¿Defensa de los derechos humanos, o desenmascaramiento de su verdadera naturaleza?

Por: Emilio Madrid
Fuente: http://www.kaosenlared.net (12.11.09)

Lo primero que hay que hacer es averiguar qué son los derechos humanos.

“¡Consideremos por un instante los llamados derechos del hombre, pero los derechos del hombre en su verdadera configuración, la que poseen entre sus descubridores, norteamericanos y franceses! Por una parte, tales derechos son derechos políticos, derechos ejercitables únicamente en comunidad con otros. La participación en el ser común, o mejor, en el ser común político, en la esencia del Estado, conforma su contenido. Pertenecen a la categoría de la libertad política, a la categoría de los derechos del ciudadano, que de ningún modo, según vimos, presuponen la supresión coherente y positiva de la religión, por tanto, tampoco del judaísmo. Queda por considerar la otra parte de los derechos humanos, los derechos del hombre en la medida en que se diferencian de los derechos del ciudadano.

Entre ellos se encuentran la libertad de conciencia, el derecho de practicar el culto elegido. El privilegio de la fe es reconocido expresamente, ya sea como un derecho del hombre, o como consecuencia de un derecho del hombre, de la libertad.” (Carlos Marx, La cuestión judía, p. 32, Santillana, S. A., 1997, Madrid).

Tras mencionar la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, 1791, la Declaración de derechos del hombre, etc., 1793, la Constitución de Pennsylvania y la Constitución de New-Hampshire en lo referente al culto religioso, Marx concluye: “La incompatibilidad de la religión con los derechos del hombre se halla tan poco presente en el concepto de derechos del hombre que el derecho a ser religioso, a ser religioso en el modo elegido, a practicar el culto de la propia religión particular, resulta antes bien expresamente enumerado entre los derechos del hombre. El privilegio de la fe es un derecho universal del hombre.” (Ídem, p. 33).

“Los droits de l’homme, los derechos del hombre se diferencian como tales de los droits du citoyen, de los derechos del ciudadano. ¿Quién es el homme distinto del citoyen? Ni más ni menos que el miembro de la sociedad civil. ¿Por qué se le llama “hombre”, hombre a secas, al miembro de la sociedad civil, por qué se llama a sus derechos, derechos del hombre? ¿Cómo explicamos este hecho? Por la relación del Estado político con la sociedad civil, por la esencia de la emancipación política.

Ante todo constatemos el hecho de que los llamados derechos del hombre, los droits de l’homme, diferenciados de los droits du citoyen, no son sino los derechos del miembro de la sociedad civil, vale decir, del hombre egoísta, del hombre separado del hombre y de la comunidad. La constitución más radical, la Constitución de 1793, puede decir:

Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano

Artículo 2: “Estos derechos, etc. (los derechos naturales e imprescriptibles) son: la igualdad, la libertad, la seguridad, la propiedad”.

¿En qué consiste la libertad?

Artículo 6: “La libertad es el poder que pertenece al hombre de hacer todo lo que no perjudique los derechos de otro”; o, según la Declaración de los derechos del hombre de 1791: “La libertad consiste en poder hacer todo lo que no perjudique a otro”.

La libertad es, pues, el derecho de hacer y de ejercer lo que no daña a otro. El límite en que cada uno puede moverse sin daño para otro es establecido por la ley como el límite entre dos campos es establecido por una cerca. Se trata de la libertad del hombre como mónada aislada y replegada sobre sí. ¿Por qué, según Bauer, no está el judío en grado de recibir los derechos del hombre?

“En tanto sea judío, la esencia limitada que lo hace judío llevará las de ganar sobre la esencia humana que debería, como hombre, vincularlo a los hombres, y lo separará de los no judíos.”

Pero el derecho del hombre a la libertad no se basa en el vínculo del hombre con el hombre, sino más bien en el aislamiento del hombre respecto del hombre. Es el derecho a dicho aislamiento, el derecho del individuo limitado: limitado a sí mismo.

La aplicación práctica del derecho del hombre a la libertad es el derecho del hombre a la propiedad privada.

¿En qué consiste el derecho del hombre a la propiedad privada?

Artículo 16 (Constitución de 1793): “El derecho de propiedad es el que pertenece a todo ciudadano de gozar y disponer a su antojo de sus bienes, de sus rentas, del fruto de su trabajo y de su industria”.

El derecho a la propiedad privada es, pues, el derecho a gozar arbitrariamente (“à son gré”) – sin miramientos con los demás hombres, independientemente de la sociedad – del propio patrimonio, a disponer del mismo: el derecho al interés propio. Dicha libertad individual, como esta utilización de la misma, conforman el fundamento de la sociedad civil. La cual deja que cada hombre encuentre en otro hombre no la realización, sino más bien el límite de su libertad. Pero ante todo ella proclama el derecho del hombre “de gozar y disponer a su antojo de sus bienes, de sus rentas, del fruto de su trabajo y de su industria”.

Quedan todavía los otros derechos del hombre, la igualdad y la seguridad.

La égalité, aquí en su significado no político, no es sino la igualdad de la liberté descrita más arriba, a saber: que cada hombre es considerado en igual medida una mónada que, como tal, reposa sobre sí misma. Así define la Constitución de 1795 el concepto de igualdad, conforme a su significado:

Artículo 3 (Constitución de 1795): “La igualdad consiste en que la ley es la misma para todos, sea que proteja o que castigue”.

¿Y la seguridad?

Artículo 8 (Constitución de 1793): “La seguridad consiste en la protección acordada por la sociedad a cada uno de sus miembros para la conservación de su persona, sus derechos y sus propiedades”.

La seguridad es el supremo concepto social de la sociedad civil, el concepto de la policía: que toda la sociedad existe sólo para garantizar a cada uno de sus miembros la conservación de su persona, de sus derechos y de su propiedad. En ese sentido llama Hegel a la sociedad civil “el Estado de la necesidad y del entendimiento”.

Por medio del concepto de seguridad la sociedad civil no se eleva por encima de su egoísmo. La seguridad es más bien el seguro de su egoísmo.

Así pues, ni uno solo de los llamados derechos del hombre va más allá del hombre egoísta (subrayado por el autor), del hombre que es miembro de la sociedad civil, es decir, del individuo replegado sobre sí mismo, sobre su interés privado y su arbitrio privado, y separado de la comunidad. Muy lejos de concebirse en ellos al hombre como ser genérico, la propia vida genérica, la sociedad, aparece más bien como un marco exterior a los individuos, como restricción de su independencia originaria. El único vínculo que les mantiene juntos es la exigencia natural, la necesidad y el interés privado, la conservación de su propiedad y de su persona egoísta.

Resulta en sí mismo enigmático que un pueblo que está empezando a liberarse, a derribar las barreras entre sus diversos miembros, a fundar una comunidad política, que un pueblo así proclame solemnemente (Declaración…, de 1791) la legitimidad del hombre egoísta, aislado de su próximo y de la comunidad; más aún, que repita semejante proclamación en un momento en que sólo la más heroica abnegación puede salvar a la nación, siendo por ello imperiosamente exigida; en un momento en que el sacrificio de todos los intereses de la sociedad civil debe ser elevado a orden del día, y penalizado el egoísmo como un delito (Déclaration des droits de l’homme, etc.,de 1793). Más enigmático aún llega a ser ese hecho cuando vemos que incluso los emancipadores políticos degradan la ciudadanía, la comunidad política, a simple medio para la conservación de esos llamados derechos humanos, que se declara por tanto al citoyen siervo del homme egoísta, se menoscaba la esfera en la que el hombre se comporta como ser común ante la esfera en la que se comporta como ser parcial, y se considera por último no ya al hombre en cuanto citoyen, sino al hombre en cuanto bourgeois, como el auténtico y verdadero hombre.” (Ídem, pp. 33-36). (Ambos subrayados por el autor).

“El hombre, como miembro de la sociedad civil, el hombre no-político, aparece sin embargo necesariamente como el hombre natural. Los droits de l’homme aparecen como droits naturels, pues la actividad autoconsciente se concentra en el acto político. El hombre egoísta es el resultado pasivo, meramente dado, de la sociedad civil, objeto de certeza inmediata, objeto natural, pues.” (Ídem, p. 38)

“Finalmente el hombre, en cuanto es miembro de la sociedad civil, pasa por ser el auténtico hombre, por homme distinto del citoyen, dado que es el hombre en su inmediata existencia sensible e individual, en tanto el hombre político es sólo el hombre abstracto, artificial, el hombre como persona alegórica, moral. Al hombre real sólo se le reconoce bajo la forma de individuo egoísta, al verdadero hombre sólo bajo la forma de ciudadano abstracto.” (Ídem, p. 39).

“La emancipación política es la reducción del hombre, por un lado, a miembro de la sociedad civil, a individuo egoísta independiente; y por otro, a ciudadano, a persona moral.

Sólo cuando el real hombre individual reabsorba en sí al ciudadano abstracto, y como hombre individual en su vida empírica, en su trabajo individual, en sus relaciones individuales, se haya convertido en ser genérico; sólo cuando el hombre haya reconocido y organizado sus “fuerzas propias” como fuerzas sociales, y por tanto ya no separe de sí la fuerza social en forma de fuerza política, sólo entonces se habrá completado la emancipación humana.” (Ídem, p. 39).

Es decir, cuando el hombre individual se haya convertido en ser genérico, cuando sus “fuerzas propias” sean fuerzas sociales y ya no separe de sí la fuerza social en forma de Estado político, en una palabra, cuando ya no haya Estado, ni por tanto clases ni explotación, se habrá completado la emancipación humana, estaremos en la sociedad comunista.

La anterior larga cita de Marx muestra dos cosas: Que los llamados derechos humanos, los tan cacareados derechos humanos que se nos quiere hacer tragar como algo bueno que debemos defender y como algo intrínseco al hombre por el sólo hecho de ser hombre; que por tanto son tan naturales como el hombre y nacieron con el hombre y morirán con él; que estos derechos son simplemente los derechos del hombre burgués y como tales ni son proletarios ni éstos tienen ninguna razón para defenderlos; que los tales derechos, igualdad, libertad, seguridad, propiedad, son específicos del burgués y que como tales tienen un origen histórico y tendrán un final histórico; que por tanto, tampoco son intrínsecos al hombre en general, ni por consiguiente inmutables y eternos. No en vano Marx nos dice que si queremos conocer esos derechos debemos ir a sus descubridores, los norteamericanos y los franceses del siglo XVIII.

Federico Engels muestra el carácter burgués de los derechos del hombre de otra manera:

“De otra parte, no se podía dejar de reclamar la abolición de los privilegios feudales, la de la exención del impuesto a los nobles y la de los privilegios políticos de los “estados”. Y como no se vivía en una monarquía universal, como había sido el Imperio romano, sino en un sistema de Estados independientes que trataban entre sí, en base de igualdad y en grado aproximadamente semejante de evolución de la burguesía, evidentemente tal reivindicación debía tomar un carácter general, salir de un Estado particular y llegar a proclamarse la libertad y la igualdad como derechos del hombre. Mas lo que muestra el carácter específicamente burgués de tales derechos del hombre, es que la constitución americana, la primera que reconoció los derechos del hombre, sancionaba al mismo tiempo la esclavitud de los negros que existía en América: los privilegios de clase eran proscritos, mas los privilegios de raza confirmados.

Ya se sabe que la burguesía, a partir del instante en que sale del sistema feudal, como la mariposa de la crisálida, a contar del momento en que el “estado” medieval deviene una clase moderna, va siempre e inevitablemente acompañada de su sombra, el proletariado. Y de igual manera la reivindicación burguesa de la igualdad se acompaña de la reivindicación proletaria de la igualdad. Desde el momento en que se plantea la reivindicación burguesa de la abolición de los privilegios de clase, surge la reivindicación proletaria de la abolición de las clases mismas… Los proletarios se valen de la frase de la burguesía: la igualdad no debe ser puramente aparente, no debe realizarse sólo en la esfera del Estado, sino en la realidad; es decir, en el terreno social y económico.

…el verdadero contenido de la reivindicación proletaria de la igualdad es la abolición de las clases sociales…

Así, la idea de igualdad, tanto en su forma burguesa como en su forma proletaria, es un producto de la historia y supone necesariamente circunstancias históricas determinadas…” (El Anti-Düring, pp.116-7, Edicions Avant, Barcelona, 1987).

“La libertad consiste, por tanto, en esa soberanía sobre nosotros mismos y sobre el mundo exterior, fundada en el conocimiento de las leyes necesarias de la naturaleza; la libertad es, pues, necesariamente un producto de la evolución histórica” (Ídem, p. 125).

En estas citas de Engels queda claro igualmente el carácter burgués de los derechos del hombre y su carácter histórico, temporal, no intrínseco al hombre.

“En tanto la primera (la política) prevalece idealmente sobre el segundo (el dinero), de hecho se ha convertido en su sierva.” (Marx, op. cit., p. 43).

La política basada en la letanía de los derechos humanos es la propaganda a bombo y platillo, a todas horas y a escala mundial, por parte de los que más dinero tienen, los capitalistas occidentales.

La defensa de los derechos humanos y de la democracia es divulgada incesante y machaconamente por los mismos que ostentan el poder político y económico en los países más importantes y que continuamente provocan del modo más despiadado todas las guerras que hay en el mundo y que causan hambre, sed, miseria, enfermedades, miedos y opresiones sin fin. Divulgan aquella ideología supuestamente pacifista de defensa de los derechos humanos y de la democracia precisamente para desarmar a aquellos mismos a los que han de explotar y masacrar. Por eso hay que denunciar esa ideología pacifista como lo que es: un arma del enemigo para vencernos. La única solución para acabar con toda clase de calamidades y miserias es acabando con quien lo engendra permanentemente, a saber, el capitalismo, ya sea en su forma democrática o fascista, pues ambas formas no son más que manifestaciones de la dictadura del Capital. Y la única forma de acabar con el Capital es luchando por una sociedad sin clases, es decir, la sociedad comunista.

De lo que se trata no es de defender unos derechos humanos irreales, sino de examinar la situación real de nuestros días y ver qué intereses reales defienden todos esos Estados democráticos y otras instituciones u organizaciones tras la máscara de los derechos humanos que ellos dicen defender.

Y sobre todo, lo que interesa hacer no es condenar los regímenes o Estados tachados de dictatoriales para hacer aparecer los Estados democráticos, o así calificados, como mejores y como un progreso o un paso hacia una futura emancipación de toda opresión, sino examinar en qué grado de desarrollo se encuentra el capitalismo a escala mundial, qué grado de desarrollo tienen los países llamados democráticos y qué posibilidades de desarrollo tienen los países calificados de dictatoriales, si el capitalismo desarrollado de los primeros permitirá un desarrollo apropiado en los segundos. Digamos ya sin más dilación que las leyes propias del mercado hacen que la competencia de los primeros provoca sin cesar la ruina permanente de los segundos y con ello crean las condiciones aptas para el surgimiento de regímenes dictatoriales, necesarios para el sometimiento y explotación de las poblaciones de dichos países.

Pero sobre todo, en vez de enfocar el problema como un problema de desarrollo capitalista y evolución democrática, habrá que pensar en la única alternativa que ya hoy deja el capitalismo que controla todo a escala mundial: Ver en qué medida el proletariado de los distintos países despertará a la lucha revolucionaria contra el Capital, no para equilibrar su desarrollo en el mundo o para democratizarlo, sino para dar paso a una nueva sociedad que no será ni democrática ni dictatorial, porque no será capitalista, no conocerá la explotación del hombre por el hombre y estará enfocada a organizar todos los recursos y fuerzas productivas para satisfacer las necesidades de los individuos organizados en comunidad sin clases y al libre desarrollo de todos y cada uno de ellos.

Contemplar hoy en día los problemas de un país pretendiendo equipararlo a otros más desarrollados y democratizados, es ver el problema desde un punto de vista burgués, puesto que no se cuestiona la existencia misma del capitalismo y mientras éste exista no dejará de haber un desarrollo desigual en lo económico, por la anarquía misma del capitalismo, y tampoco dejará de emplearse alternativamente la democracia o el fascismo, es decir, las dos caras de la dictadura del Capital, según lo requieran las circunstancias; si es posible, domesticará y doblegará al proletariado y a los explotados y oprimidos en general con la engañifa de la democracia, es decir, por el engaño y la persuasión; y cuando esto no baste, recurrirá a la represión descarada que es la dictadura fascista, como la Historia ha demostrado ya en innumerables casos en todas las latitudes.

¿Hablar de reformas democráticas? ¿en dónde? ¿quién luchará por ellas y contra quién habrá que luchar? La burguesía ya está en su reino y no tiene que luchar por él. Sólo tiene que conservarlo. Tras la burguesía viene el proletariado y la lucha de éste es internacional como el proletariado mismo y éste tiene sus objetivos propios por los que luchar, que no son otros que la sociedad sin clases y la plena realización de los individuos como parte y dentro de esta sociedad sin clases, o sea, el comunismo. Si el proletariado luchase por otros objetivos que los suyos propios serían objetivos en contra del progreso histórico, contrarrevolucionarios y siempre estarían abocados al fracaso. Por eso, la lucha por la democracia o las reformas democráticas no sólo está fuera de lugar históricamente, sino que ya no hay quien pueda luchar por ella o ellas válidamente, pues la burguesía, portadora histórica de la bandera democrática, no duda ya desde hace tiempo en ponerla en hibernación y recurrir al fascismo como la otra alternativa que cierre el paso a la revolución comunista.

Si se quiere atacar las dictaduras o los dictadores, no podemos decir que ellos imponen su voluntad a la sociedad a capricho, y que por tanto modifican el curso de la historia a su antojo, más bien hay que investigar qué causas materiales, qué condiciones históricas permiten y hasta favorecen el surgimiento de las dictaduras y los dictadores, pues no son estos los que moldean la historia sino que es, muy en primer lugar, el desarrollo de las fuerzas productivas el que da origen a una u otra clase de gobierno teniendo en cuenta el contexto general, histórico y geográfico.

Si queremos criticar y atacar la dictadura, no podemos hacerlo desde la democracia, o exaltando la democracia, oponiéndole la democracia.

La democracia no es un dogma, una entidad estática que permanece invariable a través del tiempo y a la que se puede recurrir como a algo fijo, intrínsecamente igual a sí mismo, como algo separado de lo demás, como algo metafísico. Por el contrario, la democracia es un producto de la Historia, es el fruto de la evolución de la sociedad a través del tiempo. En los tiempos modernos, la democracia nace como oposición al régimen que le precede, el feudalismo, un régimen caduco ya históricamente, lo que hace que la democracia sea revolucionaria al nacer, porque alumbra una sociedad nueva, opuesta y superior a la precedente. Económicamente, supera a ésta desarrollando extraordinariamente los medios de producción, y políticamente, liberando a los individuos del vasallaje feudal y creando el Estado político ante el que todos los ciudadanos son iguales. El pleno desarrollo de la democracia corresponde al pleno dominio de la burguesía como clase cuando ésta, a través del pleno desarrollo del capitalismo, lo somete todo a su poder y no deja que nadie se lo dispute. Para conservarlo, se vuelve conservadora, reaccionaria, y para conseguirlo no duda en destruir su misma razón de ser: el desarrollo histórico de las fuerzas productivas en proporciones gigantescas. Hoy, el capitalismo destruye y degrada los recursos naturales, los bosques, los océanos, la tierra, la atmósfera, los alimentos, la existencia de millones de personas, no dudando en aplastar y masacrar la fuente que le da vida: el trabajo vivo, la fuerza de trabajo, de cuya explotación extrae la plusvalía que es al Capital lo que el oxígeno para el ser humano. Llegada a este punto, la democracia no es revolucionaria como lo fue al nacer, ni siquiera está justificada históricamente como en su etapa de esplendor, de desarrollo de las fuerzas productivas. Se ha vuelto reaccionaria, y para poder alargar algo su existencia recurre a ardides tales como la hoja de parra de los supuestos “derechos humanos” que tape sus vergüenzas ante millones y millones de explotados y oprimidos, vergüenzas que no pueden ocultar porque están tan a la vista como lo están la explotación, la represión y toda clase de injusticias y sufrimientos de la mayor parte de la población mundial, causados precisamente por aquellos mismos que se proclaman defensores de la democracia y de los derechos humanos, como son todos los Estados capitalistas desarrollados cuyos dirigentes son los campeones más destacados de tales consignas. Y es lógico que así sea, porque la democracia es el régimen político de la burguesía, clase explotadora por excelencia, y los derechos humanos no son más que los derechos del hombre burgués, del hombre egoísta, en palabras de Marx.

Así pues, lo que hay que defender no es ni la democracia ni los derechos humanos, ambos propiedad de la clase burguesa, sino el legítimo derecho de los explotados y oprimidos a levantarse en rebelión contra la dominación del Capital y para establecer una nueva sociedad sin clases, sin explotación, sin dinero, sin opresión.

Emilio Madrid. Barcelona, septiembre de 2003

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