La derecha, armada, jamás será aplastada

Por: Ricardo Candia Cares
Fuente: http://www.elclarin.cl (20.01.12)

La lucha armada fue en un momento de la historia de Latinoamérica, el medio que los revolucionarios esgrimían como vía para llegar al poder después que la Revolución Cubana probó que el método era efectivo, legítimo, ético y necesario.

Desde entonces viene la discusión de si es o no aceptable conveniente, bueno, bonito o barato el uso de la violencia aguda para disputar el poder a los que mandan.

Durante la dictadura, que accedió al poder precisamente por la vía armada, se ocupó más de la mitad del tiempo para discutir el tema. Mientras tanto, los grupos armados afines al régimen, mataban a diestra, pero sobre todo a siniestra.

Bastó que la discusión eterna finalmente arribara a la conclusión de que si hasta la doctrina cristiana, y todas éticas similares, aceptaban la violencia para sacudirse de un régimen oprobioso, por qué entonces no iba a ser legítimo combatir a una de las peores dictaduras conocidas mediante el uso de las armas.

Como se sabe, dicha resolución fue rechazada por algunos que se fueron a sus casas o decidieron cambiar de domicilio político, en busca de sensatez y no violencia.

El resto, la gente, combatió cuando pudo y se dieran las condiciones, derrochando un valor que hoy casi no se recuerda. Muchos valientes cayeron. Otros, prisioneros, fueron víctimas de atroces torturas y persecución.

Y justo cuando la gente comenzó a tomarle el gusto a pelear más en serio, y la gente dejó de tener miedo y la muerte ya no fue una amenaza paralizante, entonces se vino la noche.

La seguidilla de errores monumentales de quienes no podían permitirse ni el más mínimo, desembarco de armas, intento de tiranicidio, sumado a la ofensiva imperialista que jugó su peones, torres y reyes, terminó por definir la salida post dictadura que hasta hoy luce su particular sello.

De manera que quienes se vieron acorralados por el avance del pueblo en esos tres maravillosos años de la Unidad Popular, que utilizaron su brazo armado para descargar el odio que la derecha cría con devoción en sus hogares servidos por nanas de delantal, en sus escuelas de curas pedófilos, en sus universidades sectarias y en sus academias militares asesoradas por Estados Unidos y que administraron el país por diecisiete años, ahora desembarcaban a la democracia sin un rasguño.

Algunos de sus combatientes, reciclados a la perfección, hoy son alcaldes, senadores, diputados, empresarios, dirigentes políticos, embajadores, académicos, historiadores y buenos vecinos.

Más de veinte años después de los últimos y tímidos tiros, la gente ha vuelto a salir a las calles, y nuevamente ha puesto en jaque a los mandamases por el simple expediente, siempre al alcance de la mano y curiosamente con muy poco uso, de no obedecer.

De pasarse por buena parte las ordenanzas, leyes, decretos, ministros y autoridades.

Y he aquí que el sistema, ni corto ni perezoso, acude de nuevo a su brazo armado y despliega sus planes contingentes cuya aplicación busca resultados inmediatos y otros no tanto.

Así, los desplazamientos policiales que salen en la tele, y los que se hacen desde las sombras, buscan sintetizar el conocimiento del enemigo por medio de sus intelectuales y aparatos de contrainteligencia, conocedores de la importancia de la información para la guerra.

Para efectos similares se habrán lanzado los satélites que tiene Chile. Porque creer que sólo hay uno y que ha habido dos intentos fallidos y que el único que funciona fue lanzado hace poco, es creer mucho.

La vía armada de la derecha está viva y en plenas funciones.

Quien lo dude, que vaya a visitar el territorio mapuche y diga si eso es control del orden público o sucesivos ensayos para los distintos planes tácticos y operativos en el teatro de operaciones más complejo que enfrenta el sistema.

El berrinche de la derecha por los dichos de Camila respecto de la vía armada es parte de la trama. Habrá que recordarle su aversión por la violencia en un futuro no muy lejano, cuando la izquierda encuentre el tono y conquiste importantes grados de poder, al extremo de proponerse desmantelar el sistema.

A ver si siguen tan democráticos y pacíficos al ver en peligro sus extremos privilegios.

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