El concepto de democracia en Marx

Por: Maximilien Rubel
Fuente:  Revista “Metrópolis”, Núm. 3 – Diciembre  2003

Maximilien Rubel (muerto en 1996 a los 90 años), se ha ganado a pulso el mérito de ser considerado uno de los más grandes estudiosos y conocedores de la obra de Karl Marx —cuidó la Bibliothèque de la Pléiade, en Gallimard— con un esfuerzo solitario y a contracorriente, para dar la palabra directamente a ese pensador, más célebre que leído: un trabajo paciente, realizado contra la censura de las interpretaciones “canónicas” que el comunismo oficial había erigido… Rubel es poco conocido en latinoamérica, sin embargo fue uno de los precursores intelectuales de la “nueva izquierda” marxista (en México, Argentina…), a través de su excelente Ensayo de biografía intelectual, editado en 1970, por Paidós. En la conferencia que ahora presentamos, Rubel rastrea la evolución del concepto de democracia en Marx: desde los estudios anteriores a su adhesión al comunismo (1843) hasta el punto en que el movimiento práctico (1871) le indica “la forma política revelada finalmente, para realizar la emancipación económica del trabajo”.

(Este ensayo fue tomado de un curso publico en la Universidad de Harvard en abril de 1961. Con algunos cambios, el autor prefirió conservar el estilo de la improvisación.)
I Por una democracia liberada del Estado y el dinero

La critica social que constituye la obra de Marx, apunta hacia dos objetivos esenciales: El Estado y el dinero. Es significativo que Marx haya comenzado esta obra crítica antes de su adhesión al comunismo. Con este fin le pareció correcto concebir la democracia como la vía de una liberación fundada sobre relaciones sociales profundamente modificadas y, desde luego, para ofrecer la prueba teórica de la incompatibilidad fundamental de instituciones tales como el Estado y el dinero con la libertad humana. Dos empresas para las cuales debía evadirse de la filosofía hegeliana: Esta posición la encontramos anunciada en sus dos escritos que, redactados con algunos meses de distancia, aparecen juntos en los Anales franco alemanes de enero de 1844, cuatro años antes del Manifiesto Comunista, y en ellos se presentan una especie de variante en dos partes, de estilo filosófico. Se trata de la Introducción a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, de un lado, y el ensayo sobre La cuestión judía del otro.

Entre esos dos momentos de la carrera literaria de Marx, se encuentran sus estudios de economía política y la primera tentativa de una crítica radical de las teorías del capital. Inéditos hasta 1932, esos trabajos permitieron comprender mejor los derroteros de su pensamiento. No obstante que una inmensa literatura ha estado consagrada a los manuscritos parisinos, llamados económico-filosóficos de 1844, no se conoce ningún análisis profundo del importante trabajo en el cual Marx se entregó durante el verano de 1843, en su retiro de Kreuznach, y que nos llega bajo la forma de un voluminoso manuscrito. Publicado por primera vez en 1927, este texto, aunque inconcluso, marca una ruptura definitiva con la filosofía política de Hegel. Denuncia absoluta y violentamente el ilogismo y la superchería de ciertas tesis hegelianas sobre el Estado y la monarquía, la propiedad y la burocracia, Marx formula una concepción de democracia donde él va mucho más lejos que en los artículos que ya había publicado algunos meses antes en la Rheinische Zeitung para dar batalla a la censura prusiana.

Existe una opinión difundida: que convirtiéndose al comunismo, Marx abandona el idealismo y el liberalismo de lo cual testimonian esos ensayos polémicos. Sería cierto si se supone que su adhesión al comunismo es el gesto de un iluminado, y no el desenlace lógico natural de ese mismo idealismo y de ese mismo liberalismo. La clave de esta adhesión, la encontramos más bien en los manuscritos antihegelianos de Kreuznach que en los dos ensayos mencionados anteriormente, publicados en París. De todos esos trabajos, una convicción se desprende, y que no abandonará más al sabio y al hombre de partido: la democracia no puede encontrar su conclusión más que en una sociedad donde los hombres, libremente asociados, no alienan más su persona a través de falaces mediaciones políticas y económicas. Esta convicción Marx la adquiere por medio de numerosas lecturas filosóficas e históricas durante sus años universitarios en Berlín y en Bonn. (1840-1842)

Para nuestro tema, conviene examinar brevemente alguna de estas lecturas, ya que nos pondrán en la pista del enfoque intelectual que condujo a Marx de la democracia al anarco-comunismo. En uno de sus cuadernos de estudio, que data de su estancia en Berlín, encontraremos no menos de 160 compendios del Tratado teológico-político de Spinoza. Los pasajes anotados se refieren a los milagros, a la fe y a la filosofía, a la razón y a la teología, a la libertad de enseñanza, a los fundamentos de la república, al profetismo, etc. Todo ello sin el mínimo comentario personal y sin embargo sobre la cubierta del cuaderno se puede leer “Spinoza: Tratado teológico político, por Carlos Marx, Berlín 1841”.

¿Cómo habría que entender este título? Pareciera que Marx quería significar que había tomado de Spinoza todo lo que le parecía necesario para construir su propia visión del mundo de las relaciones humanas. Con ello él afirmaba manifiestamente que la verdad es obra de toda la humanidad y aportación de un individuo, pensaba en ello como Goethe, a quien admiraba y se había presentado como un discípulo de Spinoza.

Por otra parte Marx, copia o encarga copiar en dos cuadernos, 60 compendios de las cartas del filósofo holandés. Descubre en Spinoza como en él mismo, las razones mayores que lo deciden a atribuir a Alemania las señales de la lucha por la democracia. La república democrática, la libertad humana son, en Spinoza, los elementos de una ética racional, una concepción de los hombres y de la felicidad humana en la esfera de la naturaleza y de la sociedad; En él encuentra la idea de que el individuo puede alcanzar la libertad por la conciencia, el conocimiento y el amor. Es en Spinoza y no en Hegel que Marx aprende a conciliar necesidad y libertad. Y cuando Marx emprende la tarea de demoler la mistificación hegeliana, cuando ataca la metafísica del Estado definida por Hegel como el fin supremo de la Razón, estaba ya preparado para atacar a los fundamentos reales de la autoridad política: la propiedad y la burocracia.

Veremos más adelante, los motivos que impulsaron a Marx para desarrollar el concepto espinociano de democracia, a enriquecerlo con el examen de sus implicaciones sociales, o más precisamente, donde funde la democracia de Spinoza con el comunismo, después de haber descartado la metafísica del Estado que en un principio lo habían inclinado hacia Hegel. Aunque Marx haya rechazado sin condiciones esta filosofía política, se sabe que comenzando a redactar El Capital, regresa hacia la dialéctica hegeliana: eufemismo, ironía, puede ser, él hablará de “flirt”. Hechizado por Hegel durante sus años de estudio, no se librará jamás completamente, no obstante se trate de filosofía de la historia. De esta situación ambigua es que nació el malentendido llamado “materialismo histórico”.

Spinoza aporta a Marx lo que éste le había pedido a Hegel, o a Rousseau en el Contrato Social, a saber: la posibilidad ofrecida al individuo de reconciliar la existencia social y el derecho natural, posibilidad que la Carta de los derechos del hombre y del ciudadano no conceden sino en virtud de una ficción jurídica. El tratado de Spinoza no tiene equívoco en este punto: “La democracia nace de la unión de los hombres como sociedad organizada, disfrutando de un derecho soberano sobre todo lo que constituye su poder. Como régimen político es el menos absurdo, la democracia es de todas las formas de gobierno, la más natural y susceptible de respetar la libertad individual: ya que nadie abandona su derecho natural de manera absoluta lo transfiere a la totalidad de la sociedad de la cual es parte; los individuos residen como iguales como sería en el Estado natural”. Dejemos la evidencia de la influencia literaria de Spinoza en la primera etapa del primer pensamiento político de Marx, y pasemos a un pasaje donde se reconocerá también el eco de los ataques de Feuerbach contra Hegel:

La democracia es el enigma resuelto de todas las constituciones. Aquí, la Constitución es innecesariamente devuelta a su fundamento real, al hombre real, al pueblo real, colocada no solamente en sí, ya después de su esencia sino además, después de su existencia, después de la realidad, como obra propia del pueblo. La Constitución aparece tal cual es, un libre producto del hombre.

Continuando su argumentación, Marx critica a Hegel, para quien el hombre proviene del Estado demiurgo. Se opone a la democracia que parte del hombre, que hace del Estado un objeto, un instrumento del hombre. Parafraseando la crítica de la religión de Feuerbach, Marx reflexiona sobre las Constituciones políticas:

De la misma manera que la religión no ha creado al hombre sino que el hombre ha creado la religión, no es la Constitución la que crea al pueblo sino que el pueblo ha creado la Constitución. La democracia es de alguna manera para todas las formas de Estado eso que el cristianismo es para las demás religiones. El cristianismo es la religión por excelencia, la esencia de la religión. El hombre deificado considerado como una religión particular. Del mismo modo, la democracia es la esencia de toda constitución política: el hombre socializado tomado como constitución política particular… El hombre no existe a causa de la ley sino que es la ley que existe a causa del hombre: es una existencia humana, mientras que en las otras (formas políticas) el hombre es existencia legal. Tal es el carácter fundamental de la democracia.

Marx aporta aquí los elementos de su propia elaboración, que no entran en otro lugar en el cuadro tradicional de la democracia más que haciéndolo estallar. Punto que habría de apoyar empíricamente. Por el momento. Más tarde asociará el concepto de democracia a otro concepto que ha dilucidado, a saber, la dictadura del proletariado; en ese caso como en el otro, se tratará en su opinión, de una sola y misma cosa: “la autodeterminación del pueblo” Esta contribución de la experiencia, Marx la recoge en su retiro de Kreuznach, después de haber dejado la redacción de la Rheinische Zeitung. Marx saca provecho de su inacción para estudiar profundamente la historia revolucionaria de Francia, de Inglaterra y de América. En este estudio se convence, sin ninguna duda, que el desemboque normal e inevitable de la república democrática es el comunismo, dicho de otra manera “la verdadera democracia donde el Estado político desaparece”

II La democracia estadounidense y su porvenir

En un cuaderno de estudios de 1843, se encuentran los extractos de un relato de un escocés que visitando los Estados Unidos arriba a conclusiones más radicales que las de Tocqueville. Tomás Hamilton realiza su viaje en 1830-1831. Su obra Men and Manners in America, fue editada dos veces en poco tiempo. Marx la lee en 1843 en una traducción alemana y de ella copia unos 50 pasajes, relativos a los problemas importantes de los Estados Unidos: federalismo y sufragio universal, situación legal y real de los ciudadanos, conflictos de intereses entre Norte y Sur; constitución de los estados de Nueva Inglaterra, etc.

Lo que incita su interés, es la manera en la que Hamilton comprende, o más bien, siente las tendencias sociales en el funcionamiento de la democracia americana. Con una curiosa mezcla de generosidad liberal y de gusto aristocrático, el autor describe los partidos republicano y federalista, la “revolución silenciosa” iniciada cuando Jefferson toma el poder, la importancia ascendiente de las mayorías en oposición a la riqueza y el de saber. Todo eso nos habla de un buen olfato histórico, y Marx no puede quedar indiferente a la sacudida de los hechos referidos por el escocés. Él encuentra lo que Tocqueville no había desenredado: el potencial revolucionario de la democracia estadounidense.

Según Tocqueville, América era la imagen misma de la democracia puesto que en ella se disfrutaba de una igualdad casi completa de las diferentes condiciones. A decir verdad, temía que la democracia no estuviera expuesta a devenir tiranía de una mayoría, pero era esencialmente optimista en cuanto a las perspectivas sociales y económicas de los regímenes democráticos.

Hamilton observa ciertos trazos de la vida económica americana, había ya discernido una tendencia que Marx va a considerar como decisiva para el porvenir de los Estados Unidos: la lucha de clases. Aquí tenemos algunos de los pasajes anotados por Marx, en alemán, y traducidos del original inglés. Hamilton se ocupa de los “americanos iluminados ” y sobre las posibilidades sociales ofrecidas por la Constitución de los Estados Unidos; constata que ninguna voluntad puede hacer contrapeso “a las imprevisiones de la democracia por las previsiones de la sabiduría de una aristocracia de inteligencia y de la prudencia”. Da entonces un ejemplo de eso que llama “evolución y tendencia de la opinión de los habitantes de Nueva York”:

Es una ciudad en donde las diferentes capas de la sociedad se han separado rápidamente. La clase trabajadora se ha constituido en una sociedad que lleva el nombre de “Workies”, por oposición a aquellos que, favorecidos por la naturaleza o la fortuna, gozan de una vida de lujo sin conocer las necesidades del trabajo manual. Estas personas no dejan en misterio sus reivindicaciones y es necesario hacerles justicia aunque son poco numerosas, no obstante, enérgicas. Su primera exigencia es la igualdad y la universalización de la instrucción. Es falso, dicen ellos, sostener que no existe al presente ningún orden privilegiado, ninguna aristocracia de hecho en un país donde se admiten las diferencias en la educación. Una parte de la población obligada al trabajo manual, se encuentra forzosamente excluida de los cargos importantes del Estado Por eso estos últimos afirman que existe una aristocracia, y de la especie más odiosa: la aristocracia del saber, de la educación y de la elegancia, que contradice al verdadero principio de democracia: la igualdad absoluta. Se fortalecen para destruir una injusticia tan flagrante consagrándole toda su actividad física y mental. Proclaman a la cara del mundo que esta plaga debe desaparecer, que la libertad de un americano será reducida a un estado miserable. Ellos declaran solemnemente que no pueden sentirse contentos hasta que todos los ciudadanos de los Estados Unidos no reciban el mismo grado de educación y no participen del mismo modo ejerciendo a los honores y oficios de Estado. Esta cosa es imposible, no cabe duda, y esos hombres lo saben: eso de educar a las clases trabajadoras al mismo grado que las más ricas. Su objetivo confeso, es por consiguiente reducir a los ricos a la misma condición intelectual que los pobres (…) Pero los que limitan sus consideraciones a la degradación mental de su país, son realmente los moderados. Otros van más lejos. Reclaman voz en cuello, una ley agraria y una distribución periódica de la propiedad. Sin ninguna duda, es la extrema izquierda del parlamento “workie”, pero estas personas se satisfacen en impulsar hasta el límite a sus vecinos menos violentos. Hacen uso de toda su elocuencia para reclamar la justicia y la propiedad para todo individuo que ya tiene alimentos y vestido. Denuncian la monstruosa inequidad; unos circulan en automóvil mientras que otros lo hacen a pie; regresan de su paseo, toman champagne a gusto, y mientras todo el vecindario debe contentarse a su pesar, con sólo agua. ¡Igualen solamente la propiedad! dicen ellos y no verán más ni champagne ni agua. Todo el mundo tomará brandy, y esta lucha de los consumidores vale bien siglos de lucha (160-61).

Examinando la política obrera del gobierno americano, teniendo a la vista los enormes recursos internos de Estados Unidos, Thomas Hamilton no duda un ápice que estén destinados a convertirse en una nación manufacturera. Veamos su pronóstico:

Las imponentes ciudades manufacturas han surgido en diferentes puntos de la unión; la población se concentrará en masa y muchos morirán a causa de los vicios que acompañan actualmente a semejante estado de la sociedad. Millones de hombres verán depender su subsistencia de la demanda de una industria particular y además esta demanda será sometida a una perpetua fluctuación. Cuando el péndulo oscilará en una dirección, ese será el flujo de riqueza y de prosperidad. Cuando vaya en sentido contrario, será la miseria, la insatisfacción y el desorden, a través de todo el país Un cambio en la moda, una guerra, un mercado extranjero que se cierra, mil accidentes imprevisibles e inevitables se producirán y arrancarán la paz a las multitudes, que antes aprovechaban las facilidades de la vida.

Veamos ahora una predicción en el mejor estilo marxiano:

Se debe recordar que será la clase despojada, la que en la práctica, será depositaria de todo el poder político del Estado; que este no tendrá la fuerza militar para mantener el orden civil y proteger la propiedad; yo quisiera que se me dijera en cuál rincón podrá buscar el hombre rico encontrar refugio y poner al abrigo su persona o su fortuna.

Cierto, ninguno de los eminentes interlocutores de Thomas Hamilton descartaba que un periodo de desorden fuese inevitable, pero le contestaban a menudo que esos dudosos acontecimientos estaban todavía lejos, y que por el momento el pueblo no tenía inquietud por sus aflicciones futuras. Y el viajero escocés anotaría: No puedo evitar creer que los tiempos de prueba están menos lejos de lo que estos pensadores imaginan, para sentirse seguros; pero si se concede que la democracia lleva necesariamente a la anarquía y a la expoliación, el largo del camino no tiene gran importancia. Es evidente que puede variar según las circunstancias particulares de cada país en donde se de la experiencia. Inglaterra podría hacer el trayecto a la velocidad del ferrocarril. A los Estados Unidos que tiene grandes ventajas, las cosas podrían durar todavía una generación o dos, pero el fin es el mismo. Hay duda sobre la duración, no sobre el punto de destino.

Convertido al comunismo, Marx no tenía más que insertar la palabra comunismo ahí donde Hamilton escribía “anarquía” o “expoliación”. Como economista, Marx dará a las advertencias del escocés, una armadura teórica en el capítulo del Capital intitulado “La tendencia histórica de la acumulación del capital”. Tocqueville encontró una fórmula general de alguna manera Hegeliana para conjeturar este cumplimiento de los tiempos. Él veía en el progreso de la igualdad social, un efecto de la providencia divina.

III Defensa y Conquista de la democracia

Estaría tentado a decir que Marx fue el heredero espiritual de Tocqueville y aporta esta nueva ciencia de la sociedad donde la dialéctica de la necesidad histórica tomará el lugar de la creencia en la Providencia divina. No tenemos empacho de colocar de nuevo el problema que tan buen lugar tiene en el debate sobre el historicismo de Marx. Lo que hemos intentado demostrar es que en la formación política de Marx existe una relación estrecha entre sus convicciones precomunistas y su adhesión al comunismo, entre el Marx demócrata y el Marx comunista. Entre sus primeras obras, que no son económicas, el comunismo toma simplemente la forma de una denuncia vehemente al culto del dinero (La cuestión judía por ejemplo), y El Capital, donde está presente la misma denuncia, aunque a menudo tacita, en un esquema científico del sistema de producción capitalista.

Aportaremos a esta tesis un último testimonio. En 1850, siete años después de la adhesión al comunismo, y entonces más como jefe de la Liga de los comunistas que como militante, Marx autoriza a Hermann Becker, miembro de la misma Liga a publicar una selección de sus escritos en algunos volúmenes. La primera entrega fue publicada en Colonia en 1851. Ahí se encuentran los artículos liberales y demócratas de los Anekdota y de la Rheinische Zeitung, lo que quiere decir que Marx no los considera temas rebasados y que la lucha por las libertades democráticas permanece a la orden del día. Está convencido que sus primeras ideas sobre la democracia contienen en potencia todos los elementos de ese humanismo del cual el comunismo no ha sido sino un aspecto particular, y eso, Marx lo afirma en sus manuscritos de 1844, primer esbozo del Capital.

Dos conceptos separados, el de la democracia y el del comunismo, corresponden en Marx a la revolución política ya la revolución social, es decir a las dos etapas de la revolución proletaria. La primera, “la conquista de la democracia” por la clase obrera, desembocando en la “dictadura del proletariado”. La segunda es la abolición de las clases sociales y del poder político, el nacimiento de una sociedad humana. Marx distinguió revolución política de revolución social, y es necesario recordarlo si se quiere comprender sus actitudes como hombre de partido. Aquí no nos ocuparemos de los diversos aspectos de su sociología política. Mencionamos solamente que el desarrollo social le parecía sujeto a leyes históricas y que las revoluciones sociales dependen, por consiguiente, de condiciones dadas tanto materiales como morales. Ese proceso es caracterizado por el crecimiento de las fuerzas productivas, progreso técnico de una parte, madurez de la conciencia humana de la otra. La verdad es que la tesis de Marx, (la conciencia social es determinada por la existencia social) contiene ambigüedades epistemológicas; por lo tanto es conveniente subrayar el carácter ético de la tesis o de su postulado sobre la conciencia proletaria.

La idea de una revolución con doble motor, corresponde al doble aspecto del pensamiento y la actividad política de Marx. No faltan ejemplos que muestran que su lucha política toma frecuentemente un carácter a la vez exotérico y esotérico.

En 1847, acepta la vice-presidencia de la Asociación Democrática en Bruselas, ya como miembro de la Liga de los comunistas. Así en enero de 1848, redacta el Manifiesto comunista y el mismo mes, pronuncia un discurso sobre el libre cambio que será publicado por la Asociación Democrática. El mismo año, año de la revolución, él funda y publica en Colonia la Neue Rheinische Zeitung, bajo el título “Órgano de la democracia”, y se deslinda de la extrema izquierda de la Liga, que denuncia su oportunismo. En 1847, escribía “el dominio de la burguesía provee al proletariado no únicamente de armas enteramente nuevas para el combate contra la burguesía, sino también una posición completamente diferente en tanto que partido oficial reconocido”. Dieciocho años más tarde, Marx y Engels hicieron una declaración pública donde ellos reiteran su posición de 1847 y denuncian los errores de los lassalleanos, que volvían a intentar la alianza del proletariado con el gobierno real de Prusia contra la burguesía liberal: “Suscribimos hoy, cada palabra, de la declaración que hicimos en aquella época”.

En cada periodo de su carrera política, se ve a Marx combatir infatigablemente por las libertades democráticas: a principios de los años cincuentas, al lado de los cartistas; durante toda la etapa del Segundo Imperio, en centenas de artículos antibonapartistas; en su lucha contra el zarismo y contra el prusianismo, que es su instrumento; en el curso de la guerra de secesión, Marx toma partido por el Norte contra el Sur. Por el trabajo libre contra el trabajo esclavo (en 1865, en nombre del Consejo General e la Primera Internacional, redacta una carta dirigida a Abraham Lincoln recordando que un siglo antes la idea de “una gran república democrática” había surgido por primera vez, dando así el impulso a la revolución europea del siglo XVIII y haciendo comprender a las clases obreras que la rebelión de los esclavistas tocaba las campanas de alarma de una cruzada de la propiedad contra el trabajo). En 1871, Marx elogia la Comuna de París como la representante verdadera de todos los elementos sanos de la sociedad francesa y por consiguiente “el verdadero gobierno nacional” al mismo tiempo que ve “al gobierno obrero” como “el campeón valeroso de la emancipación del trabajo”, como antítesis del bonapartismo y el imperialismo como self governement de los productores, un gobierno elegido por sufragio universal, responsable y revocable en cualquier momento.

Era “la forma política revelada finalmente, para realizar la emancipación económica del trabajo”. Para citar un último episodio, acordémonos que en 1872, Marx hace excluir a Bakunin de la Asociación Internacional de Trabajadores, pues él estaba convencido que el anarquista quería servirse de esta como un escudo, para sus empresas de conspiración en las cuales se reservaba el papel de señor absoluto. Él veía en la sociedad bakuniana secreta “la reconstrucción de todos los elementos del Estado autoritario bajo el nombre de “comunas revolucionarias” (…) órgano ejecutivo de un estado mayor revolucionario formado por una minoría (…) La unidad de pensamiento y acción no significa otra cosa que la ortodoxia y obediencia ciegas. Perinde ac cadaver. Estamos en plena compañía de Jesús”

IV La dictadura del proletariado

Marx no presumía fácilmente sus méritos de teórico social, no pretendía haber descubierto ni la existencia de las clases sociales ni la lucha de estas en la sociedad moderna, pero reivindicaba con decisión la paternidad de una demostración original, a saber: 1. Que la existencia de las clases, está ligada a fases determinadas del desarrollo económico; 2. que la lucha de clases lleva necesariamente a la dictadura del proletariado; 3. que esta dictadura conduce a la desaparición de todas las clases en una sociedad renovada. Aunque no lo dice expresamente, estamos en derecho de suponer que Marx atribuía a esas tres tesis un valor científico y que la demostración tenía, en su opinión, la dimensión de una construcción lógica, empíricamente verificable.

Sería excesivo enumerar los escritos, publicados o inéditos, en los cuales Marx efectivamente intenta, antes de 1852, probar las tres tesis divulgadas en su carta a Weydemeyer. Veremos como apela con juicioso equilibrio a dos métodos simultáneos: por un lado, el análisis, la descripción precisa, la información seria; por el otro, la deducción, la síntesis valorada y por consiguiente la Sinngebung, ética. En cuanto al concepto de dictadura del proletariado, está estrechamente ligado a una concepción del Estado y de las formas de gobierno.

Ahora bien, acabamos de mostrar que Marx da un amplio sitio en su teoría política a los principios de la democracia, en tanto conquista de la burguesía y del proletariado en su lucha común contra del Estado feudal. Veía en ello sin más, la primera etapa de una lucha a seguir a partir de entonces en el seno mismo de una sociedad capitalista liberada de los vestigios de su pasado feudal, “hasta la conquista de la democracia” por la clase más numerosa y la más miserable. Legal o violenta (sabemos que Marx no excluía la posibilidad de un pasaje al poder con la ayuda del sufragio universal), esta conquista no podía sino conservar un carácter dictatorial sobre todas las acciones de clase. Pero esta vez y según Marx, por primera vez en la historia de la humanidad, la dictadura era al mismo tiempo la democracia en el verdadero sentido del término: destrucción del Estado y reinado del pueblo; más exactamente: el reino de la inmensa mayoría sobre las minorías antes dominantes y poseedoras. Ahí se inaugura la fase de la emancipación total, dicho de otra manera, la utopía realizada: la sociedad sin clases.

Marx lo decía, polemizando con Proudhon, en1847:

La clase trabajadora substituirá, en el curso de su desarrollo, a la vieja sociedad civil por una asociación que excluirá las clases y su antagonismo, y ya no habrá poder político propiamente dicho porque el poder político es precisamente el resumen oficial del antagonismo en la sociedad civil.

Conclusiones

No hicimos sino aproximarnos al tema, pero podemos desprender de lo precedente algunas ideas generales para lo cual presentamos este resumen:

1.- El concepto de democracia en Marx no se entiende sino con relación a su concepción de desarrollo social y con relación a las condiciones particulares de su época. Como teórico y como hombre de partido, tomó parte en las luchas de la clase obrera y burguesa por los derechos políticos así como en la lucha por la emancipación nacional siendo los objetivos a alcanzar en lo inmediato, condiciones previas al establecimiento de una sociedad sin clases. El primer objetivo, la democracia burguesa, no sería sino el punto de partida por el movimiento obrero autónomo; el sufragio universal sería el medio legal de conquistar el poder político y ese poder en sí mismo una etapa necesaria en la vía de la emancipación social. La idea de socialismo y de comunismo tiene su origen en la idea de una democracia total. Marx la había reencontrado en Spinoza y recupera la lección para criticar la filosofía política de Hegel y para rechazar su teoría de la burocracia del poder de los príncipes y la monarquía constitucional. En adhesión al comunismo, Marx no rompe un ápice con la primera concepción de democracia sino que la sublima. En el comunismo, tal como él lo entiende, la democracia se mantiene y ella se eleva hacia una significación más alta.

2.- El primer resultado positivo de sus estudios filosóficos e históricos, es esta ética humanística que no intentó fundar sobre premisas científicas sino más tarde. Es por este humanismo que él abandona la especulación filosófica en favor de la teoría social y de la acción política. Es solamente después de haber publicado su primera toma de posición comunista que se coloca en la escuela de los grandes economistas. En su crítica apasionada de los autores estudiados, él se muestra ya en posesión de criterios que lo autorizan a denunciar la “infamia” de la economía política.

3.- La democracia significa para Marx, como para los jacobinos de su generación, el gobierno del pueblo para el pueblo. Punto de partida y medio, esta se transfigura en la sociedad sin clases, liberada de todo poder estatal y de toda mediación política. En tanto que objetivo provisional, la democracia debe realizarse en contra del pasado feudal y del absolutismo en la lucha común de la burguesía y del proletariado, cada uno cumpliendo con su papel revolucionario específico. Una vez que este objetivo se alcanza, el proletariado estaría llamado a emanciparse por sus propios medios y su emancipación es la emancipación de la humanidad entera. La democracia adquiere su verdadera significación cuando es una lucha destructiva y renovadora. El principal combatiente, el proletariado es impulsado a su acción “histórica” por las condiciones inhumanas de su existencia. El hecho histórico de la lucha de clases, deviene postulado ético; el proletariado moderno debe organizarse en tanto clase, conciente de su “misión” revolucionaria. Engels escribe: “Para el triunfo último de las ideas expuestas en el Manifiesto comunista, Marx confía única y exclusivamente en el desarrollo intelectual de la clase obrera que necesariamente debe resultar de la acción y discusión comunes”.

4.- Lo que Marx llama conquista de la democracia, es decir la conquista del poder político, está garantizado en principio a los obreros por el funcionamiento normal de la democracia que excluye teóricamente toda violencia en la lucha por la igualdad social. La violencia no es una ley natural de la historia humana; ella es un resultado natural de los conflictos de clase que caracteriza las sociedades donde las fuerzas de producción han devenido fuerzas de alienación social. Ficción jurídica, la democracia disimula una dictadura real, una relación de clase explotadora a clase explotada, un divorcio entre los derechos fundamentales y la opresión material. La antítesis histórica y moral de este fenómeno permanente de la historia pasada y presente, es el gobierno real de la mayoría, resultado normal de los conflictos sociales, cuando el sufragio universal se transforma, como lo dijo Marx, “de un instrumento de engaño en un medio de emancipación”. La democracia aporta a los productores organizados en sindicatos y en partidos, los medios legales para conquistar el poder y de actuar progresivamente para la transformación de toda la sociedad, en vías de construir “una asociación en la cual el libre desarrollo de cada cual es la condición del libre desarrollo de todos”.

Si hacemos abstracción de las ambigüedades de las enseñanzas marxianas, podemos convenir que la critica social, tal como la hemos tratado de definir, expresa un valor perdurable, o de eso que podríamos llamar el mensaje. El “marxismo” —vocablo que, de otro modo, designa un concepto irrealizable— no es concebible más que como un rechazo de los sistemas políticos contemporáneos, o más exactamente como una crítica social fundada en la idea (o el postulado) de una democracia liberada del Estado y del capital: si se entiende así, el marxismo reconoce su inutilidad, incluso la nocividad de un término que se ha prestado a tantas confusiones. La palabra es superflua en caso de adherírsele el sentido que nosotros le prestamos, porque él reencuentra la ética común al socialismo, al anarquismo y al comunismo. Bajo la mirada de esta ética, ninguna de las sociedades existentes puede ser considerada como libre y humana pues todas están sometidas en grados diversos a regímenes que son la negación de la libertad y de la humanidad que Marx avizoraba cuando hablaba de democracia.

Es necesario, escribía Poudhon en 1840, que la sociedad perezca o que ésta acabe con la propiedad. Marx diría ahora, es necesario que la sociedad perezca o que ésta suprima al Estado y el capital.

Traducción del francés de Lourdes Uranga.

Publicado por plusloin.org.

Originalmente en Le contrat social No. 4 Vol. 6
 

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