Las Piezas Perdidas en el Rompecabezas de la Izquierda Radical (también conocida como “ultraizquierda”)

Por: Enviado anónimamente
Fuente: http://www.hommodolars.org (28.10.09)

El siguiente texto se induce a debatirlo, imprimirlo, repartirlo, etc. Se publica pues va acorde con la no-propuesta de hommodolars y se relaciona con la intencionalidad de los tres breves puntos sobre la contrainformacion

[Texto aparecido en Revista Mercado Negro, 2001]

A comienzos del siglo XXI no parece insensato proponer replanteamientos y repensamientos de diverso signo. En el mundo de lo que conocemos como izquierda esto se ha hecho habitual. Pero al parecer, tras estos anuncios es posible diferenciar varias actitudes. Dado que muchas veces la actitud predominante ha consistido en “repensar” la izquierda desde bases que implican renunciar a perspectivas de cambio radical, la reacción de otros -los que insisten en la necesidad de dicho cambio- consiste con frecuencia en aferrarse con firmeza a los “principios”, al “método”, o a la “ideología”, aceptando, como mucho, buscar una nueva forma de ratificar que éstos siguen siendo correctos en el fondo. Una tercera actitud habitual es la de volcarse a lo social, “acumular fuerzas”, posponiendo o evitando esta revisión teórica. Existiría un juego recíproco entre dos posiciones equivalentes cuya oposición es falsa: renuncia a las viejas convicciones en aras de la celebración de lo existente/reafirmación y readaptación eterna de las mismas convicciones, celebrándolas renunciando a adoptar de una vez por todas la práctica de desarrollar la teoría crítica en las actuales condiciones sociales. En realidad, estas dos actitudes se retroalimentan.

La intención de este artículo es escarbar un poco en los rastrojos de una izquierda olvidada, tratando de encontrar elementos que sirvan como aporte para la acción (e inteligencia de esa acción) de quienes rechazan las alternativas anteriormente esbozadas. A esta izquierda olvidada la denominamos izquierda radical, en el sentido de que se dirige en su ataque a lo que se identifica como raíz del problema: el capitalismo moderno, como régimen que se constituye sobre el trabajo alienado. Estas corrientes de la izquierda han sido también por lo general englobadas bajo el rótulo de “ultraizquierda”, concepto que no nos parece ofensivo en la medida que se entienda en el sentido de radicalidad ya indicado: izquierda que es socialista en cuanto existe como contraproyecto, como antagonismo conciente y práctico frente al capitalismo. En este sentido, la asociación de esta izquierda con las manifestaciones más espectaculares de lucha armada y/o nihilismo no tiende a coincidir históricamente y, de hecho, es una necesidad urgente poder superar esas asociaciones. Tenemos ejemplos bastante cercanos de que la radicalidad de las luchas y de las organizaciones que de ellas surgen no se miden necesariamente por el uso de armas (guerrillas de orientación socialdemócrata; terrorismo difuso teledirigido por el poder, etc.), y Raoul Vaneigem señalaba correctamente hace tres décadas que mientras “el nihilismo activo es pre-revolucionario, el nihilismo pasivo es contra-revolucionario”.

El marxismo que conocimos fue su variedad “leninista”: la socialdemocracia-radical (Stalin llegó a decir que el leninismo era el marxismo de nuestra época, la época del imperialismo). Lo que escapaba a esta variedad de marxismo provenía de la otra rama de la bifurcación que se dio en la Segunda Internacional, la socialdemócrata-reformista, y bebían ambos “marxismos” de una base común constituida por el cientificismo economicista propio de las simplificaciones del análisis marxiano que se difundieron ampliamente en esa época (fines del siglo XIX, principios del XX). Pese a que los leninistas se dividieron pronto en un laberinto cada vez más complejo e irreconciliable (stalinistas, trotskistas y maoístas; y después en una nueva flora y fauna más ecléctica y difícil de seguir, que a esas tradiciones agregaba contextualizaciones locales, como el castro-guevarismo, aspectos religiosos, como en la teología de la liberación, nacionalismos, misticismo, etc.), y a que los socialdemócratas-reformistas se integraron en distintos momentos pero “con tutti” al sistema capitalista, toda la reflexión, historia y matriz de pensamiento y acción que hemos conocido en la izquierda proviene de un cierto tronco común que podemos identificar con la Segunda Internacional. Historia aparte, pero no tan distinta, es la de la izquierda no-marxista que suele agruparse bajo el escurridizo nombre de “anarquismo”, cuya impotencia práctica e incapacidad de actualizar la teoría crítica no es menor que en el resto de la izquierda, y que incluso se caracteriza por un carácter más marcadamente ideológico.

La izquierda radical, objeto de este artículo, emana también en parte de esta tradición común, ya que obviamente estamos hablando de una forma de entender las cosas que es más propia de una época que de una corriente política determinada. Pero en el momento de la bifurcación oficial entre “socialdemocracia” y “comunismo”, durante la Primera Guerra Mundial, se diferenció en mayor o menor medida de las tácticas e ideología de los comunistas rusos, bolcheviques o leninistas”, razón por la cual en general se ha denominado a sus partidarios como “comunistas de izquierda” o “comunistas consejistas”. Lo de “consejistas” se refiere a la identificación de estas corrientes con la forma de organización espontánea que los proletarios de Rusia y otros países europeos encontraron a principios del siglo XX: los “soviets” o consejos obreros. Estos órganos de contrapoder fueron identificados no sólo como forma transitoria de poder dual, sino como el esbozo más avanzado de un poder proletario que se oponía tanto al poder del capital y el Estado, como también a las formas de representación especializada que surgían desde los partidos de izquierda (y que terminaron suprimiendo el poder de los Consejos en su nombre). Los principales comunistas que se podían agrupar bajo esta corriente son Anton Pannekoek, Paul Mattick, Karl Korsch, Amadeo Bordiga, y en cierta manera también algunas posiciones de Rosa Luxemburgo, Antonio Gramsci, e incluso el joven Lukàcs. Dentro de ellos había matices y diferencias, por cierto. Contra algunos de ellos polemizó Lenin en su famoso libro “La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo”.

Aparte de su defensa del contrapoder permanente de los consejos (que podemos asimilar a lo que se ha llamado “poder constituyente”, en la terminología de Toni Negri), y de una crítica profunda a la representación como especialización en manos de burócratas revolucionarios, un punto interesante desarrollado por los consejistas es el de la caracterización del régimen social de la Unión Soviética y demás países del extinto “bloque socialista”. Desde un comienzo, para el grueso de los consejistas lo que se inauguró allí fue una forma de capitalismo de Estado, mientras las corrientes de la izquierda leninista variaron entre una defensa a ultranza de la ’patria socialista’ a una crítica del régimen político pero reivindicando su carácter de Estado obrero (“deformado”, según los trotskistas). Un ejemplo: “La ’socialización’ de los medios de producción no es aquí todavía más que la nacionalización del capital como capital, es decir que, aunque ya no exista la propiedad privada, los medios de producción conservan su carácter de capital, por estar bajo el control del gobierno en vez de estar a disposición de la totalidad de la sociedad. Aunque quede eliminada la acumulación de capital privado, la explotación del hombre por el hombre continúa con un sistema de distribución que no es igualitario ni respecto a las condiciones de producción ni respecto a las de consumo”(1).

En el trotskismo de posguerra surgieron también opiniones disidentes que terminaron conformando un campo “marxista libertario”, disidencia que en parte obedeció a la discusión acerca del carácter de la URSS. En 1939 Bruno Rizzi ya polemizaba con Trotsky, definiendo aquél régimen social como “colectivismo burocrático”. A posiciones similares llegaban Castoriadis, desde el grupo francés Socialismo o Barbarie, y Daniel Guerin (dentro del trotskismo desarrolló esta idea Tony Cliff, del Socialist Workers Party inglés). De hecho, en debates al interior del PC ruso a principios de los años 20, el término “capitalismo de Estado” era frecuente para referirse a su realidad. Así, Bujarin decía en 1925: “Si admitimos que las empresas de que se ha hecho cargo el Estado son empresas sometidas al capitalismo de Estado, si decimos esto abiertamente, ¿cómo podemos entonces lanzar una campaña en pro de un mayor rendimiento productivo?”(2)

La diferencia con el bolchevismo se manifiesta además, en el tema de la relación entre partido y clase. Una vez más, Mattick en 1935: “Allí donde se ha manifestado durante los últimos treinta años la conciencia de clase real ha adoptado la forma de comités de acción y de consejos obreros. Y en esta forma de organización de la conciencia de clase, que se expresa en acciones, todos los partidos han visto un poder adverso y lo han combatido…en todas las ocasiones ese movimiento ha estado en manos de los comités de acción espontáneamente constituidos, de los consejos. Siempre que los partidos se han puesto a la cabeza de un movimiento o se han identificado con él, sólo ha sido para debilitar sus efectos. Ejemplos: la revolución rusa…y la alemana” (y podríamos seguir: la revolución española, la china, los cordones industriales en Chile, la situación actual de las asambleas barriales en Argentina…).

La concepción propia de Lenin en el “Qué hacer”, de una conciencia que viene suministrada a los trabajadores desde fuera, a través del partido, es vista por los consejistas como una manifestación más de hasta donde prevalece la concepción burguesa sobre cómo se hace la historia. La historia hecha por los “grandes hombres” encontró después una expresión concentrada y burda en el culto a la personalidad, a la infalibilidad del partido y de los líderes. Esta cuestión, lejos de ser una “desviación” o un accidente, es una manifestación de las concepciones dominantes en la época.

Otros temas que se profundizaron desde la izquierda radical fueron los relativos a la agudización de los niveles y formas de alienación en la sociedad contemporánea (que incluirían la cosificación de la antigua teoría crítica transformándola en ideología como falsa conciencia), el surgimiento de nuevas formas de lucha social por fuera del sindicato y el partido obrero, las limitaciones de los conceptos clásicos sobre el poder y el partido, y conceptos nuevos como espectáculo y autonomía. Con un antecedente en este marxismo disidente y experiencias provenientes de una actividad anti-artística en ciertas vanguardias (dadá, surrealismo, letrismo), la Internacional Situacionista, organización surgida en Francia a fines de los 50, profundizó a nivel teórico y práctico muchos de estos temas. Lo principal de la obra de Guy Debord, el fundador de la IS, se puede encontrar en sus libros “La Sociedad del Espectáculo” de 1967, y “Comentarios a la Sociedad del Espectáculo”, de 1988. En el primero, el capítulo llamado “El proletariado como sujeto y como representación” aborda de manera bastante lúcida y detallada un balance del movimiento obrero tradicional, que recomiendo como buen punto de inicio para un debate que es urgente proseguir (3).

Decía Debord en 1967: “El proyecto de superar la economía, el proyecto de tomar posesión de la historia, si bien debe conocer la ciencia de la sociedad -y vincularla con él- no puede ser él mismo científico. En este último movimiento, que cree dominar a la historia presente por medio de un conocimiento científico, el punto de vista siguió siendo burgués”… “Marx mantuvo durante toda su vida el punto de vista unitario de su teoría, pero la expresión de su teoría fue planteada sobre el terreno del pensamiento dominante al precisarse bajo la forma de críticas de disciplinas particulares, principalmente la crítica a la ciencia fundamental de la sociedad burguesa, la economía política. Esta mutilación, posteriormente aceptada como definitiva, es la que ha constituido el ’marxismo’”.

La mutilación, expresada en la ideología objetivista de las fuerzas productivas, permitió, por ejemplo, que una peculiar y brutal acumulación originaria del capital en la URSS se efectuara en nombre de la ideología marxista. Y en cuanto punto de vista, esta ideologización mutilada subsiste en el grueso de la izquierda, incluso en el consejismo (que tiene bastante de mecanicista y determinista) (4).

Los esfuerzos por desarrollar el análisis marxiano, en base a una práctica comunista desde la lucha de clases se han manifestado posteriormente en la corriente conocida como “autonomista”, uno de cuyos principales exponentes fue Toni Negri (5).

El principal aporte de los obreristas y autonomistas italianos (Panzieri, Tronti, Negri) fue invertir la perspectiva del análisis, desde una concepción centrada en el movimiento oculto de las fuerzas productivas, entendidas como fuerzas técnicas, a una concepción que veía a la actividad del proletariado como la fuerza productiva más poderosa.

Criticando la falsa dicotomía entre capitalismo y planificación, y la supuesta neutralidad de la tecnología, se concibe la “autonomía obrera” como un ascenso que “se expresa no como un progreso, sino como una ruptura, no como la ’revelación’ de una racionalidad oculta en el proceso productivo moderno, sino como la construcción de una racionalidad radicalmente nueva, contrapuesta a la racionalidad despelagada por el capitalismo” (Panzieri). La investigación de ese período (post-68) de agudización del conflicto social en Italia se centró fuertemente en el rechazo del trabajo, tal como afirma Negri en un ensayo de esa época: “Pasar de la liberación-del-trabajo al ir-más-allá-del-trabajo, es lo que forma el centro, el corazón del comunismo”.

En los años 20, Karl Korsch señalaba en su trabajo “Marxismo y Filosofía”, que “en la discusión básica de la situación general del marxismo actual, no obstante desaveniencias domésticas, secundarias y de carácter transitorio, van a hacer causa común en todas las grandes cuestiones por una parte la vieja ortodoxia marxista de Karl Kautsky y la nueva ortodoxia marxista del marxismo ruso o ’leninista’, y por otra todas las tendencias críticas y progresistas que han surgido en la teoría del movimiento de las clases trabajadoras de hoy”.

Nuestra invitación o sugerencia es así de simple. En la historia del siglo XX consejistas, situacionistas y autonomistas han dejado en distintos momentos de la lucha de clases rastros importantes para quienes insisten en el rechazo de las condiciones actuales de existencia alienada y explotada-rechazo que se extiende también a las falsas dicotomías y falsas contestaciones que se han dado-, y que en sí implica una afirmación de la teoría crítica desde y para la acción radical.
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Notas:

(1) Paul Mattick, “Crítica de Marcuse: El hombre unidimensional en la sociedad de clases”, Grijalbo, 1974; primera edición en inglés, 1972. Se trata de una obra tardía, considerando que Mattick nació en 1904

(2) Discurso citado por Mattick en su artículo “La Inevitabilidad del comunismo”, de 1935, incluido en Crítica de los neomarxistas, colección de cuatro artículos de Mattick, ediciones Península, 1977

(3) Existe versión en español en la red:www.sindominio.net/ash/espect.htm

(4) Para una crítica interesante ver “Preliminares sobre los consejos y la organización consejista”, de René Vienet

(5) Una revisión detallada de esta discusión se encuentra en un documento del colectivo inglés Aufheben, titulado “Teoría de la decadencia o decadencia de la teoría”, cuya versión traducida pueden solicitar a autonomia@hotmail.com, además de artículos de Mattick y otros autores mencionados en este artículo.

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