Credo Quia Absurdum… 13 notas sobre la creencia en el sistema

Por: José Luis Corazón Ardura
Fuente: Enviado por Héctor Siluchi (Artista visual)

Estoy condenado a vivir en una época en la que florece el rinoceronte. Nietzsche

1. El final de la autoridad como creencia

Sorprende que Hegel en el curso de estética que dictó entre 1828/29 afirmara que el espíritu ya no necesitara del arte. Como escribiera en La muerte de la luz Hans Sedlmayr, lo que se ha de señalar es que esta proposición relacionada con la muerte de lo artístico está también en correspondencia con otro hecho importante en esa destrucción de las creencias: Dios ha muerto. Si conservamos aún algo del significado original de la creencia como resultado de un sistema, estaremos propiamente en esa extraña amalgama de técnica y opinión que viene a ser lo verdadero, lo bueno y lo bello. Porque si como señaló Foucault en Las palabras y las cosas, el sistema estaba contrapuesto al método, entonces la creencia y el procedimiento de control conforman un orden absoluto, despótico y poco original. El sistema es una metáfora a la que se añaden nuevas reglas. El sistema de creencias está abierto o cerrado. El sistema de creencias es métrico o decimal, solar o planetario, periódico, montañoso, normativo, clasificatorio, nervioso, neurológico. Es la estructura que soporta aún la creencia. Porque el crédito de un sistema es que funcione y que tenga prestaciones, la carta de crédito se ha convertido en la pragmática tarjeta de crédito. El sistema –según el diccionario– es estático, está sitiado, asentado, se mueve con las afecciones del corazón en sístole/ diástole, es fascinante y fascista, es una erección. Por otro lado, la creencia es la confianza. Como estar fuera de sitio. “Creer –afirma Wittgenstein– es someterse a una autoridad”.

2. El sistema imposible

El problema de la creencia es afirmarse partiendo de un principio de causalidad. Creer es como ser absuelto. Lo sistemático corresponde a un equilibrio de fuerzas. Si el orden es el sistema, el azar incluye un factor entrópico y desestabilizador. La energía no es, como proclama un anuncio de una importante hidroeléctrica, cuestión de progreso o nueva conciencia. La interrupción apaga el sistema y el ateo parece vivir a oscuras. “Creo en la nada como en mí mismo”, afirma Chateaubriand. En estas, la creencia se convierte en interpretación, inaugurando otro medio técnico de volver a retornar de manera pasiva alrededor de un origen imposible, de continuar sitiada por un azar controlado por las mismas reglas que lo validan. Ese falso origen imposible es todo lo contrario. La imposibilidad es lo que es posible: “El imposible al actuar sobre lo posible –afirma Lezama Lima-, crea un posible actuando en la infinitud. En el miedo de esa infinitud, la distancia se hace creadora, surge el espacio gnóstico […] Lo imposible, lo absurdo, crean su posible, su razón”. Esto quiere decir que cuando estamos inmersos en el dualismo y no en la pura mezcla, estamos ante la luz y la oscuridad, el interior y en el afuera, en otros mundos mejores que éste, entre la vida y la muerte, esperando una llamada. El dios deviene extraño y extranjero mientras se espera una salvación el día que no llega.

3. Ateísmo poético

“Si por alguna circunstancia extraordinaria la muerte no pusiese el punto final a todo, nos encontraríamos probablemente frente a otra cosa que ese Dios inventado por los hombres, a su medida, y ajustado (más mal que bien) a sus contradicciones. Evocar una sábana blanca, con un rayo de sol que incide sobre ella, es una nostalgia infantil”. La contestación de René Char cuando le preguntan por qué no cree en Dios nos conduce al espacio turbio de la creencia, ¿es sistemática? ¿Se puede sistematizar? Los muertos sí son cuantificables.

4. El crédito del miedo

El miedo, retratado por la licuadora del postmodernismo, practicada por el elusivo citacionista Zygmunt Bauman, pertenece a la vulnerabilidad y a la inseguridad. Se había prometido un orden perfecto y comprobamos la precariedad. Se opta por el consumo y se encuentra el crédito, siempre que hagamos un nuevo aporte. Así funciona un sistema debidamente recursivo: “la economía de consumo –afirma Bauman- depende de la producción de consumidores y los consumidores que hay que producir para el consumo de productos contra el miedo tienen que estar atemorizados y asustados, al tiempo que esperanzados de que los peligros que tanto temen puedan ser forzados a retirarse y de que ellos mismos sean capaces de obligarlos a tal cosa (con ayuda pagada por su bolsillo, claro está)” (Miedo líquido, p 17, Paidós) Pero el planteamiento de Bauman está inevitablemente ligado a una vida a crédito. Otra cosa es lo contado porque la publicidad y los ahorros comparten el hecho de estar asegurando un futuro que ya está aquí, un presente deseado. No hace falta estar muy avisado de que el centro del capitalismo está en esa circulación fluida y líquida por medio del consumo. En épocas de crisis, aumenta el capital farmacéutico y aquellos sectores vinculados a lo que pudiéramos definir como la creación de buena apariencia y disposición: cosmética. Son cuestiones que nos hacen valorar sistemas equilibrados, ordenados y funcionales, a pesar de que acomodarse y sentir la propia casa como extraña es una de las paradojas soportables dentro de un sistema de creencias maniqueo, pensando que todo problema actual se debe situar en términos morales: entre el imperio del bien y el terrorismo del mal. Pero el sistema cree y crea también esos mecanismos de autodestrucción. El terror emerge en un sistema.

5. El sistema caníbal de la historia

El sistema de lo legal no representa un orden sistemático. A pesar de los cálculos y los daños colaterales, es precisamente su estructura sistémica lo que también posibilita el espacio del terror. Inauguraciones que desde la revolución francesa han contribuido a crear también al terrorista. En la presocracia de aquellos apoderados, se amplían las leyes, configurando un sistema simbólico ampliado. Un final de la Ilustración burguesa como requería pintar esa imagen del canibalismo que significa La balsa de la Medusa. El canibalismo es estético y formal, como muestra el trabajo paciente de Hannibal Lecter. Una vuelta a la gran crucifixión, con la bandera norteamericana y las tripas abiertas, donde la creencia lleva a tomar impulsos raros e irracionales. Todo para confeccionar un traje de piel humana. Arte cinematográfico que no ha cesado de proclamar su muerte ante otros sistemas de diseminación de las creencias, como la propia reconstrucción de la historia. Ahora que se celebra otro aniversario sobre la nouvelle vague, convendría recordar que la noche que Truffaut comenzó a rodar Los cuatrocientos golpes moría André Bazin: “Fin de la historia. Fin del cine”, escribiría Jean Luc Godard.

6. La Edad de Hielo

La música pop configura otro sistema de creencias, post mortem. Paradójicamente, ¿cómo se ligan los pensamientos puros y clásicos de un ascético Bill Viola cuando comenta un video de un concierto de la sádica maquinaria de Nine Inch Nails? La creencia en el sistema revela una confianza ciega. Otra paradoja. Lo importante, ¿no fue acaso lo increíble, lo fantástico, lo imaginario? Pero la creencia acaba deviniendo conducta. La sistematización conduce al suicidio lógico irreversible postmoderno, como en el caso de Ian Dury: “I’m living in the ice age, / I’m living in the ice age, / nothing will hold, /nothing will fit, / into the cold, / it’s not an eclipse”. Ahí solo queda la creencia en un sistema en demolición. Como había avisado Adalbert Stifter en el texto escrito con motivo del eclipse total que se produjo el 8 de julio de 1842 (La muerte de la luz, Hans Sedlmayr), se había conducido al mundo hacia un estado de oscurecimiento paulatino, constatando que la realidad del nihilismo es ya también cuestión antigua y, de hecho, acaba por ser otra socorrida creencia: donde hay afirmación hay un momento de negación. Y el pensamiento surge de una crisis. En esa caracterización es importante subrayar que lo que afecta a lo familiar ha devenido extrañeza. Un mundo de lo pesado abocado a lo trágico: “El mundo se volvió frío”, escribe Stifter. Pero, como repite Dury, a pesar de vivir en la edad de hielo, sin nada que sostener, dentro del frío, sabemos que “no es un eclipse”.

7. La piedra de toque

Plausiblemente, presentar una defensa del estoicismo ante la creencia en el sistema, no es cuestión de ironía. El cinismo probablemente otorga un movimiento impulsor a lo real. Creer es poder, creer es tentar. Se trataría de apostar equivocadamente por la persistencia de una cinética del crédito. Algo que energéticamente está siempre en cambio, tratando de encontrar una forma definida y definitiva. Pero como advertía Oscar Wilde, hay que creer en lo imposible, no en lo improbable. La creencia es una dificultad cuando tratamos de apelar a un realismo poético, está habituada a tratar a través de un concepto desviado de la esperanza y el miedo, mostrando una insoportable consistencia pétrea. Orfeo, al descreer de los avisos, queda convertido en piedra.

8. El caníbal hambriento y descreído

Como creer en el lenguaje, el descreimiento lleva a desviarse de lo adecuado. Sin ningún crédito, sin nada a cambio, es cuando llega este canibalismo metafórico. A diferencia del hambre, el canibalismo pertenece a otro sistema de creencias. Un cuerpo que se devora a sí mismo. Porque en la razón caníbal no aparece el hambre, sino los principios culturales. Podemos apropiarnos de cualquier cosa, si tenemos hambre. Como se ve, los principios son distintos como el sistema de creencias y la promesa de bondad, pero el hambre puede llegar a ser considerado una forma de canibalismo, llevando con nosotros el alimento necesario. Si es preciso, el cuerpo se come en primer lugar su tejido muscular. Cuando acaben las existencias, podemos prescindir del movimiento, desconectando los órganos superfluos. Después, podemos prescindir de la corteza cerebral, las emociones, el sentido ético y estético. Un apropiacionismo que es la mayor prueba de las fallas de un sistema. Al final, en las creencias pasan desapercibidos la ignorancia y el acomodamiento autofágico. Claro es que el canibalismo es metafórico: la desconexión y aparición de nuestro cerebro rectilíneo. La creencia termina donde se sacia el hambre. Bataille: “Podemos decir del erotismo que es la aprobación de la vida hasta en la muerte”. En un graffiti de Pompeya que data del siglo I se describe este descreimiento ante el amor, la belleza y lo apolíneo. Como una suerte de iconoclasia, similar a la afirmación de Rimbaud cuando sienta a la Belleza en sus rodillas para injuriarle: “Reúnanse aquí todos los enamorados. Quiero romperle las costillas a Venus a bastonazos y dejarle la espalda baldada. Si ella puede atravesar mi tierno corazón, ¿por qué no iba yo a romperle la cabeza de un garrotazo?”.

9. Si estás contra el negocio, estás en el sistema

Fuera de sistema, hay otra creencia que postula ir contra el sistema. En la Estética de lo feo, Karl Rosenkranz se refiere al poder sustentado en el crucificado por el sistema de creencias cristiano. Se trata de vincular el sufrimiento del cuerpo en la muerte como proceso intermedio. Se necesita partir de la destrucción del cuerpo para alcanzar el milagro de la vida eterna, pero eso no le ocurre ni a Cristo: “Lo muerto deviene cómico a través del aburrimiento. Lo muerto, lo vacío, lo frío por su falta de libre distinción, de desarrollo se convierte en algo sin interés, aburrido. Lo aburrido es feo; o más bien, la fealdad de lo muerto, lo vacío, de lo tautológico produce en nosotros el sentimiento del aburrimiento”. La creencia es aburrida, el sistema se vacía, el sistema de creencias, como autorreferente creencia en el sistema, aburre. En ese sentido, hay que subrayar la mezcla de lo real y lo onírico en las vanguardias artísticas, desde el dadaísmo que logró enterrar un cadáver a través del cine en Entreact’, hasta llegar a esos rinocerontes civilizados de Ionesco, utilizados para hablar del hombre que ha dado suficiente cuenta del estado lamentable de las creencias. Deleuze: “¿Qué es lo que hacen con el cuerpo de Cristo? El cuerpo de Cristo les sirve de cuerpo sin órganos. Lo maquinan en todos los sentidos, le dan actitudes amorosas, de sufrimiento, de tortura, pero sentimos que se trata de la alegría […] Entonces, ¿qué es lo que van a hacer con el cuerpo de Cristo? Se le desencajará la cadera, se creará el manierismo” (Derrames entre el capitalismo y la esquizofrenia)

10. La inversión de la creencia

Un antecedente que podemos ir situando en la furia animalizada de Lautréamont: todo está mal desde el principio, estamos ante el mal de la aurora: un canibalismo sádico que corresponde a un espacio literario explotado por Antonin Artaud, desde Los cantos de Maldoror: “hasta que percibí un trono formado de excrementos humanos y de oro, sobre el cual se pavoneaba, con idiota orgullo, el cuerpo, envuelto en un sudario hecho con sábanas sin lavar de hospital, de aquel que se denominaba a sí mismo el Creador. Tenía en la mano el tronco podrido de un hombre muerto, y lo llevaba, alternativamente, de los ojos a la nariz y de la nariz a la boca; una vez en el boca, se adivinaba que hacía con él”. Ahí se confunde la creencia en el arte como espacio donde está permitido, dejando morir a perros de hambre o comiendo fetos ante la televisión británica. La violencia o la crueldad se han convertido en imaginario simbólico, otra creencia a vigilar. En el caso de Isidore Ducasse, la creencia en un sistema es proporcional a la inversión de los valores, utilizando un enigmático título para un libro sin poemas, pero, como muestra el método de apropiacionismo negador de lo que afirmaron Pascal o Vauvenargues, se trata de darles la vuelta: “Los juicios sobre la poesía tienen más valor que la poesía. Son la filosofía de la poesía. La filosofía, comprendida así, engloba a la poesía. La poesía no podrá prescindir de la filosofía. La filosofía podrá prescindir de la poesía” (Poesías II, Isidore Ducasse)

11. Menú del día

La creencia es acrítica. No se puede encontrar un método que nos haga conocer, como reconoce Deleuze. Un sistema crítico es un sistema que parece contrapuesto a la creencia: estamos en crisis: no podemos creer del todo en la interpretación. Así que deviene la crítica de arte, en el propio canibalismo de la intuición, avisando de que no hay salida de la lectura. El psicópata caníbal es un iconoclasta crítico. Como avisa Edward Said en “La crítica entre la cultura y el sistema” (El mundo, el texto y el crítico, DeBolsillo, 2008), ocurre que en la modernidad se aparece la crítica como una crisis, como que decir crisis es señalar hacia los errores del sistema. Y ya que no se trata de utilizar términos como conocimiento o acumulación, parecería quedar todo a expensas de la emoción subrepticia de lo que creemos creer. Eso que se escapa entrópicamente, la desposesión de la creencia, es la conciencia de la experiencia de una ciencia que, hegelianamente, ha superado el arte de la creencia para comprender que la locura ya está en el interior del sistema. Cuestión de adecuación y desarrollo empresarial. En el telediario coincide Barack Obama comiendo una hamburguesa en un restaurante por 7 dólares junto a una noticia donde se habla del recrudecimiento de la guerra en Afganistán, Pakistán… ¿No resulta acaso más extraordinario e increíble ese cinismo del presidente de la clase intermedia haciéndose pasar por alguien normal?

12. Establishment, sistema, credenciales

Los sistemas de creencias no se han ido, al contrario se han establecido. Mundos del confort y la elegancia, la quimera de una salud salvada por la ingesta de publicidad, promesas de seguridad ante la pérdida económica, ajustes implacables para una comunidad desigual. La creencia abarca desde el sentimiento y la emoción, hasta el vértigo del posicionamiento.

13. La destrucción del sistema

“El hoy –escribe Jean Paul- es la cesura, el episodio entre el largo ayer y el largo mañana” (Sermón fúnebre de Shakespeare, p. 21) Sabemos que aquí se sitúa el inicio del nihilismo, con un discurso inmemorial porque pertenece al espacio de lo fantasmal. Su título así lo anuncia: Discurso de Cristo muerto, el cual, desde lo alto del edificio del mundo, proclama que Dios no existe. Jean Paul mezcla lo visionario con una concepción del mundo que corresponde a la creencia en la inmovilidad: “y el incrédulo se aflige a sí en el tiempo, hasta que él mismo se desprende como una escama de ese cadáver. Frente a él está inmóvil el mundo entero, como la gran esfinge egipcia de piedra medio hundida en la arena; y el Todo es la fría máscara de hierro de la informe eternidad”. El olvido y la ausencia apropiada a una conciencia nihilista acompañan el crecimiento del desierto de Occidente. La memoria/olvido comprende el cadáver, la inmovilidad y la arena. Como restos de un jardín descuidado, un palacio devastado donde asociamos la memoria con el cadáver del olvido, la apreciación poética de Jean Paul se dirige a la constatación de la ruina del sistema. Su final es su propia destrucción: “En ese momento –escribe Jean Paul-, las notas discordantes chirriaron más estridentemente – los temblorosos muros del templo se vinieron abajo – y el templo y los niños se hundieron – y toda la tierra y el sol los siguieron al abismo – y el entero edificio del mundo en toda su inmensidad, se hundió ante nosotros – y en lo alto, en la cúspide de la inmensa naturaleza, estaba Cristo y miraba el edificio del mundo taladrado por mil soles, como una mina excavada en la noche eterna, recorrida por galaxias como venas de plata” (p. 53) Porque el origen de la arquitectura se ha situado en la choza, en el caso de las iglesias es su similitud a una nave invertida. Al final, los sistemas de creencias no son más que el relato de su propio naufragio. Y en épocas en las que hasta los rinocerontes han muerto, como Terencio pensamos que hay que
creer porque todo es absurdo.

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