercado, en decir en el enfrentamiento no sólo con el comprador, sino entre los diferentes vendedores y en el hacho de lograr hacer que los compradores compitan entre sí para adquirir lo que él ofrece en el susodicho mercado, en otras palabras, “lo competente” en la fábrica se transforma en “lo competitivo” en el mercado.

No estamos hablando de semántica, sino de hechos, hechos que a pesar de la confusión semántica que pueda darse, una vez aclarada ésta nos permite ver claramente que el capital no es el dinero ni los medios de producción, mucho menos la así llamada mano de obra, la cual no tiene sentido comprar si no se han comprado los medios de producción. Esto nos lleva a que nos quede claro que el capital es una relación social, es más, es una relación social de producción, y esto nos explica que la competencia en el mercado no se exprese solamente en la oferta y la demanda. Ésta es solamente la competencia entre el comprador y el vendedor que forzosamente está acotada por el piso que eso que llaman costo, de producción, por supuesto.

La competencia más feroz es la que se da entre los capitalistas mismos. Entre ellos el problema de la oferta y la demanda no es el más importante. El más importante es la competencia por ser uno más competitivo que el otro y esto se traduce en que el “vencedor” debe, sin ninguna consideración, aniquilar al competidor. Esto genera que en el capitalismo la lucha más feroz se da entre los capitalistas mismos. A la clase obrera simple y sencillamente la explotan y entre más, mejor. El mejor capitalista es el que más y mejor explota a sus obreros y eso de decir mejor es verdaderamente cruel, porque se trata de explotarlo sin provocar el descontento de los explotados.

Por simple lógica, si bien la clase obrera es el peor enemigo para la clase burguesa y por la tanto el enemigo principal del proletariado es la burguesía, ésta tiene el poder y domina por completo a los trabajadores y a todos los pobres, posibles nuevos obreros de la sociedad. Pero hay en la sociedad, aparte de esta contradicción antagónica, otra que no por no ser antagónica es menos importante. Esta contradicción es la que se da entre los capitalismos mismos. En el capitalismo, aparte de los obreros que pueden estar sojuzgados por la ideología de la clase dominante, el peor enemigo de un capitalista es otro capitalista.

¿Puede haber democracia en esas condiciones? ¡Ni entre ellos, los capitalistas! El hablar de democracia como sinónimo de capitalismo es simple, sencilla y llanamente un dislate y quienes así lo entiendan tienen el nombre adecuado.
 

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