“El Discurso del Desarrollo y las falacias del crecimiento” En la via del posdesarrollo1

Por: Juan Mansullo
Fuente: http://www.iigg.fsoc.uba.ar

Siguiendo a Escobar (1995), la columna vertebral del discurso del desarrollo es la economía del desarrollo: un conjunto de saberes científicos -paradigmas, modelos, teorías, prácticas y experiencias- del campo de estudios de la economía enfocados en el Tercer Mundo, la problematización de la pobreza y la posibilidad de materializar el desarrollo en aquellas aéreas del mundo bautizadas como atrasadas y subdesarrolladas2. La economía del desarrollo se sostiene en un conjunto de ‘fábulas’3 – del mercado, de la producción, del capital y por supuesto, del crecimiento- que “[…] rara vez se cuestionan, y se consideran formas normales y naturales de ver la vida, “la forma de ser de las cosas”.”(Escobar, 1995: 120). Por lo tanto, cualquier intento serio de deconstrucción debe proponerse desmantelarlas. Siendo consistentes con la crítica cultural que desde el post-estructuralismo se plantea acá al desarrollo como formación discursiva, entender el crecimiento económico como un mito (o como una fábula) exige aproximarse a la economía no sólo como un campo disciplinar enfocado en problemas tales como la producción y el trabajo, sino también como un discurso cultural dominante.

Diferentes teóricos, entre ellos el mismo Escobar (1995, 2005), señalan que la obsesión por el crecimiento se desvaneció en los años 70, y hablan así, como Arndt (1978), del Auge y Caída del Crecimiento Económico. En este escrito no se desconoce ni niega la existencia, en los años 60s y 70s, de intentos de replantear el desarrollo desmontando la sinonimia exclusiva con el crecimiento económico. Sin embargo, se considera que esos intentos no representan una reformulación drástica y significativa, en tanto dejan prácticamente intacto lo que Rist (2002) llama el núcleo duro del discurso y sus supuestos fundamentales. Entre estos supuestos el crecimiento económico ocupa un lugar central; y, sea hoy considerado o no sinónimo de desarrollo, ha sido siempre considerado una ficha clave para erradicar los problemas del Tercer Mundo, hasta el punto de entenderse como un fin en sí mismo. Se puede decir
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1 El presente texto es un extracto de un trabajo más amplio que lleva como título “El Discurso del Desarrollo y la obsesión por el crecimiento. Aporte a una deconstrucción”. En esta versión encontrará lo que corresponde a parte de la argumentación contenida en el capítulo cuarto y en las conclusiones. Si bien el texto se sostiene por sí sólo, en la presentación se tomará en cuenta la versión más amplia de la investigación. Si es de su interés conocer el texto completo no dude en contactarme. juanmasullo2@yahoo.com o juan@ips-dc.org
2Para profundizar en lo que se entiende por ‘economía del desarrollo’ desde una posición crítica post-estructuralista recomiendo ver el capítulo segundo de Escobar (1995).
3 Expresión tomada de Escobar (1995).
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entonces que a lo largo de estas décadas hemos sido testigos de múltiples mutaciones al interior del espacio discursivo dominante, mutaciones que además de no ser estructurales, en muchos casos terminan alimentándolo y fortaleciéndolo.

Sin lugar a dudas el crecimiento económico data de mucho antes de la ‘invención del desarrollo’; fue objeto de interés de la economía clásica, de J. M. Keynes y fue una meta a alcanzar inclusive antes de la Revolución Industrial. Sin embargo, con la consolidación de la economía del desarrollo como discurso cultural apoyado en un sólido aparato teórico e institucional, el crecimiento económico se impuso como un imperativo universal necesario e inaplazable que no acepta disputa. En el Tercer Mundo apareció indispensable en la tarea de desarrollar al subdesarrollo y superar la pobreza. Los problemas que el discurso del desarrollo estimó apremiantes y la forma en que debían tratarse, fortalecieron la posición privilegiada del crecimiento económico. Enfermedades que se le diagnosticaban al mundo subdesarrollado, tales como la pobreza, la escasa capacidad de ahorro, la insuficiente inversión, el poco capital, la exigua industrialización, la baja productividad, la baja capacitación de la mano de obra, entre otros, sólo podían ser abatidos y superados a través del crecimiento económico.

De esta manera el discurso del desarrollo empezó a mostrar el crecimiento como un medio, como un remedio infalible para la pobreza, el desempleo y otra serie de patologías diagnosticadas al Tercer Mundo. Esto sirvió para ubicarlo legítimamente como una de las columnas estructurantes del discurso, interiorizado sus cualidades curativas y su urgente necesidad en las representaciones de los pobladores del Tercer Mundo, quienes ahora demandan y exigen con urgencia medidas enfocadas a su consecución. En este sentido, por más de haber sido presentado y planteado como medio para “superar” el “subdesarrollo”, terminó siendo concebido, y consiguientemente practicado y perseguido, como un fin en sí mismo.

En adición, la posibilidad de planificar el crecimiento económico (y por ende el desarrollo) en las sociedades atrasadas, sirvió para catapultar este mito como meta global de la economía del desarrollo y como medio legítimo para superar el subdesarrollo. La planeación, entendida como la aplicación de conocimiento científico y técnico en el dominio público, resultó ser una ficha clave para legitimar el proyecto de desarrollo y crecimiento, así como para alimentar las grandes esperanzas que se gestaban en el Tercer Mundo. Mostró que el cambio social podía ser dirigido, que las teorías y modelos que los economistas más destacados elaboraban para ese entonces, a través de diagnósticos formulados por el Banco Mundial y el FMI en sus misiones en los países subdesarrollados, podían traducirse en la práctica a través de programas y proyectos concretos. Estos programas, además de la aprobación de las Instituciones Financieras Internacionales, llevaban el beneplácito de los gobiernos nacionales de los países del Tercer Mundo y la fe de sus pobladores que habían ya interiorizado el discurso. “Las teorías del crecimiento económico, que dominaron el desarrollo en ese entonces, otorgaron la orientación teórica para la creación de un nuevo orden, y los planes nacionales de planeación otorgaron los medios para alcanzarlo.” (Escobar, 1992: 135. Traducción del autor)

Sin embargo, la planeación no era simplemente la aplicación de de un conocimiento teórico en torno al desarrollo, era la técnica en la que la profesionalización del discurso convergía con su institucionalización, era “[…] el instrumento a través del que la economía se hizo útil conectada de forma directa con las políticas y el Estado.” (Escobar, 1998: 432. Traducción del autor.) La posibilidad de crecer, industrializarse, modernizarse, desarrollarse apareció, de la mano de la planeación, como una realidad plausible. Sin embargo nunca se tuvo en cuenta que la planeación, además de ser un medio para alcanzar el crecimiento y el desarrollo, es también un sistema de representación que arrasa con las formas de ser y de hacer de muchas personas, descansando en un cúmulo de prácticas que se muestran como neutrales, objetivas y racionales, pero que en el fondo están al servicio de proyectos políticos determinados. Sin negar las bondades de la planeación, ni los éxitos que se han conseguido a su merced, es importante identificar ahí, por lo menos en lo que atañe al discurso del desarrollo, una tendencia a la estandarización de la realidad que conlleva dominación y en ocasiones castra lo diverso y diferente4.

Lo que se quiere mostrar en este escrito es que las supuestas bondades del crecimiento económico, motor del discurso del desarrollo desde los años 50, están sustentadas en una serie de falacias que deben ponerse al descubierto. A continuación se buscará desestructurar este mito mediante la exposición de lo que llamé tres falacias del crecimiento5: (i) como distribución, (ii) como reducción de la pobreza y (ii) como generación de empleo.
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4 Para profundizar en esta forma crítico-cultural de entender la planeación sugiero ver Escobar (1992) y (1998). La argumentación presentada bebe de estos escritos.
5 No se rechaza la posibilidad de que el mito del crecimiento esté apoyado en más falacias que las tres que acá se exponen. Sin embargo, después de una amplia revisión bibliográfica y un ejercicio de análisis, se considera que estas tres hacen parte de las más significativas y adquieren especial importancia en un análisis que acentúa la atención en el llamado Tercer Mundo.

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Tres falacias del crecimiento económico.

La ‘invención del desarrollo’ y la carrera por alcanzar el PIB más alto, trazó la meta de incrementar los estándares de vida de todo el mundo y en especial de sus áreas ‘subdesarrolladas’. Para ello, la industrialización, la tecnología, la productividad y el crecimiento se identificaron como medios infalibles, ignorando en ocasiones que estos podrían resultar tanto favorables como desfavorables para el alza de los estándares de vida. Fueron “[…] considerados como los únicos medios para alcanzar el bienestar […] siempre buenos en tanto aumentan las posibilidades, generan empleo (incluso cuando a la vez se deshacen de otros) y ofrecen soluciones a todos los problemas que ellos causan.” (Latouche, 1997: 137 – 138. Traducción del autor).

No obstante, la lógica del crecimiento como medio no está en condiciones de sobrevivir a un examen serio. Como lo han señalado diferentes autores, los beneficios del crecimiento descansan en la suposición de que un efecto trickle-down va a tener lugar. Según este, los desfavorecidos, tarde o temprano, se beneficiarían del crecimiento, de la generación de empleo, del aumento de los bienes y servicios derivados de este, y en general, del la riqueza conquistada. Esta, que en un principio se concentra en unos pocos, terminará por derramarse por toda la población, a través de la demanda de servicios y la inversión. “El llamado al crecimiento económico a ser el objetivo básico de la humanidad está basado principalmente en el famoso efecto trickle-down, enaltecido por la euforia de los mitos de la modernidad.” (Latouche, 1997: 139. Traducción del autor). La fe en este efecto descansa esencialmente en que parece haber funcionado en los países industrializados y desarrollados en los llamados Treinta Años Gloriosos6; sin embargo, a nivel global y en medio del contexto actual, este efecto no parece tener lugar: después de más de cinco décadas de discurso de desarrollo, no hemos sido testigos de aquel efecto derrame.

A continuación se mostrarán tres falacias del mito del crecimiento que dejan sin piso la fe en el efecto derrame y así aportan a la deconstrucción del discurso del desarrollo. Se mostrará cómo operan estas falacias en el contexto actual a través de una explicación general del funcionamiento económico, principalmente de los países de América Latina, en tiempos de apertura y liberalización de los mercados. Un apoyo estadístico a las afirmaciones y

6 Esta expresión fue acuñada por el economista francés Jean Fourastié (“Trente Glorieuses”) y ha sido retomado por diferentes académicos para referirse al periodo comprendido entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y la Crisis del Petróleo a principios de los 70.
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relaciones económicas señaladas a continuación, para el caso de Colombia7, lo encontrará en el Anexo # 4.
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4.1.1 La Falacia del Crecimiento como distribución.

Esta falacia se sostiene principalmente sobre la errónea idea, proveniente en sentido considerable de la teoría económica clásica y neoclásica y de los modelos de crecimiento ortodoxos, de que el crecimiento económico es neutral, incluso positivo, frente a la distribución de los ingresos. Esta idea ha llevado a que, en la carrera por el crecimiento, éste se considere un éxito en sí mismo sin que esté aparejado con otros aspectos como la distribución, la pobreza y el desempleo.

En esta materia, uno de los más influyentes estudios ha sido el de Kuznets (1955), que en términos generales señala que el crecimiento acorta las desigualdades sociales8. Kuznets planteó una relación prácticamente estable entre el nivel de ingresos de un país y su distribución al interior del mismo, basándose en la hipótesis de que la modernización supone una mayor productividad que crea su propia demanda. Esta hipótesis se basa de manera evidente en la famosa Ley de Say según la cual toda oferta genera su propia demanda. A la luz de este análisis se sigue que el crecimiento económico va de la mano de la elevación de la productividad, de un alza en los salarios que los ubica por encima de esta y de un incremento de la participación del trabajo en el total del PIB.

De los modelos de crecimiento ortodoxos y las teorías basadas en la Ley de Say se esperaría que el crecimiento experimentado se traduzca en una mejor distribución de los ingresos, o en el peor de los casos, que no la empeore. Sin embargo la realidad ha sido muy diferente, hemos atestiguado un constante incumplimiento de la Ley de Say9, que para el caso latinoamericano y tal como señala Sarmiento (1998, 2005, 2008), se ha exacerbado en el reciente contexto de apertura y libre mercado. Así, hemos visto cómo el crecimiento económico, en un balance
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7 Es importante resaltar que la utilización de este apoyo estadístico para el caso colombiano se hace principalmente con la intención de empezar a darle un soporte empírico a una serie de relaciones y dinámicas económicas que se señalan a lo largo del artículo, pero no es de ninguna manera el resultado de un minucioso estudio particular de caso. Sin embargo, sí puede considerarse como un primer paso para empezar a bajar la discusión teórico-conceptual acá contenida a casos específicos y así avanzar en una delimitación geográfica empírica de las reflexiones realizadas. No está demás recalcar que no hace parte de los objetivos de la monografía estudiar en profundidad un caso específico, pese a que se reconoce que esta es una posible ruta a seguir para avanzar en la dirección investigativa trazada por este análisis.
8 De manera más precisa, lo que plantea la hipótesis de Kuznets, tal y como señalan Dollar y Kraay (2000), es que el crecimiento económico, en las primeras etapas de desarrollo, tiende a acrecentar las inequidades, pero en una etapa posterior, lograrán decrecer considerablemente.
9 Para profundizar en la manera en que esta ley se incumple y las razones de su incumplimiento recomiendo ver Sarmiento (2008) pp. 65 – 73.

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mundial, no ha estado acompañado forzosa y automáticamente de mejoras en la distribución del ingreso.

Es un hecho contundente que el crecimiento no se ha traducido en mejoras en materia de distribución, la situación de la distribución a nivel global es hoy preocupante. Pese a que hemos presenciado un crecimiento económico general –Dollar y Kraay (2000) afirman que la economía mundial ha crecido sostenidamente desde los 90-, por lo menos en el mundo en desarrollo, la distribución ha empeorado en un mayor número de países que en aquellos en los que ha mejorado10. De esta manera, Sarmiento afirma que en los últimos 20 años en América Latina “El ingreso per cápita ha crecido entre 2,5% y 3,5%, la distribución del ingreso se ha empeorado y la pobreza ha aumentado” (Sarmiento, 2008: 234).

Bebiendo de la argumentación de este economista, es posible identificar, en el actual contexto neoliberal y de exacerbada globalización, tres factores centrales que permiten entender el porqué de la desigual distribución que hoy registramos a pesar de haber alcanzado en muchas ocasiones tasas positivas de crecimiento.

1. Fuerte caída de los salarios reales. Hoy en día los salarios, en gran medida determinados o condicionados internacionalmente, se ubican por debajo de la productividad. Las grandes firmas, buscando aumentar su margen de ganancia, buscan nichos de producción con costos menores. Buscan conseguir factores de producción, entre estos el trabajo, a precios más bajos. Los países en desarrollo, sedientos de inversión extranjera directa como motor de crecimiento, se las arreglan de diversas maneras para constituirse en nichos atractivos para el capital foráneo. Uno de los elementos que hacen de un país un ambiente atractivo para la inversión extrajera es la posibilidad de pagar salarios más bajos, inclusive por debajo de la productividad.

2. Ampliación de la brecha entre los salarios pagados a la mano de obra calificada y no calificada. La globalización y la agenda neoliberal presionan por la eliminación de barreras al comercio internacional y prácticamente todo tipo de medidas de protección nacional. Esta desprotección lleva a una caída de los precios internacionales de los productos de menor o nula complejidad tecnológica. Son muchos los países, prácticamente todos, los que pueden producir bienes rudimentarios en los que poca tecnología e industria avanzada es involucrada; paralelamente, son muy pocos los que están en la capacidad de elaborar bienes de alta complejidad tecnológica. Por lo tanto, el mercado internacional libre de protecciones, se ve inundado de productos rudimentarios que, en tanto se producen en tantas diferentes partes del globo, no encuentran mayor demanda en el exterior (se incumple la Ley de Say). El mercado se ve ante una situación de sobreoferta de determinados productos que presiona a la baja de los precios y por esta vía a la baja de los salarios que se pagan por su producción; esto es, en gran medida, los salarios que se pagan a la mano de obra no calificada.

3. Tendencia a las privatizaciones y a las fusiones. Una de las ideas centrales del ideario neoliberal sostiene que el Estado es ineficiente por naturaleza y que la gestión privada, presionada por la competitividad, es más eficiente. Esto ha llevado, por lo menos en muchos países del Tercer Mundo, a
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10 India y China son quizá los dos países en desarrollo en los que más se ha mejorado la cuestión de la distribución. No obstante, como lo muestra Sarmiento (2008), lo que estos dos países ganaron en esta materia es muy inferior a lo que los demás han perdido.
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una fuerte ola de privatización de empresas públicas11. La privatización de estas empresas, en muchos casos, ha conducido a la consolidación de poderes monopólicos que administran los nuevos activos adquiridos a la luz de intereses particulares y del lucro individual, es decir, establecen a su gusto los precios, las tarifas y las tasas con la intención de ampliar los márgenes de ganancia. Los costos sociales de esta dinámica han sido enormes, se han reducido plantas de trabajadores, se han desmontado los sindicatos, se han bajado los salarios, e incluso, se ha favorecido la informalidad laboral12. “En términos generales, las privatizaciones han fortalecido el poder del capital sobre el trabajo. Quien tiene más capital gana más y coloca en posición de inferioridad a los trabajadores.” (Sarmiento, 2008: 256)

Sin lugar a dudas, estos tres factores, que han tenido lugar en medio de un clima general de crecimiento económico y que en grado considerable son resultado de medidas adoptadas en función de generarlo, se ubican entre las principales causas del deterioro de la distribución del ingreso tanto entre países (especialmente el primero y el segundo) como al interior de los países (especialmente el tercero). Sin plantear que haya una relación directa13 y constante entre crecimiento y distribución en la que un aumento del primero conduce al deterioro de la segunda, con la anterior argumentación se espera que quede claro que gran parte de las medidas pro-crecimiento no son neutras, ni mucho menos positivas, en relación con la distribución, tal y como nos quiso mostrar la ortodoxia económica y los influyentes trabajos de Kuznets.

Ante tal situación, ¿cuál es rol de las políticas sociales y asistenciales? Este tipo de políticas parecen no afectar sustancialmente los comportamientos y realidad económica. Además de que estas políticas resultan, en muchas ocasiones, inefectivas en su intento de compensar las desigualdades, cuando logran tener un efecto notorio, comúnmente lo hacen en detrimento de la producción y el crecimiento (aparecen como desincentivos). Por ejemplo, la tributación directa puede terminar por propiciar la salida de capitales y alimentar la evasión de impuestos al poner en desventaja las empresas internas frente a las externas. De esta manera, las mejoras en equidad que pueden alcanzarse por vía de la tributación directa se logran a costa de pérdidas en la producción. Situaciones como estas llevan a Sarmiento a afirmaciones como la siguiente: “[…] los efectos inequitativos del perfil de crecimiento no son susceptibles de compensarse con políticas asistencialistas.” (Sarmiento, 2008: 222). De la misma manera, en
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11 Es importante reconocer que algunos países de la región, por ejemplo Venezuela y Bolivia, en los últimos años se han esforzado por subvertir esta tendencia, buscando nacionalizar de nuevo empresas, especialmente en el sector de los hidrocarburos. De la misma manera, resulta pertinente destacar que en países como Ecuador y Bolivia, en gran medida gracias a estos cambios de estrategias, se han venido desarrollando alternativas de desarrollo e inclusive alternativas al concepto mismo de desarrollo en cierto grado como reacción a las tendencias neoliberales. Aunque no hace parte de los objetivos de este análisis, se reconoce que estudiar estas alternativas es una tarea urgente que la ‘corriente’ del post-desarrollo debe emprender en tanto es una forma importante de constatar muchos de sus preceptos en casos concretos.
12 La relación entre la tendencia a las privatizaciones y el problema de la inequidad en la distribución adquiere aún mayor importancia si se tiene en cuenta que uno de los principales sectores presa de la privatización es el de los servicios sociales.
13 Por ejemplo Sarmiento (2008), reconociendo que sí hay una relación entre crecimiento y distribución plantea que el vínculo está regulado e incluso determinado por una tercera variable: el mundo exterior, concretamente las características del sistema internacional y de las economías individuales
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lo que tiene que ver con superar la inequidad, las políticas asistenciales pueden resultar contraproducentes por la vía del empleo: al depender tanto de los gravámenes al trabajo y al estar tan enfocadas a los subsidios al desempleo y a los sectores pobres, pueden terminar por desestimular el trabajo.

4.1.2 La Falacia del Crecimiento Económico como Reducción de la Pobreza.

El mito del crecimiento como distribución se replica de forma similar en lo que tiene que ver con la reducción de la pobreza. Prueba de ello está en las investigaciones y estudios del Banco Mundial, donde el ejemplo más representativo es quizá el artículo, Growth is good for the poor de Dollar y Kraay (2000) del Development Research Group de esta institución.

En este estudio, que incluye 418 observaciones en 137 países, los autores concluyen que “[…] la relación entre el crecimiento del ingreso de los pobres14 y el crecimiento económico general es uno-a-uno.” (Dollar y Kraay, 2000: 24); es decir, que el crecimiento en el ingreso per cápita es proporcional al aumento del ingreso de los pobres. Afirman también que esta relación no ha variado en el tiempo, no cambia durante periodos de crisis, y se da generalmente de la misma manera en los países ricos y pobres. A su vez, afirman que las políticas macroeconómicas pro-crecimiento15 y sus instituciones, aplicadas como imperativos universales a escala global, son favorables a la mejora de las condiciones de los pobres en tanto estimulan y generan un crecimiento del que todos sacan provecho. En sus propias palabras, las “[…] políticas estándares macroeconómicas pro-crecimiento son buenas para los pobres en tanto elevan los ingresos promedio sin efectos negativos sistemáticos en la distribución del ingreso.” (Dollar y Kraay, 2001: 10. Traducción del autor)

Este estudio se basa en, y a la vez alimenta, aquellas consideraciones que señalan que el crecimiento económico se derrama (efecto trickle down) en toda la población y a cada habitante le toca algo del mismo, lo que es proclamado como una ley de carácter universal apoyada en una serie de ecuaciones matemáticas y econométricas. Dentro de este universalismo no se toman en consideración las características endógenas de cada uno de los países contenidos en el estudio, y por lo tanto, en la relación entre crecimiento económico y pobreza, se presta escasa atención al papel que la distribución del ingreso y las relaciones de poder juegan en medio de dicha relación.
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14 En este estudio los pobres son definidos como aquellos que están en el último quintil de la distribución del ingreso de un país.
15 Entre estas políticas los autores destacan las siguientes: estabilidad macroeconómica, estabilización de la inflación, reducción del gasto público, desarrollo financiero, Estado de derecho, apertura hacia el comercio internacional y disciplina fiscal. Nótese que todas estas medidas son características de las agendas neoliberales
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Si se incluyera en la ecuación el tema de la distribución a la hora de plantear la relación entre crecimiento y pobreza, sin duda los hallazgos, para ciertos países, serían distintos. En los países en los que la distribución de los ingresos es bastante desigual, es de esperarse que los pobres se vean menos beneficiados del crecimiento general en tanto este se acumula en sectores específicos, rompiendo así la proporcionalidad uno-a-uno proclamada por el influyente estudio del Banco Mundial. Esta realidad, que se hace evidente en muchas de las economías del llamado Tercer Mundo, es presentada por Sarmiento (2008) de la siguiente manera: “Cuanto más desigual la distribución del ingreso, tanto menor el impacto del ingreso per cápita sobre el ingreso de los pobres; incluso puede ser nulo en casos extremos.” (Sarmiento, 2008: 363). Ante la evidencia del devenir de las economías de los países en desarrollo en los últimos años, después de más de cinco décadas de fe en un mito, el mismo Banco Mundial en estudios posteriores, empezó a considerar la variable distribución a la hora de (re) plantear la relación entre pobreza y crecimiento.

Sin embargo, pese a estos estudios más recientes y a un cambio evidente en el lenguaje utilizado en general por las Instituciones Financieras Internacionales, la posición de esta institución en esencia no ha cambiado, ello queda expreso con claridad en las palabras de Hassan Zaman, economista del Banco Mundial, pronunciadas en febrero del 2009 en el debate organizado por InfoShop del World Bank ya antes mencionado: “[…]gran parte de la reducción de la pobreza que hemos presenciado en los últimos años es el resultado de la aplicación juiciosa de las medidas y políticas de liberalización y apertura de mercados.” (Zaman, 2009. Traducción del autor). En su intervención, presentado la estabilidad macroeconómica como un prerrequisito, afirmó que la estabilidad macroeconómica conduce a mayor crecimiento, este conduce a la generación de empleos y esta cadena conlleva a una reducción de la pobreza.

Existen múltiples evidencias de que en las economías capitalistas, y especialmente en aquellas que descansan en un fe ciega en el mercado y sus fuerzas auto-reguladoras, existen diversos tipos de ‘restricciones’ que se imponen como barreras para que la riqueza generada se trasfiera a los sectores menos favorecidos y en realidad los beneficie. Dadas estas
‘restricciones’, el aumento del gasto público enfocado en actividades dirigidas en mayor proporción a los pobres no es la solución al problema de la pobreza. Esta fórmula, en los casos en que ha sido aplicada, “[…] no ha dado los resultados previstos, porque los estímulos del lucro impiden que los recursos se manifiesten en beneficio de los pobres.” (Sarmiento, 2008: 365). Diversos casos han mostrado que, una vez se hacen efectivas las trasferencias del sector público, una parte importante se queda en los vicios de la corrupción, los intermediarios y los sectores altos. Esto lleva a pensar entonces que la incidencia del gasto público, de sus trasferencias e inyecciones y su efectividad en los sectores más desfavorecidos, depende de la organización institucional y por lo tanto, no es automática16.

4.1.3 La Falacia del Crecimiento Económico como Empleo.

En muchas ocasiones la búsqueda de crecimiento económico ha traído consigo efectos positivos en materia de empleo, lo que en gran medida le otorgó legitimidad al mito. Sin embargo, en el contexto actual la relación entre crecimiento económico y empleo es algo distinta.

El papel central que juegan las exportaciones en este contexto se basa primordialmente en la teoría de las ventajas comparativas según la que el comercio internacional es un espacio de complementación de la producción. Es decir, un espacio donde las exportaciones de un país, basadas en su ventaja comparativa, se complementan con las de otros países. No obstante la realidad indica algo diferente, el comercio internacional, más que ser un espacio de complementación es un espacio de confrontación y competencia en las que muchos países producen los mismos bienes.

La apertura y la eliminación de barreras al comercio internacional condujeron a una significativa reducción de los precios de las importaciones. Esto trajo como resultado esperado un aumento en la demanda de bienes importados y una disminución en la de bienes producidos nacionalmente, situación que desestimula el empleo directo al interior del país. De cierta manera el empleo directo es reemplazado por bienes importados, haciendo que el valor agregado nacional de bienes finales tenga un menor componente de empleo.

En palabras de Sarmiento, “El abaratamiento de las importaciones lleva a sustituir la producción doméstica de materias primas por importaciones y a reemplazar el valor agregado y el empleo en la confección final de bienes finales por bienes intermedios.” (Sarmiento, 2008: 145) En estas condiciones, resultado de la liberalización y apertura de los mercados, es
entonces esperable que un mayor crecimiento económico coincida con un aumento del desempleo. Las políticas de apertura, dónde se le da un papel prioritario a las exportaciones, terminan por favorecer las ventas externas y los movimientos internacionales por encima de la
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16 Ver anexo # 6 para aproximarse a una segunda manera en la que se manifiesta la falacia de crecimiento como reducción de la pobreza.
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producción y el mercado nacional, lo que a fin de cuentas tiene efectos negativos, entre otras, sobre el empleo.

Como ya se expuso, es evidente que los países en capacidad de producir bienes rudimentarios son muchos, ubicándose en el mercado internacional en una condición de confrontación y competencia. Esto trae como resultado un exceso de oferta internacional de determinados productos. Como lo muestra Sarmiento (2005, 2008), esta competencia ha sido especialmente desfavorable para América Latina, cuyos países se han visto en una constate situación, alimentada por la apertura, de especialización en una producción sin demanda. Esto ha llevado, además de a una disminución de los salarios pagados a los trabajadores –muchos de ellos no calificados- que alimenta la inequitativa distribución del crecimiento, a una fuerte eliminación de mano de obra que queda presa del desempleo o de los precarios salarios y desprotección propios del sector informal.

No es exagerado, entonces, señalar que las importaciones destruyen la producción nacional. Fue precisamente lo que ocurrió con las aperturas. En principio se observó que la producción doméstica era reemplazada por las importaciones y después de un tiempo se disparó el desempleo (Sarmiento, 2006: 142)

En este contexto, y como resultado de políticas y estrategias pro-crecimiento, el empleo se ve azotado también por otras vías, por ejemplo, mediante las políticas encargadas de controlar la inflación. La reducción del desempleo, en tanto amplía la demanda real, trae consigo mayor inflación. Esta relación lógica está en la base de la famosa curva de Phillips, que en su representación simple del funcionamiento macroeconómico, plantea que la ampliación de la demanda se manifiesta tanto en productividad como en inflación. Mayor empleo supone mayor capacidad de demanda y ello termina suponiendo mayor inflación. A su vez, la ampliación de la demanda, por la vía del aumento de la producción, supone mayor empleo –en tanto se requiere más mano de obra-, lo que también termina suponiendo mayor inflación. En este orden, fenómenos relacionados entre sí como la ampliación de la demanda, la ampliación de la producción y la disminución del desempleo, se ganan a costas de mayor inflación. Teniendo en cuenta que una de las obsesiones centrales de los lineamientos de la economía política actual es el control de la inflación, es de esperarse que los esfuerzos por combatir estructuralmente el problema del empleo no sean del todo contundentes; otras prioridades están primando. Como bien lo señaló Rick Rowden en el reciente debate ya citado en la sede del Banco Mundial en Washington D.C, “[…] la reducción de la inflación es una de las principales prioridades del modelo neoliberal y de cualquier infrastructura macroeconómica de este tipo. Combatir la hiper-inflación es la primera, y quizá la única, prioridad clave de este modelo.” (Rowden, 2009. Traducción del autor.)

Esta situación nos lleva al siguiente círculo vicioso: mayor empleo dispara la demanda y así la inflación aumenta; a la vez, una ampliación de la demanda supone mayor producción lo que requiere mayor empleo, lo que termina en un aumento de la inflación. Las autoridades económicas están en la capacidad de intervenir esta situación con la intención de atenuar la inflación. Una de las principales estrategias utilizadas es jugar con el mercado cambiario (específicamente con la tasa de cambio). Con la intención de bajar la inflación, las autoridades pueden bajar la tasa de cambio: tasas de cambio bajas estimulan y abaratan las importaciones, lo que como vimos desestimula la producción doméstica y genera desempleo. Así se cierra el círculo vicioso al que nos lleva la relación entre crecimiento económico –no hay que olvidar que en grado considerable las medidas de apertura y liberalización se hicieron en nombre del crecimiento económico- y el empleo.

En síntesis, un conjunto de medidas y políticas adoptadas en el contexto actual que son consideradas por prestigiosos economistas –entre estos Dollar y Kraay del Banco Mundial como macroeconomía pro-crecimiento, han traído efectos negativos en lo que tiene que ver con el empleo, de ahí que se hable acá del la falacia del crecimiento como empleo. “[…] el empleo ha evolucionado por debajo de las posibilidades de la economía y por debajo también de la relación histórica con la producción.” (Sarmiento, 2008: 252)

Conclusiones.

Con lo anterior queda claro que en medio de un contexto como el actual, caracterizado entre otros elementos por la apertura de mercados y la liberalización, el crecimiento económico, como una de las principales metas de prácticamente todos los gobiernos y como eje central de un sin número de estrategias de desarrollo, no se traduce automáticamente en una mejor distribución de la riqueza, no se refleja necesariamente en un reducción considerable de la pobreza y tampoco disminuye forzosamente las preocupantes tasas de desempleo que caracterizan a muchos países del denominado Tercer Mundo. Así, desde estos tres aspectos, es posible afirmar que el crecimiento económico no se traduce en mejoras sociales que aportan al alcance de un estado en el que la mayoría de la población logra satisfacer sus ‘necesidades básicas’ y elevar sus ‘estándares de vida’. En este sentido, algunas de las premisas centrales promulgadas por el discurso del desarrollo de los años 50, retomadas y reforzadas en la era neoliberal, parecen no reflejarse en el mundo práctico. Esto, considerando que ya han pasado más de 5 décadas y los resultados no se han visto, constituyen razones suficientes para procurar deconstruir este discurso y plantear decididamente la necesidad de buscar alternativas reales. Alternativas que conduzcan a la constitución de lo que John Cavanagh (2009), director del Institute for Policy Studies – prestigioso think-tank de Washington D.C-, llama una sociedad más sana. Es decir, una sociedad basada en la satisfacción de las necesidades que diferentes comunidades consideran básicas y no en el crecimiento, ‘necesidad’ que se impuso como básica –y suficiente- para todo el mundo sin tener en cuenta las voces de muchos ni las implicaciones de su persecución ciega.

El ejercicio acá realizado, en su esfuerzo deconstructivo, buscó identificar y penetrar los fundamentos y premisas básicas sobre las que se sostiene el discurso del desarrollo. La crítica al discurso del desarrollo por la vía del ‘mito del crecimiento’ acá contenida, se hizo en cierto grado desde algunas de las premisas de la teoría económica. El crecimiento económico, tal y como se puede constatar en prácticamente cualquier manual de economía, es un aspecto central de la teoría económica y como tal, una crítica dirigida a este, no puede marginarse de su dominio. A su vez, esto necesariamente conllevó, dada la importancia que se le otorga al crecimiento económico en las agendas de corte neoliberal, a tratar con asuntos propios de las dinámicas actuales de la llamada economía de mercado. Al respecto Rist (2004) explicita lo siguiente: “La crítica al desarrollo […] es más urgente que nunca y debe hacerse en primero lugar y con especial importancia en el dominio de la teoría económica.” (Rist: 2004: 257. Traducción del autor)

De esta manera, las tres falacias que se identificaron como parte del mito del crecimiento económico en el contexto actual, y que por décadas han alimentado el discurso del desarrollo, aparecen en este análisis como fracturas internas de la estructura misma del discurso. Por lo tanto, sacarlas a la luz y mostrar la manera en que operan, develando su carácter falaz, no es buscar embellecer, refinar, ni pulir el objeto del discurso con la intención de que sobreviva; tampoco de acomodarlo a nuevas exigencias y preocupaciones contextuales como por ejemplo la lucha global contra la pobreza o la gestión medioambiental. Por lo contrario, estas fracturas, en tanto estructurales, son la fuente de la estrategia deconstructiva. Por consiguiente, este esfuerzo analítico no pretende reorganizar los elementos existentes que componen el discurso del desarrollo, ni las interrelaciones que se establecen entre sí. Es un esfuerzo por romper radicalmente con epistemologías realistas que por décadas han sido el motor de la construcción y supervivencia de este discurso. Epistemologías que se constituyen en racionalidades del tipo, en palabras de Rist (2004), “one size fits all”, que pretenden incluir una amplia diversidad de motivaciones humanas bajo a idea de homo economicus, desconociendo que existen prácticas sociales que sencillamente no caben dentro de esta.

Esto no quiere decir que no existan otros ámbitos o vías desde donde establecer críticas contundentes al discurso del desarrollo por la vía del crecimiento económico y que sean congruentes con una crítica cultural post-estructuralista y que así resulten constitutivas de la ‘corriente’ del post-desarrollo. Diversos autores, en gran medida acá referenciados, han
elaborado críticas que, sumadas a esta, constituyen elementos que aportan de manera importante a la desmitificación del mito del crecimiento y así a la deconstrucción del discurso del desarrollo y la apertura de las puertas a una era post-desarrollo.

Algunos teóricos han puesto el acento de su crítica en la relación entre crecimiento, consumo y felicidad. Dirigiendo su análisis principalmente a los países del Primer Mundo y quizá a las clases más acomodadas de los países “subdesarrollados” se plantean los siguientes interrogantes:¿Las tasas de crecimiento sostenidas alcanzadas y los niveles de consumo conquistados, nos hacen más felices? ¿Vivimos mejor ahora?

Latouche (2003, 2004, 2006, 2007) plantea el decrecimiento17 y establece preguntas cruciales como ¿Podrá Occidente ser más feliz con menos? ¿Por qué menos debe ser mucho más? ¿Cómo aprender a querer menos? Su posición frente a las acepciones dominantes de desarrollo y frente a la obsesión por el crecimiento que éstas alimentan es profundamente crítica: “¿Qué tal si la mera idea del crecimiento –acumular riquezas, destruir el medio ambiente y exacerbar la inequidad social- es una trampa? Quizá necesitamos crear una sociedad basada en la calidad y no en la cantidad, en la cooperación y no en la competencia.” (Latouche, 2003: 1)

Hamilton (2001), refiriéndose al tema como fetiche o fatiga del crecimiento, retoma la pregunta que según su estudio muchos españoles y habitantes de otros países ricos se plantean constantemente: ¿Qué sentido tienen nuestros elevados ingresos y el crecimiento económico de nuestras naciones? En su obra propone un programa político alternativo que puede resultar congruente con el post-desarrollo: “eudemonismo”. Yendo más allá del desarrollo y del crecimiento, básicamente el eudemonismo propone “[…] una sociedad en la que la gente pueda dedicarse a actividades capaces de mejorar realmente su bienestar individual y
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17 Para conocer más acerca del decrecimiento recomiendo ver, además de los artículos y obras citadas de este autor, la “Declaration on De-growth” de Conference on Economic Degrowth for Ecological Sustainability and Social Equity. Ver referencia completa en la bibliografía.
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colectivo [fundamentándose] en una reflexión sobre lo que contribuye y lo que no contribuye a crear una sociedad más satisfecha.” (Hamilton, 2001: 19) Este cambio resulta necesario y urgente porque el crecimiento, en aquellos lugares en los que se han alcanzado las tasas proyectadas, no ha logrado satisfacer a la gente y ha terminado por destruir muchos espacios que podrían aportar a su satisfacción. “El crecimiento económico fomenta el consumismo vacuo, degrada la naturaleza, debilita la cohesión social y corroe la personalidad.” (Hamilton, 2001: 16)

En directa relación con esta posición, pensadores como Sachs, el mismo Latouche (2007) y en algunas oportunidades Rist, han direccionado su crítica por la vía ambiental. Señalan la inviabilidad de un mundo en el que todos los países sean “desarrollados”, que presenten índices de crecimiento económico sostenido y ostenten niveles de consumo elevados a la luz del modelo de vida prestado por los países del Primer Mundo y promocionados en el discurso del desarrollo.

Sachs (1998) argumenta que, aunque los países que han alcanzado una economía a gran escala son una minoría, la expansión de la economía mundial ya pesa sobre la naturaleza y sus serios impactos se hacen manifiestos. A la luz de esto, señala que si todos los países alcanzaran sus metas modernizadoras e industrializadoras, se necesitarían por lo menos cinco o seis planetas para suplir la demanda de recursos y servir de depósito de los desechos resultado del avance económico. En una tónica similar, Latouche (2007) advierte que nuestros niveles de producción y consumo no son sostenibles dado que el espacio bioproductivo de la tierra (aquel que nos surte recursos) se agota día a día. Si todos consumiéramos al mismo ritmo de los españoles, necesitaríamos dos planetas y medio más para subsistir; de los franceses, tres planetas; y de los estadounidense, seis. Rist (2004) va a señalar que el desbalance que existe entre el crecimiento obsesivo y la preservación del medio ambiente se manifiesta no sólo en el uso no moderado de recursos no renovables, sino también en diferentes formas de polución, desastres naturales y desordenes climáticos. Por lo tanto, “La fe en el desarrollo no puede escapar más de la crítica, no sólo porque justifica enormes aumentos en materia de inequidad social, sino también porque se ha vuelto peligrosa al comprometer el futuro de todos.” (Rist, 2004: x. Traducción del autor) Así, la meta del desarrollo como crecimiento económico resulta objetivamente insostenible e inalcanzable, a la vez que la creencia en ella aparece irrazonable.

Autores como Latouche, Escobar y Esteva, en su crítica a las estrategias desarrollistas y obsesivas por el crecimiento económico, enfatizan en la homogenización de lo que por naturaleza es heterogéneo y en la castración de opciones de vida locales y vernáculas. Latouche (1993, 1996) se refiere a este proceso como la Occidentalización del Mundo y la absorción de lo informal –entendido no en términos exclusivamente económicos- por lo formal. Escobar (1995) argumenta que el discurso del desarrollo ha sido el agente protagónico y más ubicuo de la política de representación e identidad de lo que fue rotulado como Tercer Mundo. El discurso del desarrollo y la obsesión por generar crecimiento económico en todo el globo amenazan la diversidad y multiplicidad en tanto son expresiones ininteligibles e ilegibles bajo el código de la modernidad –están fuera del espacio de lo decible y pensable en términos de Foucault-. El discurso del desarrollo, como fuerza de representación, identidad y trasformación global, termina por borrar del mapa el rol de los movimientos de base, de las formas de conocimiento local y del poder “popular”. Las palabras de Esteva van en la misma dirección: “[…] la metáfora del desarrollo hegemonía global a una genealogía de la historia puramente Occidental, robándole a las personas de diferentes culturas la oportunidad de definir su propias formas de vida social.” (Esteva, 1992: 9)

En la vía del post-desarrollo.

Estas diferentes posturas, y los diferentes argumentos contenidos en este escrito aportan a la constitución de un cuerpo teórico-práctico coherente que puede ubicarse bajo la etiqueta de post-desarrollo. Aunque no es objeto de este escrito prestar una definición detallada del postdesarrollo, vale la pena detenerse en la siguiente distinción que resulta bastante pertinente para concluir el presente análisis y que está en la base de esta ‘corriente’: Desarrollo alternativo vs. Alternativas al desarrollo.

Se ha insistido en que el objetivo de la crítica acá contenida no es embellecer el discurso del desarrollo, tampoco alcanzar una conceptualización más precisa del objeto del discurso. Esta posición está en la base de la distinción entre desarrollo alternativo y alternativas al desarrollo, pues en gran medida el primero, si bien es fruto de posturas críticas, termina por establecer mejores formas de entender el desarrollo, refinar las prácticas derivadas, y así, alimentar el discurso del desarrollo. En este sentido, el discurso del desarrollo se alimenta de la crítica, reproduce su lógica y así se mantiene en el tiempo a lado de una serie de nuevos adjetivos -sostenible, humano, local, endógeno- que si bien suponen mutaciones no dejan de ser formas de desarrollo. Estas propuestas, por más alternativas y críticas, al ubicarse bajo la pancarta del desarrollo, se ubican en el mismo modelo de pensamiento, representación e identidad que décadas atrás produjo el desarrollo. Es una realidad, como lo anota Munck (1999), que “[…] el campo más amplio del desarrollo está fuertemente unificado en sus principios fundamentales, no importa el adjetivo que se le sume en las diversas variaciones de la teoría del desarrollo.” (Munck, 1999: 199)

Acudiendo nuevamente a Derrida, tal y como es utilizado por Manzo (1991) en este campo de estudios, se puede decir que el desarrollo alternativo es una muestra clara del logocentrismo discursivo. El logocentrismo “[…] muestra cómo inclusive el discurso más radicalmente crítico fácilmente se resbala en la forma, la lógica, y los postulados implícitos de aquello que precisamente busca combatir.” (Manzo: 1991: 8) Con esto Manzo quiere dar cuenta de la manera de que las posiciones más críticas, al no lograse salir del ‘omnipresente’ lenguaje del discurso del desarrollo, no son tomadas más en serio y terminan siendo no más que lo mismo pero ‘alternativo’.

El post-desarrollo, por el contrario, busca deconstruir la estructura del desarrollo para abrir las puertas de una sociedad realmente diferente articulada en torno a un nuevo sentido común emancipatorio18 y no de una sociedad producto de otro desarrollo, producto de una nueva hegemonía. Una sociedad que esté afuera del universo del desarrollo, que venga del exterior de los contornos homogenizantes, modernizantes y occidentalizantes, y que se ubique lejos de la obsesión por el crecimiento económico y el consumo masivo. En este sentido, “La oposición entre ‘desarrollo alternativo’ y ‘alternativas al desarrollo’ es, tanto en abstracto como en el análisis teórico, radical, irreconciliable y esencial.” (Latouche, 1993: 159. Traducción del autor.)

Por lo tanto, y siguiendo la argumentación de Rist (2002), las prioridades del post-desarrollo, consistentes con la estrategia de deconstrucción adoptada en este análisis y la crítica al crecimiento establecida, son: (a) lograr tomar distancia de la creencia en el desarrollo, lograr un belief-dissolving en el que se develen las formas ocultas en donde yacen sus contradicciones; y (b) cuestionar y desmitificar ciertas ideas evidentes que forman parte del discurso de la economía del desarrollo. Así las cosas, el post-desarrollo es, antes que nada, una estrategia de transgresión que desafía una creencia compartida e internalizada y que rechaza las prácticas y comportamientos que de esta se derivan.
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18 Expresión tomada de Santos 1995.
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Para terminar, no está de más recalcar que post-desarrollo no es antidesarrollo, aunque sí es anti posiciones hegemónicas y homogenizantes. Querer transgredir la manera en que por décadas se han venido haciendo las cosas, no supone querer hacer lo contrario, pero sí que la vía no sea entendida en singular, como una sola vía, es decir, LA vía. “La teoría y la práctica del post-desarrollo difiere de los sentimientos antidesarrollo en el sentido en que no niega ni la globalización ni la modernidad, pero busca formas de vida reconociéndolos pero imaginado transcenderlos.” (Hoogvelt 1996: 16. Traducción del autor) Más allá del anti-desarrollo y del anti-entnocéntrismo, el post-desarrollo procurar repensar lo que se ha venido pensado, pensar en aquello que está por fuera del espacio de lo pensable, e impensar todo aquello que se ha normalizado en nuestros imaginarios y representaciones.

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