Mortales consecuencias de los dobles discursos

Por: Arturo Ruiz
Fuente: http://www.eldinamo.cl 04.01.14)

Tolerancia no significa tolerar todas las ideas, puesto que existen ideas intolerables, tales como la negación del Holocausto o la idea de marginar a las personas por diferencias sexuales, políticas o raciales. La tolerancia se refiere a que nadie debe ser perseguido por un discurso diferente, es decir, lo que debe ser tolerado son todas las personas, no todas las ideas y en esto, nuestros líderes, tanto de opinión, como políticos y religiosos deberían mostrarse firmes.

Entre la fiebre nacionalista y el escepticismo ante el nuevo gabinete de Bachelet, una noticia pasó casi inadvertida, al menos para quienes ya no vemos televisión abierta, ni nos informamos por los noticiarios que solo exageran la criminalidad de la sociedad chilena: Esteban Parada Armijo, un joven gay de 22 años, murió tras ser apuñalado ni más ni menos que en el Barrio Bellavista, un lugar en el que uno supondría que la gente homosexual debería sentirse segura, ya que allí se encuentran casi todos los lugares en los que la noche gay santiaguina celebra su sexualidad.

Tenemos ley Zamudio, tenemos un establishment que, de la boca para afuera condena este tipo de crímenes, sin embargo, al mismo tiempo, personeros del Gobierno y aún de ciertos partidos de la oposición ponen hincapié en aquello que llaman “defensa de la familia” cuando se refieren a este tipo de temas, como si las personas con una condición sexual o de género diferente fueran una amenaza para las familias “normales”. Así lo hizo, por ejemplo, la conferencia episcopal cuando llamó a los católicos a votar en las próximas elecciones pensando en la defensa de la familia y de la vida, el mismo presidente, después del tedeum evangélico del 2012, cuando destacó los mismos “valores” y, según Ciper Chile, solo un diecinueve por ciento del Congreso en ejercicio estaría de acuerdo con la existencia del matrimonio homosexual.

Así, pese a la condena unánime de todos los sectores ante estos hechos de violencia, la autoridad política y religiosa del país entrega un doble discurso que hace aparecer como si ciertas opiniones fueran moral e intelectualmente válidas y, consecuentemente, muchas personas actúan en base a posturas, por ejemplo, homofóbicas extremas que le cuestan la vida a personas como Esteban Parada y Daniel Zamudio. Después de todo, personas como ellos son un peligro para la familia tradicional y su existencia es, por ende, una amenaza. Por mucho que la autoridad condene la violencia, no le ha dado un status de auténtica igualdad a las personas con una sexualidad diferente y con ello pone en peligro desde sus empleos, pasando por su vida social, hasta su vida propiamente tal, como ha quedado manifestado en los hechos.

No es Chile el primer país del mundo en crear leyes como la Ley Zamudio. En los Estados Unidos, el caso de Matthew Shepard dio lugar a una legislación similar. Sin embargo, ha sido la comunidad norteamericana la que ha hecho que ciertas opiniones sean socialmente inaceptables y es así como, en la gran mayoría de los Estados de la costa, el discurso homofóbico, así como el racista y el xenófobo, entre otros, conlleva la inmediata sanción social.

Esta sanción a la opinión homofóbica, o nacionalista, o racista, o sexista es la que ha faltado entre los líderes de opinión chilenos quienes, en parte defendiendo un discurso de “tolerancia” y en parte defendiendo a la propia intolerancia, han optado por un discurso “tolerante” a media tinta que no deja en claro que la tolerancia verdadera solo es posible cuando se excluye al discurso intolerante.

Tolerancia no significa tolerar todas las ideas, puesto que existen ideas intolerables, tales como la negación del Holocausto o la idea de marginar a las personas por diferencias sexuales, políticas o raciales. La tolerancia se refiere a que nadie debe ser perseguido por un discurso diferente, es decir, lo que debe ser tolerado son todas las personas, no todas las ideas y en esto, nuestros líderes, tanto de opinión, como políticos y religiosos deberían mostrarse firmes.

El prejuicio debería ser algo así como un “mostrar la hilacha” o una “rotería” intelectual. Las opiniones que emitamos en público –y por qué no también en privado– deberían estar basadas en hechos debidamente acreditados por fuentes confiables y no en una serie de opiniones consagradas solo por la costumbre, la creencia y el uso. La sociedad debiera sancionar de la misma forma en que hoy excluye a las minorías a las personas que difunden prejuicios excluyentes. Para esto, sin embargo, es necesario que nuestra sociedad distinga entre un dato, una mera opinión, un juicio y un prejuicio, cosa que al parecer ni nuestros parlamentarios han sido capaces de hacer, dado que aprobaron una ley que excluía el uso de un compuesto basándose solo en opiniones de oídas.

Todo lo anterior, solo muestra una tremenda falta de cultura del pueblo y, lo que es peor, de las élites chilenas. Esta falta de cultura constituye un peligro para el desarrollo de nuestra democracia y para la vida de muchas personas, porque así como ahora fue un joven homosexual, así antiguamente fue un comunista y, en el futuro, puede caer cualquiera por una mera cuestión de falta de claridad conceptual.

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