¿Por qué la gente se suicida? La otra versión

Por: Jairo Cardona
Fuente: Revista Ariel N° 15

maestrodelclan@hotmail.com

En este escrito se quiere tomar distancia de la definición clásica de “suicidio”, para acercarnos a la mirada del sujeto. ¿El suicida es un loco y hay que curarlo? ¿Se puede tener náusea de la vida? ¿El suicidio es una acción egoísta? Trataremos de dar respuesta a estos interrogantes, mostrando el otro lado de la muerte voluntaria, para darnos cuenta por qué algunas personas se suicidan y por qué tal decisión no los convierte en monstruos, sino sólo en la muestra de una vida diferente.
Trataremos de comprender la situación del suicida y su deseo de morir, intentando describir desde afuera lo que posiblemente sucede al interior de su vida, sobre cómo experimenta el sufrimiento en carne propia, el fracaso total de la existencia que lo lleva a darse muerte, producto de un sentimiento de hastío, por el cual, aunque lo intente, no logra encontrar un sentido para vivir. Para lograr nuestro propósito, acudiremos especialmente a Jean Améry (Hanns Chaim Mayer), el cual, en su obra Levantar la mano sobre uno mismo: Discurso sobre la muerte voluntaria, hace una réplica ante la concepción tradicional del suicidio, tratando de acercarnos a lo que podríamos llamar la mirada del suicida, a
aquella forma diferente de ver el mundo y comprender la vida y la muerte, una visión que la mayoría no puede entender. A partir de todo lo anterior trataremos entonces de responder a una pregunta concreta: ¿por qué la gente se suicida?

Tratar de explicar la perspectiva del suicida

Améry afirma, en principio, que aquellos que se suicidan prueban algo: que la vida no es el bien supremo, como normalmente se cree. Sin embargo, al llevarnos a tal conclusión, ellos mismos caen en una contradicción del tipo: “muero, luego soy. O bien: muero, luego la vida y todos los juicios posibles no son válidos. O bien. -muero, luego fui, por lo menos en el momento anterior al salto, necio de mí, lo que no pude ser porque la realidad me lo negó…” (Améry, 2005:36). Esta paradoja nos permite acercarnos a la perspectiva del suicida, al enigma que comprende el porqué de su acto, el cual se muestra como algo ilógico, como una acción que va en contra de la lógica de la vida.
Si queremos llegar a entender la realidad del fenómeno suicida, nos dice Améry, tenemos que dejarnos envolver por el absurdo y por la contradicción, pues sólo a través de esos lentes accedemos a la perspectiva del suicidante (aquel que se da muerte a sí mismo) y del suicidario (aquel que quiere suicidarse, tanto si lo desea realmente o si solamente quiere llamar la atención); ya provistos de esa nueva visión, podemos volver sobre un acontecimiento fundamental y necesario para comprender este tema: la muerte. Tanto aquella muerte de la que sabemos que algún día vendrá, como la muerte voluntaria son nuestro campo de reflexión. La primera describe una muerte “natural” hacia la cual nos vamos dirigiendo normalmente en la medida que envejecemos, en la medida que el cuerpo se va deteriorando. A esta, aunque sabemos que es inevitable, le tenemos un inmenso miedo y la evitamos en toda conversación. Sin embargo sabemos que es la posibilidad suprema, que está por encima de todas nuestras posibilidades, aunque sea para eliminarlas. La segunda, se refiere a una muerte súbita que se considera socialmente como “antinatural”, ya que no se permite que la naturaleza obre por sí misma, que los procesos biológicos se cierren y que las funciones corporales cesen, sino que la persona, por mano propia, decide adelantarse, unos con más y otros con menos conciencia de lo que hacen, lo cierto es que aquel salto es producto de un peso insoportable. El suicida pone en evidencia la composición lógica del sujeto que no es más que una contradicción: ser/no-ser. Aquel que se da muerte trae a la fuerza a ese no-ser y por eso cae en el sinsentido, se convierte en un ser del sinsentido, pero no en un loco. Hay que sacarnos de la cabeza que todo aquel que se suicida es un enfermo mental y que es una obligación curarlo. En palabras de Améry:

Cuando alguien provoca con violencia este noser, se convierte en ser humano del sin-sentido. Del sin-sentido, no de la locura. Quien da elsalto no necesariamente se ha hundido en la locura, ni siquiera está en todos los casos “trastornado” o “perturbado”. La inclinación a la muerte voluntaria no es una enfermedad de la que uno haya de ser curado como de las paperas (Ibíd: 39).

¿Todo suicidario está loco y hay que curarlo?

Generalmente se cree que cualquier persona que haya intentado suicidarse o tan sólo haya pensado en la posibilidad remota de hacerlo, tenga algún tipo de locura, pues no es correcto (para la sociedad) pensar esas cosas. Es cierto que muchos suicidantes y suicidarios se han encontrado vinculados a algún desorden psiquiátrico, pero en la mayoría de los casos no hay una desconexión total de la realidad, una pérdida de la conciencia; es decir, como la persona sabe lo que quiere hacer (suicidarse), la sociedad cree que necesita ser convencido de que quiere hacer otra cosa (vivir). La sociedad, entonces, piensa que está obligada a “curarlo”, “ya sea mediante parloteo psicoterapéutico, mediante electrochoques, o mediante quimioterapia, y si todo esto no ayuda, encerrándolo de vez en cuando. Una vez en la torre de los locos resulta invisible, no molesta; además, está tan bien vigilado que le será imposible llevar a cabo con éxito la muerte voluntaria…” (Ibíd:65). Pero lo que saben los especialistas es sólo lo que ven de afuera, sólo el suicidario entiende su tragedia, vive su propio sufrimiento y conoce su verdadera situación.
Améry no está de acuerdo con esta supuesta obligación social de “curar” al suicidario; es más, la considera un delito, ya que cualquier medicación o tratamiento que se le imponga a la persona, que ya de por sí es diferente (por la forma en que concibe la vida y la muerte), en otro aún más diferente: un yo impuesto. Después del tratamiento psiquiátrico o psicológico, el suicidario se convierte en el “producto cuestionable de una intervención externa que le enajena de sus propios intereses” (Ibíd: 66). No es lo mismo sacar un apéndice o una muela que combatir la depresión y la melancolía. Lo primero es algo externo y necesario que sólo afecta y beneficia al cuerpo, aunque no cambia la identidad de la persona, pero cuando se impide “un proyecto de muerte voluntaria, se daña la res cogitans, se le causa un daño peor que el que pueda jamás causar el estado anímico más sombrío” (Ibíd). Que aquel que se cree curado agradezca por la medicación que le hace ver el mundo de color rosa (que lo hace encajar de nuevo en la lógica de la vida) no significa nada, simplemente que ha sido obligado con choques eléctricos o con sustancias que alteran su funcionamiento neuronal, a decir lo que la mayoría quiere ¿Cuándo se ha visto a un torturado que al final no cante?
De acuerdo a lo anterior, nos encontramos en medio de un conflicto entre el individuo y la sociedad, del cual la segunda siempre sale vencedora. Sin embargo, aquel que es capaz de rechazar la ley impuesta por la mayoría, ya que se da cuenta que es mucho más que un simple individuo que sirve a la sociedad, y que comprende la diferencia entre la manera en que se siente y la manera en que los demás creen que se siente y cómo consideran que debería sentirse; no negaría que la vida es un valor supremo para esa mayoría, aunque no lo sea para algunos pocos. Podríamos preguntarnos, entonces: ¿es obligatorio vivir? Para Améry, existe una voluntad de vivir equivalente al instinto de conservación que nos lleva a mantenernos con vida. Esta voluntad tiene tanta fuerza que, aunque no encuentra solución al absurdo de la vida, puede reprimirlo. Los que obedecen tal voluntad, actúan “según la naturaleza”; pero los que no lo hacen, son considerados locos y criminales. ¡Hay que vivir! Pero ¿qué pasa si algunos no quieren?

Inclinación a la muerte

Cuando intentamos acercarnos a la situación de aquellos que quieren suicidarse (o que ya lo han hecho), queriendo comprender por qué lo hacen, nos encontramos con la teoría de la pulsión de muerte de Freud, según la cual, existe en el interior de la persona algo que la mueve en contra de la conservación de la vida (pulsión de vida) y tiende a la destrucción. Ambas pulsiones se encuentran siempre en conflicto, aunque en la mayoría de las personas, la pulsión de vida es la dominante. Pero si primero analizamos la expresión “pulsión de muerte”, nos damos cuenta que una pulsión siempre se dirige hacia algo (no al vacío, sino al ser del sujeto), como si se tratara de un proceso de lucha interior que va llevando a la persona a una degradación continua y progresiva de su ser, es decir, que la vida misma se vaya dirigiendo “naturalmente”, en medio de esa degradación hacia la muerte final, pero allí no media la elección del sujeto sino la determinación del subconsciente que lo lleva a actuar. Sin embargo, en el caso del suicidio
derivado de una náusea de la vida se niega la necesidad de existir. Pero esto está más relacionado con la experiencia de los años, con el pasado, con un futuro que se considera incierto y con el proyecto existencial de la
persona que, finalmente, culmina con la elección consciente de darse muerte, la cual toma a la luz de los anteriores. Améry propone un concepto alternativo al de Freud y que puede estar más acorde con la realidad del suicidario, y este es, la inclinación a la muerte. Inclinación es bajar la cabeza, inclinarse hacia abajo, pero también indica declinación hacia otra cosa (a la vida). La inclinación a la muerte se presenta como una manera de huir del sufrimiento profundo que tenemos en la vida. De esta forma, no sólo es una pulsión de muerte la que nos lleva a actuar involuntariamente en el suicidio, sino también una inclinación permanente en nuestra historia personal por la cual sentimos la necesidad de elegir la muerte. Así, la muerte voluntaria, para Améry, es mucho más que un simple acto de autoaniquilación, “es un largo proceso de inclinarse hacia abajo, de acercamiento a la tierra, una suma de muchas humillaciones que no pueden ser asumidas por la dignidad y la humanidad del suicidario…” (Ibíd:82).

El échec y la náusea de la vida

Améry utiliza el término échec (fracaso), para describir el fracaso total que experimenta aquel que quiere suicidarse, una especie de muerte en vida en la cual la persona se siente desechada por el mundo. En principio, uno puede vivir en el échec, sin dignidad, de forma deshonrosa y semi-humana, por eso algunos piensan que la única forma de terminar con aquella sensación de desesperanza es la muerte voluntaria. Sin embargo, no solamente el suicidante y el suicidario sufren de la experiencia del échec, sino que éste se encuentra como una amenaza escondida en el fondo de toda vida humana. La amenaza del échec se hace evidente en el propio proyecto de vida, en la experiencia personal: se trata de quedar colgando de una cuerda frágil con peligro de caer en el abismo y, sin embargo, nadie puede ayudarme, nadie puede entender completamente tal sentimiento; no puede ser explicado, sólo puede ser vivido. Cuando el échec se presenta como una amenaza constante, en el fracaso, la enfermedad, la bancarrota, el desamor, el miedo; el suicidio se convierte en una promesa y la muerte natural, en el échec máximo, dado que, como dice Sartre: “la muerte nunca es lo que da su sentido a la vida: al contrario, es lo que le priva por principio de todo significado. Si debemos morir, nuestra vida no tiene sentido porque sus problemas no reciben ninguna solución y porque el significado mismo de los problemas sigue siendo indeterminado” (Sartre, 1993: 562). La muerte natural nos dice de antemano que todo nuestro mundo, los proyectos que hemos formado e incluso el sentido que le hemos dado a nuestra vida se perderán. Por eso dirá el suicidario que es mejor adelantarse, enfrentarse al échec último para ser por lo menos el autor de dicho acto y no esperar pasivamente y por muchos años, la salida de aquel fracaso que lo carcome.

El mensaje suicida: necesidad del otro

Para Améry, aquello que iguala y que unifica todos los proyectos suicidas, tanto de aquellas personas que lograron darse muerte como las que fueron “salvadas”, “recuperadas” para la lógica de la vida, no es la simple llamada de socorro que el suicidio simboliza, sino el mensaje. Dicho mensaje es enviado incluso justo antes de dar el salto, y a pesar de
que ya hemos renunciado a la vida, todavía nos preocupamos por el otro. El mensaje suicida es la conexión con el otro que siempre nos acompaña. Así, “el suicidante se da la muerte junto con el otro a quien interpela con su mensaje. Así deja que el mundo se hunda, el mundo que era, o no, su “representación”, el mundo que poseía” (Améry, 2005:111). Aquel mundo de significados y relaciones que había construido se desintegra y pasa a ser sólo una cosa, un recuerdo en la memoria de otros. Pero muere acompañado de su destinatario, con él comparte sus motivos, sus tristezas, agradecimientos, disculpas y el estigma que lleva al cuello y con el cual salta al vacío. El propio acto suicida se convierte también en un mensaje, porque ni siquiera el suicidario, aquel que pensamos que es la persona más solitaria del mundo, puede renunciar al otro. Se suicida con el otro.

El suicidario no es un enfermo

La psicología y la psiquiatría han menospreciado fenómenos como el échec y el hastío del mundo, calificándolos como enfermedades, presuponiendo que las enfermedades son una vergüenza. Sin embargo, y a pesar de esta posición, cuando una persona intenta el suicidio, es su propio pasado el que se presenta como algo maligno. Se suman todos los fracasos de su vida en el sentimiento del échec y esto le impide seguir viviendo. Todas las humillaciones y esperanzas frustradas lo llevan a tener miedo de un futuro incierto en la no-existencia. Pero, pregunta Améry: ¿Hasta qué punto está enfermo el melancólico, el depresivo o el suicidario? A lo cual, él mismo responderá que los límites de la salud psíquica, física y de aquello que llamamos enfermedad, se definen siempre en un tiempo específico en cada sociedad. Particularmente, la enfermedad mental debería ser comprendida como un desprendimiento de la realidad que lleva a la persona a hacer juicios equivocados. En ese
sentido, no podemos considerar enfermos a los suicidas, simplemente son diferentes, como lo afirma Améry: “El depresivo o el melancólico para quien “el pasado es infame, el presente doloroso, el futuro inexistente”, tal como describe su estado el profesional, es un enfermo tan poco enfermo como el homosexual. Simplemente es diferente” (Ibíd: 64).

Conclusión

Si tratamos de responder de nuevo a la pregunta: ¿por qué la gente se suicida? Podemos decir primero por qué posiblemente no lo hacen: no lo hacen porque sean locos, pues la mayoría sabe cuál es la consecuencia de su acción, actúan conscientemente. En ese sentido, no es el inconsciente el que arrastra al suicida hacia el abismo de forma involuntaria, sino que, en algunas personas, se trata de una inclinación permanente de su historia personal que las lleva libremente (unas más consientes que otras) a elegir la muerte voluntaria, sienten la necesidad de hacerlo, ya no pueden más. Su dolor supera la voluntad de vivir, la cual ya no es capaz de disfrazar, de esconder el absurdo de su vida. Podemos decir que la gente no se suicida de forma egoísta, buscando reconocimiento o exaltación por parte de los demás, pero nunca se desprende del otro y quiere rescatar ese vínculo hasta el último momento. De acuerdo a lo anterior, se hace evidente que el suicida no es un enfermo o un anormal, es sólo la clara muestra de que la vida y la muerte pueden ser entendidas de otra manera, los suicidas han descubierto que, para ellos, vivir o no vivir no es una obligación, sino una elección personal.
Así, aunque la muerte voluntaria nos parezca irracional, se presenta como un acto de liberación para el suicidario, pero que ante todo niega un estado de opresión que carcome la existencia. Y, aunque toda libertad de algo es libertad para hacer algo más, en el suicidio podemos librarnos de algo (del échec y del hastío de vivir) sin pensar en un “¿para qué?” Esa liberación que muchos han elegido, es “una afirmación de dignidad y humanidad dirigida contra el ciego dominio de la naturaleza”(Ibíd: 130).

Bibliografía

Améry, Jean (2005). Levantar la mano sobre uno mismo. Discurso sobre la muerte voluntaria. Traducción de Marisa

Siguan Boehmer y Eduardo Aznar Anglés.Valencia: Pre-textos.
______ (2001). Revuelta y resignación. Acerca del Envejecer. Traducción de Marisa Siguan Boehmer y Eduardo

Aznar Anglés.Valencia: Pre-textos.

Gonzáles Rivera, Pilar(2009). Comentario sobre Levantar la mano sobre uno mismo, de Jean Améry. Desde el Jardín de Freud Nº.9, pp. 23-29.

Sartre, Jean Paul (1993). El ser y la nada. Traducción de Juan Valmar. Barcelona: Altaya.

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