Los celadores de fe

Por: Armando Chaguaceda Noriega
Fuente: El Catoblepas, (Núm. 27, mayo 2004)

(ensayo sobre el dogmatismo doméstico)

La Cuba del siglo XXI deberá fomentar, ante la siempre acechante presencia de un latente dogmatismo, una conciencia ciudadana que permita, al unísono, defender esencias y principios, y realizar un cuestionamiento constante de nuestras realidades

«Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un Colibrí…» José Martí, La América, Nueva York, mayo de 1884 [OC 8:288]

Cierto «marxismo» y una conocidísima religión poseen, de alguna forma, puntos coincidentes. De un lado son portadores de una ética trascendente, de un explícito sentido de justicia y una confesa vocación por los oprimidos, denunciando la explotación y el afán desmedido de riqueza. Pero por otra parte (y he ahí su arista más peligrosa) comparten cuerpos doctrinales absolutos, supuestamente definitivos, y un sentido teleológico de la conducción del orden y progreso sociales. Dentro de ellos todo se prevé y se responde, tanto que lo que se le oponga o distancie queda descalificado de antemano, no por erróneo sino por distinto y ajeno. A su interior todo es válido, fuera de ellos nada es permisible, correcto o digno de atención: tal parece ser su filosofía.

Son muy utilitarios y «consumibles» estos pensamientos. Sirven por igual a grandes masas irredentas, escasa o medianamente cultas (a quienes aportan la tranquilidad de lo predecible y lo exacto) o a «élites ilustradas», que no creen tanto en sus postulados como en la capacidad probada de las mismas como métodos de conducción, guía y control de la sociedad. Cofradías que pretenden, sobre todo, construirla a su imagen y semejanza, estrictamente reglamentada y regulada, porque se consideran el Non Plus Ultra del pensamiento humano.

El dogmatismo (del cuño que sea) es una modalidad de pensamiento profundamente esquematizado, basada en las verdades a priori y la interpretación de la realidad a partir de sus propios presupuestos establecidos. Su «solidez», apoyada en rígidas concepciones, le permite, aparentemente, imponerse en la discusión frente a otros discursos más realistas, científicos y que admiten (a diferencia del dogmático) no estar en posesión de la verdad absoluta. Ahí radica la ventaja táctica de los guardianes del dogma, de los celadores de la fe. Pero en su proyección estratégica, este pensamiento sucumbe porque es incapaz de autorreformarse, a partir de la retroalimentación con la realidad, aceptando la gradual caducidad de algunos segmentos de su cuerpo doctrinal, teórico. Por ello, al derrumbarse, lo hace estrepitosa y totalmente, revelándonos como nos dice la máxima que encabeza estas líneas, que ese algo esencial, contextualizable y contradictorio (pero real) llamado verdad, acaba imponiéndose por encima de sofismas y encubrimientos. Lo que ha pasado con el dogmatismo de cuño marxista es particularmente revelador.

Porque han quedado sus acólitos, en los momentos de crisis de las ideas y las procesos sociales, en una incómoda posición, baldados para la defensa de los presupuestos en los que real o simuladamente, creían. Entonces muchos claudican, pasando con altas dosis de nihilismo y desencanto, al campo de una viejo pensamiento conservador, o maquillándose con retoques de la escuela liberal o socialdemocratizante, casi siempre en la peor herencia de esas corrientes. Otros, en medio de la burla y la compasión de sus colegas y la sociedad, persisten enquistados en la defensa del modelo derrumbado, arguyendo traiciones y desviaciones que, aún siendo parcialmente ciertas, no bastan para explicar el fracaso total de un proyecto que terminó (por causas bastante mayores que la subjetividad de algunos hombres) abandonado por amplios sectores sociales.

Para otra parte de estos pobres seres, prendidos por el fantasma del desencanto y la confusión, va quedando la opción de vivir del recuerdo, de los «buenos viejos tiempos», o reducirse a la crítica desesperada del presente, sin abandonar el esfuerzo afanoso por subirse a su carro para tratar de sobrevivir. Y es que en su seno, las cohortes dogmáticas han abrigado siempre, cuando menos, a dos tipos de personas. Algunos, miembros honestos de esas colectividades, convencidos de una ideología original y esencialmente emancipadora, humildes seguidores de la praxis del pueblo, y del liderazgo político histórico-revolucionario. Otros, arrogantes o sumisos, pero inmersos en una lógica jerárquica donde rigen determinados rituales que van desde la obligada profusión de una imagen de falsa modestia, al ejercicio de una humillante y poco sincera autocrítica que destruye el alma pero salva el status a los circunstanciales «pecadores» que desoyeron, incumplieron o desafiaron la infalibilidad de la «verdad revelada».

Para nuestros dogmáticos, dotados de una visión estrechamente instrumental, esquemática y enajenante de la realidad, su visión de la situación política nacional e internacional puede pasar del excesivo y superficial optimismo (para el cual el capitalismo se encuentra siempre al borde del abismo) al pesimismo y la desconfianza revelados, por ejemplo, en el escaso conocimiento e información socialmente difundidos sobre los movimientos sociales, comunitarios y progresistas que emergen en el mundo actual. Quizás piensen que, al existir y desarrollarse fuera de las estructuras políticas tradicionales, estas fuerzas pudieran potenciar movimientos análogos de diverso signo ideológico opuestos a nuestro proyecto social. O tal vez se percaten que su reconocimiento y difusión reduciría las dimensiones y alcances de un estado absoluto, centralista y todopoderoso, como tradicionalmente lo conciben, alejado tanto de la visión martiana como de la de los clásicos marxistas que pretenden defender.

La primer suposición no es ni previsiblemente inevitable ni deseada lo que obliga a todas las fuerzas progresistas nacionales a prever e impedir su realización, combatiendo los intentos de estructuración y fortalecimiento de proyectos antinacionales de derecha. La segunda, perfectamente consecuente con la tradición burocrática y con el reduccionismo al que se pretende llevar a toda la teoría marxista, despojándola de su medular componente emancipador, amén de ocultar intereses particulares (jerárquicos y grupales) anclados a posiciones de interés material, obvia muchas cosas evidentes. Ante todo soslaya, menosprecia y reduce las capacidades del pueblo, auténticamente existente y revolucionario, cuya acción como ente transformador desprecian y temen tanto la tradición liberal cómo la estalinista. Para los burócratas el pueblo constituye (a pesar de sus públicas invocaciones y periódicas convocatorias) una masa acrítica, envuelta en una épica inducida y constante, al margen de las múltiples influencias particulares de una realidad cada vez más compleja, de la existencia de necesidades intereses y percepciones ciudadanas que, si bien no se opones o alejan de las posiciones oficiales, no reducibles al mundo político y menos aún a una especifica visión de este.

Sucede que para los dogmáticos domésticos la política no es un factor importante, inevitablemente presente en todas las esferas de la vida social, hacia el que todo ciudadano debe dirigir una atención y participación activas. Para ellos la política es un elemento exageradamente omnipresente, rector hasta de los más mínimos detalles de la vida personal, decisor en toda instancia (y no sólo en última), a la que se subordinan tanto las necesidades humanas como la realidad misma. Por eso el pensamiento dogmático pocas veces ha sabido anticipar los problemas (aún cuando realiza periódicos «diagnósticos» de la sociedad), señalando las deficiencias y necesidades de la misma, primando en sus predios un discurso apologético, descontextualizado y ajeno, que parece, por momentos, hacer perder a ellos mismos sentido de la realidad. La constante búsqueda de citas y referencias en el discurso de la máxima dirección del país para justificar y validar sus predicciones, convierten la educación política de las masas en torpes ejercicios de distorsión, reduccionismo y canonización de un pensamiento revolucionario sustancialmente liberador, constituyen, por esencia, una postura profundamente comprometedora de las reales dimensiones del mismo y por sus efectos, reaccionaria.

Podríamos reconocer parcialmente, algunos elementos positivos y válidos de este fenómeno. Presente en múltiples sectores de nuestra vida nacional, tanto en la producción teórica como en la propaganda, en la docencia cómo en los medios de difusión, no es posible reducirla únicamente a ciertas instituciones de rancia academia o a algún centro de formación de cuadros, aun cuando en esos lugares puedan sobrevivir y reproducirse modelos afines de pensamiento. El dogmatismo en el pensamiento político social cubano cuenta con una larga y lamentablemente sólidas tradición y raíces históricas que, para una lectura eficaz del presente y para el efectivo accionar emancipador del futuro, se torna análisis impostergable.

Es un ejercicio relativamente fácil, aunque a ratos desagradable, tratar de rastrear la presencia de este estilo del pensar incluso en los pasajes de la República Burguesa, tan llenos de luces y miserias como de mitos y zonas oscuras, intencionalmente echadas al olvido. Lejos de lo que comúnmente se encargan de recordarnos algunos miembros de cierta intelectualidad liberal, aséptica y desideologizada, también existió (y aun subsiste) un dogmatismo de derechas, pesimista y temeroso, descreído de las capacidades de autogobierno y de los valores morales del pueblo cubano. En su esencia este engendro miserable asumía como obligada la postración ante los designios del amo norteño o apostaba por tímidas versiones de un nacionalismo moderado, que debía contar, como condición sine qua non, con la anuencia del poderosos vecino. Para los defensores de estas teorías (el Ferrara de la Conferencia Americana de 1928, o el Lamar de Schweyer, autor de una racista Biología de una democracia, entre otros) la naturaleza inculta, holgazana y políticamente inmadura de los pueblos latinos, siempre propensos al vicio y la violencia, les obliga a aceptar el tutelaje de los yanquis, emporio de la civilización anglosajona. Y si alguien protestaba por la lacerante dependencia económica y la penetración del capital de Wall Street, se le podía recordar la radical diferencia entre los frutos de estos «faros de progreso» y la siempre amenazante flama de una «revolución de negros, guajiros y muchachada revoltosa, funesta para la paz publica y el progreso de las clases vivas del país».

Pero esa ideología, poderosamente sacudida y cuestionada por una Revolución del 30 cuyo legado se expresó en la quiebra del estatismo social, la emergencia de un nuevo sujeto revolucionario y el despertar del nacionalismo de izquierdas, logro sobrevivir reforzando su componente de escepticismo a partir de las decepcionantes realizaciones de posteriores gobiernos republicanos. Corrupción publica generalizada, traición de ideales por antiguos revolucionarios convertidos en hampones, y errores de proyección de los comunistas (aliados coyunturalmente a la figura cimera de terror político y la contrarrevolución cubana, Batista) hicieron posible la generalización hasta 1959 (y todavía algún tiempo después) de un axioma bastante aceptado: «no se puede tocar a los americanos.» Solo la definitiva consolidación del proceso revolucionario cubano, revelada en la gesta de Girón y la creciente y orgullosa autoafirmacion del sujeto revolucionario y sus capacidades que la misma implicó, desterraría esta forma del dogmatismo de derechas a espacios marginales en el tejido social, condenándolo a un desplazamiento y concentración, rencoroso y beligerante, a las tierras de la Florida.

Se hace entonces necesario explorar la presencia de otro tipo de dogmatismo, el que, presente en el pasado y forja de nuestras organizaciones revolucionarias de inspiración comunista, empaña su heroica impronta. El propio Mella, fundador del primer partido marxista leninista cubano, fue amonestado por sus correligionarios (después de realizar una huelga de hambre rechazada por el Partido) con el uso de métodos disciplinarios difícilmente educativos y edificantes, propios de «actitudes individualistas y pequeño-burguesas, alejadas de la lucha de masas». Cabe señalar sin embargo, que las raíces martianas del discóbolo universitario le impidieron convertirse en un dogmático, o en un calculador idólatra de la experiencia soviética. La ideología de Mella pudo ser auténticamente comunista porque era, ante todo, cubana y latinoamericanista, heredera de un antiimperialismo martiano, sabiamente rescatado del olvido, casual o intencionado, en el que la cultura mayoritaria de la Primera República lo había confinado. Y las manifestaciones de amistad sinceras a la patria de los Soviets, tendrían la misma sustancia de autenticidad que las ulteriores manifestaciones de apoyo a la lucha de Sandino y a los empeños de Lázaro Cárdenas, la solidaridad popular hacia la República española o con la lucha del pueblo soviético contra las huestes nazifascistas, y no serían resultado de móviles mezquinos u oportunistas.

Precisamente en el crisol de esa epopeya frustrada que significó la revolución del 30 directivas dogmáticas y descontextualizadas, de impronta implícitamente estalinista, debilitaron el movimiento revolucionario nacional, asombrando y confundiendo a una militancia de base abnegada y heroica, que con su férreo sentido de la disciplina, tuvieron que acatar la orden de no apoyar al «reformista Guiteras». De forma torpe un líder radical, ideológica y realmente revolucionario, que contaba con no pocos seguidores y espíritu organizativo, y cuyos esfuerzos (limitados por el entorno) representaron en su conjunto la mayor dosis de sensibilidad popular, decencia y valentía de un gobierno republicano, fue abandonado a su suerte. Y por si esto fuera poco se pasó incluso a atacarlo a través de los medios de prensa y difusión del entonces Partido Comunista. Estos hechos, unido a la posterior colaboración y apología brindadas al tirano Batista, cuya «apertura democrática» no logró lavarle las manos ensangrentadas en 1935, fueron posiciones que la historia y el pueblo no olvidaron jamás.

Ese pensamiento exclusivista y receloso, portador de una fe mística en la supuesta infalibilidad propia, no fue proclive a colaborar estrechamente con el Movimiento 26 de julio, legitimado con la sangre de miles de los hijos de la juventud cubana, hasta bien entrada la guerra de liberación. La decorosa denuncia realizada ante el golpe del 10 de marzo, una de las pocas voces coincidentes con la de aquel joven abogado y dirigente estudiantil, no se acompañaría con una serie de acciones lo suficientemente eficaces para poner en crisis al régimen. Estas tendrían que esperar hasta el verano de 1953, para verse materializadas por un desconocido movimiento de jóvenes, donde el peso dirigente de personas provenientes de la «pequeña burguesía» no parecía inspirar mucha confianza a los más ortodoxos comunistas.

La arrolladora impronta de la Revolución humanista, «verde como las palmas» y esencialmente «de los humildes, por los humildes y para los humildes» no tuvo en su matriz una hiperideologización absurda y fanática, alejada de las realidades nacionales. Porque fue la dinámica de compromiso con la gente común, la agresividad del imperialismo y en definitiva la inaudita compactación y desencadenamiento del tiempo, los contenidos y alcances del proceso los que dieron a este su carácter socialista. Aquí la Revolución parió su Partido, uno de masas nuevo y diferente, porque aquella no nació como construcción teórico practica de una secta de iluminados. Difícilmente hubiera podido llegarse a este tanto desde la visión estrecha de ciertos marxistas domésticos{1}, como desde los prejuicios de buena parte de la población, receptores de la propaganda norteamericana de guerra fría pero también testigo de errores históricos anteriormente señalados. El prestigio de líderes ejemplares como Jesús Menéndez y Aracelio Iglesias, el espíritu de compañerismo y sacrificio de muchísimos simples militantes, o la sabia rectificación de visiones y posturas hechas por dirigentes como Blas Roca no bastaban para captar toda la comprensión y apoyo populares, de la misma manera que no habían podido, al decir del Che, asaltar frontalmente un nido de ametralladora, es decir implicarse, de forma masiva y decidida, en la campaña armada en la gesta insurreccional.

Después ya todo fue más evidente. Las ORI, el sectarismo y la benevolencia con la que la dirección de la Revolución se condujo con los implicados, tuvieron un apreciable impacto en la mente de los cubanos, en momentos que se jugaba el destino de una Revolución que ya se confesaba socialista. De cualquier forma el proceso de fusión de las organizaciones revolucionarias continuó, señalándose las desviaciones verticalistas y burocráticas, para lo cual se contó con la compenetración de las militancias de base, involucradas sin distinción ninguna en la formación de las milicias revolucionarias, en las movilizaciones productivas y en las grandes tareas de la superación educativo cultural.

Durante algunos años el dogmatismo pareció replegarse, abrumado por la cotidianidad sorprendente de un proceso que se negaba a despojarse del calificativo «rebelde». Como acto obligado, la avanzada intelectual europea y latinoamericana hizo causa común con una Revolución que imaginaban (y percibían) total y permanente, amante de la digna frugalidad y de la cultura, multicolor y partera de un socialismo idealista e independiente, ajeno al calco soviético. Sartre se enamoró de los cubanos{2}, los mismos que aprendían de Marx sin olvidar a Agramonte, descubriendo (ante la sorpresa o reprobación de los asesores soviéticos) la prosa viva de un sardo universal como Gramsci, y ejercitaban su nuevo gusto literario con Los hombres de Panfilov sin renunciar a Heredia y Cervantes. El saldo intelectual en las jóvenes generaciones de obreros, campesinos y profesionales exigió tanto la inédita ampliación de carreras universitarias como la aparición de espacios de debate y debate de la valía de Revolución y Cultura, El Caimán Barbudo, Cuba Socialista y Pensamiento Crítico.

Pero a la altura de 1970, la fatal conjunción de elementos diversos que van desde el fiasco de los 10 millones, pasando por el exagerado idealismo en el funcionamiento económico hasta el fracaso de la experiencia guerrillera sudamericana (con el dramático desenlace del esfuerzo guevarista) y el mantenimiento de la hostilidad política, económica y militar estadounidense, impusieron dosis de pragmatismo y búsqueda de apoyo internacional a la dirección cubana. Y la alianza con la Unión Soviética, mantenida en la década del 60 bajo modestos perfiles (salvo en lo que a seguridad y defensa se refiere), se vio de pronto notablemente ampliada con la entrada en el CAME, el intercambio de delegaciones económicas, políticas y culturales, así como la «importación» de presupuestos y esquemas ideológicos correspondientes con la tradición burocrática stalinista-brezhneviana.

Luego, era lógico quienes aprovecharían la oleada de influencia soviética. Los manuales de Economía Política, Materialismo Histórico y Comunismo Científico, por solo mencionar algunas de los diversos compartimentos estancos con los que se pretendió dividir, congelar y sacralizar la totalidad viva del marxismo, hicieron entrada no desde la sana coexistencia y «competencia» con los Luckas, los Gramsci y los Althusser, sino en medio del abandono, el olvido editorial y la excomunión de estos últimos. Tristemente la experiencia de la extensión del dogmatismo, aunque no reedito fenómenos como el Realismo Socialista, si impuso por algún tiempo (que en las almas de algunas víctimas fueron plazos eternos) los estigmas derivados del Congreso Nacional de Educación y Cultura, traducidos en un intento de reducir lo artístico educativo a un utilitarismo anclado en lecturas burdamente ideologizadas, desconociéndose la complejidad multidimensional de los fenómenos, influencias y responsabilidades sociales de la cultura. Y aunque la vanguardia intelectual cubana legítimamente conectada, en su casi totalidad, con la política, logro deshacer esos entuertos, el saldo cobrado en la vida y obra de algunos creadores, así como la atmósfera de mediocridad y esquematismo (el denominado Quinquenio Gris) no han sido aún, desde mi juicio, lo suficientemente estudiados, y sobre todo socializados en su comprensión, fuera de determinados círculos intelectuales.

Sin embargo seríamos dignos miembros de su estirpe si, de forma reduccionista y dogmática, descalificamos totalmente las influencias sociales que un fenómeno tan complejo como este, inmerso en la autenticidad de un proyecto social vivo y masivamente apoyado, ha tenido. Esta formación esquemática fue en parte (y recalco solo en parte) algo inevitable cuando en los años 60 y 70, al emerger del analfabetismo gracias a la obra titánica de la alfabetización revolucionaria, enormes cantidades de cuadros noveles tuvieron que aprender el ABC de la conducción política, una concepción científica de la realidad y una metodología para la interpretación de los procesos sociales. A ellos este adoctrinamiento, aunque mecanicista, le dio una temprana visión del mundo a transformar, y los disciplinó dotándolos al mismo tiempo de una enorme fe en sus posibilidades. De esa cantera salieron, es cierto, no pocos oportunistas y conversos, pero también muchos abnegados y capaces cuadros, prestigiosos dirigentes cercanos al pueblo, en resumen modelos de revolucionarios coherentes con las concepciones guevaristas.

Pero si de «ponderar» la actual utilidad de esta cultura del dogma se trata, así cómo la valía y compromiso con la realidad revolucionaria de sus acólitos se trata, sería muy útil hacernos algunas preguntas y recordar sucesos más o menos recientes. Por ejemplo ¿dónde estaban en 1989, cuando ante la izquierda mundial parecía abrírsele un infranqueable abismo? Al pretender subordinar el pensamiento revolucionario cubano (disminuyendo el peso de su componente nacionalista y latinoamericano) a una lógica insertada en el campo socialista, concebido como «hermandad eterna e indestructible», se obviaba no solo la reversibilidad del socialismo europeo sino la inexistencia de un sentimiento y praxis internacionalista reales (exceptuando quizás al caso soviético) que fuese proporcional al lealmente dispensado por Cuba tanto a checos o polacos cómo también a buena parte del mundo subdesarrollado. Los defensores locales de ese socialismo real, tan «deseable, perfecto y universal», quedaron azorados sin saber que hacer, incapaces siquiera de interpretar el sesgo de los acontecimientos, persistiendo, en muchos casos, en la defensa dogmática del fracasado modelo, sobredimensionando el papel de humanos errores y traiciones. Para no hablar de los tristes ejemplos de travestismo que pasaron, cual veloces meteoros, de la extrema izquierda a las filas de una derecha ortodoxa y Neoliberal.

Porque en la cohorte de lúcidas respuestas, enfrentadas a la oleada de pensamiento conservador que se nos encimó, estuvieron ausentes. Estas brotaron no desde las coordenadas de los mentores del dogma, sino por la pluma de intelectuales hasta hoy comprometidos con la esencia (no con las coyunturas) del pensamiento emancipador, decididos a dar la pelea lejos del terreno de una superior posición administrativa, dispensadora de miedos o premios. Las oportunas y necesarias respuestas a la obra de Castañeda y Montaner, Vargas Llosa y Fukuyama, Jesús Díaz y Rafael Rojas, fueron obra de creadores que habían sido, en muchos casos, estigmatizados, recelados o censurados en diversos momentos de sus obras y carreras{3}. Sólo que la Historia (la misma que es, al decir de Marx, ora farsa ora tragedia) siempre se encarga de poner las cosas en su sitio, demostrando las verdades ocultas o tergiversadas.

Y cuando en 1993 se hace evidente la necesidad de salvar «la Patria, la Revolución, y las conquistas del Socialismo», tomando medidas que, aun permitiendo cierto retorno de fórmulas capitalistas, posibilitaron oxigenar la economía, impedir la descomposición social y sostener la independencia nacional, donde estaban ellos? Si poco antes, imbuidos en la «i-lógica» dogmática, negaban cualquier posibilidad de reforma (so pena de «destruir totalmente» el proyecto), cuando la dirigencia revolucionaria dando muestra de claridad y mesura políticas aceptó la necesidad de los cambios, muchos dieron un asombroso espectáculo. De la noche a la mañana sus posturas cambiaron, aparecieron (por oportunismo, debilidad de criterio o de argumentos) aplaudiendo sin reservas todo lo acaecido. Aunque estoy seguro que los tremendos casos de autocuestionamiento, de crisis de fe que individualmente pude apreciar, no deben haber sido, objetivamente, tan aislados y escasos.

En las circunstancias actuales el dogmatismo, pesar de su vapuleada y precaria sobrevivencia, pugna por recuperar su antigua preeminencia en predios nacionales, pretendiendo según parece reorganizar sus esquemas y mecanismos. En la esfera pública el debate generado en las coordenadas de la pasada década ha confluido con la explosión de talentos, creatividad y cultura popular expresada en la Batalla de Ideas. El esfuerzo por masificar la cultura, acotando en todo momento que no se trata de disminuir su calidad sino de ampliar colectivamente el destino de su «consumo», está dirigido no solo a incrementar las capacidades de apreciación artísticas y en general, la espiritualidad de los ciudadanos. Se debe traducir también (para corresponder cabalmente al esfuerzo y los recursos materiales y morales involucrados) en un incremento de la reflexión y el debate público nacional, hasta el momento reducido, en lo fundamental, a los intelectuales, sus instituciones y medios de expresión, o a la solicitud puntual de opinión sobre alguna transformación en la esfera socioeconómica. Potenciación esta que no se llevará a cabo cómo satisfacción de caprichos de sector, grupo o persona alguno sino como respuesta a necesidades objetivas de la nación, en perenne búsqueda de canales de monitoreo, retroalimentación y expresión de las necesidades, criterios e intereses populares.

En esa dirección los «aportes» del pensamiento dogmático no son solo facetas de una obra mediocre sino que constituyen (por su esencia) algo ajeno, diferente y opuesto a los proyectos de la máxima dirección revolucionaria. Porque en su práctica común y cotidiana, al pretender encontrar en sus palabras la respuesta a cada uno de los problemas emergentes, se esta comprometiendo este pensamiento, descontextualizando sus proyecciones. Y hace parecer extraños poderosos argumentos, al utilizarlos para explicar o justificar problemas y situaciones completamente alejadas al condicionamiento original que les dio lugar.

Lo que sucede es que el ideario de Fidel, sin dejar de estar –como él mismo reconoció en la conversación sostenida con Tomás Borge hace una década– epocal y socialmente condicionado ni considerarse a si mismo una especie de verdad universal y eterna, es expresión de un pensamiento político bastante dialéctico, que queda particularmente evidenciado en las proyecciones internacionales, la conducción de la alta política y, en general, en la dirección del Estado y proyecto social socialistas. Su composición (mezcla de lealtad a principios raigales y flexibilidad táctica) conjuga un grupo de elementos que permiten explicar desde la elevada capacidad y disciplina de trabajo (fruto de una severa formación en colegio jesuita, templada aún más con la estancia en prisión y la vida guerrillera) hasta su capacidad para imponerse en el debate agudo. Es interesante suponer la impronta dejada en su capacidad de polemizar por el desempeño en condiciones de lucha legal, haciendo el papel de oposición actuante y reconocida, donde sólo puede imponerse (si se decide estar del lado de los pobres) la fuerza de los argumentos, la verticalidad y decencia, la inteligencia y astucia políticas. Ha sido radical bajo la inspiración martiana de que serlo equivale a ir a la raíz (y no a los extremos, esos que siempre acaban tocándose) de los asuntos y problemas, en una realidad que nos impone el deber de transformarla.

En coordenadas opuestas el discurso dogmático, al que se suman lamentablemente no pocos cuadros noveles de reciente promoción, es sumamente esquemático, triunfalista y carente de flexibilidad, imaginación e, incluso, sentido de la realidad, al alejarse de las preocupaciones y códigos comunes de la gente. Se reduce muchas veces a «citar» de forma abusiva y fuera de contexto a las palabras del liderazgo histórico (en especial a Fidel) agrediendo de facto su valía, invocando constantemente consignas o eslogan «de moda» por encima del contenido y actitudes que estos deben reflejar y motivar. Si estas actitudes reflejan falta de cultura política y escasa dialéctica de pensamiento no cabe dudas que constituyen deficiencias enmendables con la preparación (y autopreparación) de los implicados, ampliándose tanto las capacidades perceptivas de la realidad circundante, nacional y mundial, cómo su impacto en la conciencia social. Pero si estas prácticas obedecen a tradiciones de oportunismo, arribismo y adulonería servil (con firmes raíces en la detestable politiquería del pasado neocolonial) deben ser combatidas por todos los medios y factores por su carácter profundamente contrario al proyecto de emancipación humana, prostituyendo la esencia y futuro de la Revolución. 
De tal forma la difusión de algunas visiones maniqueas sobre la realidad global, tales como presentar al Socialismo conocido como la solución inevitable para todos los problemas y contextos de la Tierra, entender al Capitalismo cómo colocado al borde de una inminente crisis terminal, o definir al sistema político estadounidense cómo fascista, comportan un evidente alejamiento de la propia visión fidelista o por lo menos de las enseñanzas de su método de análisis social. Esta dicotomía entre un discurso auténtico y dialéctico, esencialmente revolucionario y comprometido por un lado; y otro antitético, basado en la coyunturalidad justificativa y el dogmatismo, constantemente preocupado por invocar al primero para intentar legitimarse, nos obliga a realizar un esfuerzo por desenmascarar la mentira. Ejercicio este cuya importancia rebasa lo puramente académico y lo metodológico, para tributar con especial fuerza al campo de lo político, lo ideológico y lo ético. Analicemos a continuación algunos ejemplos concretos.

Las grandes dificultades de la humanidad, insolubles en los artificiales ambientes de las Cumbres y conferencias internacionales, son tan diversas que su solución sólo puede ser enfocada desde una visión proporcionalmente equivalente en cuanto a complejidad se refiere. Al respecto, abogando por un reconocimiento de la pluralidad de condicionamientos y necesidades, y ante el recurrente tema de la posibilidad de repetir el modelo y la experiencia cubanas en el caso venezolano, el líder de la Revolución señaló: «Un mínimo de planificación del desarrollo económico y de prioridades es indispensable. Pero pienso que en un país con los enormes recursos con que cuenta Venezuela, la Revolución Bolivariana puede alcanzar, en la mitad del tiempo, el 75% de lo que Cuba, país bloqueado y con infinitamente menos recursos que Venezuela, ha podido lograr desde el triunfo de la Revolución. (…) Una distribución racional de las riquezas mediante sistemas fiscales adecuados es posible dentro de una economía de mercado.»{4} Hoy más que nunca se torna evidente lo expresado por el Che cuando, al referirse a la Transición al Socialismo, lo concibió como un proceso complejo, mediato y consciente sobre el que las aproximaciones teóricas intentadas s encontraban aún en pañales.

Por otro lado tomemos cómo referente para nuestro análisis comparativo las diferentes visiones sobre el potencial desencadenamiento de una grave crisis económica mundial. Las implicaciones del 11 de septiembre, atacando la estabilidad económica y política internacionales, sacaron a la luz debilidades y fisuras del coloso norteamericano que se tradujeron rápidamente en descenso del consumo y las ventas, incremento porcentual del desempleo, alcanzando su máxima expresión en la quiebra de grandes empresas que (cómo la ENRON) constituían símbolos del poder americano, de una llamada «nueva economía» supuestamente alejada del fatal fantasma de la recesión. Todo eso está hoy bien claro.

Pero las manifestaciones de crisis, que pueden ser (cómo más de una vez ha sucedido) expresión de la capacidad de reacomodo y corrección del sistema, son percibidas de forma muy distinta por los agoreros del dogmatismo, y por una mente como la del presidente cubano. Sobre el particular, en contraposición a las predicciones comúnmente expuestas en espacios públicos, docentes y privados por esas «excelsas mediocridades», Fidel demuestra consecuencia con la visión marxista, científicamente fundamentada por la lógica histórica, que prevé la desaparición del modo de producción capitalista, cuando acota: «Ser conscientes del desastre que padece tal sistema no significa, sin embargo, ser obligadamente irreal, padecer exceso de optimismo o ver espejismos en medio de lo que todavía es un árido desierto. Los hombres que de alguna forma previeron un fragmento del futuro, como regla, veían la desaparición de las tragedias de su época mucho más cercana y próxima.»{5} Así no solo evade identificar la menor convulsión del sistema con los postreros estertores del mismo, sino que reivindica el papel consciente del sujeto que, en su práctica revolucionaria, debe finalmente desmontar las viejas estructuras del poder.

Y es posible poner aún un último ejemplo, derivado de las particulares visiones defendidas con respecto a la naturaleza del sistema norteamericano. Desde Tocqueville a nuestros días, sin poder obviar a Martí, el ejercicio político norteño ha estado signado por la existencia (en complementariedad aparentemente contradictoria) de un discurso y práctica política plutocráticos, clientelistas y corruptos inmerso en la lógica del dinero; y, oponiéndosele, el vital ejercicio de una opinión pública influyente, defensora de las libertades y derechos que pondera y legitima el ciudadano común. El constante pulso de estos dos componentes hace del sistema americano un complejo que goza de suficiente estabilidad, sancionado por reglas de juego compartidas por amplios sectores de la sociedad, lo que le permite proyectar al exterior una política agresiva, egoísta e imperialista, tradicionalmente irrespetuosa de las normas y principios rectores de las relaciones internacionales. Las criminales bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, o las agresiones a Viet Nam e Iraq, por un lado, así como las luchas (y posteriores conquistas) por los derechos civiles en los 60, el apreciable movimiento antibelicista actual o el importante apoyo de líderes y sectores comunitarios, religiosos y políticos a la lucha por el retorno del niño Elián, por el otro, constituyen indisolubles componentes del pensamiento y la praxis políticos estadounidenses, no reducibles a epíteto alguno.

Aún cuando la épica resistencia a la agresividad imperialista ha sido una constante cohesionadora de la nación, legitimando el discurso revolucionario y su liderazgo político a escala mundial, en nuestra sociedad no ha prevalecido ni la animadversión enfermiza al pueblo vecino (al que nos unen tanto sanos idealismos como los mundanos gustos de la música y el béisbol) ni la descalificación absoluta de sus valores cívicos. Acaso por ello un declarado heredero del legado martiano, a quién la verticalidad y prolongación de su enfrentamiento pudiera haber justificado visiones reduccionistas o peyorativas, ha optado por reconocer honesta y profundamente que:

«No creo que en Estados Unidos pueda instaurarse un régimen fascista. Dentro de su sistema político se han cometido graves errores e injusticias –muchas de las cuales aun perduran–, pero el pueblo norteamericano cuenta con determinadas instituciones, tradiciones, valores educativos, culturales y éticos que lo harían casi imposible. El riesgo está en la esfera internacional. Son tales las facultades y prerrogativas de un presidente y tan inmensa la red de poder militar, económico y tecnológico de ese estado que, de hecho, en virtud de circunstancias ajenas por completo a la voluntad del pueblo norteño, el mundo está comenzando a ser regido por métodos y concepciones nazis.»{6}

En el presente se puede apreciar la conjunción de diversos discursos actuantes en el enramado social cubano, procurando todos la difusión, materialización y entronización de sus valores. Un proyecto banalizante, orientado al consumo y la adoración del mercado, propone la búsqueda del éxito personal expresado fundamentalmente en el aumento de las comodidades y bienes materiales, «sospechosamente» reproductivo de las imágenes de confort y prosperidad del modelo Miami. No hay que poseer un elevado nivel de información o instrumental teórico particular para descubrir, en no pocos «productos» culturales al estilo del Show de Cristina o los culebrones de Televisa, asequibles en los bancos semiclandestinos, los ingredientes de ese mensaje sutilmente promotor de la lógica capitalista. Lógica que no puede ser eficazmente combatida privilegiando solo métodos represivos de la circulación de estas ideas y sus soportes materiales, por encima de la educación, el debate y la recepción crítica de la cultura norteamericana. 

Otros intentos se enrumban a la promoción integral de patrones culturales que ofrezcan al ciudadano una vida basada en la realización personal y colectiva, con la satisfacción de las necesidades básicas materiales y el constante cultivo de la espiritualidad. Este modelo (oficialmente codificado como la Batalla de Ideas) cuenta con el sostenido apoyo gubernamental y comunitario, constituye en sí mismo un sistema no reducible al componente ideológico movilizativo, o a la ilustración cultural. A mi juicio de lo que se trata es de ofrecer una imagen distinta (más no utópica) de la vida, para lo cuál se trata tanto de aprovechar el capital humano potenciado durante estos 44 años y resistente a la erosión del Período Especial; cómo de acabar de resolver las carencias, ineficiencias y desestímulos cotidianos que dificultan la vida diaria de los cubanos y, por extensión, el propio desarrollo del deseado proyecto.

De prevalecer la tercera propuesta, el esquema dogmático de pensamiento, organización e «in-acción» sociales, estaríamos tolerando y cometiendo un error imperdonable. Porque las experiencias pasadas, aunque breves, fueron desgarradoras para el arte y la cultura, paralizantes para el pensamiento social. Además en la actualidad no gozaría de la justificación de la inexperiencia, por lo que su accionar tributaría a la contrarrevolución al enajenar el apoyo de la intelectualidad avanzada, doméstica o foránea, y concitar el rechazo o la indiferencia de una población más heterogénea, cansada del teque y la mentira, en un escenario constantemente cambiante. Lo que se necesita es renovar el compromiso con un discurso de razones y evidencias, prioritariamente dirigido a sectores como la juventud, respondiendo a un reto planteado tanto por la experiencia esteuropea cómo por el modelo neocolonizador norteamericano.

Considero que hoy, de forma un tanto sutil y velada, se mantiene un pulso entre el discurso dogmático y el revolucionario, que si bien se dirime a favor de este último en los predios académicos y en la preferencia de la gente, no tiene igual expresión en el dispar acceso a los medios de difusión masiva, el sistema de educación y los espacios de formulación y toma de decisión políticas. De hecho las riquísimas experiencias de consultas y debates públicos (como la de los Parlamentos Obreros de 1993 o las asambleas del proceso de reestructuración azucarero) continúan siendo puntuales, en contraste con una vocación de opinar, analizar y proponer inherente al ser cubano, visible en la calle y los ómnibus, en las universidades y las empresas.

La Cuba del siglo XXI deberá fomentar, ante la siempre acechante presencia de un latente dogmatismo, una conciencia ciudadana que permita, al unísono, defender esencias y principios, y realizar un cuestionamiento constante de nuestras realidades. Seríamos coherentes con el calificativo de Utopía que noblemente asignan, a nuestro proyecto, no pocos amigos de la esperanza anticapitalista y emancipadora. Utopía que es, según el interesante criterio de un conocido intelectual, una especie de horizonte movible, el continuo sometimiento a la crítica de las condiciones presentes que permita prefigurar un futuro mejor{7}.

En que momento nos encontramos. ¿Acaso en una fase acumulativa, de tregua o preparación que sirva al dogmatismo para intentar retomar el tiempo y los espacios perdidos? ¿Servirá para que los desideologizados, asépticos y cosmopolitas miembros de cierta hojarasca intelectual vayan acumulando el saldo (artificial o exacto) de nuestros errores, para llegado el momento ajustar cuentas a la totalidad del proyecto y de las diversas izquierdas que en su seno coexisten? Quedaremos los revolucionarios, eternos inconformes, resignados a malinterpretar, deformándolo, el consejo histórico de hacer y decir lo que mi tiempo exige diga y haga acopiando fuerzas en la espera de «mejores tiempos»?

Porque siempre queda abierta una serie de interrogantes. ¿Dónde se reserva el espacio de la duda, de la casualidad y la humana subjetividad? ¿No es acaso la Historia del hombre (y sus ideologías) un proceso constante de acumulación, de entrada y salida de nuevos y viejos conceptos, nociones, ideas desde una realidad que se transforma a si misma interminablemente? ¿Y no es hoy este mundo lo suficientemente diverso y contradictorio para pretender respuestas totalizadoras y apriorísticas?

Vuelvo a retomar nuestros ejemplos originarios, y al hacerlo creo poder reconocer que tanto el marxismo cómo la doctrina cristiana tienen en su haber, desde ya, prestigio y méritos insuperables. El segundo apostó, en la prédica original del Nazareno, por la instauración de un reino de la justicia, y anticipó (para bien y mal) el inicio de la expansión mundial de la civilización occidental. El primero, nacido en sus latitudes, pretendió transformarla, encauzando la explosión de riqueza y espiritualidad post renacentista por la vía del Socialismo, en aras de cuotas mayores de felicidad humanas. Y si de sus cauces brotaron dos de los mayores exponente de la opresión espiritual (la escolástica y el Stalinismo) esto solo demuestra la lógica insuficiencia de todo pensamiento que pretenda, de forma absoluta y totalitaria, comprender y ordenar a su imagen y semejanza la realidad universal.

Nos falta solo comprender con humildad (que es grandeza) que en este nuevo milenio no hay espacio para verdades universales. Que discrepar es defender con pasión y firmeza nuestras convicciones, pero dejando abierto el espacio del dialogo, de la recepción critica de lo expuesto por el otro. E incluso, asimilar con mesura y sin temor a confusiones, lo que de su discurso sea útil, coherente y no antagónico con nuestra ideología.

Sería no solo la mejor opción sino, tal vez, la única posible. Hay que confiar en la huella cotidiana de la realización revolucionaria, en su impronta en una cada vez más culta conciencia popular, reduciendo el temor a la subversión y la propaganda a los límites prudentes y legítimos, impidiendo la parálisis de nuestro pensamiento social. Podemos, con el peso de nuestra obra real y palpable, asumir la lección del Apóstol cuando nos enseña, desde el espíritu presente en las páginas indelebles de El presidio político en Cuba, que podrán acusar mercaderes y censores, sobrevenir traiciones y desgarramientos, reales asechanzas y magnificadas amenazas pero siempre debemos confiar en nuestras fuerzas y argumentos porque «la noción del bien flota sobre todo, y no naufraga jamás».
 

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