¿Cuál es la tarea de la filosofía?

Fuente: http://www.revistasophia.com
(09.09-11)

Introducción: ¿Hay que empezar el curso pegándole fuego al profesor de filosofía?

No enseguida. Esperen un poco. Al menos denle tiempo de mostrar sus aptitudes antes de mandarlo a la hoguera. Lo sé, se os ha prevenido contra la asignatura: no sirve para nada, no se entiende lo que cuenta el que la enseña, acumula preguntas sin dar nunca respuestas, a menudo se reduce a la copia de un curso dictado y a los dolores de muñeca asociados, etc. No se equivoquen del todo, a menudo ese es el caso. Pero tampoco tiene razón completamente, pues no siempre es verdad…

Vejestorios, barbudos y pesados

Tiene razón: francamente la filosofía puede fastidiar a su público… En primer lugar, cuando hace uso, pero sobre todo, cuando abusa de términos complicados: ataraxia, fenomenología, noúmenos, eidética, y otros términos imposibles de pronunciar, memorizar o utilizar. Después, cuando se entusiasma por cuestiones que parecen carentes de interés o ridiculas: ¿por qué hay algo más bien que nada? (una cuestión de Leibniz (1646-1716), reactivada por Heidegger (1889-1976), dos pensadores alemanes fundamentales).

O cuando añade al inconveniente de las palabras imposibles el de las preguntas extravagantes. Por ejemplo: ¿cómo son posibles los juicios sintéticos a priorfí (cuestión que se plantea Kant (1724-1804), un filósofo alemán del siglo XVIll, en su libro más importante Crítica de la razón pura, 1781). Por último, la asignatura puede hartaros si persiste en privilegiar las preguntas sin jamás preocuparse de aportar respuestas. Pues algunos consideran la pregunta más importante que la respuesta… (los que quieran permanecer tranquilos en su rincón y pasar su vida evitando descubrir, lo que les permitiría cambiar a otra cosa, pasad la página). Si os toca un profesor que destaca en uno de estos defectos, incluso en los dos, o bien en los tres, tenéis razón, es un mal partido…

…o brillantes, pasmados, hilarantes

Pero también puede que no tengan razón completamente: la filosofía puede practicarse con auténtico placer. Ante todo, precisemos que el vocabulario técnico o especializado puede ser necesario. Se le concede sin problemas al médico o al mecánico que pueden hablar, el uno de una arteriola, el otro de un balancín, sin suscitar el reproche: en ocasiones el empleo de vocabulario especializado puede revelarse indispensable. En filosofía, casi siempre es mejor evitarlo e inclinarse por el vocabulario corriente. Pero si no es posible, porque la cuestión un tanto fina necesita instrumentos apropiados, podemos recurrir a él sin exagerar. El vocabulario técnico se aprende, no se nace con él, al igual que este del que disponéis hoy. Aceptad el principio de que podéis ampliar vuestro vocabulario aprendiendo algunas palabras de filosofía fundamentales para reflexionar más eficazmente. Cuanto más rico sea vuestro vocabulario, más profundo puede hacerse vuestro pensamiento; cuanto menos lo es, en peores condiciones estaréis para desprenderos de los tópicos…

En cuanto a las cuestiones aparentemente extravagantes, podéis tener razón: algunas solo provienen de personas que se especializan excesivamente en la disciplina. A vosotros no os acecha ese peligro… Dejádselo a los verdaderos aficionados. ¿Y por qué no vosotros, cuando tengáis varios años de filosofía a vuestras espaldas? Sea como fuere, la filosofía no se reduce solo a la práctica de debates especializados. Comenzad por intentar resolver las cuestiones que os planteáis en vuestra vida cotidiana, la filosofía está para eso. El curso de filosofía puede y debe contribuir a ello.

Por último, efectivamente podéis sentir, en un momento dado de vuestro bachillerato1, que os derrumbáis bajo el peso de las cuestiones y que, comparadas, las respuestas parecen menos evidentes, menos fáciles. Tendréis motivo: a lo largo del curso se da un periodo en el que muchas ideas comunes que provienen de vuestros padres, de vuestro medio, de vuestra época se desmoronan y dan paso a un desierto angustioso. No dejéis por eso de recorrer vuestro camino filosófico. Al contrario. Solo si perseveráis podréis superar ese estado de inquietud hasta comenzar a experimentar un auténtico placer en resolver problemas filosóficos personales y, posteriormente, generales.

Elogio de la socratización

En realidad, vuestra relación con la filosofía depende de quien les enseña la disciplina. De eso no se libra nadie… Y así, todo es posible. Lo peor y lo mejor. Porque podéis tanto sufrir al docente que os enfrenta definitivamente con la materia, como encontrar a una persona que haga que os guste la disciplina, sus mayores figuras y sus textos esenciales, y para siempre. Haced lo que queráis con el primero y, en contrapartida, tratad con indulgencia al segundo… Pero, antes de haceros una ¡dea, esperad a poder juzgar con criterio.

Lo peor, sin ninguna duda, es el funcionario de la filosofía: el profesor obsesionado por el programa oficial. Este, por cierto, en el bachillerato tecnológico está constituido por nueve nociones: la Naturaleza, el Arte, la Libertad, el Derecho, la Técnica, la Razón, la Conciencia, la Historia, la Verdad, y de una serie de filósofos: una treintena de obras que van de Platón (428-347 a. de C), el más antiguo, hasta Heidegger (1889-1976), el que más recientemente ha fallecido; porque, para las autoridades académicas, un buen filósofo es un filósofo muerto… Esta catástrofe escolar no se aparta lo más mínimo de un viejo manual siniestro, de un curso redactado hace años, y de ningún modo avanza fuera de los senderos trillados de la historia de la filosofía. Os enseña los fragmentos escogidos, obligatorios y tradicionales.

Tengan hambre o no, os atiborra de inútiles apuntes para el día del examen, ya que en ningún caso les pide aprender de memoria y regurgitar un saber aprendido como se memorizarían las páginas de un listín telefónico.

Lo mejor es la enseñanza socrática. ¿Y qué es eso? Sócrates (470-399 a. de C.) era un filósofo griego que enseñaba en las calles de Atenas, en Grecia, hace casi veinticinco siglos. Su palabra se dirigía a los que se acercaban a él en la plaza pública, en la calle. Él los inquietaba haciéndoles comprender con genuina ironía y un verdadero dominio de la palabra que sus certidumbres no soportaban mucho tiempo el examen y la crítica. Tras haber frecuentado a Sócrates y discutido con él, los individuos volvían metamorfoseados: la filosofía les abría inmensas posibilidades y cambiaba el curso de su existencia.

El maestro socrático pone su saber, su ironía, su dominio de la palabra, su cultura, su gusto teatral y su talento al servicio de la puesta en escena del pensamiento, a vuestro servicio, al servicio de vuestras inquietudes, de vuestros interrogantes, a fin de que en vuestra existencia podáis utilizar la asignatura para pensar mejor, ser más críticos, estar mejor preparados para comprender el mundo y, eventualmente, actuar sobre él. A los ojos de él, el
curso supone una ocasión (algunas horas a la semana durante treinta y tres semanas, o sea, varias decenas de horas en un año, salvo bajas por enfermedad, heladas en la carretera, sábanas que se nos pegan, pellas o novillos) —una ocasión, en fin, de someter la realidad y el mundo a una crítica constructiva.

Para ese tipo de profesor, no están, por un lado, los temas nobles, propiamente filosóficos (el origen del tiempo, la naturaleza de la materia, la realidad de las ideas, la función de la razón, la formación de un razonamiento, etc.) y, por otro, los temas que no lo serían (el gusto por el alcohol, fumar hachís, masturbarse, recurrir a la violencia, habérselas con la policía, rechazar el reglamento interior, mentir a los que queremos, y otros temas que se abordan en este manual a través de una serie de textos filosóficos), sino el tratamiento filosófico de todas las cuestiones posibles. El curso ofrece una escena en la que se desarrolla, con ayuda del profesor, un perpetuo vaivén entre vuestra existencia y la de los pensamientos filosófico disponibles.

La filosofía como la corte de los milagros

Por supuesto, os deseo que no sufran durante todo el año a un espécimen del tipo funcionario de la filosofía. Consideraos unos afortunados si no se cruza en vuestro camino y tenéis la suerte de pasar nueve meses (el tiempo de gestación del curso, ai menos para los que no se queden rezagados…) con un maestro socrático. Sabed, sin embargo, que raramente esas dos figuras aparecen separadas en las aulas y que las obligaciones escolares de enseñar un método de la disertación y de comentario de texto, la necesidad (lamentable para vosotros tanto como para vuestro profesor) de mandar deberes, corregir ejercicios, poner notas, la perspectiva de la Selectividad3, todo eso obliga a cada profesor a componérselas, a dar bandazos entre la administración y la práctica de la filosofía.

De modo que, independientemente de vuestra mala suerte si sufrís a uno o de vuestra fortuna si encontráis al otro, debéis disociar al mediador de la disciplina de la disciplina misma. Con independencia de quien la enseña, la filosofía tiene tras sí casi treinta siglos de pensamiento y pensadores, en la India, en China (un mundo que no se enseña en Francia, puesto que tradicionalmente hacemos comenzar la filosofía, sin razón, en Grecia en el siglo vil antes de Jesucristo con los presocráticos, aquellos que enseñaban antes que Sócrates: Parménides, Heráclito, Demócrito, entre muchos otros), e igualmente en Grecia, en Roma y en Europa. Esos sistemas de pensamiento, esas ideas, esos hombres proponen suficientes preguntas y respuestas como para que saquéis provecho de un libro, un texto, de unas páginas o una figura cimera de ese universo singular.

En los programas oficiales se transmiten valores seguros, clásicos. La mayoría de las veces alteran poco el orden social, moral y espiritual, cuando no lo fortalecen claramente. Pero también existen, y en cantidad muy considerable, filósofos marginales, subversivos, raros, que saben vivir, reír, comer y beber, a los que les gusta el amor, la amistad, la vida en todas sus formas -Aristipo de Cirene (hacia el 435-366 a. de C.) y los filósofos de su escuela, los cirenaicos, Diógenes de Sínope (s. v. a. de C), y los cínicos, Gassendi (1592-1655) y los libertinos, La Mettrie (1709-1751), Diderot (1713-1784), Helvecio (1715-1771) y los materialistas, Charles Fourier (1772-1837) y los utopistas, Raoul Vaneigem (nacido en 1934) y los situacionistas, etc. No imaginéis, porque se os presenten prioritariamente pensadores poco excitantes -o porque el profesor que os los transmita tampoco parezca excitante-, que toda la filosofía se reduce a siniestros personajes o tristes individuos tanto más dotados para pensar como para ser torpes en la vida y desfasados en la existencia. La filosofía es un continente lleno de gente, de personas, de ideas, de pensamientos contradictorios, diversos, útiles para el éxito de vuestra existencia, a fin de que podáis regocijaros continuamente en vuestra vida y construirla día tras día. A vuestro profesor le corresponde proporcionaros el mapa y la brújula, a vosotros trazar vuestro camino en esta geografía farragosa, pero apasionante. Buen viaje…

TEXTOS

Raoul Vaneigem (belga, nacido en 1934)
Convertido en uno de los inspiradores del pensamiento de la corriente contestataria de mayo del 68 con un libro de culto: Tratado del saber vivir para el uso de las jóvenes generaciones (1967). Realiza una crítica radical del capitalismo, instrumento de muerte y alienación, y defiende la revolución como condición de realización del goce.

Adiestrar al animal rentable

¿Ha perdido la escuela el carácter repelente que presentaba en los siglos XIX y XX, cuando domaba los espíritus y los cuerpos para las duras realidades del rendimiento y de la servidumbre, teniendo a gala educar por deber, autoridad y austeridad, no por placer y por pasión? Nada es más dudoso, y no puede negarse que, bajo las aparentes solicitudes de la modernidad, muchos arcaísmos siguen marcando la vida de las estudiantes y de los estudiantes. ¿No ha obedecido hasta hoy la empresa escolar a la preocupación dominante de mejorar las técnicas de adiestramiento para que el animal sea rentable? Ningún niño traspasa el umbral de una escuela sin exponerse al riesgo de perderse; quiero decir, de perder esa vida exuberante, ávida de conocimientos y maravillas, que sería tan gozoso potenciar en lugar de esterilizarla y desesperarla bajo el aburrido trabajo del saber abstracto. ¡Qué terrible notar esas brillantes miradas a menudo empañadas! Cuatro paredes. El asentimiento general conviene en que allí uno será, con consideraciones hipócritas, aprisionado, obligado, culpabilizado, juzgado, respetado, castigado, humillado, etiquetado, manipulado, mimado, violado, consolado, tratado como un feto que mendiga ayuda y asistencia.

¿De qué os quejáis?, objetarán los promotores de leyes y de decretos. ¿No es la mejor manera de iniciar a los pipiólos en las reglas inmutables que rigen el mundo y la existencia? Sin duda. Pero ¿por qué los jóvenes aceptarían durante más tiempo una sociedad sin alegría ni porvenir, que los adultos ya solo se resignan a soportar con una acritud y un malestar crecientes? Aviso a escolares y estudiantes, traducción de Juan Pedro García del Campo, Debate, Barcelona, 2001.

Jean Dubuffet (francés, 1901-1985)

Comerciante de vino, pintor voluntaria y falsamente naíf [ingenuo, inocente], teórico del arte. Desea rehabilitar, en el mundo de la creación, la potencia de los enfermos, los locos, de la gente sencilla y sin cultura, los obreros y campesinos. Ataca a los que fabrican el gusto de una época: mercaderes, críticos, intelectuales, profesores…

El profesor: una esponja pegada como una lapa Los profesores son escolares perpetuos, escolares que, una vez terminada su etapa de colegio, salen de la escuela por una puerta para entrar por la otra, como los militares que se reenganchan. Son escolares los que, en lugar de aspirar a una actividad de adulto, es decir, creativa, se han aferrado a la condición de alumnos, esto es, pasivamente receptiva, como si fueran esponjas. El talante creador se opone todo lo posible a la condición de profesor. Hay más parentesco entre la creación artística (o literaria) y todas las demás formas de creación (en los ámbitos más comunes, del comercio, de la artesanía o de cualquier trabajo manual o no) que entre la creación y la actitud puramente normalizadora del profesor, que por definición no está animado por ningún gusto creativo y debe dar su aprobación indistintamente a todo lo que, durante el largo desarrollo del pasado, ha predominado. El profesor es el catalogador, el homogeneizador, el confirmador de lo que predomina, donde y en el momento en el que eso que predomina haya tenido lugar. Asfixiante cultura (1968), Minuit, 1986 (traducción para este libro de Irache Ganuza Fernández)

Karl Gottlob Schelle (alemán, 1777-?)

Se inscribe en la corriente llamada Filosofía popular que, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, pretende sacar la disciplina del gueto universitario e indescifrable en el que se asfixia. Para hacerlo, propone reconciliar el ejercicio filosófico y las preocupaciones cotidianas.

Aplicarse a objetos de la vida

La filosofía solo puede conservar su influencia, su fuerza de convicción general, si se aplica a objetos de la vida y del mundo. Ella misma no contiene más que los gérmenes capaces de fecundar las vastas tierras de la humanidad. Es tarea del filósofo práctico favorecer, a partir de la filosofía, el desarrollo de esos gérmenes en su relación con los diferentes objetos de la vida. Si en todas partes hubiéramos alcanzado ya los principios superiores y primeros de la filosofía, como se lo imaginan quizá ciertos filósofos puramente especulativos, no tendríamos, desde luego, necesidad de un proceso tal de desarrollo: ahora bien, está lejos de ser este el caso. Cada objeto particular posee su naturaleza propia, demanda exámenes particulares que la razón no podrá llevar a cabo sin tenerlo a la vista, y aquel que se fuerza a exámenes de ese tipo hace concordar, en tanto que filósofo, los objetos de esas investigaciones con las exigencias de la razón. La filosofía debe aproximarse con entera confianza al dominio de la vida; lejos de toda pretensión, debe mostrarse capaz de distraer a las gentes en los ratos de ocio, debe incluso mezclarse con los placeres de una humanidad refinada para hacer sentir de igual manera su valor en dominios que nada tienen de filosófico y extender su influencia a toda la facción cultivada de la nación de la que ella reclama su amor. El arte de pasearse (1802), L’Art de se promener, traducción P. Ceshusses, Payot & Rivages, 1996 (traducción para este libro de Irache Ganuza Fernández).

Jacques Derrida (francés, nacido en 1930)

Inventa la deconstrucción, el arte de desmontar, mediante el análisis y la lectura de textos filosóficos, lo que estos tienen verdaderamente en el vientre —sus supuestos ideológicos, políticos y metafísicos. Ha militado en pro de una pedagogía renovada de la filosofía en los institutos.

Enseñar la fuerza crítica

La Declaración universal de los derechos del hombre compromete naturalmente a formar por la «instrucción» sujetos capaces de comprender la filosofía de esa Declaración y a sacar de ella las fuerzas necesarias para «resistir al despotismo». Estos sujetos filósofos deberían estar en condiciones de asumir el espíritu y la letra filosófica de la Declaración, a saber, una cierta filosofía del derecho natural, de la esencia del hombre que nace libre e igual en derecho a los demás hombres, esto es, también, una cierta filosofía del lenguaje, del signo, de la comunicación, del poder, de la justicia y del derecho. Esa filosofía tiene una historia, su genealogía es determinada, su fuerza crítica inmensa, pero sus límites dogmáticos no menos ciertos. El Estado (francés) debería hacerlo todo, y ha hecho mucho, para enseñar (no digamos necesariamente inculcar) esta filosofía, para convencer de ella a los ciudadanos: en primer lugar, por la escuela y a través de todos los procesos educativos, mucho más allá de la antigua «clase de filosofía». Del derecho a la filosofía. Ou droit a la philosophie, Galilée, 1990 (traducción para este libro de Irache Ganuza Fernández)

Pierre Hadot (francés, nacido en 1922)

Revoluciona la historia de la filosofía antigua, griega y romana (del s. VI a. de C. al s. V d. de C), demostrando que en esta época la adopción de una filosofía obliga a modificar radicalmente la propia existencia con el fin de poner en conformidad su teoría y su práctica.

Celebrar la vida filosófica

Reflexionamos muy pocas veces en lo que es en sí la filosofía. En realidad, es extremadamente difícil definirla. A los estudiantes de filosofía se les hacen conocer sobre todo las filosofías. El programa de la oposición para acceder a la docencia les propone con regularidad, por ejemplo, a Platón, Aristóteles, Epicuro, los estoicos, Plotino y, después de las «tinieblas» de la Edad Media, muy a menudo ignoradas en los programas oficiales, Descartes, Malebranche, Spinoza, Leibniz, Kant, Hegel, Fichte, Schelling, Bergson y algunos contemporáneos. Para el examen, habrá que redactar una disertación que muestre que se conocen bien los problemas planteados por las teorías de tal o cual autor. Otra disertación dará testimonio de la capacidad que se tenga de reflexionar sobre un problema calificado de «filosófico», porque en general fue tratado por lo filósofos antiguos o contemporáneos. En sí, no hay nada que censurar. En efecto, por lo visto, solo estudiando a las filosofías se puede tener una idea de la filosofía. Sin embargo, la historia de la «filosofía» no se confunde con la historia de las filosofías, si por «filosofías» comprendemos los discursos teóricos y los sistemas de los filósofos. Al lado de esta historia hay lugar en realidad para un estudio de los comportamientos y de la vida filosóficos. ¿Qué es la filosofía antigua? Traducción de Eliane Cazenare Tapie Isoard, revisión técnica: María Isabel Santa Cruz de Bruñes, Fondo de Cultura Económica, 1998.

Elegir una manera de vivir

El discurso filosófico se origina por tanto en una elección de vida y en una opción existencial, y no a la inversa. […], esta decisión y esta elección jamás se hacen en la soledad: nunca hay ni filosofía ni filósofos fuera de un grupo, de una comunidad, en una palabra, de una «escuela» filosófica, y, precisamente, esta última corresponde entonces ante todo a la elección de cierta manera de vivir, a cierta elección de vida, a cierta opción existencial,
que exige del individuo un cambio total de vida, una conversión de todo el ser, y, por último, cierto deseo de ser y de vivir de cierto modo. Esta opción existencial implica a su vez una visión del mundo, y la tarea del discurso filosófico será revelar y justificar racionalmente tanto esta opción existencial como esta representación del mundo. El discurso filosófico teórico nace, pues, de esta inicial opción existencial y conduce de nuevo a ella en la medida en que, por su fuerza lógica y persuasiva, por la acción que pretende ejercer sobre el interlocutor, incita a maestros y discípulos a vivir realmente de conformidad con su elección inicial, o bien es de alguna manera la aplicación de un cierto ideal de vida.

Quiero decir, pues, que el discurso filosófico debe ser comprendido en la perspectiva del modo de vida del que es al mismo tiempo medio y expresión y, en consecuencia, que la filosofía es en efecto, ante todo, una manera de vivir, pero que se vincula estrechamente con el discurso filosófico. ¿Qué es la filosofía antigua?, traducción de Eliane Cazenare Tapie Isoard, revisión técnica: María Isabel Santa Cruz de Bruñes, Fondo de Cultura Económica, 1998.

FUENTE:Michell Onfray. Antimanual de Filosofia- EDAF, 2001.

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