El contraataque de Sabat: las patas del conejo

Por: Alberto Mayol
Fuente: http://www.elmostrador.cl (08.11.12)

El truco es simple: dicen “no contaron una mesa”. Y por supuesto, como muchas mesas en Chile, hay una no contada porque tiene vicio de nulidad, por inconsistencias. Por eso no se contó y no se debe contar. Y es que cuando hay inconsistencias (cosa que ocurre con normalidad en muchas comunas del país), la mesa queda nula. Por ejemplo, si en una mesa hay más votos que firmas, no puede valer ningún voto, porque sólo un ente omnisciente sería capaz de definir cuál voto sí corresponde a las firmas y cuál no. Y los entes omniscientes no se pronuncian sobre tales banalidades.

La elección de alcalde de Ñuñoa, en su etapa de presunta incertidumbre, nos muestra la máquina de un partido (en este caso Renovación Nacional) y la operación de intereses políticos (y económicos) en el terreno del Chile de los poderes fácticos vestidos de institucionalidad.

Renovación Nacional está intentando hacer lo que en el decadente mundo contemporáneo llamamos magia y que, en rigor, no son más que trucos. Y como todo truco del repertorio del ilusionismo, este requiere la complicidad de un tipo de receptor específico: el ingenuo espectador en cuya displicencia prescinde de la verdad para preferir el entretenimiento y la fantasía. En este caso, el truco no es divertido y termina con la reelección de un alcalde, Pedro Sabat, quien habiendo reconocido la derrota el día domingo, nunca esperó tanta solidaridad de parte de sus correligionarios, quienes le han insistido en seguir luchando, haciéndolo comprender que se puede ganar por secretaría lo que se perdió en la cancha. El truco es simple: dicen “no contaron una mesa”.

Y por supuesto, como muchas mesas en Chile, hay una no contada porque tiene vicio de nulidad, por inconsistencias. Por eso no se contó y no se debe contar. Y es que cuando hay inconsistencias (cosa que ocurre con normalidad en muchas comunas del país), la mesa queda nula. Por ejemplo, si en una mesa hay más votos que firmas, no puede valer ningún voto, porque sólo un ente omnisciente sería capaz de definir cuál voto sí corresponde a las firmas y cuál no. Y los entes omniscientes no se pronuncian sobre tales banalidades.

Lo interesante es que el abogado RN Marcelo Brunet, el senador (d) Carlos Larraín y hasta el diputado Alberto Cardemil (de escaso prestigio en el respeto de los votos, desde el plebiscito); han intentado establecer la necesidad de agregar esa mesa, bajo la tesis incluso apoyada por el señor Juan Ignacio García del Servicio Electoral, que señala que el sistema computacional fue muy exigente y sacó la mesa del conteo de modo innecesario. Y claro, no hace bien ser tan riguroso, hay que ser más flexible (como con las inmobiliarias). Por tanto, reduciendo las exigencias y contando la famosa mesa, ganaría Sabat.

Lo más interesante es que, incluso frente a una estrategia inadecuada del Partido Socialista, el truco no funcionará. Hace un par de años habría funcionado. Pero ahora no. En el Chile actual todas las fisuras se notan. Perderá el viernes por segunda vez Sabat. Y más aún, quedará en evidencia la forma en que se ha manejado la institucionalidad chilena por muchos años, respondiendo a los poderes fácticos. Para poder explicarlo, necesito recurrir a la famosa historia del conejo y el mago.

Lo interesante es que el abogado RN Marcelo Brunet, el senador (d) Carlos Larraín y hasta el diputado Alberto Cardemil (de escaso prestigio en el respeto de los votos, desde el plebiscito); han intentado establecer la necesidad de agregar esa mesa, bajo la tesis incluso apoyada por el señor Juan Ignacio García del Servicio Electoral, que señala que el sistema computacional fue muy exigente y sacó la mesa del conteo de modo innecesario. Y claro, no hace bien ser tan riguroso, hay que ser más flexible (como con las inmobiliarias). Por tanto, reduciendo las exigencias y contando la famosa mesa, ganaría Sabat.

En el siglo XIX, en Francia, se popularizó gracias a Alexander Herrman un truco de magia que se ha transformado en un clásico. El mago muestra un sombrero de copa vacío, golpea con su varita mágica y aparece entonces un conejo desde el sombrero. El truco se ha hecho popular en todos los rincones del mundo. Entre los magos, me contó un viejo experto, se juzga al que hace mal el truco diciendo: “Se le ve el conejo”. Y es que claro, a veces el conejo es muy gordito, tiene las patas grandes o quizás el sombrero es chico. O sencillamente el conejo saca la cabeza antes por el agujero de la mesa. Y entonces se ve el conejo. La gente ríe y todo se arruina.

Cuando en política un grupo tiene poder, obtiene no sólo los aparatos que permiten trabajar desde el poder, sino que obtiene un segundo botín: la hegemonía. Esta permite expresar su poder en forma de sentido común. En ese instante, los trucos, los contrabandos, los cambios de ejes, pasan sin dejar rastros. Ejemplos en nuestra transición hay muchos: la privatización en nombre de la libertad, la impunidad en nombre de la gobernabilidad, la desigualdad en nombre del crecimiento, el presente en nombre del futuro. En ese Chile se podía cambiar la LOCE por la LGE en nombre de los estudiantes, pero apoyando realmente la educación de mercado. Se podía fundar el Crédito con Aval del Estado, para los bancos y las universidades privadas, en nombre del acceso a la universidad de los más necesitados. Se podía fundar el mercado de capitales en nombre de los pensionados de Chile y su vejez digna. Incluso casi se monta el ingreso mínimo por hogar, en nombre de la protección social, cuando era un subsidio a los salarios que deben pagar los empresarios.

Mientras la hegemonía funcionó, aunque el conejo fuera gordito, de patas grandes, con sombrero chico; aunque sacara la cabeza por la mesa en un momento inadecuado; aunque el mago fuera de discutible calidad; nosotros no veíamos nada. Y es que en política la calidad del truco es directamente proporcional al nivel de hegemonía. A mayor hegemonía, el truco funciona más. Hace unos años escribí un apartado de un ensayo sobre el Chile de entonces y señalé con un subtítulo un rasgo esencial de ese momento: “El Mercurio ya ni miente”, decía la sentencia. En ese tiempo, la máquina de la derecha coincidía con la realidad. Y no era porque dijera la verdad, cosa muy ordinaria para los grupos dominantes. Era que se había logrado que la verdad pareciera mentira y que su mentira pareciera verdad. Y eso es sofisticación, eso es poder. Desde el 2011, en cambio, la verdad oficial se ha fracturado. Incluso, al día siguiente de las recientes elecciones municipales, todos los periodistas se rieron de los titulares de El Mercurio. La máquina actual puede operar para decir cosas como que los pobres bajaron, pero las fisuras en la hegemonía hacen que se vea el conejo y que a veces éste se rebele, desmintiendo la versión oficial.

Cuando el viernes el truco de Renovación Nacional no haya funcionado, se habrá suspendido la emisión de un nuevo episodio de esta teleserie de mala calidad y alto presupuesto que ha sido el secuestro de las instituciones por los grandes poderes fácticos. Y es que detrás de Sabat no sólo está Renovación Nacional, si usted me entiende.

El viernes 9 de noviembre de 2012, mientras inútilmente se cuentan votos de una elección ya terminada, el mago Larraín y sus secuaces no podrán tapar las patas del conejo. Y el truco habrá fracasado.

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