Por: Hernán Montecinos
Fuente: Revista «Pluma y Pincel»
Las noticias han tenido como referente obligado los conscriptos desaparecidos en Antuco. Sobran las palabras para graficar la magnitud de dicha tragedia. Sin embargo, pasado ya algunos días, se puede analizar los derivados de este hecho con aquellas connotaciones que seguramente, la prensa oficial, como siempre, omitirá o soslayará.
En primer lugar quiero dejar claro que ha sido loable la preocupación del ejército, sobre todo de su comandante en Jefe, en su empeño por hacer todos los esfuerzos por encontrar a los conscriptos desaparecidos. También el empeño, puesto por las autoridades de gobierno, especialmente el Sr. Presidente de la República en la misma dirección. La diligencia y atención preferencial demostrada queda fuera de toda duda.
Sin embargo, con el mismo énfasis, quiero decirlo con todas mis letras, que la actuación del ejército y de su comandante en jefe, así como la del gobierno con su presidente a la cabeza, desafortunadamente, no ha sido la misma con aquellos más de 3.000 desaparecidos bajo la dictadura de Pinochet, y cuyos cuerpos aún, en varios cientos, no se han podido ubicar pasado ya varios años.
Para uno y otro caso, el ejército y el gobierno han aplicado un distinto rasero. Basta mencionar entre otros, respecto de la actuación de Ricardo Lagos, “la mesa de diálogo, el intento de hacer prevalecer el concepto de “amnistía impropia” y, ahora último, la llamada “ley de empalme”, ya promulgada. Con todos estos mecanismos el gobierno no ha podido esconder la solapada intención de cerrar los procesos aunque ello implique no llegar a establecer la verdad ni menos hacer justicia.
Por su parte, el ejército, y demás ramas de las fuerzas armadas, se han valido de miles de triquiñuelas y artimañas, primero negando el hecho mismo de la existencia de los detenidos desaparecidos a través de los “tribunales militares”, y después dilatando y entrabando los respectivos procesos que se ventilan en los tribunales civiles.
Para colmo, en contubernio, la Concertación y el ejército, se concitaron para proveer de una servidumbre de más de 60 personas (guardaespaldas, cocineros, mozos, etc.,) para atender privilegiadamente al asesino mayor, al hoy viejo que yace decrépito, Augusto Pinochet Ugarte. Más aún, pese a su nutrido prontuario delictual, y los cientos de procesos que se le han venido encima, cabe recordar que no le ha caído ninguna sentencia condenatoria, gracias a los sucesivos salvavidas que le ha tirado una desprestigiada Corte Suprema. Tampoco ha sido fichado (prontuariado) como se ficha a todo aquel que es sometido a proceso por criminal.
Una última referencia, desgracias tan trágicas como las sucedidas no sirven ni deben prestarse para las sobreactuaciones. Digo esto porque el Sr. Presidente de la república exagera cuando se ha referido a los conscriptos muertos como “héroes de la paz”. Ellos no han sido ni son héroes, pues no pueden serlo aquellos que mueren tan tontamente, producto de una orden tan estúpida, emanada de un oficial desquiciado que se creyó ser la encarnación de “Rambo”. La asesoría y marketing comunicacional de la cual suele hacer uso y abuso el Sr. Presidente, no puede dar para tanto.
Ojalá, deseo que los buenos propósitos y sentimientos de Lagos y Cheyre, para este caso, sean de verdad y no un simple voladero de luces, como aquellas promesas hechas a los familiares de los detenidos desaparecidos, hasta hoy incumplidos. Estos buenos propósitos también pasan por asegurar que en los sucesivos periodos de conscripción obligatoria, los hijos y parientes de los Ortúzar, los Echenique, los Edwards, etc., no queden excluidos del servicio militar como pasa año a año por rara coincidencia.
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