El ocaso del intelectual crítico… De Prometeo a Narciso

Por: Raquel Ángel
Fuente: http://www.revistasophia.cl (02.09.11)

“El precio que ha de pagar por una falsa paz con el mundo en la renuncia de sí mismo y la denuncia de sí mismo”. (Isaac Deutscher)

Si la oposición y el enfrentamiento signaron durante décadas la relación entre los intelectuales y el poder, hoy la marca de los nuevos discursos culturales parece ser una suerte de conformismo y de sometimiento al peso de lo real. ¿Qué ha provocado este repliegue? ¿Cómo explicar el pasaje del espíritu contestatario de los años ’60 y de la praxis revolucionaria de los ’70 al abandono de toda noción de compromiso histórico, verificable a partir de los ’80?

Se habla de parálisis, de bancarrota, de resignación. Se dice, también, que en los orígenes de esta debacle está el derrumbe de los paradigmas que, por un largo período, construyeron la trama ideológica del intelectual de izquierda, llevándolo a postularse como conciencia crítica de la sociedad, como desmitificador y aún como augur que alternaba profecías con militancias.

“Cuando ya tenía respuestas a la vida, me cambiaron las preguntas”, reza un graffitti popular. Ahí está, condensado, el drama del intelectual de este tiempo: le han cambiando el mundo que quería cambiar y se ha hundido en el desconcierto. En una época que ha visto caer una a una las creencias fundantes y las cosmovisiones sustentadoras de su existencia, ha terminado por renunciar a indagar en las catástrofes de la historia, a hacer preguntas que no tengan respuestas. ¿Es sólo eso? ¿O se trata, además, de que en esa negativa de la intelligentsia a interpelar el presente anida el temor de arribar a conclusiones peligrosas para el orden actual que, al parecer, acepta y ama?

“La crisis de la izquierda y de sus organizaciones, junto con la de las sociedades del Este, ha quitado de en medio al intelectual comprometido”, observa Rossana Rosanda en Il Manifiesto[1]. Por entre los escombres de un mundo que se ha desmoronado —con sus valores, dogmas, certidumbres— deambula la figura fantasmal de un hombre que lleva en la frente la marca de su desilusión. ¿A qué apostó? ¿Cuáles han sido sus derrotas? El colapso de los países de Europa oriental no fue sino el corolario de una suma de frustraciones. El aplastamiento de la revolución húngara en el ’56, y de la Primavera de Praga en el ’68; la derechización de la revolución china; el genocidio del pueblo camboyano; la invasión de Afganistán por el ejército soviético; la masacre de Tiananmen; el fracaso de las experiencias guerrilleras en América Latina; los asesinatos de Allende, en Chile, y del Che Guevara, en Ñancahuazú; las dictaduras militares que segaron de un tajo las experiencias de lucha en Bolivia, Argentina, Chile y Uruguay: he aquí el mapa de los cataclismos que, a lo largo de algunas décadas, han ido minando la fe del intelectual de izquierda.

“Los años ’80 constituyeron, ciertamente, una década explosiva: innumerables son los arsenales teóricos y las fortalezas históricas que han, literalmente, estallado”, analiza Christian Ferrer en La filosofía política de Prometeo. Y da ejemplos. Entre ellos, el de los sujetos cruciales de la política moderna, que “fueron despeñados de sus pedestales, aplastando a sus oficiantes entre engañosos escombros de torneado bronce —o de cemento berlinés—, y dejando a sus representados en atribulada libertad de opción”.[2]

Tras la caída del muro de Berlín, todo un mundo, se desintegró. Algunos lo habían definido como “socialismo real”; otros, como stalinismo a secas. Las denominaciones, desde luego, no eran arbitraria. En un recorrido de varios decenios, la intelligentsia de izquierda, fue tapando los agujeros que abrían, en su aparato de creencias, las desviaciones del modelo soviético. Siempre, había alguna basura que esconder bajo la alfombra. Siempre tenían a mano alguna justificación.

El desmantelamiento de las sociedades del Este, construidas según el manual stalinista, significó para estos intelectuales una pérdida definitiva de sostén. No pudieron separar la paja del trigo y terminaron poniendo a cuenta de Marx lo mismo que había puesto el neoliberalismo en alza: los Gulags, la dictadura de los burócratas, la falta de libertades públicas, la persecución política, la asfixia social. Cuando el barco se hundió, cayeron en la negación más absoluta. “La desilusión estuvo a la altura de la ilusión”, como escribió Roger Stephane[3]. Más allá de esa desilusión, sólo existía el vacío. Eligieron, entonces, una nueva servidumbre.

Las razones de la edad de la razón

“Los intelectuales son muy sensibles a los cambios en el poder”, advierte James Petras, sociólogo norteamericano.[4] Habría que inferir, entonces, que el reflujo de los procesos revolucionarios en Latinoamérica, el derrumbe de los países de Europa del Este y la abrumadora propaganda de los massmedia, que proclaman el ocaso del socialismo y el triunfo del capitalismo, han motorizado la defección de los intelectuales, críticos a escala internacional.

La declinación de las luchas populares y la creciente hegemonía capitalista no alcanzan a dar cuenta, sin embargo, de todos los factores que han coadyuvado a la retirada. En América latina, por ejemplo, no se puede describir el fenómeno en su totalidad sin tomar en consideración las inscripciones que las dictaduras militares —con su secuela de torturas, muertes y desapariciones— dejaron en el cuerpo social. ¿Hasta dónde el replanteo ideológico de muchos escritores, artistas, filósofos y ensayistas no es sino la formulación discursiva del miedo? ¿Cómo pueden desvincularse las nuevas reflexiones culturales —tan a medida de la “sensatez histórica”— de los efectos psicológicos de la represión?

“Escepticismo”, “desencanto”, “pesimismo”, “impotencia”, son otras formas de nombrar la bancarrota intelectual que ha parido, en Latinoamérica y en el mundo, una legión de arrepentidos y domesticados. Las democracias controladas que sucedieron a las dictaduras pusieron en circulación el discurso del olvido como condición que garantizaba la no repetición (el “nunca más”) de lo atroz. Esta transacción —borrar el pasado para asegurar el futuro— fue informada por la “teoría de los dos demonios”, según la cual la sociedad civil estaba amenazada por los militares de “ultraderecha” y los grupos políticos de “extrema izquierda”. La aceptación de este discurso —y de todos sus chantajes— forma parte de la anestesia fundamental que el terror ha provocado.

Las salvajes políticas de ajuste, los conservadurismos autoritarios o semidemocráticos, el despliegue de la “modernización” neodependiente y las experiencias de la socialdemocracia de trasplante, han encontrado a un gran sector de intelectuales dispuestos a acatar las nuevas Verdades Reveladas: que la revolución fracasó, que no hay sujeto social de cambio, que la historia terminó y que, por lo tanto, mejor volver a casa, acomodarse, olvidar.

Al desamparo generado por la falta de certezas, se suma, en nuestro tiempo, la disolución de los grupos de pertenencia y de los ámbitos refe-renciales que impulsaban el debate, la reflexión y aún el paso a la acción transformadora. Esas verdades que el poder suele derrotar, aunque no pueda reemplazarlas, ya no queman las gargantas de los pensadores de esta época. No hay desafío, no hay toma de la palabra: sólo genuflexión, ideas mediocres, autoindulgencia. “Han aprendido a descartar los pensamientos peligrosos para el día en que se evaporen sus venenos: la razón tiene tiempo y los encontrará a su hora, que no coincide con la hora de los hombres”[5]

Ya no se proponen —como lo hicieran en la desesperación de sus antiguas rebeldías— subordinar la historia a su destino. Ahora subordinan su destino a la historia. Ha sido necesario, previamente, librarse de los demonios de la conciencia y escudarse en nuevas construcciones ideológicas que les permitan eludir —sin malestar— el sentido de las luchas humanas.

El travestismo ideológico

¿Cómo se ha operado ese tránsito de la disidencia al consentimiento, de la objeción al mea culpa, de la sedición de las ideas a su falsificación? El pasaje a la socialdemocracia, convertida por muchos posmarxistas en una suerte de panacea política, indica por dónde rastrear la explicación de tan pasmosas mutaciones. En Latinoamérica, al agotarse las dictaduras militares y producirse los actuales cursos de “democratización acelerada” al uso norteamericano, muchos intelectuales —entre ellos, una buena porción de exiliados— abrazaron con entusiasmo ese catecismo que hacía posible soslayar el mundo del subdesarrollo (indigencia, dificultad para investigar, remuneraciones escasas) y disciplinarse al poder sin que se notara demasiado. Era preciso cosmetizar el sometimiento y disimular, hasta donde se pudiera, que se había ingresado en la “edad de la razón”.

La reinterpretación de ciertos textos políticos de Gramsci —escritos en las cárceles del fascismo y, por lo tanto, elípticos y metafóricos— sirvió para que los conversos empezaran a hablar de “utopías posibles” y de “realismo político”. ‘Vale transcribir la definición de Gregorio Selser: “Llamarse socialdemócratas, expresa, en verdad, el sentirse cómodo con una ideología que apenas si guarda ciertos olores de socialismo y es, sobre todo, funcional a los países industrializados de Europa occidental”[6].

Esta operación de travestismo ideológico ha posibilitado que los apocalípticos de ayer oculten hoy, tras una fachada gramsciana, su encandilamiento por el capitalismo de mercado y su docilidad ante la clase dominante. En la Argentina —tanto con Alfonsín como con Menem— no son pocos los intelectuales que han devenido asesores, escribidores o funcionarios del gobierno. “Han aceitado la propia conciencia para pasar de la tradición de los vencidos a la tradición de los vencedores”, interpreta Ricardo Piglia[7]. Desplazamiento que exige, lisa y llanamente, hacerse cargo de las decisiones del poder. También de sus maquinaciones.

Creadores de conciencia para la transformación social o justificadores ideológicos del orden establecido, así clasificó Gramsci el papel de los intelectuales. Ambas opciones siguen siendo perfectamente detectables, aunque —cifra del desbande— es la segunda la que ha copado el horizonte de la cultura contemporánea. “Las clases dominantes no necesitan intelectuales que desarrollen sus principios, sino que logren hacerlos aparecer vigentes aún cuando ya han caducado, aún cuando son prácticamente insostenibles, plantea Laura Rossi en su ensayo Los intelectuales argentinos frente a la dictadura[8]. El poder no necesita que lo justifiquen; sólo que lo legitimen, se podría abundar.

En el ejercicio de fabricarle coartadas al establishment están hoy empeñados politicólogos, comunicadores y dentistas sociales, junto con filósofos, sociólogos y literatos a la moda. Se han autoexcusado, por vía de un esteticismo light, de asumir esa función crítica que es un nudo de resistencia frente a la sociedad administrada. En algún punto, han empezado a sacar cuenta de los riesgos y han dejado de tensar el pensamiento, para forzarlo a callar. Ya no buscan la verdad. Apenas, el éxito.

El camino elegido es el del silencio rentable, el del pragmatismo que garantiza espacios, prestigio, circulación. Las consecuencias de esta elección terminan por develar, invariablemente, alguna forma de complicidad con los mandatos del poder, se llamen indultos, guerras, defensa del orden, disolución de las utopías, adaptación a la lógica de lo posible, exaltación teórica de las ilusiones democráticas, acatamiento del triunfo de la razón tecnológica, de la modernización capitalista y del retro-neo-conservador. Y en los cruces de tantas sumisiones, el culto a un individualismo narcisista muy cercano a ese sentimiento reflexivo y manso, de que habla Tocqueville, que impulsa a cada individuo a aislarse de la masa de sus semejantes y a mantenerse apartado, con su familia y sus amigos, de suerte que luego de haber creado así una pequeña sociedad para su uso, abandona, de buena gana, la gran sociedad a sí misma[9].

¿Cómo disimular, el desvío? ¿Cómo adecentar el pasaje de Prometeo a Narciso, de la voluntad transformadora a la apatía autocomplaciente? Para la intelligentsia sujeta a los patrones posmodernos, la astucia consiste en hacer la apología de la “resistencia individual”, por oposición a la lucha colectiva, “siempre susceptible de devenir totalitaria”[10]. Un argumento recurrente del intelectual pragmático de los años ’80 y ’90, que niega la antinomia izquierda-derecha, para ubicarse en un confortable centro, desde donde predica, junto con el “sálvese quien pueda”, la sinuosa filosofía del mal menor.

¿Qué relación guardan, con estos discursos aggiornados la edad o la proximidad de la vejez? ¿Hasta dónde la búsqueda de la propia estabilidad en el mundo —marca frecuente de la madurez— mueve a ajustar la vida pública a los intereses de la esfera privada, personal? Quizá lo más grave es —como anota hoy Petras— que, en este proceso de conversión, comienzan a teorizar sobre su condición política y proyectan su cambio de intereses sobre la sociedad en general.[11] Mucho antes, a comienzos de los sesenta, Sartre había llamado a los capituladores de la izquierda francesa “cascajos en la cuarentena”, y había coronado su anatema con un juicio lapidario: “Algunas veces les vuelve un borroso recuerdo de su espléndida turbulencia; entonces se preguntan: ‘Pero ¿qué queríamos?’, y no consiguen recordarlo”[12]. Mucho después se diría algo semejante de los renegados de Mayo del 68. “Tienen la cuarentena melancólica”, se lee en Mai sí, un ensayo-balance de aquella primavera libertaria, por cuyas páginas asoma el blando perfil de una generación “más echada a perder que perdida”. “La mayor parte ha abandonado el trabajo abrasador de la memoria y hoy ya no espera nada. Sólo aprovechan y prosperan”[13].

De la confrontación al conformismo

Toda una operación de demolición teórica ha sido necesaria para sostener el viraje de los otrora progresistas, que hoy recitan, sin equivocarse, el dogma de la libre empresa y las virtudes de la economía de mercado. Una puesta al día que ha generado “desmemorias y tachaduras, repliegues y ocultamientos y —se comprende— oportunismos”.[14]

Entre la “objetividad”, la “serenidad crítica” y la dulzura que otorgan las medallas, la mayoría de los intelectuales que se reclamaban de izquierda ha sucumbido a los cimbronazos de la historia. Ilusionistas a los que siempre se les termina por descubrir los trucos, revendedores de sofismas, nadan con la habilidad de viejos peces entre los signos de la época. “Todos ellos llevan sobre sí pedazos y andrajos del antiguo uniforme, complementados con los más fantásticos y sorprendentes trapos nuevos”. ¡Aunque eran otros los tiempos y otros los renegados de que hablaba, la metáfora de Isaac Deutscher sigue rindiendo provecho.[15]

La apuesta al reformismo —esa vindicación del buen sentido— exige marchas y contramarchas, retrocesos de riesgos asumidos y de ventajas calculadas, tráficos de indulgencia, comercio de neutralidades, cautela en la palabra. Ese reformismo “eficiente”, tan frecuentado por los adalides de la “credibilidad”, ya no promete la gloria, es cierto, pero al menos garantiza la propia supervivencia.

Fijados en la derrota política de los años ’70 y en el trauma que les dejó la dictadura, los intelectuales posmarxistas se esmeran en parecer “confiables”. Pensadores ventrílocuos, dejan hablar en ellos ideas descifradas por los expertos en marketing[16]. Hay que estar con y no contra la orriente, expurgar los errores del pasado e ir más lejos aún: acusar de anacrónicos a los que no se suman al disciplinado coro de los abdicantes.

Pocas veces, como ahora, el poder ha tenido tantos intelectuales a su servicio. Un encuentro del presidente Carlos Menem con algunos notables del establishment cultural francés resulta penosamente ilustrativo. En esa reunión, realizada en París a principios de 1992, los sociólogos Alain Touraine —ex simpatizante de la revuelta del ’68 y actual director de la Escuela de Altos Estudios Sociales—, Marc Auge —presidente de la Casa de las Ciencias del Hombre— y Daniel Pecaut —director del Centro de Estudios de los Movimientos Sociales—, no disimularon su entusiasmo ante “los procesos de deconstrucción del Estado corporativo” (sic). Estrategas del eufemismo, se cuidaron bien de nombrar lo innombrable: la impiedad de la reconversión capitalista a través de las privatizaciones, la destrucción de las conquistas sindicales, la puesta a cuenta, como “excedente” del desarrollo, de millones de seres humanos dejados al margen, perdidos. Elogiaron, en cambio, las experiencias que se están llevando a cabo en América latina —específicamente las reformas económicas que encaró la Argentina— aunque reconocieron, quizá por un resto de pudor, sus “inevitables costos sociales”. Menem casi no los dejó terminar. “¡Eso! Lo que yo necesito es que los intelectuales latinoamericanos piensen eso”, exclamó, con euforia. El aval otorgado por los cerebros del Primer Mundo no era poco, sin duda.

“Mostrar los engaños de los gobiernos y analizar los actos en función de sus causas, de sus motivos y de sus intenciones ocultas”, forman parte, según Noam Chomsky, de las posibilidades que tiene la intelligentsia, esa “minoría privilegiada” a la que se le proporcionan “el tiempo, los medios y la formación que permiten ver la verdad encubierta tras el velo de deformación y desfiguración, de ideología y de interés de clase, a través del cual se nos presenta la historia contemporánea”. La responsabilidad de los intelectuales “es, por tanto, mucho más profunda dados los privilegios únicos de que gozan”[17]. Lejos de este planteo, que establece un estrecho vínculo entre la ética y la praxis cultural, los nuevos mandarines se han puesto a elaborar alambicados códigos de lenguaje que “sirven a una doble función: la de otorgar a los gobernantes1—mediante contraseñas simbólicas— la venia necesaria para reprimir el descontento social, y la de autolegitimarse, como intelectuales, en su papel de custodios de la ideología demoliberal, hoy hegemónica.

En la Argentina, la demonización del compromiso político de los años ’70, de las adhesiones y de las militancias concretas, les ha facilitado a muchos miembros de la intelligentsia el camino a una cómoda inserción en el sistema, toda vez que han apelado al flamante arsenal lingüístico. Nada de revolución, socialismo, lucha de clases, esos conceptos claves del pasado izquierdismo, ahora en desuso. Para estar a la moda de este temporada, mejor hablar de “democracia participativa”, “contratos sociales” y “balance de pagos”.

Asistimos, ya se sabe, a la posmoderna exaltación de un modelo: el intelectual ‘específico’, el experto competente en áreas y saberes particulares, consecuente y ‘lúcidamente’, desencantado de las ‘visiones omni-comprensivas’, de los discursos excesivamente voraces por totalizadores. En su ensayo Ética y camaleones, Alberto Castro delinea, con trazos irónicos, la figura del ex; intelectual de izquierda: “Un sujeto muy bien dispuesto para responder a las demandas institucionales, ávido de prestigio y legitimidad inter-pares”[18]. El hecho de haberse convertido; en intérpretes, lenguaraces o voceros del establishment es, para el autor, “punto de llegada de los antaño ideólogos de la revolución”. Pero decir que “antes incitaban a la lucha y ahora al desarme” no alcanza. Hace falta seguir interrogando.¿Qué ocurrió para que hombres que hace veinte años eran modelos de militancia intelectual, y a quienes se respetaba por su integridad política e ideológica hayan retrogradado hasta tornarse cínicos y muestren tanta complacencia ante el poder?

Acerca de estas metamorfosis, el ensayista Horacio Tarcus apunta: “Al calor del ascenso de masas de los ’60 y primeros ’70, la intelligentsia argentina intentó articularse como intelectualidad orgánica de la clase trabajadora y los sectores explotados (…) Tras el golpe de marzo del ’76, que la condena a la ‘desaparición’, a la muerte, al exilio, a la prisión o al silencio, esta intelectualidad se transfigura en los ’80, para rearticularse como intelligentsia orgánica del proyecto hegemónico alfonsinista, desplegando una red de intereses corporativos”[19]

Su discurso —el de la modernización capitalista, el Estado de Derecho, el consenso y el pacto social— revela hasta qué punto han recortado los principios de su vieja juventud. Ya no se trata de transformar el mundo.-Apenas, de reformarlo un poco para volverlo más presentable. “El sueño ha terminado”, sentencian los nuevos profetas. “Hay que mirar las cosas como son”.

Los consejeros del Príncipe

La cruzada “modernizadora”, que proclama el fin de las ideologías y de la concepción-clasista de la historia, invita a transitar los senderos poco riesgosos de la política “realista”‘y someterse a las mediocres exigencias del llamado, posibilismo. Eso hacen, precisamente, los intelectuales pos-marxistas que, a partir de 1984, se nuclean en el denominado Club de Cultura Socialista, cenáculo acolchado desde donde proponen el modelo de una sociedad “adulta”, liberada por fin de las antiguas crispaciones y de los “mesianismos revolucionarios”. Una sociedad donde las clases se han disuelto en la “pluralidad de los sujetos”, y donde, a cambio de las “ampulosas promesas de paraísos mileraristas” de la “izquierda arcaica”[20], se ofrece encubierto— el fortalecimiento de la lógica capitalista. Entre “apurones, cambios de vestimenta, de discurso y de bando”[21], algunos socios del club disimulan sus añoranzas liberales.

“Su número es más bien módico, pero los lugares que ocupan en las redes de producción y circulación del saber les dan una relevancia incuestionable: controlan varias carreras, del área de las ciencias sociales y diversos centros de investigación de nivel cuartario, y acaparan buena parte del sistema de becas de organismos nacionales y extranjeros”[22], puntualiza Tarcus en La izquierda ante el asalto a la modernidad”. Esta élite que se pretende “autónoma e independiente de las clases en pugna” revela, además, su poderío a través de la edición de varias revistas — centralmente La ciudad futura y Punto de vista— y de la publicación regular de artículos de opinión, en diarios y suplementos culturales.

Nuevos consejeros del Príncipe (durante los primeros años de su gestión, Alfonsín propalaba en sus discursos las ideas de los socialclubistas), lograron, como señala Tarcus, lo que ningún otro grupo intelectual: “incidir desde el Estado todo lo que no habían podido incidir directamente sobre la sociedad”. Con la sanción de las leyes de impunidad —Punto Final y Obediencia Debida— el idilio con el gobierno empezó a resquebrajarse, según se verificó en la firma de algunas solicitadas de repudio. Resultaba muy incómodo ya reclamarse socialistas, sin recortar el apoyo, de modo que comenzaron a tomar distancia y a reflejar —como dice Perry Anderson en relación a los social demócratas europeos— “las ilusiones y autoengaflos de esta particular adaptación a la política del capital”[23].

El Club Socialista no fue la única propuesta política de intelectuales, en la transición democrática. Otro grupo —el de la revista Unidos- funcionó en forma simultánea y, aunque su suerte estaba ligada al proyecto del peronismo “renovador”, también propugnaba el ideario “modernizador” para el Estado y la cultura política argentinos. La frustración de la vocación de poder, de este nucleamiento no fue menor que la de los intelectuales alfonsinistas: lo que a principios del ’80 apareció como un audaz intento de “socialdemocratizar” el peronismo, a fines de la década palideció frente a la “heterodoxia” menemista. Aquellos intelectuales que, diez años atrás, veían en Menem una expresión del arcaísmo populista “a modernizar”, hoy han sido dejados de lado por un proyecto que los desprecia como “los que se quedaron en el ’45”.

Cargos oficiales sin cargos de conciencia

A diferencia de lo que ocurrió con Alfonsín, bajo el gobierno de Menem la vinculación de la intelligentsia con el poder se da en forma inorgánica. No surge un ghetto cultural con proyecto político propio, como fue el Club Socialista, que adecuó al radicalismo los postulados socialdemócratas y construyó un discurso legitimador. Durante el menemismo, la inserción de los intelectuales en el aparato estatal es más desordenada. La ocupación de espacios —como asesores de gobierno, secretarios de cultura, directores de bibliotecas y de complejos teatrales y culturales— responde a una actitud individual y, con frecuencia, oportunista.

Amparándose en la coartada de una cultura entendida como coto cerrado y prescindente de los avatares políticos y de las convulsiones sociales, es fácil ocupar cargos oficiales sin cargos de conciencia. “Ese es un viejo —y muy hábil— truco de la derecha que, consecuente a ultranza con su idealismo cultural, consigue colocar los altísimos productos del arte en un platónico topos uranus liberado de cualquier consideración sobre sus condiciones de producción”, reflexiona Eduardo Grüner en su ensayo De la cultura como pesadilla. Tal modo de ocultamiento, agrega, “permanece pegado a la creencia —generalizada en Occidente, al menos desde el Renacimiento—de que lo que se llama el ‘artista’ es un ser sublime, eximido de miserias terrenales, ajeno a las miasmas del barro y la sangre de la historia”.[24]

La falta de un proyecto político colectivo forma parte del mismo fenómeno por el cual estos intelectuales, salvo un par de honrosas excepciones, no consideren necesario renunciar a sus cargos en el momento en que se decretan los indultos a los militares condenados por graves violaciones a los derechos humanos. No parecen vivir ninguna contradicción, pese a que muchos de ellos han estado vinculados, en sus orígenes, a los Montoneros o a la izquierda revolucionaria. Quizá se trate, como afirma León Rozitchner, de que'”no se atreven a pensar más allá de los límites que el poder menemista —asentado sobre el triunfo de la muerte— les impuso”[25]

Sin raíces ni puntos de referencia: ésa ha sido la carta de presentación de un sector de los intelectuales ante el gobierno de Menem. Una asimilación que supone proscribir del propio discurso todas las marcas sociales, fabricar novedades con los desechos de la historia y no volver a experimentar —si alguna vez lo hicieron— la tentación de torcer y modificar el rumbo de las cosas, de arrancarlas de su pasividad y su condena. De allí en adelante, miserables crisis de ánimo que, por fortuna, duran poco. “En su mayoría, se resuelven con un montoncito de altos puestos y dinero”[26]. El sarcasmo con que Rossana Rosanda apostrofa a los conversos de la izquierda italiana bien vale para los arrepentidos del subdesarrollo.

“No sólo desapareció una época, una estructura social o una realidad cultural; también se esfumaron los intelectuales que intentaron pensarla o, por qué no, transformarla”, diagnostica el investigador Ricardo Forster. Y confirma: “Todos se han institucionalizado, se han protegido y, en la mayoría de los casos, hasta han aprendido a construir sofisticadas justificaciones teóricas para sostener la retirada”[27].

¿Negociación de identidad para ocupar posiciones? ¿Requisito de integración a las redes académicas o a las agencias de financiamiento exterior? Si es así, habrá que indagar: ¿qué hacen hoy los intelectuales subsidiados con fondos de becas y fundaciones? Para Petras —que ha desmenuzado el tema— sus trabajos lo dicen claro: se abocan a investigaciones y estudios que no entran en conflicto con los intereses del capital financiero internacional. Es decir, interpretan correctamente, las reglas del juego. Quienes firman esos textos apelan, a veces, a la retórica marxista para formular proyectos que no exceden el marco socialdemócrata. En consecuencia, “los problemas de la deuda externa; por ejemplo, aparecen disociados del sistema de poder y de “los aspectos puntuales que afectan a cada país, en tanto que la noción de imperialismo ha sido reemplazada por la temática de la interdependencia”.[28]

“Desertores”; “apóstatas”; “revisionistas”, “vergonzantes”: Petras no se ahorra adjetivos para calificar el repliegue de los hombres de ideas. “Hoy los intelectuales institucionalizados son, en un sentido foucaultiano, prisioneros de sus estrechos deseos profesionales. Sus vínculos con las fundaciones del exterior, las burocracias internacionales y los centros de investigación, dominan una vida política interna vacua y vicaria”. Hay quien le sale al cruce, quien recorta. El investigador Carlos María Vilas, por ejemplo, refuta, por excesiva, la relación de causalidad entre la dependencia del financiamiento externo, y la domesticación cultural. La defección de los intelectuales críticos latinoamericanos, que “hoy oscilan entre el escepticismo y el protocolo”, es un punto de acuerdo con el norteamericano. Pero, para Vilas, no son las fundaciones las responsables del reflujo ideológico sino las mutaciones políticas operadas en la región. “La propia vida los ha hecho cambiar”, conjetura. “Los apocalípticos de ayer se han quedado al margen de los nuevos datos de la realidad, los metamorfoseados se han integrado al travestismo y los de protocolo se nos han quedado sin referentes”[29]

El escepticismo rentable

Encerrados en ghettos que los protegen y aíslan —llámense clubes, fundaciones, foros, revistas o círculos académicos— los intelectuales de los ’80 y ’90 han reemplazado la polémica por una cortesía inter pares que huele a autopreservación. Ni grandes refriegas culturales ni desgarramientos éticos desde que han renunciado a dar cuenta de los conflictos sociales, creciente y bárbaramente agudizados y de la concreta política de los poderes que genera bolsones oscuros y sociedades perdedoras.

De Paul Nizan, aquel rebelde al que silenciaron con un balazo en la nuca y que postuló que la misión del escritor era denunciar el escándalo de la condición impuesta al hombre, escribió Jean Paul Sartre: “He aquí a un furioso que nos salta al cuello”[30]. ¿De cuántos puede decirse hoy algo semejante?. Apenas unos pocos francotiradores podrían ahora reclamarse herederos de aquel furor que encendió las mejores páginas de la conspiración. ¿Qué decir de los otros, de los que han escapado al interior del reino de la subjetividad, esquivan, meticulosos, las tomas de partido, la indignación? ¿Han aprendido, quizás, las bondades del escepticismo, esa posición ambigua que, por la vía de no creer en nada, permite servir a todas las creencias, a todos los patrones?

Si el cometido del intelectuales, en buena parte, la elaboración y transmisión de ideas, si por ser diestro y consagrador de la palabra deviene en formador de opinión, se comprende hasta qué punto es peligrosa la caída en ese escepticismo conservador y autodefensivo que lleva de la razón crítica a la razón mítica. Justamente la clase de escepticismo que requiere el poder, ése que “sólo confía en la superficie lisa de las cosas —que si no da el placer de lo activo, por lo menos es tangible, y rotundamente segura—”, el que termina por “borrar el límite entre vida y muerte, libertad y represión”.[31]

Hoy, sobre un paisaje de posguerra que sólo reserva lugar para un puñado de propietarios y de accionistas, con su corte de clérigos, propagandistas y soldados, se ha construido,—también por la aquiescencia del campo cultural, entregado a la abstracción ingeniosa de las turbulencias de la época— un nuevo relato que promete, bajo el raído principio de la realpalitik, un porvenir cibernético y deshumanizado.

Liberado del peso de la ética y del trabajoso ejercicio de la crítica, el intelectual asimilado, es… casi… un funcionario, un ser apacible, de iniciativas prudentes, al que los espejos de los salones oficiales devuelven la imagen desvaída de alguien que olvidó hace mucho tiempo que pensar implica, a veces, decir no. De renuncia en renuncia, este individuo sin cóleras se ha infligido un desgarramiento tras otro: “desgarramiento de sí mismo y del otro que fue” [32]

Si durante los años ’60 y primeros ’70 vivió la experiencia de que se podía hablar y actuar más allá de los límites de la práctica cultural dominante y supo que era posible salir de la universidad, cruzar la calle, entrar en los sindicatos, escribir libros, pero también periódicos populares, hoy se ha reducido a pensar dentro de las fronteras que le marca el poder. “Parece que ahora han triunfado los intelectuales de Instituto y Lengua Básica Común, de Comunidad Científica Establecida, de Modelo de Investigación Controlada y de Carrera de Asesor de Gabinete. Y que no hay disputas con el Príncipe, que bien los acoge y los lee”, vislumbra el sociólogo Horacio González [33].

Ser conocido, ser pagado, ser condecorado. ¿A cambio de qué? De amputar los propios órganos, de la transgresión, según descubre Noé Jitrik en su libro Escritores argentinos. Dependencia o libertad. Allí se lee: “El sistema, en la Argentina, empieza a castrar, en primer lugar, a quienes creen en él; parece dispuesto a premiarlo y, en efecto, lo hace, pero en tanto el escritor acepte su inoperancia total, en tanto se resigne a que su papel sea menor, decorativo; en tanto acepte que lo toleren o lo dejen proseguir, simplemente porque no gravita ni molesta”[34].

Arrepentidos y “almas bellas”

Ni estigmatización ni anatema; apenas un bosquejo del estado de las cosas en el mundo intelectual, esa capitulación que se traduce en indiferencia, falta de solidaridad, culto del desaliento, yuppismo de las ideas, deslumbramiento copión por los espejismos del consumo, ansiedad de reconocimiento en los santuarios del saber y de figuración en los mass media, vuelco de los descontentos públicos a los privados, y, por fin, revisión del pasado y revalorización del presente para suministrarle buenas razones a la razón de Estado.

“Toda vez que se presenta a los intelectuales la oportunidad de hablar y no lo hacen, engruesan a las fuerzas que adiestran a los hombres para no pensar, imaginar ni sentir en forma moral y políticamente adecuada. Cuando no demandan el levantamiento del secreto que torna absolutas e irrevocables las decisiones de la élite, también ellos se incorporan a la conspiración pasiva destinada a matar el análisis público”, acusó Wright Mills en La responsabilidad política de los intelectuales. Y condenó: “Cuando callan, cuando no exigen, cuando no piensan, no sienten ni proceden como intelectuales y, en consecuencia, también ellos fomentan la parálisis moral” [35].

El párrafo parece a la medida de la abulia que corroe a la cultura de estos años. Si algo distingue la actual decadencia de la intelligentsia de izquierda es, precisamente, el abandono de las funciones que antes la constituyeron como la memoria organizada de la humanidad. Aquellas que implicaban “dar conciencia a los hombres del drama real en que viven”[36], unir repudios concretos a rebeldías abstractas; no transformar la palabra en cortesía sino en palanca que mueve el mundo, lo sacude o lo incomoda; ver más allá de los naufragios de la historia. Pensar peligrosamente.

Se podría decir, parafraseando a Roland Barthes[37], que nuestra época ha dado a luz un tipo de intelectual bastardo. “Es un modelo a la vez distante y necesario, con el que la sociedad juega un poco al gato y el ratón: lo reconoce al comprar (un poco) sus obras, al admitir su carácter público; y al mismo tiempo lo mantiene a distancia, al obligarlo a encontrar apoyo en instituciones anexas que ella controla (la Universidad, por ejemplo), al acusarlo sin cesar de intelectualismo, es decir, míticamente, de esterilidad. En suma, desde un punto de vista antropológico, es un excluido integrado por su propia exclusión”.

Si antes criticaban al poder y de ese modo definían su propio rol en la sociedad, hoy los intelectuales parecen esperar que sea el poder quien les defina su función. Basta ya de soportar la literatura, el arte, la filosofía, “como una mirada mosaica sobre la Tierra Prometida de lo real”[38]; basta de cuestionar esa praxis sin sanción que es la escena del mundo en su costado de barbarie. Párrocos a sueldo, guardianes más o menos respetables de la palabra oficial: ésa parece ser la meta que los desvela. Lograrla exige entregarse. Dicho sin vueltas: renegar del pasado y aplastar el recuerdo de haber deseado, alguna vez, pensar contra lo que se resiste, socavar los límites constrictivos de lo dado. Dicho en los términos de una tradición querida: ejercer la libertad de pensamiento y de acción que lleva al hombre a cumplirse, a “esencializarse”.

En este campo minado de las ideas, cada día son menos los intelectuales que persisten en desmontar las mitologías del vacío, los que se arriesgan a mantener una mirada no complaciente, a sostener la práctica de la sospecha, a rechazar toda forma de conciliación. Casi nadie parece hoy dispuesto a escuchar esas voces —cada vez más escasas— que se alzan contra el avance del desierto, que se obstinan en combatir la muerte. No la del cuerpo, inevitable, sino otra, más insidiosa, porque acaba empujando a los hombres a la aceptación final de un mundo que los pierde.

La soledad, la marginación, el silencio, la discriminación: tal es el destino, en estos tiempos de blandura, de aquellos pocos que se empeñan en seguir condenando lo intolerable; de los que se niegan a los pactos y al ocultamiento, de los que se rehusan a ser, como pensadores, “la fracción dominada de la clase dominante”[39]. Categoría esta última que los domesticados suelen camuflar bajo algún disfraz de “alma bella”. Por ejemplo, el de la vaga defensa de los derechos humanos, siempre que no atente contra el discurso oficial, contra sus borraduras y escamoteos. “Basta con reprobar, verbalmente claro, el racismo, la violencia, el totalitarismo; basta con asistir a un concierto de rock contra el Sida. Un comportamiento de damas de caridad que tuvieran un discurso libertario”[40].

Estratagema digna de era soft: esgrimir una desleída moral de izquierda para poder apoyar, sin remordimiento, las políticas de la derecha. Y, mediante esta pirueta, hacerse un lugar en la sociedad de la abundancia. Si los apóstoles de la nueva intelligentsia pudieran soñar, éste sería su sueño.

Desnudar, la belleza del mundo, pero también su iniquidad, fue la apuesta, en otras décadas, de hombres que hicieron del pensamiento una forma de la pasión. Y que se atrevieron a permanecer —como Hölderlin pedía— “con la cabeza descubierta ante la tempestad de los dioses”, aún sabiendo que el castigo a semejante desafío podía significar la propia destrucción.

Quizá no haya que esperar tanto de los intelectuales de hoy. Acaso baste con que recuerden, de vez en cuando, aquella reflexión de Sartre, definitiva por lo inapelable: “El intelectual tiene una situación en su época; cada palabra suya repercute. Y cada silencio también”.

[1] Rossana Rossanda, “Cara y cruz del compromiso”, Revista Vuelta, Agosto de 1987..

[2] Christian Ferrer, “La filosofía política de Prometeo”, Revista La Letra A, N° 3.

[3] Roger Stephane, Retrato del aventurero, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1968, pag. 35. La reflexión de Stephane estaba dirigida a los intelectuales que descubrieron tarde la opresión que encubrfa el modelo stalinista aplicado en la URSS y en los países de Europa oriental.

[4] James Petras, “La deserción de los intelectuales”, Revista Estudios Latinoaméricanos, México, julio-diciembre de 1988.

[5] Paul Nizan, Adén Arabia, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1967, pág. 60.

[6] Gregorio Selser, “Los intelectuales de papel”. Entrevista a James Petras, en Página/12, 20/10/89.

[7] Ricardo Piglia. Ver reportaje en este libro.

[8] Laura Rossi, “Los intelectuales argentinos frente a la dictadura -Un modelo de transformismo”, Revista Praxis N” 1, Buenos Aires, 1983.

[9] Alexis de Tocqueville, De la democratie en Amerique, t.II, París; Gallimard, 1961, pág. 104.

[10] André Glucksmann, La Cuisinière et le mangeur d’ hommes, Ed. Du Seuil, París, i. 1974. Glucksmann lideró —junto con Henry Levy— la corriente de los “nuevos filósofos” surgida en Francia luego del fracaso de Mayo del 68, cuyas formulaciones discursivas terminaron legitimando la ideología neoliberal.

[11] James Petras, op. cit.

[12] Jean Paul Sartre, Prólogo a Aden Arabia, de Paul Nizan, cit. p. 12.

[13] Daniel Bensaid y Alain Krivine, Mai si!, Ed. La Breche, París 1988, pág. 14.

[14] Alberto Castro, “Etica y camaleones”, Revista Utopías del Sur N° 2, Buenos Aires, verano 1988-89.

[15] Isaac Deutscher, Herejes y renegados, Ediciones Ariel, Barcelona, 1970.

[16] Daniel Bensaid y Alain Krivine, Op. Cit. La cita alude a “los caballeros de la modernidad” que “dejan hablar en ellos la boca de sombra de la opinión pública”.

[17] Noam Chomsky, La responsabilidad de los intelectuales, Ediciones Ariel, Barcelona, 1969.

[18] Alberto Castro, Op. Cit.

[19] Horacio Tarcus, “La izquierda ante el asalto a la modernidad”, Revista Utopías del Sur, Nro. 2, Buenos Aires, verano 1988-89.

[20] Emilio de Ipola, “La izquierda en tres tiempos”, Revista La ciudad futura, N° 11. Buenos Aires, junio 1988.

[21] Alberto Castro, op. cit.
[22] Horacio Tarcus, op. cit.

[23] Perry Anderson, “La socialdemocracia en los ochenta”, Revista Aguafuerte, Nro. 1. Buenos Aires, 1988.

[24] Eduardo Grüner, “De la cultura como pesadilla”, Revista Utopías del Sur, No. 4, Buenos Aires, verano 1990. El procedimiento de autonomización absoluta del arte —que describe Grüner— vale también para la producción teórica

[25] León Rozitchner. Ver reportaje en este libro.

[26] Rossana Rossanda, “Sobre la dificultad de ser comunista”, Diario La Jornada de México, 1990.

[27] Ricardo Forster, “Entre la desilusión y. la barbarie”, Revista La mirada; No. 4, Buenos Aires, primavera 1990.

[28] James Petras. op. cit.

[29] Carlos María Vilas, “Sobre cierta interPetrasción de la intelectualidad latinoamericana”, Revista Nueva Sociedad; Caracas, Venezuela, agosto 1990,

[30] Jean Paul Sartre, op. cit.

[31] Laura Rossi, op. cit.

[32] Rossana Rossanda, “Sobre la dificultad de ser comunista”, Diario La Jornada de México, 1990.

[33] Horacio González, “De Lugones a Portantiero”, Revista El Porteño No. 75, Marzo 1988.

[34] Noé Jitrik, Escritores argentinos – Dependencia o Libertad, Ediciones del Candil, Buenos Aires, 1967, pág. 15.

[35] Wright Mills, “La responsabilidad política de los intelectuales”, en Los intelectuales y el poder”, Editorial Sep/Setentas, México, 1972, pág. 28.

[36] Michel Mazzola, “Del intelectual en Marx al marxismo de los intelectuales”, ensayo incluido en La cuestión de los intelectuales, Rodolfo Alonso Editor, Buenos Aires, 1969, pag, 64.

[37] Roland Barthes, “Escritores y escribientes”. Ver La cuestión de los intelectuales, op. cit.

[38] Roland Barthes, op. cit.

[39] Pierre Bordieu, Campo del poder y campo intelectual, Folios Ediciones, Buenos Aires, 1983, pág. 24.

[40] Francois Bernard Huyghe. La ideología soft y París, Ed. du Seuil, 1987.

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