Por: Marcelo Colussi
La Insignia. Guatemala, agosto del 2003.
Se suele decir que «la verdad no ofende a nadie». Craso error. Si hay que hacer ese reparo, en forma indirecta se está reconociendo que en la verdad anida siempre algo problemático, que hay en ella algo ligado a la denuncia, al destapar, al develar. Descubrir la verdad -como en la alegoría platónica de la caverna- no es fácil ni sencillo; puede enceguecer.
Mucho se ha dicho ya sobre la «verdad» a lo largo de siglos, incluso milenios, de profunda reflexión. El pensamiento conceptual -que define a Occidente sin más- ha sido una permanente búsqueda de la misma: la filosofía, la ciencia, el arte a su manera, son otras tantas formas en que se consumó ese escudriñar. Pero sea cual fuere el camino elegido, en todos los casos queda claro que de lo que se trata es del proceso mismo de buscar. La verdad en sí misma no nos está esperando nunca; la verdad se agota -y tiene toda su riqueza- en el hecho de buscarla.
Hoy día podemos estar seguros que la noción clásica de adecuación entre sujeto y objeto es demasiado precaria; las exégesis que nos proveyeron otras líneas de pensamiento se muestran más fecundas. A partir de ellas podemos afirmar entonces que la verdad es humana, es histórica, es subjetiva. La verdad, en definitiva, se liga al proceso de desocultamiento.
Si hay algo por develar es porque, originalmente, está oculto. La verdad no está aguardando debajo del manto con que se cubre, a la espera que alguien la descubra (eso sería, en otros términos, una nueva versión de la tradición aristotélico-tomista: adaequatio intellectus et rei). La verdad se agota en el proceso mismo de intentar despejar ese manto, para decirlo con una apelación metafórica; implica esfuerzo, acción: el esfuerzo y la acción que se ponen en marcha en el acto mismo del descubrir, esencia de lo humano.
Pero si hay algo oculto, hay entonces algo que se resiste a ser mostrado; hay algo incómodo en ese descubrir. Entonces, llegar a la verdad «ofende» a más de alguien. Tanto lo individual como lo social -anverso y reverso de una misma moneda- ocultan permanentemente. La verdad es el esfuerzo por develar ese ocultamiento estructural. Y develar lo oculto duele (¿será pertinente decir «ofende»?)
En cuanto al ámbito individual, el sujeto es siempre un sujeto evanescente respecto a sus orígenes y a su destino, perdido de sí mismo. La verdad del sujeto anida en su propio desconocimiento. En sus desgarrones, en sus fallidos, en sus actos sintomáticos, justamente allí anida la verdad. Develar esa otra escena de su vida no es fácil, duele: la verdad del sujeto es que vive queriendo saber acerca de sus límites -la muerte, la sexualidad- tratando de no enterarse de que hay límites. Enfrentarse a los mismos, con la finitud -que la muerte lo espera, que en la sexualidad siempre hay algo que falta- duele, duele mucho. De ahí que pasamos la vida ayudándonos con subterfugios para evitarnos la angustia de descubrir esas verdades: habladurías baratas que esconden la verdad. De ahí que nos hemos inventado las fábulas de la autosuficiencia, del libre albedrío, de la voluntad. La verdad nos muestra que vivimos repitiendo toda la vida, repitiendo modelos que nos ahorran la angustia, y buscando no sabemos qué.
Afrontar estas verdades duele; por eso el descubrimiento freudiano fue -y sigue siendo- profundamente doloroso, por heterodoxo, por desenmascarador. Sin duda: somos sujetos del inconsciente. ¿Cómo tolerar que no somos dueños de nosotros mismos, cómo aceptar que no hay salto cualitativo entre salud y enfermedad mental? ¿Cómo aceptar, desde la moral y la lógica tradicional, que en el síntoma psicológico hay goce?
En el ámbito colectivo la verdad está no menos enmascarada. Las diferencias sociales, las dispares cuotas de poder que detentan los distintos grupos, todo ello es producto de una historia que funda la actual situación: la lucha de clases se encuentra en su núcleo. Sin embargo, la raíz de las injusticias no se muestra; si se pretende desenmascarar, duele. Duele, obviamente, a quien detenta el poder, a quien usufructúa los privilegios, por lo cual reacciona.
Develar la verdad en relación a lo que esconden las relaciones sociales -que son, en definitiva, relaciones de poder- conlleva por fuerza un enfrentamiento. En este caso intentar buscar la verdad no solo tiene que ver con la angustia sino también con el peligro real de poder ser adversado, pagando por ello con la vida. Tocar la verdad, por tanto, ofende profundamente.
Vemos, entonces, que la condición humana comporta una más que problemática relación con la verdad. En cierta forma la esencia de lo humano se relaciona con la falta de verdad, con el ocultamiento, con el engaño, en tanto matriz normal y fundante de la experiencia cotidiana. La cotidianeidad se funda en la ausencia de verdad; lo rutinario es la máscara. El yo -como construcción ortopédica- o cualquier mito pseudoexplicativo del todo social -las diferencias económico-sociales son de orden divino, «estamos mal porque los políticos son corruptos», etc.- son otras tantas formas del engaño. Sólo bajo ellas anida la verdad; y descubrirlas es sumamente doloroso, ofensivo, insoportable.
La historia humana es, en definitiva, esa perpetua lucha entre ocultar e intentar develar lo oculto. Buscando la verdad se va la vida.
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