El mito del progreso uniforme de la sociedad y su arquetipo de “modernización”.

Por: Partido Comunista Internazionalista (Tendencia Comunista Internacionalista) |
Fuente: http://www.kaosenlared.net (27.01.11)

Traducción del italiano de la revista Prometeo

Artículo/noticia publicado/a en Kaosenlared.net en el apartado de Libre Publicación NO seleccionada/o por el Colectivo Editorial El presente artículo, al que corresponde tan sólo un papel introductorio, pertenece a la serie “Acumulación de Capital y Desarrollo Desigual y Discontinuo de la Economía Mundial”. En las sucesivas ediciones de la revista iremos publicando el material restante.

De nuevo el infierno, dentro de la civilización. Reaparece la barbarie, pero naciendo de nuevo de la entraña de la civilización y formando parte de ésta; es, por tanto, una barbarie leprosa, la barbarie como lepra de la civilización.
K. Marx, “El Salario”

Ante todo, queremos que el lector entienda que cuando empleamos los términos “capitalismo” o “sociedad burguesa” no nos referimos evidentemente a ningún arquetipo, a ninguna esencia inmutable o a una estructura material que exista independientemente de los hombres, de sus relaciones y acciones. La mayor parte de nuestras afirmaciones se formulan dentro del estado actual de la sociedad y la economía (considerando su génesis y desarrollo) y, por lo tanto, no pretenden ser definitivas. Aquí no se trata de enunciar verdades eternas, sino de describir el fondo común sobre el cual se yergue toda existencia “económica”, “cultural” o “política” singular. Aunque elaboramos un modelo de funcionamiento del modo de producción capitalista, no consideramos el modelo como una realidad sino como un conjunto de abstracciones y de ficciones que nos permiten esclarecer la situación y el funcionamiento de las formaciones económico-sociales concretas. El conocimiento del modelo no nos ahorra el paso al análisis histórico concreto de cada formación económico-social particular, sino que lo prepara y contiene (ya que, entre otras cosas, este paso constituye la condición principal de su verificación o falsación).

Hasta nuestros días, la economía y la sociología burguesa han lucubrado distintas versiones del desarrollo que promueven una noción mítica de la evolución y del cambio social. Según una ellas, la que nos proponemos criticar en las siguientes páginas, el progreso de las sociedades sigue un patrón uniforme y todas en su marcha hacia la civilización urbana e industrial se amoldarían a un arquetipo de ‘modernización’ de validez universal cuyo alcance envuelve una serie de etapas sucesivas que es indispensable agotar para acceder a las instituciones y formas sociales propicias a una “sociedad del desarrollo y el progreso democrático”. La teoría ortodoxa (liberal) sugiere, por ejemplo, que el subdesarrollo es una condición necesaria para poder evolucionar hacia el desarrollo y el monetarismo postula que el atraso se debe a la ineptitud de los gobiernos de los países “subdesarrollados” y a la escasa preparación de un empresariado nacional. Para estas corrientes y para la sociología funcionalista, en efecto, el desarrollo social es un proceso lineal que discurre en una dirección precisa. Lo describen como un fenómeno universal por el que se pasa de una sociedad tradicional o premoderna a una sociedad industrial avanzada. La sociedad se transforma hasta que adquiere los tipos de tecnología y de organización social que caracterizan a las naciones industrializadas, económicamente prósperas y relativamente estables en lo político, del mundo occidental.

El funcionalismo y la teoría económica ortodoxa, que comparten un punto de vista estático, conciben la sociedad como una estructura en permanente equilibrio y, cuando lo pierde, tiene que recuperarlo o encontrar uno nuevo: a sus representantes les importa en esencia la estructura en equilibrio, no el cambio social. En efecto, la óptica estática implica la reducción de la realidad a los principios de equilibrio que soportan el modelo unívoco de la sociedad “moderna”, separándola de los procesos que han concurrido a su formación y de las relaciones contradictorias que dislocan sus equilibrios, desintegran sus estructuras y las movilizan hacia estados críticos o, eventualmente, abren la posibilidad objetiva de pasar a formas de organización superior: la necesidad de equilibrio y el “temor al vacío” absorben todos los elementos del modelo y lo purgan de los factores dinámicos y contradictorios que están presentes en la realidad. Este modelo, como, ciertamente, ocurre con todos los modelos, parte de ciertas ficciones, tales como la no existencia de cambio en la sociedad tradicional-rural (1) y la superposición en ella de situaciones muy distintas, como las sociedades tribales, las gentilicias, feudales, etc. No tiene, por tanto, nada de extraño que dicha teoría omita el hecho de que el capitalismo, en el curso de su desarrollo y expansión mundial, efectúa la hibridación de formaciones sociales aparentemente alógenas como uno de los mecanismos de incorporación de sus relaciones de producción en las sociedades económica y técnicamente retrasadas. Por otra parte, no explica las causas de las modificaciones o transformaciones que se darán en la sociedad urbana-industrial (presentada apologéticamente como “el orden social final” (2, así como las de las notorias divergencias que hay en las formaciones sociales que han tenido lugar en la etapa industrial. Otro de los aspectos más curiosos del modelo, que también ha explotado hábilmente la teoría del ‘fin de las ideologías’, es que la lucha, tanto de clases como ideológica, queda reducida al período transicional. Es inútil añadir que se entiende a los países subdesarrollados como sumergidos en ese período. Tienen, en resumen, una representación estática que da una imagen arquetípica del capitalismo demasiado distanciada de su evolución real.

Toda la “teoría” del desarrollo económico de los diversos autores matriculados en estas tesis consiste en una aplicación mecánica del modelo británico o norteamericano a los procesos en que están involucrados los países que han llegado tardíamente al capitalismo; de hecho, el desarrollo del mundo se reduce y se homologa a un esquema idealizado del proceso de industrialización producido en Gran Bretaña y los Estados Unidos. El empleo del referente de industrialización británico y europeo ha conducido a estas dos corrientes y al funcionalismo sociológico a plantearse el problema de si existen unas etapas por las que atraviesa una economía — desde las formas más simples de organización y producción hasta las complejas organizaciones productivas — hasta acceder al nivel de los países industrializados modernos. (3)

Dicho referente induce erróneamente a pensar que el paso al sistema industrial está precedido por varias primeras etapas de desarrollo económico linealmente alcanzadas: la primera de ellas se caracterizaría por el predominio de la agricultura; más tarde la economía se desarrollaría, al adquirir mayor importancia los sectores industriales y de servicios. Estos últimos (entre los que se incluyen la administración, la defensa, los transportes, el comercio de bienes, las finanzas, los seguros, la banca y todas aquellas actividades que no implican la fabricación de bienes) ya habrían existido en todas las sociedades civilizadas del pasado, pero ahora, es decir, con el tránsito al sistema industrial (o capitalismo), consiguen especializarse y diferenciarse en mucho mayor medida. Estamos hablando, por tanto, de una teoría del cambio social en tres etapas.

La primera etapa corresponde a la sociedad tradicional-rural, luego viene una etapa de transición y finalmente una etapa industrial-urbana. La primera etapa — o tradicional-rural — se supone que corresponde a una sociedad integrada, ordenada y sin cambio. En el periodo de transición se producen grandes transformaciones, lucha de clases, conflictos ideológicos, etc. En la etapa industrial-urbana, que se supone es la etapa final, única y convergente, se reordena otra vez la sociedad mediante un nuevo sistema, más complejo, de división del trabajo, y con ello se instala un nuevo orden, aunque de índole distinta, como en el período de partida. (4)

Para ellos, en efecto, todas las sociedades, regiones y países del mundo seguirían el mismo camino y cubrirían gradualmente las mismas etapas. Los países que no se amoldan a ese modelo son calificados inmediatamente como naciones retrasadas respecto de los países que primero se han desarrollado. Estos países son agrupados bajo el nombre genérico de “países subdesarrollados”: la escasez o falta de capital habría causado en sus economías una depresión crónica, cuya solución residiría en una gran inversión de capital en ciertos sectores claves que, junto con la fuerza de trabajo ilimitada, podría producir lo que Walter W. Rostow denominó el “despegue”.

Sin embargo, a medida que la investigación socio-histórica marxiana ha profundizado en las condiciones de formación de la sociedad industrial y en las líneas concretas tomadas por la transición del feudalismo al capitalismo, se ha evidenciado que el crecimiento equilibrado supuesto como arquetípico en los países avanzados sólo existía en la imaginación de los creadores del modelo. El modelo ha sido concebido, en efecto, para que el capitalismo disponga de una base de sustentación autosuficiente circunscrita a la economía de las naciones industrialmente avanzadas y para que su evolución sea considerada sólo en relación con ellas. El sistema como tal supliría por sí mismo sus necesidades y funciones y, de hecho, al acceder a cierto estadio de desarrollo, en el que presuntamente conseguiría depurar a la organización social y económica de los vestigios de la sociedad tradicional, habría introducido todos los contrapesos capaces de compensar y contrarrestar sus disfunciones y conflictos y, por lo tanto, de preservar indefinidamente un estado de armonía entre sus diversos elementos (aún admitiendo la posibilidad y eventualidad de perturbaciones pasajeras). Las apreciaciones e hipótesis de base incluidas en el modelo, que se representan el capitalismo como un sistema que se desarrolla desde un núcleo generador idéntico y prosigue un avance homogéneo hasta alcanzar unas formas iguales en todos los países — formas a las que se asocia la consecución del equilibrio — son rotundamente falsas y ocultan las desigualdades y desequilibrios ocasionados tanto por la estructura material conflictiva y de clase que le es inherente (cuya negación es, precisamente, una de las condiciones basilares del modelo) como por la necesaria diferenciación de los lugares, rangos, funciones y características de las economías nacionales y regionales dentro del circuito capitalista mundial. En general, puede decirse que una teoría que ignore u omita — sin que cuente mucho si lo hace de modo inconsciente o deliberado (5) — condiciones determinantes o sectores y fenómenos relevantes de la realidad no es digna de llevar el nombre de ‘científica’. Juzgamos que una teoría sólo puede considerarse tal cuando muestre tanto las raíces de esta diferenciación cuanto las conexiones funcionales celebradas entre sus partes. La economía mundial es, ciertamente, un sistema unitario de producción-reproducción y no una simple yuxtaposición de economías nacionales susceptibles de desarrollarse independientemente.

Según lo observamos en otras publicaciones (6), el capitalismo engendra de modo continuo y en grado cada vez mayor no sólo a una masa desapropiada de medios de producción — el proletariado — no sólo crea la anarquía de la producción, el desarrollo desproporcionado de los distintos sectores económicos y las crisis generales dentro de cada economía nacional — y también, cada vez más, en el plano mundial, a medida que la economía se interrelaciona y se hace más interdependiente — sino regiones perpetuamente empobrecidas y superexplotadas de las que extrae más valor del que arroja dentro. Tales regiones están adscritas estructuralmente a los circuitos metropolitanos de reproducción del capital y, por la misma razón, están condenadas a vivir a perpetuidad bajo un estado de atraso y subordinación al capital imperialista que busca en ellas una fuente de redituabilidad más alta y compensaciones a la caída de su tasa de ganancia (ocasionadas por la sobreacumulación del capital cada vez más centralizado y el aumento de la composición orgánica). El capitalismo nunca hubiese podido existir por mucho tiempo como una economía nacional cerrada, sólo existe y se desarrolla fundamentalmente por el entrelazamiento de las diversas economías locales en una sola economía global, cada una de cuyas partes tiene funciones precisas y diferenciadas en la reproducción del capital. La composición de dichos circuitos puede variar — y, de hecho, ha variado significativamente con arreglo a los ciclos sufridos por el capital metropolitano, a los procesos de cambio e industrialización experimentados por las naciones menos progresivas y las alternaciones de poder en el sistema imperialista mundial — pero jamás cambian de naturaleza.

La clave del capitalismo es la unificación de la historia de la humanidad y la configuración de un sistema de relaciones de producción único que explica el desarrollo contradictorio de la economía mundial. En efecto, tal como lo prueba la investigación empírica, el principio en que descansaba el modelo era válido para GB, pero no lo ha sido para los demás países capitalistas modernos ni siquiera para algunos de los que hoy se ubican en el centro del sistema económico mundial. Al partir de un sistema industrial y comercial mundial ya desarrollado, los referentes y condiciones del desarrollo capitalista tardío se alteraron, no respondían ya al esquema etapista del progreso técnico y económico, sino a otra lógica, la que imponía el desenvolvimiento de la acumulación de capital dentro de los circuitos internacionales de reproducción comandados y dinamizados desde las metrópolis. El hecho de que al analizar los procesos de desarrollo de los países industrializados se verifique la coincidencia puramente formal de que éstos también fueron en algún momento ‘subdesarrollados’, parecería confirmar la pertinencia del modelo ortodoxo. Muy pocos, en efecto, han escapado a la ilusión del progreso; la gran mayoría de los teóricos y analistas del desarrollo capitalista se han dejado tentar por la creencia de que la exposición histórica de las condiciones que hicieron posible el paso a la “modernidad” en las primeras metrópolis es también una exposición de las condiciones que, aún en nuestros días (en los días del imperialismo), consienten homogéneamente el ingreso a una sociedad del conocimiento y del progreso tecnológico a los recién llegados a la tierra de promisión del capitalismo. Nada hay más falso, como lo atestigua el cuadro trazado anteriormente por otras intervenciones y lo corroborará más tarde el desarrollo del análisis.

Como lo aclarará nuestra exposición, la marcha del capitalismo es contradictoria y hace que la consideración aislada de las propias nociones de “subdesarrollo” y de “progreso”, propia del pensamiento abstracto-formal que no admite la posibilidad de reproducir intelectualmente lo concreto real y se limita entonces a la mera elaboración de representaciones que sólo captan las conexiones externas y reflexivas de la materia, sea epistemológicamente improcedente e históricamente irrelevante. Epistemológicamente (es decir, desde el prisma de la estructura lógica y conceptual que trata de captar y reproducir la estructura de lo real), porque se trata tan sólo de dos facetas inseparables del desarrollo capitalista mundial unificado, continuamente reproducidas por este modo de producción a escala ampliada y en cuyo seno cada una de las economías locales, nacionales y regionales ha encontrado un lugar y una función determinados por su relación con el todo. Porque tienen, a lo sumo, una validez descriptiva, pero resultan incapaces de explicar cabalmente la condición de los países de la periferia y las modalidades de evolución de las sociedades dentro del capitalismo contemporáneo (en realidad, el “subdesarrollo” es a la vez una condición y una consecuencia necesaria del desarrollo capitalista). Históricamente, porque no hay sociedades más o menos desarrolladas (o mejores) que otras sino distintos tipos de sociedades fundamentadas en modos de producción diversos. Lo que distingue a unas sociedades de otras son los distintos modos de producir y satisfacer sus necesidades: toda organización y asignación del tiempo de trabajo por la sociedad implica al mismo tiempo una manera específica de pergeñar, distribuir y cumplir las múltiples funciones sociales que tienen cabida en su interior.

Todas las ideas de ‘evolución’ y ‘progreso’ parten invariablemente de un desconocimiento de la especificidad de cada sociedad. A todas ellas subyace la noción de que las sociedades marchan impasible e indefectiblemente desde unas formas de organización y de tecnología más simples e inferiores a unas más altas y complejas, es decir, de que realizan una evolución marcada por un telos que viene predeterminado desde el comienzo. Influenciada irresistiblemente por factores naturales análogos a los motivos de especificación genética en los seres vivos, la evolución de los fenómenos sociales estaría completamente determinada por las condiciones iniciales. De ello se sigue esta otra idea: la de que la última forma social conocida puede tomar verosímilmente sus propios patrones internos de desarrollo comos pautas y parámetros válidos para medir el “progreso” de otras sociedades y épocas. Presumiendo poseer la clave para descifrar el meollo de la historia y de la sociedad, historiadores, sociólogos y economistas han corrido a aplicarlos extemporánea e indiferentemente a modos de producción y períodos históricos que diferían esencialmente de las sociedades de las que partían por sus estructuras, relaciones e instituciones y donde, por tanto, los fenómenos, hechos y formas sociales que examinaban tenían funciones y fines — – y, en consecuencia, significados — distintos. En realidad, tales pautas y parámetros no son comunes, las sociedades que se comparan no tienen una misma unidad, sus estructuras, necesidades y problemas no se corresponden absolutamente entre sí y, por lo tanto, cualquier procedimiento que intente reducirlas a un término unívoco resulta irracional y arbitrario. Sólo hay un punto de vista desde el cual el concepto de ‘progreso’ puede ser racional: el de la relación que media entre el presente — y la actualidad de nuestro mundo — y el futuro, cuando éste se refiere a las satisfacciones, facultades y posibilidades que pueden — y, a juicio de nuestros contemporáneos, deben — desarrollarse para potenciar al máximo el ser y la libertad de cada hombre. En efecto, los avances logrados en la época actual, los mayores conocimientos de que dispone este siglo y las conquistas realizadas poco o nada importan a nuestros antepasados (y a los problemas, necesidades y circunstancias que ellos vivieron), sólo cobran sentido en relación con nuestro futuro, con la resolución patente de nuestros problemas. Los temas del desarrollo y del progreso solamente tienen sentido para los hombres y mujeres de una sociedad concreta, pero no lo tienen en general para toda la humanidad ni en todas las épocas. ¿Qué sentido tiene el planteamiento de la presunta ‘superioridad’ del desarrollo de las fuerzas productivas y los medios técnicos de la época capitalista en relación con las sociedades precedentes? La respuesta es: sencillamente ninguno. Para el siervo o el noble medieval, para el egipcio antiguo, el esclavo romano, el mandarín de la dinastía Ming, el campesino mesopotámico o el soldado de la caballería de Gengis Kan — cuyos problemas y horizontes pertenecían a sociedades con relaciones, instituciones, necesidades e intereses completamente distintos — tal comparación resulta absolutamente fútil y desprovista de sentido. Estas cosas sólo pueden resultar de importancia e interés para nosotros, hombres y mujeres de la época actual. Pero el capitalismo es egocéntrico y quiere ufanarse de su poderío y de su fuerza incluso con los muertos.

Por eso cada vez que hemos intentado explicar el estado de relativo retraso — o el avance — del llamado Tercer Mundo, en la medida que también son categorías y modalidades del desarrollo capitalista, hemos debido considerar las peculiares formaciones económico-sociales de los países que lo conforman al interior de la totalidad del capitalismo mundial. El recorrido realizado por estos países parece seguir cauces “anormales” sólo en virtud de la preponderancia de un enfoque etnográfico y etnocentrista que ha tomado el curso evolutivo del capitalismo europeo — y, particularmente, del inglés — como el modelo per se del desarrollo capitalista. Pero la realidad burguesa es histórica y se resiste a ser reducida a momentos específicos de su desarrollo, por importantes que éstos sean para la evolución ulterior. Si incluimos la historia veremos que el desarrollo del capitalismo tardío ocurre en un contexto en el que el capital ha llegado ya a su fase imperialista; en un contexto en el que cada formación social, con sus relaciones y características singulares, está determinada en todos sus aspectos — políticos, económicos, sociales — por el circuito económico configurado por el capitalismo imperialista. En este sentido, el capitalismo sólo existe y es comprensible como totalidad y, en consecuencia, la tesis enunciada por Rosa Luxemburg y sostenida por o­norato Damen y otros a comienzos del siglo XX acerca de que los ‘Estados nacionales’ que se han formado luego del ascenso imperialista son incapaces de vida, halla una confirmación cabal.

Pero también conviene subrayar que el capitalismo que conocemos hoy es el resultado de su propia evolución histórica. Es, sin duda, un sistema económico-social que ha unificado el mundo como totalidad, pero, al mismo tiempo, es un organismo vivo cambiante y en desarrollo, capaz de moldearse flexiblemente según los accidentes del terreno, la atmósfera, el ambiente y la cultura en que debe implantarse, que toma sus formas de las circunstancias históricas (luchas, costumbres, idiosincrasias, procesos, condiciones y conflictos) en que este mismo desarrollo tiene lugar. Es más, los agentes de que se sirve y las circunstancias en que se apoya varían significativamente de una latitud a otra. No hay cabida, por tanto, para la noción de “capitalismo deformado” — de uso tan corriente entre sociólogos, economistas e historiadores — y aplicada ritualmente al análisis de formaciones sociales en las que no se cumplen con exactitud mecánica las mismas condiciones de génesis y desarrollo conocidas por las economías centrales, noción a la que, por lo demás, subyace la creencia sin fundamento de que el capitalismo tiene unas formas y sigue unas vías invariables. El ‘capitalismo’ es, ciertamente, un término unívoco que conviene a todas las formaciones sociales singulares dotadas de una estructura productiva caracterizada por la generalización de la producción mercantil, el trabajo asalariado, la concentración de los medios de producción y la producción de plusvalía, pero no obedece — ni cumple — en su evolución y desarrollo una predeterminación genética presente en dicha estructura, tendiendo inexorablemente a una meta o amoldándose a unas formas y vías de desarrollo precisas. Cuando declaramos haber encontrado tanto en los casos de avance tecno-económico, cuanto en los de “subdesarrollo”, la acción de las mismas leyes y fuerzas, nos referimos al carácter intrínsecamente contradictorio e incluso paradójico de esas leyes en cuanto son las responsables de la unidad e interdependencia del atraso y del progreso en el desarrollo del sistema capitalista como totalidad.

Si bien la sociología y la historiografía eurocentrista ubica los orígenes de la contemporaneidad en el ciclo revolucionario iniciado en 1789 (Revolución Francesa), enmarcándola más adelante en los cambios estructurales asociados a la disolución del Antiguo Régimen, entre el comienzo de la modernidad y el mundo contemporáneo, presuntamente emergido en esa época, se verifica la unidad de la génesis y desarrollo del capitalismo y de su Estado de derecho. En efecto, a partir del iluminismo settecentesco tiene lugar una nueva suerte de racismo y colonialismo al que se liga la imposición de los esquemas institucionales y culturales de Occidente como paradigmas universales de la “humanidad progresista”. Al igual que el catolicismo propugnara en el medioevo el sueño de una cristiandad europea hegemónica, el pensamiento iluminista acepta la designación de un ‘pueblo elegido’ en la historia, buena plataforma, como lo ha advertido Amadeo Bórdiga:

de una nueva suerte de racismo y nacionalismo [que] no se puede introducir sobre bases distintas de aquellas sobre las que se apoyaron las construcciones mítico-filosófico-científicas tradicionales y conformistas, encerradas todas dentro del confín de la cultura burguesa. La guía es tomada por el pueblo que por primera vez ha descubierto en sí la “fuente inmanente” de la moral social y de la civilización. Erigiéndola en “cultura nacional” ha tomado la facultad de ordenarse armónicamente a sí mismo sobre la base de leyes naturales y la de irradiar sobre los pueblos retardatarios estas “conquistas” iluminadoras.

Aun cuando los criterios de periodización y distinción empleados para delimitar cada una de las épocas o fases de la evolución social y cultural son vinculados por las diferentes historiografías nacionales a su propia singularidad histórica, el aspecto determinante del mundo desde la modernidad en adelante es la unificación de la historia mundial a partir de unos mecanismos de mercado y producción de valor cuya universalidad (7) consentía y reclamaba integrar a los pueblos, etnias, categorías económico-sociales y culturas más disímiles de la Tierra, volviéndolos cada vez más interdependientes y entrelazándolos en un solo sistema de reproducción económica global. A partir del siglo XV y, particularmente, del descubrimiento de América, se registra un proceso de creciente internacionalización de todos los ámbitos de la sociedad y la vida humana, hasta desembocar en la actual mundialización. No es, por tanto, extraño que hoy coexistan una multiplicidad de formas sociales y variedades culturales precapitalistas relativas a las sociedades pre-industriales y tradicionales con las formas propiamente modernas del capitalismo recién introducido por el proceso expansivo y hegemónico de las metrópolis.

Aunque la unificación del mundo coincide — y es soportada — por la universalización del modo de producción capitalista, las formaciones sociales que nacen y se desarrollan a partir de su expansión no siguen un patrón uniforme ni repiten un modelo previo de economía y de sociedad. Nada como la contemporaneidad, en la que han llegado a convivir formaciones económico-sociales y culturales tan diversas, demuestra la no linealidad del tiempo histórico, regla que es tan válida para el presente como para el pasado. Ahora bien, no obstante afirmarse y expandirse a través de un mestizaje e hibridación social, económico y cultural, que lo hace servirse insensiblemente de las fuerzas y categorías locales para potenciar al máximo posible sus formas universales, el capital va desplazando de modo paulatino pero seguro las formas y variedades sociales tradicionales, con las que se encuentra inevitablemente en un comienzo, a medida que las fuerzas económicas provenientes de sus ciudadelas avanzadas y los elementos burgueses que brotan de los implantes capitalistas “nacionales” introducen y consolidan las suyas, sin que, empero, desaparezcan — y, más bien, se intensifiquen — los desequilibrios y peculiaridades técnicas, financieras, sociales, económicas y políticas que las separan (en cuanto periferia) de las metrópolis imperialistas.

La transición del mundo localizado apegado a sus formas vernáculas a una Era social dinámica, cosmopolita y universalista se asocia, pues, a dos procesos fundamentales: la aparición de la sociedad capitalista, cuyos gérmenes iniciales y primeros síntomas se forjaron sobre todo en los Países Bajos, la Liga Hanseática e Italia, y adquiriría un carácter triunfante en Gran Bretaña con la primera Revolución Industrial; y las revoluciones burguesas, que irán impulsando, en lo económico, la evolución hacia una estratificación social de clase y ya no estamental y, en lo político, la validación de fórmulas de organización del poder diferentes de las del Antiguo Régimen. Para entender la discontinuidad y desigualdad que desde entonces caracterizarían el desarrollo económico, técnico y estatal al propagarse por todo el mundo los principios de la burguesía, resulta procedente una distinción y diferenciación por periodos y fases de desarrollo no tanto en virtud de las particulares sociedades y economías nacionales, sino de las modalidades que reviste en cada uno de tales períodos la estructura del mundo como globalidad, condición de la que es responsable, ante todo, el capitalismo.

Pero incluso la inserción de las sociedades periféricas a la corriente mundial del capitalismo (y, en general, la de aquellas en las que la formación de la burguesía no se ajusta a los cánones clásicos de Occidente) tiende a darse — en el contexto de la internacionalización económica — de un modo completamente diverso al ocurrido en el centro y sin pasar por las mismas etapas. De hecho, la mayor parte de las sociedades periféricas o de capitalismo tardío jamás conocieron el movimiento revolucionario burgués que partiendo del Renacimiento, pasando por la Reforma Protestante, hasta arribar a la Ilustración y la Revolución francesa, derrocaron y destruyeron la sociedad y la cultura feudales y crearon desde abajo las condiciones culturales, psicológicas, sociales y políticas que permitirían la afirmación hegemónica del capitalismo. En tales latitudes la burguesía nació — y actuó ya desde el comienzo — como una clase contrarrevolucionaria asociada a los poderes tradicionales, a los monopolios locales estatalmente garantizados y al capital monopolista internacional y estuvo y permaneció, por tanto, directamente enfrentada a las clases subalternas, tanto a las que tenían un origen precapitalista cuanto a las que resultaban del propio desarrollo del capitalismo. Antes que alentar el movimiento y las aspiraciones sociales emancipatorias de estas últimas frente a las castas y estamentos dominantes precapitalistas, su alianza vital con los elementos latifundistas, burocráticos, clericales e imperialistas la forzaba a reprimirlos despiadadamente y a privarlos de toda forma de expresión autónoma. Esta burguesía tenía carácter epifito: carecía de toda tradición social y cultural que la arraigara profundamente a la vida de la sociedad, no provenía de un proceso autóctono o no tenía un origen social independiente y casi siempre aparecía desprovista de una formación ideológica y política desarrollada en la lucha conjunta de las viejas clases subalternas contra las estructuras de poder y dominación propias de las formaciones precedentes que le hubiese conquistado un reconocimiento amplio como clase dirigente de la nación. Era, pues, una clase sin hegemonía ideológica, sin raigambre social, ajena a las costumbres y los intereses de la mayoría de la población, cuya vida y actividad no se habían entrelazado aún a la urdimbre y el proceso vital de la sociedad, cuyas realizaciones, formas de pensar y de sentir no se habían comunicado todavía al sentido común y, por lo tanto, era y debía ser, en la búsqueda de su propio destino y ser históricos, la enemiga acérrima no sólo de todo movimiento revolucionario, sino de cualquier manifestación independiente de vida en la sociedad. Frecuentemente, esta burguesía era el producto artificioso de cálculos y especulaciones financieras concebidas en las metrópolis, de movimientos comerciales y bancarios ligados a los grupos dominantes tradicionales interesados en hacer fortuna o en incrementar sus caudales mediante el fomento de monopolios y empresas locales celosamente protegidas por las autoridades gubernamentales. Su extrema fragilidad hacía que, contrariamente a lo sucedido en Europa, el ascendente capitalismo periférico se valiera oportunistamente de muchas de las categorías y formas sociales existentes hasta entonces y que sus agentes “nacionales” se ligaran directamente a intereses e ideologías de clases dominantes no capitalistas. El carácter epifito e incipiente de su propia formación los obligaba a apoyarse en fuerzas preburguesas y a acudir con frecuencia a viejos mitos y sentimientos “nacionales” (raciales y étnicos) con raíces extrañas a su propia formación histórica. Nacida en un ambiente en el que debía convivir con los elementos y estructuras del pasado, la burguesía de la periferia capitalista no podía confiarse tan sólo a sus propias fuerzas en su esfuerzo esencial por consolidar sus posiciones e intereses en la sociedad y en la esfera política del dominio. Quizá por ello — y más a menudo de lo que probablemente deseaba — estaba compelida a adoptar las corrientes culturales del pasado que podían rendirle un servicio tangible en la contención ideológica y política del emergente proletariado (sin poder desechar por completo las que le eran adversas), consagrándose, en fin de cuentas, menos a la crítica y demolición del pasado que a asimilárselo sin más.

En todos los casos, con más o menos conflictos o adiciones de la cultura occidental, las corrientes empeñadas en su promoción se concentraron en integrar cada una de las partes de la sociedad a las nuevas estructuras más que en cambiar el pasado; y, al final, consiguieron que la sociedad se adaptara, aunque no siempre de modo pasivo, a su nuevo destino, buscando, ante todo y principalmente, el acceso a una organización industrial relativamente eficaz, a un sistema de ciencia y tecnología y a unas instituciones políticas apropiadas a las circunstancias de un universo social que progresivamente sería modificado por el urbanismo, el comercialismo a ultranza, el trabajo asalariado, la masificación y la creciente mecanización del trabajo y de las diversas esferas de la actividad social. Todo se hizo fundamentalmente desde arriba, a menudo, aunque no siempre, sin atravesar por una fase previa de luchas y transformaciones culturales y políticas profundas (salvo las libradas entre las elites, en las que el populacho, en el mejor de los casos, se limitó a servir de carne de cañón de uno de los bandos en confrontación), sin movilizar a la sociedad como un todo (con unas pocas excepciones) y sin contar con los movimientos sociales, los consensos, la participación, la comprensión y la organización de las masas para lograr los cambios que se proponía efectuar. En suma, tales sociedades siguieron un proceso ciego que las transportó de golpe y porrazo desde el orden latifundista tradicional al capitalismo.

Una de las causas de ello radica quizá en que muchas de estas sociedades disponían de sistemas de clase y estructuras políticas altamente centralizados — similares a los que gobernaron a Europa bajo las monarquías absolutistas hace más de tres siglos o a Prusia bajo Bismarck — desde los cuales se podía organizar despóticamente el paso al capitalismo industrial, obviando todas las transiciones y etapas previas que tuvieron que afrontar las sociedades de capitalismo clásico. Esto no quiere decir que tales sociedades se hayan mantenido inmóviles o sean menos capitalistas que las metropolitanas; por el contrario, la ausencia de maduros movimientos de oposición social ha hecho conspicua su facilidad y carencia de escrúpulos para incorporar los peores rasgos socioeconómicos burgueses (incluso aquellos que han encontrado mayor resistencia en Occidente debido, justamente, a la presencia de una clase obrera mucho más consciente de sus intereses y más poderosa que la existente en el resto del mundo) mezclándolos con algunas de las formas de dominación y explotación que los ideólogos del capitalismo estimaban como pertenecientes a un “pasado” felizmente superado, lo cual, además de brindarles una notable capacidad de avance en términos capitalistas, les ha permitido realizar sin impedimentos diferentes tipos de experimentos sociales de explotación y dominio comparables tan sólo a los que las metrópolis instituyeron en algunos países de ultramar en tiempos de la administración colonial (como mecanismo de acumulación originaria) o a los que fueron impuestos tanto por los regimenes fascistas y nazistas como por la democracia norteamericana en los períodos de crisis económicas y de cruenta contienda internacional.

Entre las razones del cambio vertiginoso y de la citada capacidad de ascenso de los países de capitalismo tardío se destaca la de que el punto de partida de su desarrollo ha sido constituido precisamente por los resultados de tres o cuatro siglos de evolución y revolución en Occidente. Es, por tanto, claro que este desarrollo ha sido posible solamente gracias al impulso comunicado desde fuera por las metrópolis y a las imposiciones de sus clases dominantes, las cuales se transfiguraron en burguesas y propietarias del capital monopolista sin sufrir los dolores de la metamorfosis, conservando ciertas formas sociales y tradiciones mentales y culturales a través de las cuales una cultura folklórica precapitalista se injertaba en la psicología y la conducta de las generaciones que debieron operar en los más sofisticados ingenios tecnológicos del capitalismo avanzado. A consecuencia de ello, es muy factible encontrar que en muchos países de la periferia (e incluso en naciones que presentan un alto avance tecno-industrial), los más importantes movimientos históricos responsables del paso a la modernidad y al capitalismo en los planos social, cultural y científico se desconozcan casi por completo o hayan tenido repercusión tan sólo entre las elites intelectuales esclarecidas y aún entre ellas no de modo homogéneo y positivo, sino en extremo irregular y disímil. Lo anterior explica por qué, en algunos países, ha llegado a ser usual encontrar que mientras los miembros de las clases dirigentes y los modernos sectores industriales y urbanos atraviesan durante su vida por una serie de experiencias análogas a las de cualquier habitante de las sociedades punteras de la civilización capitalista, un porcentaje notable de la población todavía vive y piensa como se vivía y pensaba hace más de 500 años. Es más, los rezagos culturales, ideológicos, sociales y políticos de las aparentemente vetustas estructuras sociales del pasado aún sobreviven vigorosamente entre los sectores modernos y los grupos dirigentes de esas sociedades. Y es menester añadir todavía otra cosa: esas mismas clases dirigentes utilizan esos rezagos para ejercer un dominio exclusivo y despótico que las dispensa de efectuar uno de los rituales más comunes en occidente: el de rendirle periódicamente cuentas a sus súbditos de los resultados de su dominación.

Pese a que la historia de la periferia del capitalismo reviste aspectos singulares que permiten hablar de ella como un cuerpo material real dotado de una entidad propia, las condiciones genéticas de sus formaciones sociales y su evolución ulterior se inscriben en el movimiento de una historia mundial unificada. Desde el siglo XV y, con mayor énfasis, a partir de la revolución política en Francia y la revolución industrial inglesa, la historia de cada uno de los diferentes pueblos y regiones ha ido enlazándose e interactuando de manera cada vez más estrecha hasta converger en una sola corriente. En el Nuevo y en el Novísimo continente (América y Oceanía), donde habrían de surgir poblaciones y etnias nuevas, fruto de síntesis y sincretismos culturales y socioeconómicos, la percepción de esta unidad es mucho más intensa que en las latitudes donde existen una antiquísima cultura y una formación étnica precedentes al capitalismo; en aspectos esenciales la historia de un buen número de naciones de la periferia no ha sido — y es — en efecto, más que una prolongación o simple apéndice de la historia Europea.

Por ser el territorio de la primera economía capitalista que tendía a la articulación de la producción y el intercambio mundial, Europa ha desempeñado en muchos respectos, por decirlo de alguna manera, el papel de ‘civilización-madre’ portadora de los paradigmas político-institucionales, económico-sociales y conceptuales del mundo moderno, seguidos, copiados y, a menudo, imitados de manera simiesca por sus contemporáneos de la periferia. Cuando menos esto es válido casi por completo para América y Oceanía, donde o no existía más que una cultura tribal primitiva (caso de Australia y Nueva Zelanda) o donde las civilizaciones precolombinas (caso de indoamérica) ya habían decaído o estaban desintegrándose y la conquista y la colonia pudieron presentar sin obstáculos ni resistencia seria la civilización de la metrópoli como el único modelo a seguir (aunque, dadas las relaciones establecidas en la economía mundial, dicho modelo fuera en muchos aspectos inaplicable).

En África y Asia las cosas habrían de discurrir de otro modo. Allí, los colonizadores permanecieron rígidamente segregados de las masas y de la organización social nativa y, por eso, jamás consiguieron imponer plenamente su cultura, su pensamiento, su cosmovisión, ni su particular idiosincrasia y sensibilidad. Torpe copia bastarda y caricatural de las instituciones de la metrópoli, el sistema colonial en África y Asia, con unas pocas excepciones, se limitó a superponerse a las formas, organizaciones, relaciones e instituciones locales sin alterarlas esencialmente. El fenómeno más indicativo de ello es que el sistema colonial tuvo como pilar fundamental enclaves territoriales y administrativos muy bien armados enderezado a desbrozarle el camino a la metrópoli y a sostener su empresa de conquista y expoliación comercial de los territorios y poblaciones subyugados. En verdad, nunca pasaron de ser otra cosa que odiosas fortalezas militares que debían moverse dificultosamente (y, sobre todo, a un muy alto costo) en medio de una población y un universo social y cultural que les eran extraños y, a menudo, violentamente hostiles.

Pero, a la postre, también en esas regiones el capitalismo, aunque con un corte “nacional” más aceptable a los ojos de la población indígena, terminaría abriéndose paso. Basándose en la vieja burguesía compradora de la que en el pasado el colonialismo se había servido para adelantar su obra y en los más eficaces métodos neocolonialistas practicados por el capitalismo internacional desde la segunda post-guerra — que integraba a los propietarios locales del excedente económico en el mercado mundial y en sus circuitos financieros e industriales sin imponerles un duro régimen de subyugación nacional y étnica (8) — las clases dirigentes de estos países emprendieron su propia búsqueda “original” del desarrollo dirigiéndola hacia el florecimiento de su potencial económico, científico, técnico, político y militar a través del acrecentamiento del capitalismo. De hecho, varios siglos de colonialismo y la necesidad de adaptar funcionalmente algunas de las formas económico-sociales vernáculas a sus propias necesidades de reproducción habían tejido previamente un sistema mercantil de relaciones sociales (creación del mercado interno), propiciando internamente la dependencia general del mercado y la acumulación originaria de capital, con lo que, después de la descolonización de los años 50’s, esas regiones, bajo lideratos nacionalistas y un formidable fomento estatal, no podían más que tomar indefectiblemente la senda del capitalismo como “única forma de supervivencia nacional”. La nueva orientación subrayaría el papel de la llamada ‘burguesía nacional’ y la necesidad de una política de protección arancelaria y de todo tipo de industrias en los países subdesarrollados. En realidad, tal ‘burguesía nacional’ no tenía lugar ya en un contexto imperialista; la clase dirigente en su totalidad, incluyendo el liderato nacionalista, habría de transfigurarse igualmente en una ‘burguesía consular’, compradora, meramente representante de los intereses de las empresas multinacionales de los países avanzados. (9)

América y Oceanía serán, en cambio, más dúctiles a los paradigmas imperiales. Bastará recordar que, desde sus propios fundamentos, la cultura y las formaciones sociales y políticas de tales continentes estuvieron constituidas de elementos agregados por la civilización europea, lo cual se enlaza ya de suyo con el hecho de que las diversas peculiaridades políticas y culturales nacionales y regionales aparecen mucho más efectivamente subordinadas a las metas y demandas del capital metropolitano.

El curso de este movimiento es, sin duda, asíncrono, en cuanto los procesos como tales y sus efectos no ocurren en completa correspondencia temporal con los procesos y las causas del desarrollo de las metrópolis. En lo político, es claro que la ideología racionalista y librepensadora de los independentistas americanos fue bebida directamente en las fuentes de la Ilustración francesa; es célebre la impronta ejercida por la filosofía de J.-J. Rousseau en la primera educación de Bolívar. (10)

La declaración de derechos humanos que sirvió de plataforma a los rebeldes americanos se inspiró en la expedida por los revolucionarios franceses en 1789. Las concepciones constitucionales debatidas tras la instauración de las primeras repúblicas americanas gravitaron todas alrededor de las tesis formuladas por “El Espíritu de las Leyes” de Montesquieu. En cuanto a la modernización económica y social, se tomó como modelo la revolución industrial inglesa. Como consecuencia de ello, el librecambismo fue adoptado como evangelio incuestionable por la burguesía comerciante local, subsidiaria de las casas matrices británicas. Las exigencias de la revolución industrial y política eran el fruto de la expansión capitalista de las metrópolis europeas y puede decirse que nada de lo que se hizo en estos dos campos fue conseguido en función de exigencias y capacidades locales, sino como parte del desenvolvimiento del capitalismo y, especialmente, de Inglaterra y Francia, las dos naciones que por entonces encabezaban el mercado mundial. Incluso fenómenos antropológicos y culturales como el mestizaje y la importación del negro (cuyas consecuencias fueron singulares síntesis raciales y sincretismos culturales) también tienen explicación en el mercado mundial y la primera división internacional del trabajo conocida por el capitalismo. El mismo apogeo del urbanismo y de la civilización en los siglos posteriores se conecta genéticamente con su inserción en el circuito internacional de negocios y de reproducción del capitalismo central. A estas corrientes fundamentales se mezclaron, naturalmente, las modalidades culturales e históricas típicas de cada región periférica (tradiciones, costumbres, disputas políticas, migraciones, guerras, etc.) y los condicionamientos naturales propios del lugar (características oro-hidrográficas y climáticas).

De cualquier modo, lo evidente es que el cambio de las estructuras, siempre lento y por debajo de la aceleración del tiempo histórico en determinadas coyunturas, se sitúa en un proceso de transición desde sociedades menos móviles e innovadoras (o directamente pétreas como las fundadas en sistemas de “castas”) a la sociedad capitalista, cuyas fuerzas internas movilizan a las sociedades a un estado de perpetua innovación de las ideas, las estructuras económico-sociales, la técnica, la ciencia, las costumbres, las instituciones con tal vigor y profundidad que, de hecho, tiende a borrar todo rastro del pasado con una rapidez quizá mucho mayor de la que suele aceptarse por las distintas teorías que pretenden definir el mundo actual.

Esa proyección del desarrollo contiene dos elementos esenciales: por un lado, delinea un curso completamente refractario a todo intento de trazar un itinerario de desarrollo nacional con su propio ritmo y peculiaridades (incluyendo el que podría desprenderse del modelo de evolución social etnocéntrico de la sociología funcionalista) y, por el otro, determina que la noción de contemporaneidad (cualquiera que ella sea), establecida apenas ayer, sea puesta en crisis incesantemente por el advenimiento de nuevos aspectos de la sociedad y la cultura — marcadas ahora, en efecto, por los que parecen ser un pathos y un ethos distintos — y por la convergencia cada vez más acentuada de las distintas “historias” locales en una sola historia mundial, es decir, la historia de un sistema económico que no tiene sexo, edad, etnia, cultura ni ideología precisa y que puede tomarlas y asimilarlas ecléctica y pragmáticamente para servir indistintamente sus fines.

Como ejemplo y referente analítico de este fenómeno sería útil llamar la atención sobre el hecho de que el capitalismo en distintos momentos y lugares ha vehiculado ideologías, comportamientos, valores e instituciones aparentemente contrastantes entre sí (e incluso en apariencia contradictorios con el discurso ortodoxo de la “libre” empresa y el mercado) con vistas a que la organización de las prácticas sociales (y la voluntad) de sus agentes y fuerzas humanos respondiera adecuadamente a las necesidades e intereses de los distintos capitales y burguesías en su lucha competitiva nacional y mundial. No obstante presentar un formato exteriormente opuesto, tales ideologías han cumplido siempre perfectamente el mismo objetivo y permitido que poblaciones moldeadas dentro de atmósferas e influencias culturales, sociales e históricas distintas se ajustaran a corto y más largo plazo a los esfuerzos y sacrificios humanos comportados por el desarrollo capitalista. Así, los sentimientos de renunciamiento a la propia persona y de disolución simbiótica del yo en una ‘entidad suprema y totalitaria’ — asociados en su origen a una sociedad feudal — cuya observancia suele ser el rasgo distintivo de la “cultura” laboral nipona y coreana, se han mostrado tan útiles para el “maduro” capitalismo de grandes corporaciones monopolistas, que reclamaba la subordinación de la individualidad y la adhesión absoluta de la persona a la disciplina corporativa y a los portadores jerárquicos de sus fines, como lo fueron en otro contexto los valores, sentimientos y mitos individualistas del protestantismo luterano y calvinista para el naciente capitalismo germánico y anglosajón (11), en una fase histórica en la que el avance del sistema de libre empresa requería el despliegue de un osado espíritu de autonomía, iniciativa, ingenio, creatividad, aventura, riesgo y capacidad inventiva.

Este último rasgo guarda relación con la tendencia hacia la universalización de la civilización capitalista construida primero en Occidente: su supremacía no es tanto la de una cultura sustantiva, sino la de un sistema económico mucho más dinámico y progresivo que todos los anteriores, que al dar lugar a una civilización material incomparablemente potente y a unas instituciones provistas de una adaptabilidad y capacidad de cambio extraordinarias, provoca, al mismo tiempo, la disolución de las categorías socioeconómicas alógenas y, por la misma razón, puede hacer una utilización mucho más eficiente de las particularidades culturales y del comportamiento de las latitudes en que se implanta en el sentido de unas formas económicas e institucionales y de unos objetivos sociales que aproximan cada vez más a las sociedades a una uniformidad total. No es la supuesta supremacía de la cultura occidental lo que, sobre todo, ha contado para el triunfo del capitalismo, sino, en realidad, la supremacía de la tecnología y del poder material acumulado por el capital frente a otros tipos de sociedades menos dinámicas o directamente inmóviles y la proyección de su modelo de sociedad como paradigma de modernización, lo cual lleva consigo necesariamente el desarrollo de relaciones desiguales y conflictivas con las distintas culturas y civilizaciones de los países periféricos, en los que sólo tardíamente se ha accedido a un desarrollo capitalista y esencialmente como fruto de la expansión de las zonas céntricas. En este contexto es más fácil explicar por qué la presencia de otras civilizaciones (la India, la China, la japonesa, la árabe), cuyas actitudes varían según el caso y los diferentes momentos históricos frente a la tendencia uniformizadora de Occidente y reivindicadoras de su propia identidad, así como los elementos de permanencia de la modernidad, conviven animosamente con las fuerzas y tendencias innovadoras que conducen sin pausa a una cambiante noción de contemporaneidad de la que son portadores los centros del capitalismo.

Pese a que, de cualquier modo, el desarrollo del capitalismo sigue siendo presentado como una lucha entre el “modernismo” y el tradicionalismo, según un mito ideológico que se filtra a la interpretación histórica desde tiempos de la Ilustración, en el marco de la investigación histórica no es posible demostrar que media una contradicción antagónica entre las formaciones sociales tradicionales (feudalismo, sistema tributario, esclavitud, sociedad de castas, etc.) y capitalismo o entre los intereses terratenientes y los de la burguesía. De hecho, en contraste con lo que ha sucedido en los países centrales — aunque no en su totalidad (y nos referimos aquí, principalmente, a Alemania y Japón) — estas dos clases han encontrado en casi todos los países atrasados un fuerte motivo de alianza o, cuando menos, de coexistencia, en torno a la renta de la tierra, la defensa de la propiedad privada y el interés conjunto en extorsionar la máxima cuota de plustrabajo de las clases subalternas (dicha alianza se celebra también a través del sistema financiero, las grandes plantaciones agroindustriales y el comercio). Es frecuente hallar alrededor del mundo que a través de formas y convenciones exteriormente feudales (e incluso esclavistas, como, en efecto, ocurre en las plantaciones del sur de Estados Unidos y en las Antillas durante los siglos XVIII y XIX) se desenvuelve, por cierto tiempo, un contenido capitalista. Tampoco hay nada que demuestre que este sistema económico-social deba reproducirse en los países más atrasados pasando por las mismas etapas que en los países centrales. Al mismo tiempo, se entiende que, desde el momento que los más recientes y atrasados países capitalistas — aún poseyendo sus propias peculiaridades históricas y niveles de desarrollo disímiles — no son un mundo independiente de las metrópolis sino parte del mismo sistema económico y que la situación particular de estos países debe ser estudiada en dependencia de los mecanismos internacionales de reproducción del capital, la tentativa de exponer una economía política propia del subdesarrollo está condenada al fracaso. Los destinos de todas las naciones están inextricablemente entretejidos; la situación mundial es la que finalmente determina el futuro de cada una y de todas las naciones.

Juan Amando
(1) Ya para Marx y Engels resultaba claro que la sociedad feudal no era en manera alguna un orden absolutamente cerrado y carente de fuerzas dinámicas a nivel social y técnico. Las corrientes culturales, tecnológicas y sociales progresivas que están en la base de la formación del capitalismo se originaron todas en las dinámicas del feudalismo. Sin embargo, este carácter dinámico — técnica y económicamente innovador — sólo se transparentaría a la “ciencia” académica burguesa — y aún de modo incompleto — decenas de años después de la muerte del último de los dos grandes maestros del proletariado. A partir de los trabajos precursores del francés Marc Bloch sobre el feudalismo y del alemán Gottl sobre la tecnología usada en el período anterior a la revolución industrial (en la antigüedad clásica y en la edad media) la investigación profesional de las sociedades precapitalistas cambiaría notablemente de aspecto. Luego, en todo el mundo, ha surgido un movimiento renovador que, sublevándose contra los prejuicios que sembró la Ilustración y trató de confirmar el estudioso belga Henri Pirenne en la década del 30 del siglo XX, ha continuado en la misma línea de investigación de Bloch. Entre ellos, los más destacados y discutidos han sido los franceses Pierre Villar y Georges Duby, los ingleses Maurice Dobb, Rodney Hilton y Perry Anderson y el ruso Kosminsky.

(2) Se excluye interesadamente, en efecto, la posibilidad de otro modo de producción y de otra forma de sociedad industrial.

(3) Hay incluso toda una vertiente de la economía especializada en el estudio del desarrollo que gravita, a nuestro juicio vanamente, alrededor de darle una respuesta a esta pregunta.

(4) AA. VV. Sociología. Colección “Grandes Temas”. Editorial Salvat. Barcelona. España. 1975. La teoría del cambio en tres etapas ha tenido diversas formulaciones. Entre los antropólogos ha sido frecuente adoptar el modelo del paso de la sociedad folk a la sociedad urbana, mientras que los politólogos, en particular los estudiosos de América Latina, se han fijado en el paso de una presunta “sociedad feudal” (que nunca existió en realidad, salvo en su imaginación) a lo que denominan una “sociedad democrática” de clases medias. El modelo más divulgado es el adoptado por los sociólogos: el paso de la sociedad rural a la sociedad urbana industrial, conocido como “modernización”.

(5) Corresponde a la epistemología explicar las causas o razones de esa “ignorancia” u omisión.

(6) Hacemos referencia en sustancia a la revista internacionalista Prometeo, publicada en Italia.

(7) Aludimos aquí concretamente a lo que en lenguaje marxista se denomina ‘carácter social del trabajo’.

(8)

Desde el fin del siglo XIX, el énfasis del sistema imperialista en la exportación de mercancías cedió su lugar al de la exportación de capitales. Así, el objetivo del imperialismo es mantener abierto el mundo a la expansión de capital de las principales potencias. Después de la segunda guerra mundial, esa situación de apertura dejó de compaginarse con la supervivencia del colonialismo. Aunque los individuos y las corporaciones siguieron enriqueciéndose enormemente todavía por mucho tiempo del colonialismo, desde un punto de vista general este sistema rendía cada vez menos; de manera que, en parte, el mismo principio de rentabilidad sugirió un nuevo enfoque del dominio imperial. El imperialismo por vía indirecta, denominado por algunos ‘neocolonialismo’, pareció mucho más promisorio que el colonialismo del siglo XIX. En vista de los movimientos nacional-revolucionarios, el control indirecto puede ser superior al control directo en la misma forma que el sistema de salarios demostró ser superior al sistema esclavista y la servidumbre. Así como el monopolio de los medios de producción es ampliamente suficiente, por sí mismo, para controlar a la clase trabajadora, así el control monopolista del destino de la economía mundial puede ser suficiente para determinar el comportamiento de las naciones sujetas a él. En cualquier caso, naturalmente, la fuerza político-militar está siempre pronta para asegurar la eficiencia de los métodos de control indirecto; y mientras estos últimos funcionan bien crean la ilusión de un consentimiento general.

Paul Mattick, Marx y Keynes. Págs. 264-265.
(9) Juzgamos muy a propósito recordar aquí la tesis central sobre la denominada ‘cuestión nacional’ formulada por Rosa Luxemburg a comienzos del siglo XX.

Mientras la ideología nacional ha acompañado los procesos de unificación burgueses, la liquidación de los restos feudales-absolutistas en el camino del desarrollo capitalista (unidad política y económica de los Estados), ello no sólo era objetivamente favorable al proletariado, sino que lo obligaba a una forma de lucha de clases en la que el objetivo del nuevo ordenamiento nacional debía jugar un papel decisivo. Esta situación se ha transformado radicalmente al sobrevenir la fase imperialista. El capitalismo ha alcanzado un estadio de su desarrollo en el que él ha devenido un fenómeno internacional, un todo no divisible, reconocible sólo en todas sus interrelaciones y a la que ningún Estado particular puede sustraerse.

(10) Rara avis en el concierto de la Ilustración, Rousseau se encontraba a medio camino entre la Ilustración, con su énfasis en la razón y los derechos del individuo, y el romanticismo, que propugnaba la experiencia subjetiva intensa frente al pensamiento racional.

http://www.leftcom.org

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