¿Hacia dónde ha evolucionado el socialismo en Chile?

Por: David G. Miranda
Fuente: http://www.critica.cl (10.12.10)

Hasta hace muy poco tiempo, Chile se encontraba gobernado por una coalición política denominada “Concertación de partidos por la democracia”, la cual se mantuvo 20 años en el poder, finalizando su etapa “hegemónica” en el poder bajo la administraciónl de Michelle Bachelet, sucesora a su vez del ex presidente Ricardo Lagos, ambos pertenecientes al Partido Socialista de Chile. Este hecho no es menor, si pensamos que el anterior presidente perteneciente a dicho partido, fue Salvador Allende, figura representativa de la izquierda marxista en Chile, y que cayó derrocado por la dictadura encabezada por Augusto Pinochet, en septiembre de 1973.

A partir de dicho momento, se inicia el llamado proceso de “renovación” de los postulados partidistas, en un giro ideológico importante, que determinará el cambio de rumbo del socialismo chileno, antiguamente influenciado por las corrientes marxistas provenientes de la URSS (y posteriormente de la revolución cubana), en un acercamiento a la socialdemocracia de la Europa occidental.

Luego de un proceso de reformulación ideológica, de inserción política a la vida pública del país en la recuperación de la democracia, el partido socialista accede nuevamente al poder el año 2000, asumiendo el desafío de “Crecer con igualdad”, (slogan de campaña de Ricardo Lagos), que lejos de cumplirse, terminó por acentuar las diferencias sociales, al aplicar un plan económico excesivamente liberal en uno de los países con peor distribución de ingreso tanto a nivel regional como mundial. Queda entonces manifiesta la contradicción entre los postulados de un partido tradicionalmente progresista en la búsqueda de una sociedad más igualitaria, que al reformular sus postulados, métodos y objetivos, se va alejando de su sentido original y de sus metas actuales.

Este escrito pretende entonces indagar en algunas de las aristas fundamentales de dicha problemática al interior del Partido Socialista de Chile desde una perspectiva histórica trascendental, en la búsqueda de una posible respuesta a la pregunta:

¿Hacia dónde ha evolucionado el socialismo en Chile?

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Contexto histórico

A partir de 1973, luego del Golpe de Estado, el socialismo chileno inicia un profundo proceso de transformación, más conocido como “renovación” o “socialismo renovado”. Me refiero más precisamente al Partido Socialista de Chile (PSCH), conglomerado que históricamente fue creando vínculos con diversas agrupaciones socialistas e izquierdistas del país, en la búsqueda de formar un frente amplio de apoyo popular, como fórmula para llegar al poder.

La influencia del marxismo tradicional, desde una óptica leninista, fue un factor en común de la izquierda chilena, desde 1933 (año de fundación del PSCH), que se vio reflejado en alianzas con el PC hasta 1973. Aún así, un factor continuo de la historia del PSCH, han sido las fuertes disputas internas de carácter ideológico, sobre conceptos como la vía armada o la vía democrática para acceder al poder, la idea de revolución, la lucha de clases, o la interpretación que se debía hacer del marxismo.

Precisamente esos conceptos fundamentales del “socialismo tradicional” fueron algunos de los principales puntos que se pusieron en crisis desde el inicio de la llamada “renovación”, que no casualmente se inicia luego de un golpe de estado, que fue el punto de partida de un proceso profundo de autocrítica por parte del PSCH, desde sus puntos de vista ideológicos sobre la revolución clásica (con una clara referencia bolchevique) y los mecanismos para alcanzarla, en relación a la importancia de la democracia como sistema no dogmático que garantizaría estabilidad y gobernabilidad al interior de una sociedad.

Evidentemente, dicho giro ideológico no estaría exento de controversias y disputas al interior de la colectividad, al punto de producirse en 1979 un cisma que dividió el partido en el llamado Partido Socialista “Almeyda” (liderado por Clodomiro Almeyda), de orientación marxista tradicional, y el Partido Socialista “Renovado” (representado por la dirigencia de Carlos Altamirano). Posteriormente, con el advenimiento de la democracia, en 1990, ambos sectores se re-unificaron en la búsqueda de una mayor fortaleza electoral.

La Renovación

El primer elemento significativo del proceso de renovación tiene relación con el reconocimiento de la democracia como elemento fundamental para la construcción de una sociedad. Dicho sistema político fue despreciado durante un largo período por sectores del socialismo chileno, claramente influenciados por las doctrinas leninistas de interpretación del marxismo, llegando a considerar la democracia como “un instrumento de poder de la burguesía, al interior de un sistema capitalista” [1], además de ser vista como un aspecto estrictamente “formal”, tanto así que en 1946, Víctor Haya de la Torre señala sobre los socialistas chilenos: “Ellos desprecian la democracia, porque no les ha costado nada adquirirla. Si sólo conocieran la verdadera cara de la tiranía” [2]. Indudablemente, el impacto de la dictadura militar en Chile, produce un replanteamiento teórico e ideológico en cuanto a la democracia como sistema, como una consecuencia directa de los atropellos a los derechos humanos, poniendo en el tapete el tema democracia v/s autoritarismo.

Según Carlos Altamirano [3], máximo dirigente del partido en esa época, el gran error del PS chileno fue no haber comprendido la especificidad de Chile en cuanto a su evolución política y social, al ser uno de los países con mayor tradición democrática en América Latina, con un fuerte sentido republicano, y un orden institucional que consideró desde sus inicios la sujeción del poder militar al poder civil. Altamirano señala además: “el socialismo chileno no se preocupó ni teorizó sobre la cuestión de la democracia”, acercándose más al socialismo proveniente de la Revolución Cubana. Desde esta perspectiva, el elemento autocrítico de los dirigentes del PSCH fue tal que, más que considerar la caída del gobierno de Allende como una “derrota” se habla abiertamente de “fracaso”, en cuanto no fueron capaces de mantener una estabilidad que garantizara la paz social, ni de aglutinar un apoyo popular que fuese definitorio. Dichos dirigentes, exiliados en el período de la dictadura recibieron la influencia del socialismo de países de Europa occidental, abandonando sus antiguas influencias soviéticas de corte leninista en plena “crisis del marxismo” al interior de Europa.

El contraste entre el socialismo de Europa Oriental y el de Europa Occidental, fue un factor que contribuyó al proceso de renovación, al verse dichos dirigentes inmersos en una realidad heterogénea en cuanto a los procesos políticos: el surgimiento del “eurocomunismo” en Italia, la crisis de los llamados “socialismos reales” (o clásicos) representada en Polonia entre 1979 y 1981, y el nacimiento de nuevos gobiernos socialistas en España, Portugal y Grecia, en una expresión de un socialismo “post autoritario” , fue un hecho que llamó poderosamente la atención de los socialistas chilenos en un proceso de reafirmación democrática. La renovación del socialismo chileno consideraría entonces a la democracia como un “valor en sí”, como “un ideal y como una experiencia, la mejor de nuestra historia nacional” (Grupo de convergencia socialista), como un “método indispensable de la transformación deliberada, colectiva y pública de nuestras sociedades” (Norbert Lechner), entre otras definiciones. Se configura entonces la democracia como “espacio y límite” para la acción política, rechazando toda forma de autoritarismo, adquiriendo una forma de hacer política, más tentativa, alejada de cualquier dogma o “verdad revelada”, postulando al socialismo más como proceso (o punto de partida) que como fin.

El núcleo más importante del socialismo chileno en el exilio, fue en Roma, donde se funda la revista “Chile-América”. Algunos de sus integrantes fueron Jorge Arrate, José Antonio Viera-Gallo y José Miguel Insulza, entre otros, quienes formaron alianza con el PCI y Berlinguer, acercándose además al pensamiento de Antonio Gramsci, de decisiva influencia en aquel momento, consolidando su alianza con los partidos socialistas y socialdemócratas europeos. Otro punto importante del proceso de renovación es el abandono del leninismo, por considerarlo incompatible con las prácticas democráticas, alejándose absolutamente del concepto soviético de la “dictadura del proletariado”.

Es importante señalar que la dirigencia socialista chilena considera que la socialdemocracia europea es una experiencia que no puede transplantarse mecánicamente a una realidad tan distinta y específica como la de América Latina en general, y la chilena en particular, pese a compartir el principio de perfeccionar la democracia liberal. Se eleva entonces la tesis de la “tercera vía”, una opción distinta a la comunista y a la socialdemócrata, considerando especificidades del socialismo chileno.

El concepto de revolución se verá transformado por el proceso de renovación al interior del socialismo chileno, ya que si bien no se abandona por completo, se considera como generador de tensiones respecto del sistema democrático, adoptando de forma más asentada el concepto de “reforma” o “transformación” , rechazando la clásica concepción bolchevique de revolución como método de conquista del poder. En palabras de Lechner: “los desafíos de la democratización parecen haber superado los desafíos de la revolución”. Según José Joaquín Brunner, “la democracia es un sistema sujeto a incertidumbres, no tolera conquistas irreversibles” (aludiendo al concepto de revolución), y recalca: “sólo cabe hablar entonces de un socialismo post-revolucionario”. Pese a los dichos de Brunner, el concepto de revolución está muy arraigado en el socialismo chileno ligado a las bases, ante lo cual un alejamiento total del concepto no será algo simple, Ricardo Nuñez apela a la revolución como un “proceso en continuo desarrollo, en que las capas más desposeídas tienen que ir siendo capaces de ganar el conjunto de la sociedad: ser por lo tanto, mayoría efectiva y real para ir logrando las transformaciones más profundas”. Por otro lado, Jorge Arrate se resiste a abandonar el concepto de revolución señalando: “el socialismo es revolucionario por los fines que persigue, y estos fines no son otros que la transformación de la vida social”.

Sin duda, un elemento central del socialismo tradicional es el marxismo; la pregunta necesaria ante el proceso de renovación es:

¿Qué ocurre entonces con la doctrina de Marx?

Según la declaración de principios de 1933, el socialismo chileno adhiere a un marxismo “corregido y enriquecido por el avance científico y el devenir social”; noción sustituida en la década de los setenta por un marxismo-leninismo más estricto. Con el proceso de renovación queda al menos preguntarse que ocurre con la noción no dogmática del marxismo. La idea de renovación nace precisamente de la “crisis del marxismo”, la crítica fundamental apunta a una visión reduccionista de lo social y lo económico dadas las complejidades de la sociedad contemporánea, descuidado lo relativo a las “formas políticas”, como la democracia. Según Tomás Moulian (1982b), en la teoría misma del marxismo, “hay un núcleo dogmático. La dictadura como régimen político es una derivación lógica de ésta teoría más que su distorsión” y añade “el marxismo como saber absoluto y el partido como administrador de ese saber contendrían claramente un elemento antidemocrático que haría imposible el pluralismo político”. Pero así como ocurre con el concepto de revolución, existen opiniones encontradas al respecto, Brunner señala “el marxismo es un ingrediente de la cultura socialista”, y muestra la necesidad de adoptar un marxismo “crítico, en permanente búsqueda y creación, abierto al aporte de otras vertientes teóricas y culturales, contrario a toda manipulación dogmática y a todo congelamiento de su esencial contenido revolucionario”.

Si bien no se abandona totalmente la ideología marxista, ya no se le considera como central en el socialismo chileno actual, hay un intento por desacralizarlo como dogma, rompiendo su codificación tradicional y apelando a las pretensiones científicas del marxismo, admitiendo nuevas realidades que se contrapongan a los planteamientos originales. El socialismo se abre a nuevas perspectivas ideológicas, algo señalado ya en 1983: “no es necesario ser marxista para ser socialista” [4]

La renovación socialista busca entonces una síntesis entre socialismo y democracia (con énfasis en la democracia), socialismo definido por Arrate como “orden social de la justa diferencia”, en su discurso a la vuelta de su exilio, dando señales de una de las aspiraciones políticas centrales de la renovación del socialismo: reformar, o perfeccionar la democracia liberal, descartando la tesis de las dos fases: una de revolución democrática burguesa y otra de revolución socialista. Así, en un documento publicado en Chile-América [5] se señala: “Nuestro norte en concreto: edificar el socialismo en Chile, contribuyendo a generar una sociedad donde la democracia se profundice y amplíe día a día, dando lugar al ejercicio más pleno y efectivo de la soberanía popular” . Otro documento señala [6]: “el socialismo recoge las conquistas políticas de la burguesía para darles plenitud de sentido humano”.

El retorno a la democracia y los gobiernos socialistas
En 1990, luego de la vuelta a la democracia por la vía electoral, el Partido Socialista vuelve a la legalidad, con aires “renovados” y nuevas aspiraciones y objetivos. Luego del plebiscito de 1988, donde la soberanía popular decide el fin de la dictadura, en 1989 sería la elección presidencial que definiría al presidente del llamado “gobierno de transición” a la democracia. Se forma entonces la Concertación de Partidos por la Democracia, coalición formada por los partidos progresistas tradicionales del espectro político chileno, con excepción del Partido Comunista. Estos serían, la Democracia Cristiana, el Partido Socialista, el Partido Radical y un nuevo partido “instrumental” creado precisamente por la dirigencia socialista: El Partido por la Democracia (PPD). La sola creación de dicha colectividad, pone de manifiesto las nuevas intenciones del socialismo chileno, que bajo una nueva “imagen pública” formaría una alianza con un partido sin historia, pero con altas pretensiones políticas. De hecho, muchos de los integrantes del PPD, mantuvieron por largo tiempo una “doble militancia” PS-PPD, hasta 1999; posterior a eso, dicha militancia fue exclusiva de Ricardo Lagos, como líder político del sector.

El Partido Socialista de Chile retornaría al poder precisamente al mando de Ricardo Lagos, a partir del año 2000, manteniendo su alianza con la Concertación, y precedido por dos gobiernos demócrata cristianos, el de Patricio Aylwin (1990-93) y el de Eduardo Frei Ruiz Tagle (1994-1999). Dichos gobiernos se encargaron de profundizar la apertura económica del país, generando alianzas con los mercados más importantes del mundo, con la idea de mantener un crecimiento económico sostenido del orden del 5% al 7%. Durante diez años no se hicieron transformaciones profundas en cuanto a la estructura del estado ni en cuanto a la estructura de la economía, por lo que los niveles de cesantía se mantuvieron cercanos al 7% y los niveles de desigualdad no variaron mayormente. Pese a esto, las “cifras azules” del crecimiento económico muestran el alto nivel de acumulación por parte del 10% más rico de la población.

Al llegar el año 1999, tras casi una década de “transición democrática” (calificada como “eterna” por Marcel Claude), llega la oportunidad para el Partido Socialista de subir nuevamente al poder. Ricardo Lagos, con el lema “Crecer con Igualdad” asoma como la gran esperanza para un pueblo azotado por una de los peores índices de distribución de ingresos de la región, y nada menos que la nº 12 en el mundo [7], superado sólo por países como Namibia, Botswana, Sierra Leona, Swazilandia, Brasil, Nicaragua y Paraguay, entre otros. La tesis de “perfeccionamiento de la democracia liberal” tenía una oportunidad histórica, en un país con una tradición socialista y democrática no menor. La “tercera vía” estaría a prueba luego de ser electo presidente con un estrecho 51% de las votaciones en la segunda vuelta contra Joaquín Lavín.

Justamente, bajo el mandato de Ricardo Lagos es que cabe preguntarse cuales serían las “especificidades” del socialismo chileno o de la “realidad chilena” en particular, que harían de un socialismo en Chile algo diferente de los modelos socialdemócratas europeos. Claramente existen determinantes económicas en el modelo de desarrollo chileno que inciden en el comportamiento de la economía y de la desigualdad, por lo que se esperaba del Partido Socialista era precisamente aquello que sus antecesores no pudieron cumplir. En primer lugar, una profundización en el modelo democrático heredado de la dictadura, diseñado como una “democracia protegida” (del marxismo) con un sistema binominal de elección parlamentaria, un porcentaje de senadores institucionales o “designados” por parte de las FFAA, y la inamovilidad de los comandantes en jefe de las mismas. Dicha tarea sólo quedó hasta la mitad, puesto que el sistema binominal prevalece hasta el día de hoy, eliminando la posibilidad de una representatividad total de los diversos sectores políticos del país. (es el caso del PC, que no ha vuelto a tener representación parlamentaria hasta el 2010, pese a una votación del orden del 10%), generando un “dúopolio político” casi inamovible.

Por otro lado, el gobierno de Ricardo Lagos, lejos de aplicar la tesis económicas del brillante economista de los 70, que explicaba como la concentración del poder económico aumentaba notablemente la desigualdad social, contribuyó a que dicha concentración aumentara ostensiblemente, tanto así que en su último encuentro con el sector empresarial, el mismo Ricardo Lagos señaló: “me voy con más amigos de con los que llegué”, mostrando satisfacción por su contribución a dicho sector, que alcanzó el 2001 un 40% del PIB, cifra altísima si consideramos que el 51% del PIB es producto de la explotación cuprífera. Lo que demuestran las cifras es que no se realizó ninguna transformación productiva que pudiese tener algún efecto de redistribución de ingresos, sino más bien se asentó una economía neoliberal extremadamente abierta a los capitales extranjeros, no industrializada y absolutamente dependiente de los mercados internacionales. Dicha política incidió en el aumento de la cesantía de un 7% a un 11% desde 1995 al 2005, provocando la quiebra de numerosas pequeñas empresas, y un notable aumento en la desigualdad social.

Si bien los indicadores de pobreza muestran una disminución sostenida, debemos considerar que una persona es considerada pobre en Chile si gana menos de $44.000 (pesos chilenos, unos 100US$), si la misma persona gana $45.000 (102US$), deja de ser considerada pobre. Claramente, en una economía pujante como la chilena, esto ha sido posible para gran parte de la población, aunque no por eso han logrado satisfacer sus necesidades básicas de buena forma. Como referencia adicional, tomemos en cuanta que el sueldo mínimo legal en Chile es de $125.000 (unos 300US$), cifra poco decorosa, ante lo cual la iglesia se ha manifestado, señalando que con el nivel de acumulación que existe en Chile, el “sueldo ético” para llevar una vida digna debiera ser al menos de $250.000, llevando a la discusión pública nuevamente el tema de la distribución. Esto luego de dos gobiernos socialistas.

Claramente, el Partido Socialista de Chile no ha sido capaz de plasmar sus principios “reformadores” de la democracia liberal para “darles un sentido más humano”, no ha llevado a cabo un plan de “transformación de la sociedad”, sino más bien ha continuado la línea de los gobiernos liberales de las últimas décadas, perdiendo respaldo popular y credibilidad tras numerosos episodios de corrupción (al igual como ocurrió con el PSOE español en la década de los noventa), y algunos rasgos autoritarios en sus políticas respecto de las minorías étnicas y políticas del país (contando ya con dos sanciones de la ONU por los derechos indígenas). Esta situación no pasa desapercibida al interior de una colectividad que luego de su proceso de renovación se encuentra en un permanente proceso de transformación política e ideológica, buscando interpretar la realidad de una sociedad tan compleja como la chilena.

El gobierno de Michelle Bachelet, continuador de la labor de Ricardo Lagos, se vio afectado por una notoria baja de respaldo popular, cuya cifra llegó al 61% al terminar el gobierno de Lagos y en menos de dos años ha bajos a cifras tan bajas como el 38% (similar a la cifra de Allende cuando asumió el poder, y que no fue suficiente como para tener un “poder real” fundamentado en el apoyo popular). Nace nuevamente un periodo de autocrítica, que se esfuma al llegar la crisis financiera mundial, desde donde la gestión económica “contracíclica” del gobierno sale bien parada, alcanzando un respaldo popular que rozaría el 80% al término de su mandato, cifra que no fue endosable al candidato oficialista y ex-presidente, Eduardo Frei Ruiz-Tagle.

En un documento del partido de noviembre del 2007 se dice: “El modelo económico y el sistema político han construido una muralla que separa a los chilenos con peligrosas exclusiones, resentimientos, desesperanzas y protestas. La democracia, conquistada con tantos sacrificios, no ha servido para ampliar los espacios de representación y participación de todas las fuerzas políticas ni tampoco ha servido para que la sociedad civil se exprese orgánicamente, se ha convertido en suma en una democracia restringida”. Se señala además: “El accionar del PS debe modificarse. Debe salir de su ensimismamiento en la calle Paris y volcarse a apoyar las luchas de los trabajadores, los pequeños empresarios y atender las demandas ciudadanas de medioambientalistas, consumidores, estudiantes, jubilados, exonerados y pueblos originarios. Es en el trabajo con las organizaciones sociales donde está el sentido permanente del Partido”.

Al parecer, la reflexión partidista llega en un punto de no-retorno de recorrido político, luego de dos mandatos consecutivos (y 20 años integrando la coalición gobernante), la renovación socialista actua de espalda a sus principios rectores ya reformados de la “justa diferencia” agudizando desde las estructuras centrales de la economía la gran brecha social existente en el mayor experimento neoliberal de América Latina: Chile.

Queda para una siguiente oportunidad, y como antecedente justificado, una reflexión acuciosa respecto al rol central que ha jugado el socialismo chileno en el devenir histórico reciente, en su relación con “el pueblo”, en su relación con sus adversarios políticos, en su relación con el poder, e indudablemente, en su relación consigo mismo.

Conclusiones
A la luz de lo estudiado y analizado respecto de las trasformaciones de los postulados del Partido Socialista Chileno, podemos decir que hay avances sustanciales en cuanto a la pertinencia de su ideología respecto de la construcción de un estado “moderno” en el marco de la contingencia internacional. La importancia de la democracia como sistema político es un paso fundamental para la gobernabilidad y la paz social que el país no tuvo en la década de los setenta. Por otro lado, el alejamiento del leninismo fue casi un imperativo de supervivencia política luego de una dictadura militar, en una sociedad como la chilena, no armada y con una tradición electoral fuerte. Se puede apreciar a una colectividad dúctil ante las contingencias de la sociedad, en contraste con la rigidez dogmática del marxismo clásico de los setenta, en una actitud autocrítica que no pasa desapercibida ante la sociedad en su conjunto.

La reformulación de los conceptos de revolución y de la interpretación de los postulados de Karl Marx es sin duda un elemento clave para re-construir la identidad del partido, que paradójicamente muestra entre sus íconos a Salvador Allende, partidario de políticas criticadas y alejadas del proyecto político del socialismo renovado. Se puede apreciar una colectividad en la búsqueda de un norte político claro, entre las tendencias liberales y la propia historia del Partido Socialista de Chile, ante lo cual existen diversas posturas e interpretaciones.

No deja de ser sorprendente el postulado de Arrate de “la justa desigualdad”, alejado en lo absoluto de la historia del socialismo en cuanto a la aspiración de la igualdad social. Queda en evidencia la incapacidad (o la falta de voluntad política) del PSCH para “reformar” el modelo chileno de forma profunda y significativa a partir de dos gobiernos en plena consolidación de la democracia chilena. Al parecer ha sido más fuerte la política del consenso y el continuismo en una economía periférica, dependiente y con aspiraciones de desarrollo poco ambiciosas.

En el actual periodo, se puede apreciar el nacimiento de una nueva autocrítica desde las juventudes del partido, quienes han percibido de manera correcta el “divorcio” con el pueblo o con las clases más desfavorecidas. Queda la incógnita entonces de cual será el nuevo giro del Socialismo chileno ante un momento político complejo para una colectividad con sus postulados, por lo menos en la búsqueda de su responsabilidad para realizar “cambios profundos en la sociedad”.

Un elemento interesante de analizar es la inclusión del socialismo en la burguesía en la frase: “el socialismo recoge las conquistas políticas de la burguesía para darles plenitud de sentido humano”, mostrando que ésta ya no es una colectividad proletaria, sino que ha ascendido en la escala social, y que por lo tanto defiende en gran parte sus intereses antes que los de toda la sociedad. Reflexión para el pueblo, pero sin el pueblo.

Bibliografía

Alcántara, Freidenberg; “Partidos Políticos en América Latina” (Cono Sur), Fondo de la cultura Económica, México, 2003.

Garretón, Manuel A.; La renovación del socialismo, en RICARDO NUÑEZ: Socialismo, 10 años de Renovación, Ed. Ornitorrinco, Santiago, tomo I, p. 15.

Vitale, Luis; “Interpretación Marxista de la Historia deChile”, T.VII. p 57. [en línea]

Walker, Ignacio; Un nuevo socialismo democrático para Chile; [en línea]

Salazar, Gabriel; “Historia de la acumulación capitalista en Chile”, LOM ediciones, Santiago de Chile, 2003.

Marcuse, Herbert; “El fin de la Utopía”, siglo veintiuno, Buenos Aires 1969.

Partido Socialista de Chile, documentos internos. Varios firmantes. El partido socialista como fuerza popular [en línea]

Notas:

[1] Walker, Ignacio; Un nuevo socialismo democrático para Chile; [en línea]

[2] ibid. (1)

[3] en ibid. (1)

[4] En documento publicado en Revista Apsi nº149, del 31 de julio al 13 de agosto de 1984.

[5] Varios firmantes; “Llamamiento de Milán por la convergencia socialista”, en Chile-América 80-81, julio-septiembre de 1982.

[6] Partido Socialista (1985)

[7] Fuente: Informe sobre Desarrollo humano PNUD, 2003.

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