Los sindicatos ¿Para que?

Por: Colectivo JANUS
Fuente: http://www.kaosenlared (28.09.09)

ANTES DE LOS SINDICATOS

En todas las sociedades anteriores a nuestros días, se han dado luchas de intereses, muchas veces promovidas por las clases desheredadas contra las clases y castas que las mantenían oprimidas. Las luchas alcanzaban cierta fuerza a partir del momento en que los oprimidos reconocían que les unían un interés común, y se juntaban para luchar por mejorar las condiciones de su existencia y otras para acabar con los que les explotaban y oprimían.

Antes, hacia el siglo X aproximadamente existían asociaciones de “fraternidad”. Eran agrupaciones que constantemente tenían que luchar contra las capas “superiores” de la sociedad, ya que varias veces fue planteada su desaparición.

Los objetivos de las asociaciones de “fraternidad” no eran obtener un cambio de la sociedad, sino mejorar el salario de sus miembros, y mejorar las condiciones de trabajo y de aprendizaje, elevar el nivel de vida del proletariado.

Su fuerza considerable a pesar de las persecuciones de que constantemente fueron objeto, su lucha constante, contra las numerosas veces que los tribunales decretaron su disolución, indican que correspondían a una necesidad de los trabajadores de aquellos tiempos. Así mismo el hecho al parecer de no haber sufrido modificaciones importantes durante varios siglos indica que organización y métodos de lucha correspondían bien a las posibilidades del momento. Hay que hacer ver que las primeras huelgas que la historia menciona en el siglo XVI corrieron a su cargo.

En el periodo, que va desde el siglo XVI, en el cual las organizaciones de fraternidad aparecen en la historia constituidas, hasta mediados el siglo XIX (cuando naciente la gran industria crea la necesidad de la aparición de los sindicatos), dichas organizaciones permiten mantener la unidad de los trabajadores frente a sus enemigos, los explotadores. A ellos les debemos la formación inicial de la conciencia de clase todavía muy tenue, pero que en la etapa siguiente, de la lucha de clases, adquirirá pleno desarrollo con las organizaciones de clase que les sucederán. Estos (los sindicatos), heredaron su funcionamiento reivindicativo. Las organizaciones de fraternidad corresponden a una época totalmente de producción artesanal, anterior a la revolución francesa y que existieron hasta la mitad del siglo XIX.

Debido al sistema feudal, a las organizaciones de fraternidad, no se les concedían derecho de existencia y tenían un carácter secreto, con todo lo que eso conlleva en una época de ritos para-religiosos, mientras que en la época posterior (después de 1830), cuando a las organizaciones obreras se les concedió un mínimo de derecho de existencia, permitió la aparición a plena luz de las asociaciones de fraternidad de oficios, y pronto se pone en evidencia su incapacidad para practicar una lucha enérgica e indispensable contra los patronos. El carácter restrictivo (solo los oficiales y maestros pueden formar parte de ellas) no les permite reunir a la totalidad del proletariado, ni siquiera a la mayoría, objetivo que los sindicatos se proponen desde su creación.

“Los reformistas aceptan el marco general de una institución o de una realidad social, pero creen que es susceptible de mejorar; los revolucionarios insisten en la necesidad de transformarla fundamentalmente o de sustituirla. Los reformistas se proponen mejorar o modificar la monarquía, o reformar el parlamento; los revolucionarios están convencidos de que no se puede hacer nada útil con ambas instituciones como no sea abolirlas. Los reformistas desean crear una sociedad en la que policía y los jueces no sean arbitrarios ni estén al servicio de los terratenientes ni banqueros; los revolucionarios, comparten sus simpatías con esas metas, pero quieren una sociedad en la que no existan ni policía ni jueces en el sentido actual, lo mismo que ni banqueros ni terratenientes” E. J. HOBSBAWM

La clase obrera en esta etapa no pasa directamente de las organizaciones de fraternidad a los sindicatos (que estaban prohibidos), sino que entre las dos hay un proceso de búsqueda de nuevas formas organizativas; en el intermedio se crearán “las sociedades de seguros mutuos”, que marcan el primer paso para reunir a todos los obreros de un mismo oficio. Estas mutuas se crearon para ayudar a sus miembros enfermos o en paro, y al mismo tiempo ayudar a los trabajadores en huelga; ya que esta se estaba desarrollando como método de lucha de los trabajadores contra los patronos.

Las organizaciones de “resistencia” (cuyo nombre indica claramente para qué fueron creadas), son el relevo de las Mutuas. Son organizaciones de lucha, pero con un contenido defensivo. Se proponían mantener el nivel de vida de los trabajadores y oponerse a la reducción de los salarios que los patronos podían intentar imponer; es este hecho, precisamente, el que las hace nacer. De la lucha defensiva pronto se pasó al ataque, ya que pronto se planteará la reivindicación obrera. Sin embargo, es después de 1840 y con el apoyo de los ideólogos socialistas y comunistas que desarrollaban los clubes, cuando surgen las reivindicaciones políticas entre los obreros; pero con todo, en lo fundamental tanto las asociaciones de “resistencia” como las “organizaciones obreras” tienen, antes que nada, un carácter de lucha económico. Sólo de una forma accesoria, y siempre bajo la influencia de clubes de revolucionarios, apuntan a la destrucción del orden social imperante. De hecho el objetivo esencial es puramente económico. El proletariado va adquiriendo conciencia de su fuerza, pero la utiliza casi exclusivamente para satisfacer reivindicaciones económicas inmediatas.

LOS SINDICATOS Y LA LUCHA DE CLASES

El primer sindicato apareció en 1864 (en el mismo año que la primera Internacional). No tenia en cuenta la lucha de clases, ya que había surgido para conciliar los intereses opuestos de los trabajadores y los patronos. El propio Tolain (organizador de los trabajadores, que participó en las primeras reuniones de la 1ª Internacional) no le daba otro contenido. Hay que decir también que el movimiento sindical no lo inician los trabajadores más explotados de la clase obrera (el proletariado industrial naciente), sino que lo hacen trabajadores pertenecientes a profesiones artesanales. Y por lo tanto refleja las necesidades especificas y las tendencias ideológicas de estas capas obreras.

Los zapateros y los tipógrafos, artesanos por excelencia, crean sus sindicatos en 1864 y en 1867 respectivamente; los mineros, que son el proletariado más explotado, crean su primer sindicato en 1876, en el Loire; y en los textiles, donde las condiciones de trabajo son particularmente espantosas, lo hacen en 1877. Es decir, cuando ya se ha producido la derrota de la Comuna de París, y después de la gran represión, la Burguesía autoriza a los trabajadores la creación de los sindicatos en aquellos sectores de trabajadores más dispuestos a la lucha, debido a su extrema situación de explotación; además de que sus espíritus se veían fomentados por las ideas socialistas y anarquistas (que sólo más tarde se diferenciarán) que se propagan en toda la clase obrera, sobre todo en las grandes ciudades. Los trabajadores más explotados (mineros, textiles, albañiles, etc.) rechazan la organización sindical, mientras quienes las crean son los trabajadores que tienen mejor nivel de vida. Es en estos sectores por tanto, donde la burguesía impone sus ideas de separación de los intereses globales de los trabajadores: por un lado, “para las reivindicaciones económicas están los sindicatos”; “para la participación política, y reivindicaciones de clase”, votar a las personas designadas por… cada cuatro o más años.

Los sindicatos creados por los obreros de profesiones artesanales, representan la forma de organización más adecuadas a profesiones que estaban divididos en múltiples talleres del mismo oficio y que cada uno de ellos reúne un reducido numero de obreros. Era el mejor modo de reunir a los trabajadores de un mismo oficio, y darles una cohesión que las condiciones propias del trabajo tendían a impedir.

El carácter artesanal de un oficio lleva, a menudo a que trabajadores y patronos trabajen codo con codo y lleven el mismo genero de vida. Incluso aunque la situación económica del patrono es muy superior a la del obrero, el contacto humano que con frecuencia se mantiene impide la aparición del foso que separa a obreros y patrones de las grandes industrias.

Asimismo, entre patrones y trabajadores de oficios artesanales se conserva también un mínimo de solidaridad de oficio, como también es más fácil el desarrollo del “paternalismo” ausente en la gran industria. Todas esas razones inducían, la mayoría de las veces, a la conciliación, más bien que a la lucha.

Si tomamos, por ejemplo, las ramas de textil y mineros, la situación era por completo diferente. Entre los mineros como entre los textiles, grandes masas de obreros de profesiones diversas se encontraban aglomeradas en fabricas y pozos, trabajando en unas condiciones inhumanas. Los trabajadores de las empresas artesanales son los primeros en organizarse para discutir con los patronos sus intereses. Los de las grandes industrias, sometidos a la explotación más despiadada del capital, son los primeros en darse cuenta que lo que les opone al patrón, es a rebelarse contra la situación impuesta, en practicar la acción directa, en reclamar su derecho a la vida con las armas en la mano; en suma, orientarse hacia la revolución social. La rebelión de los “Canuts” (trabajadores de la seda de Lyón) lyoneses en 1831, así como la huelga de los mineros en 1844, lo indica claramente.

Los trabajadores de las grandes industrias no tenían interés alguno en una forma de organización que se proponía la conciliación (porque ellos la presentían imposible) entre clases adversas. Acuden a ella a regañadientes, pues la situación que viven les empuja a formas de luchas abiertas contra los patronos, mientras que los sindicatos no toman en consideración esta forma de lucha, por lo menos al principio. De hecho, los trabajadores de las grandes industrias no van a la organización sindical sino a partir de que esta pone al principio de sus estatutos: principios de la lucha de clases. Serán ellos los que promoverán en el plano reivindicativo, las luchas más violentas entre 1880 y 1914. Mediante esas concesiones esas aspiraciones, se resignan a adherirse al sindicato, a parte de otras varias razones. Otra de ellas era porque ninguna otra forma de organización era concebible en la época. Además de que entonces estaba en perspectiva un amplio desarrollo progresivo del capitalismo, y de ahí la necesidad de una mayor unidad de la clase obrera si se quería arrancar a la patronal mejores condiciones de existencia.

Desde sus inicios, el sindicato aparece a los ojos de los trabajadores de las grandes industrias como mero ir tirando. Pero era aceptable en la época, debido a las supervivencias artesanales que la industria comportaba. Era una solución positiva en aquella época de desarrollo continuado de la economía capitalista, que iba acompañada de un desarrollo constante de la libertad y de la cultura. El reconocimiento por el Estado, y a través de él del derecho de asociación, constituía una adquisición considerable.

Cuando el sindicalismo adoptaba principios de lucha de clases, nunca se propuso, en el combate diario, el derrocamiento del capitalismo; se limitó a unir a los obreros con vistas a la defensa exclusiva de los intereses económicos, en el seno de la sociedad capitalista. A veces, la lucha por esos intereses toma aspectos de lucha encarnizada, pero jamás lleva el propósito, ni implícito ni explícito, de transformar la condición de los obreros mediante la revolución. Ninguna de las luchas de esa época, siquiera las más violentas, tenían ese objetivo. Todo lo más el sindicato entrevé, para un tiempo indeterminado, la superación del trabajo asalariado y por consecuencia de la sociedad capitalista. Pero el sindicato nunca emprenderá acción alguna en tal sentido.

El sindicato es una tendencia reformista en el seno de la clase obrera, es la más pura expresión de la misma. Es imposible hablar de degeneración reformista del sindicato, es reformista de nacimiento. No se opone en ningún momento a la sociedad capitalista y al Estado para destruirlo, su único objetivo es conquistar un lugar en su seno y acomodarse en él (este reformismo no tiene nada que ver con el reformismo en cuanto evolución del capitalismo hacia el socialismo sin revolución). La historia, desde 1864 hasta 1914 es la del auge y victoria definitiva de la tendencia a la integración en el Estado capitalista, tanto es así que al estallar la Primera Guerra Mundial, la gran mayoría de dirigentes de los sindicatos se pusieron del modo más natural de lado de los capitalistas, a los cuales les unen los mismos intereses (el nacionalismo entre otros)surgidos de la función que los sindicatos han asumido en la sociedad capitalista. Están contra los sindicatos, quienes querían abatir el sistema e impedir la guerra.

En el periodo anterior a la Primera Guerra Mundial, los dirigentes sindicales no fueron representantes legítimos de la clase obrera, sino en la medida en que tenían que asumir ese papel para aumentar su crédito cerca del Estado capitalista. En el momento decisivo, cuando era necesario llamar a las masas en contra de la guerra y el régimen que la hacia posible, escogieron la alternativa de ponerse a su lado. Los dirigentes sindicales traicionaron, ¿no es porque la propia estructura del sindicato y su lugar en la sociedad hicieron, desde el principio, posible esa traición inevitable en 1914?.

SINDICATOS Y REVOLUCIÓN

En las revoluciones rusas de 1905 y 1917 surgieron nuevas formas de organización de poder que partiendo de la nueva realidad, social, el comité o consejo de fabrica que se elegían por parte de todos los trabajadores en las fabricas y en los barrios así como en las ciudades y pueblos cuyos componentes eran revocables en todo momento. Surgen por primera vez en San Petersburgo y en Moscú, al final de la revolución de 1905, de la cual son el punto culminante. Demasiado débiles e inexpertos, son incapaces de cumplir con el objetivo para el cual habían sido creados, el derrocamiento del zarismo.

Reaparecen desde el principio de la revolución de 1917, entonces más seguros de sí mismos y pronto se extenderán por todo el país. Impulsados fundamentalmente por el partido Bolchevique, asumen la dirección de la lucha y toman el poder. Mientras, los sindicatos van detrás frenando el movimiento con toda su fuerza. No tienen ninguna iniciativa revolucionaria, más bien al contrario. John Reed, en sus Diez días que estremecieron al Mundo, pone de manifiesto la hostilidad a los soviets en diversas ocasiones, hasta el punto que los ferroviarios tuvieron que romper la disciplina sindical para transportar de Petrogrado a Moscú refuerzos necesarios para reducir la contrarrevolución de los terratenientes.

En la Revolución y Guerra Civil Española de 1936 desde los primeros días de la insurrección fascista surgen por todas partes comités, pero al revés que en Rusia donde los soviets relegaron a los sindicatos a segundo plano, aquí estos ahogan los comités (juntas).

Los obreros, soldados y marineros alemanes sublevados en 1918 no piensan ni siquiera por un instante en dirigirse a los sindicatos para que dirijan la lucha contra el régimen imperial, crean en medio del combate sus comités de lucha, con los cuales se hacen con las fábricas y de los navíos y expulsan a los capitalistas. Los sindicatos intervienen más bien tarde y para frenar la lucha y contener la revolución en los límites donde la burguesía pueda controlarla, es decir, para traicionarla.
En Alemania donde los sindicatos eran mucho más fuertes que en Rusia, estaban dirigidos por los reformistas más consecuentes. Estos utilizaron todos los medios a su alcance para sabotear la revolución. Era cuestión de vida o muerte para ellos. Por una parte, si los sindicatos se mostraban hostiles a la revolución y los comités favorables a ella, estaba claro que era necesario apoyar a los comités contra los sindicatos. Lenin se opuso a ello, en nombre de una táctica de desbordamiento de los jefes por las masas; pero, justamente, los sindicatos encarnan el poder material de los jefes, disponen de todo el aparato sindical y del apoyo directo o indirecto del Estado capitalista, mientras que los proletarios no tienen más que los comités creados por ellos mismos para vencer la resistencia de los jefes sindicales. Si los obreros no hubiesen creado en Rusia sus propios órganos de poder y de lucha, los comités y los soviets, la revolución seguro que hubiese sido canalizada y llevada a la derrota por los únicos organismos que encuadran a las masas, los sindicatos.

Los sindicatos convergen hacia el Estado y tienden a asociarse a él contra los obreros(los trabajadores no tienen sobre ellos prácticamente ningún poder), son inadecuados para servir de instrumento a la revolución proletaria, y ésta no puede vencer sin marginarlos o destruirlos.

En los sindicatos los trabajadores no tiene mayor poder que el de pagar las cotizaciones, los comités de fabrica democráticamente elegidos por los obreros en los lugares de trabajo, cuyos miembros, bajo control inmediato y constante, son revocables en cualquier momento. Los comités emanados directamente de la voluntad de los trabajadores en movimiento y facilitando su evolución. Por eso cuando aparecen, incluso bajo la forma provisional de comités de huelga, entran en conflicto tanto con los dirigentes sindicales que se dedican a interceder entre patrones y obreros, para que cesen las huelgas. Ningún trabajador que haya participado en un comité de huelga dirá que esto no es cierto, sobre todo lo referente a las huelgas en los últimos años. Por lo demás, es normal que así ocurra, puesto que los comités de huelga representan un organismo de lucha, el más democrático que pueda concebirse si lo eligen los trabajadores directamente. Este organismo(comité), tiende conscientemente o no, a sustituir al sindicato, que defiende los privilegios adquiridos y procura restringir las atribuciones que en el comité de huelga se acuerda. ¡Imaginarse entonces la hostilidad de los sindicatos a un comité permanente, llamado por lógica a subordinarlo u a suplantarlo!.

CRÍTICA AL SINDICATO

El sindicato nunca se ha asignado objetivos revolucionarios, en primer lugar porque no podía asignárselos en la época de su creación en la primera etapa (hasta la comuna); concebidos con vistas a una acción reformista, es decir luchar por el mejoramiento de los salarios, dentro de la sociedad capitalista. En la segunda etapa después de la comuna, y con el triunfo militar de la burguesía europea siguió el triunfo definitivo de la política nacional, dirigida por las manos de las clases dominantes.

Bien hubiera podido la burguesía expresar así su triunfo: “Hemos liquidado a los internacionalistas. Ha vencido la nación. A partir de ahora, los obreros tendrán su sindicato para arreglar en paz y educadamente sus cuestiones económicas. Los ciudadanos, incluidos los obreros, que ya no serán marginados, tendrán su parlamento para decidir democráticamente, votando cada cuatro años, cuestiones políticas. Una nueva era de paz, orden y progreso comienza para la humanidad”.

La actividad de los sindicatos en esta segunda etapa ha sido importante, puesto que ha permitido una mejoría considerable de la situación de la clase obrera y un desarrollo de su conciencia de clase, que valiera lo que valiese, animaba al proletariado. Si tenemos que decir verdad, tal conciencia de clase era obra de la acción puesta en práctica por la minoría sindical revolucionaria, más que por la práctica sindical en general. Era cuanto podía esperarse del sindicalismo revolucionario. El no podía encarar realmente el derrocamiento de la sociedad capitalista sino partiendo de un error que constituyen los sindicatos, puesto que estos, díganse revolucionarios o reformistas, son impropios para ese cometido. No es casualidad que la Primera Guerra Mundial de 1914, pusiera al desnudo la naturaleza reaccionaria de los dirigentes sindicalistas, y llevase consigo la desaparición rápida del sindicalismo revolucionario, siendo así que la tradición reformista hubiera debido, en ese momento de crisis, producir una consolidación del sindicalismo revolucionario, en detrimento del reformismo. La clase obrera sentía de una forma instintiva que el sindicalismo, incluido el revolucionario, no era el instrumento idóneo para acometer la transformación de la sociedad. La resurrección del sindicalismo después de la Guerra de 1914 resulta de una rutina rudimentaria que los revolucionarios, poco numerosos, no supieron romper, pero realmente ya había sonado la hora de terminar con ellos (los sindicatos).

El sindicato, resulta de un error, quizás inevitable en la época de su aparición. Es el mejor medio de crear la cohesión necesaria entre los trabajadores de un mismo oficio dispersos en numerosos talleres; pero, al concentrase la industria, congregaba en una misma fábrica masas de trabajadores de oficios muy diversos. Había que partir del hecho real, que indicaba el sentido de la evolución del capitalismo: la concentración en un mismo punto de una gran cantidad de obreros, en la célula social que constituye la fabrica. El sindicato ¿qué hace?, saca a los obreros de la fábrica donde están sus intereses vitales, para crearles otros superficiales, afiliándolos y dispersándolos, creando tantos sindicatos como oficios hay. Destruyendo la unidad natural, lista para constituirse por si sola en la fabrica misma – y que trataba de reforzar – aventajando a una organización caduca, porque era reflejo de los intereses de las tendencias ideológicas de las capas obreras supervivientes de un estadio de producción sobrepasado por la propia evolución del capitalismo.

En la actividad obrera siempre que se sale de una crisis, hay una progresión constante. Las organizaciones de confraternidad agruparon primero a los obreros cualificados, los sindicatos reunieron luego a los obreros más conscientes. Ha llegado la hora el momento de que los comités de fabrica representen a la totalidad de la clase obrera en el cumplimiento de su tarea histórica: la revolución social.

En los sindicatos, en cuanto adquieren alguna importancia retiran a los dirigentes de los centros de trabajo, sustrayéndolos así del control necesario de los trabajadores. Y en general una vez fuera, el dirigente sindical no vuelve jamás al centro de trabajo, se crean poco a poco intereses extraños, opuestos a los de los trabajadores que los han elegido. Antes que nada aspiran a estabilizar su nueva situación, que cualquier acción de los trabajadores corre el riesgo de poner en peligro. Se les ve intervenir cerca de los patronos en cuanto se crea la amenaza de que estalle una huelga. Porque la huelga hace surgir una nueva autoridad obrera, cuya existencia es muy alarmante respeto a las relaciones reales entre sindicatos y dirigentes: el comité de huelga elegido por la asamblea de los trabajadores de la empresa, sindicados o no, se interpone entre la oficina sindical y el patrono, indicando y queriendo decir a este: “El papel del sindicato ha terminado, empieza el mío”.

(“Demos completa libertad de reunión, dice la burguesía, que entiende bien la defensa de sus intereses: la libertad no puede perjudicarnos. Lo único que debemos temer son las sociedades secretas, y la libertad de reunión es el modo más eficaz para que desaparezcan. Si en un momento de excitación las reuniones publicas amenazan nuestra tranquilidad, medios nos sobran para suprimirlas, puesto que la fuerza del gobierno está a nuestra disposición”. P. KROPOTKIN )

El nacimiento del comité de huelga demuestra por si solo la incapacidad del sindicato para dirigir una huelga. Ahora bien, cualquier huelga es, al menos en potencia, una acción revolucionaria. El hecho es que, cuando los trabajadores juzgan necesario una huelga (acción revolucionaria en potencia), aun de pequeña envergadura, se ven en la necesidad de dar de lado al sindicato y crear un nuevo organismo de lucha adecuado a la acción a llevar a cabo, lo que muestra por si solo que el sindicato no es un arma revolucionaria. Es importante para una acción revolucionaria, que los dirigentes de la misma estén bajo el control directo y constante de quienes los han elegido, los dirigentes sindicales son inadecuados para cualquier acción revolucionaria, puesto que escapan totalmente a dicho control; lo hemos visto en los últimos años, en los paros generales habidos en España y en las huelgas dirigidas por los sindicatos. Así mismo se ha demostrado retiradamente, durante todas las crisis revolucionarias habidas en el siglo XX.

Los dirigentes sindicales una vez salidos de las empresas(incluso dentro de ellas, por disciplina sindical) empiezan a vacilar entre los intereses opuestos de los trabajadores que los han elegido y los de los patronos. Al principio, es posible que algunos, defiendan a los trabajadores, permaneciendo así en el terreno de la lucha de clases. Pero no tardan en abandonarla, a medida que adquieren consciencia de su papel de intermediarios entre las clases adversas, transformándose pronto en agentes de una colaboración de clases, cuya expresión es la conciliación de los intereses opuestos de las mismas. Si al principio se pone al lado de los trabajadores, pronto se dan cuenta que su papel no se sitúa en el plano de la lucha, sino en el de la conciliación de intereses, ¡como si eso fuese posible!.

Se dan cuenta de su importancia en cuanto intermediarios entre trabajadores y patrones, y de animar a la lucha. Piensan exclusivamente en la conciliación y el regateo de los “armisticios”. No es el combate lo que justifica su existencia, su valía crece en proporción a los resultados obtenidos cerca de los patronos, que comprenden rápidamente su importancia, y los obreros abandonan poco a poco a los dirigentes en la tarea de dirimir los conflictos que los oponen a los patrones. La lucha de clases, factor necesario a toda acción positiva, queda relegada a un segundo plano, la acción directa de los obreros se adormece, su autodeterminación desaparece, y el impulso hacia la emancipación degenera en acomodos dentro del marco de esta sociedad decadente, el capitalismo.

Si la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de nosotros mismos, que es lo que constituye el postulado de toda acción auténticamente revolucionaria, se ve que el sindicato ahoga el poder creador de la clase obrera, se opone a la emancipación, que se convertirá, con él, en obra de los sindicatos, si los dirigentes fuesen capaces de acometerla o quisieran consagrase a ella. Al contrario, puede constatarse hoy que cualquier secretario general de sindicato no tiene con cualquier obrero más interés común que con el rey o cualquier presidente de gobierno o que cualquier director de banco nacional, mientras que entre todos estos y los empresarios, están estrechamente enlazados frente a los trabajadores.

EL SINDICATO, ÓRGANO DEL CAPITALISMO

Los sindicatos, llegaron hace tiempo a su evolución independiente, que sólo tuvieron en los años anteriores a la Comuna de París; desde 1914 entraron en un nuevo periodo, el de su integración en el Estado Capitalista. Tendían a él desde el momento mismo que asumieron la separación de la actividad de clase en actividad económica (salarios, mejores condiciones de trabajo, etc.) y política (votar a quienes te ponen en los boletos, cada cuatro años), pero fue necesaria la Primera Guerra Mundial y los servicios que entonces prestaron al capitalismo para que el Estado les concediese participar en las deliberaciones sobre las leyes laborales, derecho de huelga, productividad, etc. (se sentaron las bases de lo que después se ha llamado el Estado del bienestar, que no es otra cosa, que los patrones pagan algo más de impuestos, y los obreros a cambio no hacen huelgas, y aceptan aumentar los ritmos de productividad), de esta forma los sindicatos mostraron su poderío sobre los trabajadores y por tal hecho se convertirán en preciosos auxiliares del sistema capitalista.

Los monopolios y las transnacionales, les abre a las burocracias sindicales una perspectiva duradera en cuanto organismo de control sobre los trabajadores en la sociedad capitalista, perspectiva que carecen por el simple ejercicio del sindicalismo. Los convierten en instrumentos directos del Estado, de igual modo que los jueces o la policía. La burocracia, desde el principio afincada en la economía desde la que actúa en el Estado, se convierte en mecanismo auxiliar de ese mismo Estado.

El capitalismo está dividido por los distintos intereses y por lo tanto sus contradicciones le hacen que no tire hacia un único camino (aunque desde que se ha impuesto la globalización de la economía y del gobierno del mundo parecen más difíciles las manifestaciones de esas contradicciones intrínsecas al sistema capitalista), la relativa o mucha dependencia de unos países con otros la división en varias tendencias imperialistas, (EE.UU, Europa, Japón; Rusia), la ausencia de un movimiento revolucionario a nivel Internacional, no puede dejar de reflejarse en el movimiento sindical, en la medida en que está ligado al Estado y que, junto a el, vierte todas sus lacras sobre la clase trabajadora. Toda la división, entre imperialismos, hace inevitable la división sindical.

De todos es sabido que los sindicatos, en general, se han convertido o son agencias, de los partidos políticos o de las empresas multinacionales, dentro de la clase obrera. Esta es una situación política que los trabajadores no han decidido, sino que les ha sido impuesta desde el exterior. En cambio, el comité esta llamado a constituir, por su propia estructura, una especie de laboratorio donde se elabore la política de la revolución, del despertar de la clase obrera a la vida social y revolucionaria.

“En la sociedad actual, los medios de trabajo son monopolio de la clase capitalista. La situación de dependencia que de ello se deriva para la clase obrera es la causa de la miseria y de todas las formas de servidumbre: miseria social, envilecimiento intelectual y dependencia política”. FRANZ MEHRING

Por eso no puede extrañarnos que los obreros deserten de los sindicatos (en España después de cuarenta años de dictadura jamás se alcanzó una afiliación más allá del 12-13%, y después de 20 años de práctica sindical, la afiliación máxima se da entre los funcionarios del Estado, empresas estatales y alguna multinacional del automóvil, con todo no llegan ni al 8%), ligados a los diversos tendencias del capitalismo, sin que por eso se afilien a otros sindicatos, que están dirigidos por trabajadores honrados, ¿por qué habían de tener más confianza en un sindicato que en otro?. El hecho que esté dirigido por trabajadores honrados, incluso revolucionarios, no garantiza lo más mínimo que sea apto para desempeñar, llegado el caso, una misión revolucionaria, y que no degenere como otras centrales sindicales, dado que es la estructura sindical misma, la que, sustrae a los dirigentes al control de los trabajadores, y por tanto favorece la degeneración. Cierto, que ninguna organización, es inmune a la degeneración. Pero conviene, oponer a ésta el máximo de obstáculos. Sin embargo el sindicato en lugar de oponerlos los facilita en todos los sentidos.

Cuando nació el sindicato se dio por objetivo la defensa de los intereses obreros, en el marco de la sociedad capitalista. En muchos casos ha cumplido ampliamente ese papel sobre todo en el pasado entre 1890 y 1913, cuando, en periodo de auge como de crisis económica, el porcentaje de éxitos en las huelgas oscila de 47,7% en 1911 – 1913, al 62,3% en el periodo comprendido, más favorable 1905 – 1907. No está cualificada el porcentaje de huelgas victoriosas durante los últimos años, pero seguro que los resultados no serán comparables a los resultados durante aquel periodo. Aunque lo fuera, el alza de los precios precede a la de los salarios, y que corre inútilmente a su alcance, de modo que la distancia entre ambos aumenta en lugar de reducirse. Por eso hay que llegar a una conclusión que se impone por sí misma: la lucha reivindicativa se transforma en inútil porque el capitalismo no consiente ninguna ventaja a los trabajadores. Por tanto, no es la forma de organización solo la que se pone en entredicho, sino el objetivo perseguido, que es inadecuado a la época presente y desproporcionados los sacrificios y los esfuerzos que exige. La huelga reivindicativa ha caducado, igual que el sindicato, del cual era su único objetivo.

Si el estado capitalista es incapaz de mejorar la vida de la clase obrera, ésta no tiene otro recurso que destruirlo. Pero no es el sindicato el que podrá dar cumplimiento a esta tarea, pues está concebido con vistas a la lucha reivindicativa en el marco del sistema capitalista, marco que no se propone romper en manera alguna. Hoy sólo los comités en los centros de trabajo, en los barrios obreros, pueden acometer con los trabajadores el asalto a la sociedad capitalista, y que dé paso a otra estructura económica y social, porque puede ser la célula revolucionaria actualmente.

La degeneración de los sindicatos corre paralela a la degeneración de la sociedad capitalista, que se caracteriza entre otras muchas causas por la introducción en ellos, de organizaciones económicas, de diversas corrientes políticas capitalista, indicando así lo nefasto que ha sido para la clase obrera la separación entre actividad económica y política. En la etapa de Marx y Bakunin no se daba esa separación, ya que la clase obrera desarrolla de una forma integral la lucha de clases. Sólo después de 1870/71 es cuando se produce la derrota del internacionalismo y se impone las formas nacionales de organización; al mismo tiempo que se produce la división del movimiento obrero en dos grandes corrientes, es cuando los sindicatos y su política reformista, se constituyen en la forma tradicional de organizarse para la lucha reivindicativa, y que hoy tiene un carácter tradicional.

Hoy, como vemos todos los días, los sindicatos no cuentan para nada con los trabajadores a la hora de elaboración de los pactos con el gobierno y los patronos, no hay ningún control posible hacia la burocracia sindical. Por eso hoy se trata de que los trabajadores lleguemos a la elaboración de una política decidida por los trabajadores, reunidos en asambleas capaces de determinar y decidir, de designar delegados que tengan por misión aplicar las decisiones tomadas por todos.

LOS COMITÉS MOTORES DE LA REVOLUCIÓN SOCIAL

En la actualidad, el problema del Estado esta en el centro del debate de los políticos neoliberales, han tendido a reconvertir a los viejos estados nacionales, sustentados en la tutela de los derechos sociales y de las políticas del bienestar, en estados subordinados a los centros de poder financieros internacionales y fusionados a las nuevas políticas que tienden a la reducción del ser humano en función de los intereses económicos de las grandes corporaciones. El desmantelamiento del marco constitucional y jurídico de los países para suprimir de estos los derechos de la Nación sobre el subsuelo y el espacio aéreo, las antiguas formas de tenencia de la tierra, las garantías de los trabajadores, los sistemas de seguridad social o las universidades públicas, está teniendo efectos que aún no es posible predecir. A esa concentración de poderes capitalistas, ¿van a continuar oponiéndose las dispersas fuerzas obreras?. Sería correr al fracaso definitivo. Una de las razones principales de la apatía actual de la clase obrera reside en la serie interminable de batallas y fracasos sufridos por la revolución social en el curso de este siglo.

La clase obrera no tiene confianza en ninguna organización, porque las ha visto en acción, aquí y allá, y todas se han revelado incapaces de dar una verdadera respuesta al capitalismo (salvo alguna excepción, que confirma esta regla), o asegurar el triunfo de la revolución social. No hay que tener ningún miedo de decir que hoy todas están caducas. Al contrario, sólo partiendo de tal constatación y sin tratar de reducir su alcance mediante consideraciones más o menos circunstanciales o arrojando las culpas de los propios errores, se estará en condiciones de reconsiderar todas las teorías (que hoy tienen en común el estar caducas, salvo el internacionalismo) y quizás llegar a una unificación ideológica fundamental del movimiento obrero, con vistas a la revolución social. Ni que decir tiene que no preconizamos en modo alguno un movimiento obrero de pensar monolítico, sino un movimiento unido, en cuyo seno las distintas opiniones gocen de la más amplia libertad de expresión.

“El aumento de la producción es imposible si al mismo tiempo no se organiza la vida de los obreros sobre bases nuevas, racionales y comunistas”. ALEXANDRA KOLONTAI

Es evidente que la acción se impone de manera inmediata. Debe obedecer a dos principios generales: por una parte, debe facilitar el reagrupamiento ideológico, y por otra parte debe dejar de considerar la revolución social como si hubiera de ser obra de las generaciones futuras o imposible. Estamos ante el dilema: la revolución social y un nuevo florecimiento de la humanidad o una descomposición social donde la violencia el tecnofascismo, la amoralidad y la indignidad y la explotación más brutal campará por todo el globo de la tierra, como sólo débiles ejemplos se conocen en el pasado. La historia nos ofrece una tregua cuya duración no conocemos. Hay que saber utilizarla para invertir el curso de la degeneración y hacer surgir la revolución. La apatía actual de los trabajadores es solo transitoria. Indica por una parte la pérdida de confianza en todas las organizaciones actuales, y un estado de disponibilidad que depende de todos los rebeldes, revolucionarios, el saber aprovechar para transformarla en rebeldía activa.

La energía de los trabajadores pide ser empleada. Hay que darle, no sólo un objetivo sino los medios de cómo alcanzarlos. El objetivo para los revolucionarios de llegar a una nueva sociedad, necesita de un inmediato organismo en el que pueda formarse y desarrollarse ese proyecto de sociedad. En el momento actual, donde la fraternidad obrera está tan dispersa debemos tratar de alcanzarla en los centros de trabajo y en los barrios obreros. Ahí es, pues donde debemos actuar, no reclamando una unidad sindical quimérica hoy en el estado del mundo capitalista, y que por añadidura no podría consumarse sino en contra de los mismos trabajadores, dado que los sindicatos representan diferentes tendencias capitalistas. En realidad, no habrá “frente único” sindicalista sino en vísperas de la revolución social y contra ella, por estar las centrales sindicales por igual interesadas en torpedearla, a fin de asegurar su supervivencia en el estado capitalista. Parte integrante del sistema capitalista, lo defiende defendiéndose. Sus intereses son los suyos y no los de los trabajadores.

Uno de los mayores obstáculos al reagrupamiento de los trabajadores y al renacimiento revolucionario lo constituyen los aparatos burocráticos de los sindicatos en los centros de trabajo. Hoy el enemigo del trabajador es el burócrata sindical, tanto como el patrón, que sin aquel seria impotente la mayoría de las veces. Es el burócrata sindical quien paraliza la acción obrera. La primera consigna de los revolucionarios debe ser: ¡Fuera los burócratas sindicales!.

No se podrá destruir un organismo existente sin aportar otro adaptado a las necesidades de la revolución social. Es por eso que es en ese proceso revolucionario donde indicar cual es el instrumento adecuado, el comité de centro de trabajo o barrio directamente elegido por los trabajadores en los centro de trabajo y los barrios, donde los elegidos, pueden ser revocados en todo momento. Es el único organismo que puede, sin cambiar, dirigir los intereses obreros en la sociedad capitalista sin dejar de apuntar hacia la revolución social, dar cumplimiento a esta y, una vez haya asegurado la victoria, construir la nueva sociedad. La estructura de los comités es la más democrática que cabe concebir, puesto que elegido en los centros de trabajo por el conjunto de los trabajadores, que controlan cotidianamente su acción, pueden destituirlo siempre para nombrar otro. Su creación ofrece el mínimo de riesgo de degeneración debido al control constante y directo que los trabajadores pueden ejercer sobre sus delegados. Además, el contacto permanente entre los responsables y electores favorecen al máximo la iniciativa creadora de la clase obrera, llamada así a tomar en sus manos su propio destino y a dirigir directamente sus luchas. Los comités, representan auténticamente la voluntad obrera, están llamados a gestar un proceso productivo nuevo, a organizar su defensa contra la policía, los reformistas de todas las layas así como contra las bandas reaccionarias del capitalismo y del imperialismo. Una vez victoriosa la revolución, al comité le tocará indicar la dirección que ha de tomar la economía regional, nacional e internacional después, (estas instancias también elegidas directamente por los trabajadores), determinar la capacidad de producción de las empresas, lo que producen, sus necesidades en materia prima etc… En fin, los representantes elegidos directamente se verán llamados a constituir a escala regional, nacional e internacional, toda la coordinación necesaria para que nadie en el planeta se sienta marginado, y explotado, separados de la dirección económica, cuya principal tarea consistirá en liquidar la herencia del capitalismo y asegurar su desaparición progresiva, y garantizar las condiciones materiales y culturales para todos. Es el organismo revolucionario por excelencia, a la vez político y económico por lo cual su simple constitución representa una especie de insurrección contra el estado capitalista y sus burocracias sindicales, puesto que junta todas las energías de los trabajadores contra el estado capitalista. Lo vemos surgir espontáneamente en momentos de crisis sociales agudas, nuestra época de crisis crónicas, es preciso que los revolucionarios los preconicen desde ahora si queremos terminar con la injerencia de los burócratas sindicales en los centros de trabajo y devolver a los trabajadores la iniciativa de su emancipación. Digamos¡ no! a los sindicatos, en nombre de los comités en los centros de trabajo y los barrios, democráticamente elegidos por la asamblea de los trabajadores, y revocables en cualquier momento.

HASTA LA VICTORIA

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

HISTORIA DEL MOVIMIENTO OBRERO
Édoard Dolléans

DIEZ DÍAS QUE ESTREMECIERON AL MUNDO
John Reed

LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL “IZQUIERDISMO” EN EL COMUNISMO
V. Lenin

LOS CONSEJOS DE FABRICA EN RUSIA DE 1917
Ana M. Pankratova

EL SINDICALISMO
Marx y Engels

PLURALISMO SINDICAL EN FRANCIA
F. Martín Montoya

HISTORIA DEL PENSAMIENTO SOCIALISTA
G. D. H. Colé

LOS SINDICATOS CONTRA LA REVOLUCIÓN
Benjamin Péret

NACIONALISMO, DEGENERACION DEL MARXISMO. Janus

JANUS

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