Como ganar el Fondart sin morir en el empeño‏

Pör: Anibal Reyna, actor y Consuelo, directora de la Casa de la Cultura de La Legua
Fuente: Especial para http://www.hernanmontecinos.com (25.09.09)

Un montón de reflexiones comienzan a rebotarme en la cabeza cuando se examina, año tras año, los resultados del Fondo de Desarrollo de las Artes y la Cultura (Fondart). Más aún ahora, en que se siente la responsabilidad de haber invitado a soñar a varios grupos de teatro de diversas poblaciones de Santiago, haberlos inducido a presentar proyectos después de demasiados años luchando sin reconocimiento y, a la hora de revisar juntos los resultados, ver que nada, que ni uno solo, salió considerado por el jurado.

Es ahí cuando uno se siente idiota (valga la ambivalencia dostoievskiana). Cómo, después de catorce años, se le puede seguir pasando a uno por la mente que los esfuerzos por impulsar el arte y la cultura son honestos; que se financia lo que se financia porque los otros grupos están invisibilizados y no se puede llegar a ellos; que el afán del gobierno, desde su sello socialdemócrata y su paternalismo alternativo, es permitir el desarrollo de los pobres que lo llevaron a administrar el país…

Como que uno no se quiere convencer de la mentira que encierra todo esto; de la estafa que se ha vuelto cotidiana y no sólo en términos de dinero, sino que en términos de esperanza, de sentido de vida, de reconocimiento a los que luchan a diario para que los que hablan de justicia, desarrollo con equidad, responsabilidad social y demás frases para el bronce, no les roben la dignidad.

Es doloroso, es indignante, ver que otra vez los que han tenido todo, los que tienen acceso a todo, son los favorecidos por el Fondart. A uno le da la sensación de que si un grupo de teatro de las múltiples escuelas de la institucionalidad privada presentara un proyecto sobre los pobres del país y su dura cotidianidad, lo financiarían, entre otras cosas por la importancia de estimular la conciencia social. Pero si ese mismo proyecto lo plantean jóvenes de una población, para denunciar la desigualdad reinante en esta democracia de pantallas, se descartaría, porque les falta formación, porque -como tan bien dijera el señor Labra en un artículo de El Mercurio- tendría faltas de ortografía e imperdonables errores de redacción.

Tengo conocimiento que comunas indigentes con pobladores intrínsecamente marginados de las actividades artísticas presentaron proyectos para formar grupos de teatro con actividad permanente y gratuita para los vecinos, cuestión, señor Labra, que en términos de esta sociedad de mercado es bastante original, creativa y útil para ensamblar una sociedad. Sé que otros grupos de actores obreros solicitaron a actores profesionales con trayectoria que los dirigieran, para elevar el nivel de sus propuestas escénicas -algo así como tener clases de ortografía teatral- pero claro, los estándares del concurso exigen que la gramática se aprenda en las escuelas. El Fondart no está para esas minucias.

Por otra parte tengo conocimiento que en las comunas del área sur de Santiago existen grupos de teatro de obreros y trabajadores, que tienen quince años de actividad con presentaciones que, ante la pobreza que manifiestan sus municipios, ellos mismos costean. Grupos de obreros que trabajan sin ayuda de nadie, sino por el instinto de ser voceros de la necesidad de socialización de su comuna. Ponen incluso dinero de sus escuálidos bolsillos (soy testigo de ello) para que no sean tan paupérrimas sus presentaciones. Actúan sin luces, sin camarines, sin adecuados decorados. En la más total de las pobrezas, su imaginario es compelido a pobres presentaciones, sin ninguna posibilidad de perfeccionamiento. Actúan gratis para la comunidad y nunca han recibido un Fondart, porque no tienen tiempo (entre familia, micros, trabajo y el grupo) de tomar clases para rellenar el formulario, para rogar que alguna empresa o institución les ponga un timbre en una carta, para tratar de convencer a la gente de que aunque sean pobladores se puede confiar en ellos, para cotizar los productos, para hacer maquetas y claro está, conseguirse computador, corrector redaccional y, por supuesto, un buen diccionario para la ortografía. Además, hay que agregar que parte fundamental de sus objetivos es llevar el teatro con dignidad a sus vecinos, quienes nunca o casi nunca han visto teatro. Pero por supuesto, eso carece de originalidad al lado de Tunik, la geisha o el nunca bien ponderado argumento de un Prat homosexual.

Es cierto que hay proyectos que son interesantes y que merecen el aporte del gobierno para su desarrollo, pero lo que molesta es que los mecanismos del Estado no sean lo suficientemente originales, creativos y consistentes, como para que todos puedan financiarse y consolidar propuestas identitarias.

Por otro lado tengo entendido que casi todos los proyectos aprobados pertenecen a quienes podrían haberlos realizado con su peculio personal, con ayuda de sus padres o con auspicio de familiares comerciantes. O con la ayuda de las opulentas comunas a las que pertenecen las que, para seguir familiarizando a sus habitantes con las sensibilidades y los mecanismos y códigos que les permitirán llegar a las galerías de arte, acceder a los teatros, filmar sus películas, escribir sus libros y realizar sus ensayos, sí disponen de suculentos ítems especiales para cultura. Los pobres, pareciera ser, se tienen que conformar con que alguna vez la cámara los muestre (jamás estar del lado del que filma); cuidar los autos en los espectáculos y pedirle autógrafos a los “artistas” que lleguen; servir de archivo de imágenes para los futuros creadores; soldar y acondicionar las escenografías que nunca los verán actuar, y por supuesto, jamás nunca leer Los invasores de Egon Wolf, porque se les podrían venir ideas demasiado peligrosas a la cabeza.

Mientras, seguimos asistiendo al patético circo del exceso de maquillaje y la falta de rostros, a la cultura de la hamburguesa y la silicona, a los reality show y las mediaguas caricaturescas colgando de las nubes… A propósito, un niño me preguntó el otro día si ahí vivía Dios y yo, que soy ateo, no supe qué responderle; pero me hubiera gustado que hubiese estado allí Felipe Berríos.

Las pocas certezas que a uno le quedan ahora es que ya no hay que invertir más tiempo ni creatividad en quienes creen tener el monopolio del tiempo y de la creatividad, y comenzar a meter todas las energías en quienes nunca van a tener entre 80 mil y 300 mil pesos mensuales para pagarse una carrera de teatro, en quienes están en séptimo básico y aún no saben leer ni escribir -porque para los establecimientos es más lucrativo pasarlos de curso y recibir la subvención estatal por 40 y no por 39-. Meter todas las energías en quienes somos, en quienes exudan identidad abriendo grifos en verano, jugando a la rayuela en las plazas, elevando las miradas en los volantines y todavía mantienen la risa fresca y transparente que muchas de las políticas de Estado, a costa de paternalismos y subvaloraciones, han pretendido opacar y destruir.

El Fondart es concedido íntegramente, gracias a la solidaridad de quienes detentan el poder, a los proyectos teatrales de sus retoños. Justificando sus decisiones con reflexiones como las tan bien desarrolladas por Pedro Labra, que dejan muy en claro que no financian propuestas de teatro poblacional ni de trabajadores.

El año pasado tuvo gran publicidad la obra Prat, (volada teatral de niños bien), que no vio ni el 0,1 por ciento de la población y que sin embargo, amén de otros efectos, recibió por parte del Fondart una cantidad de dinero con la cual se habría financiado un año entero de actividad de diez grupos de teatro poblacional, por supuesto de las comunas pobres. El mismo grupo ganó otro financiamiento este año, lo que confirma la buena redacción de las propuestas, extractadas profesionalmente, bien escritas y sin faltas de ortografía.

También este año, reiteradamente, es premiado el tema de El doctor Mortis, el año pasado para radio y hoy para cine, fundamentalmente por el marketing del título porque, a decir verdad, fue uno de los programas más deficiente entre los radioteatros dedicados al suspenso: mal escrito, mal realizado y también mal actuado porque el autor, Juan Marino, tenía que renovar constantemente los elencos ya que quedaba a deber a sus actores. Hoy el Fondart lo premia una vez más… Sugestivo.

Recomendaciones a pobladores y conjuntos pobres para obtener un Fondart:

1.- El primer consejo para ganar un Fondart es que la redacción de los proyectos la realice un profesional (junte desde ya dinero o no busque ser autónomo, asóciese a ONGs, municipios, Conaces y demás reparticiones que tienen como trabajo redactar proyectos).

2.- Incluir currículos de quienes hayan estudiado arte en institutos caros. Si no los tiene, falsifíquelos, lo importante no es el talento ni la honestidad, sino demostrar que conoce gente que ha gastado mucho dinero para “educarse”.

3.- En cuanto al tema: busque lo extravagante, lo inicuo, lo insólito, lo chocante; aléjese lo más posible de lo cotidiano, de lo simple, de lo pequeño, pues eso no es juzgado como algo creativo que enriquecerá la cultura nacional. Evite ante todo lo referente a las divisiones sociales, a la cultura para el pueblo, el arte patrimonio de todos, pues son impertinentes e inútiles majaderías que hay que echar al tacho de la basura si queremos incorporarnos al mundo del futuro sin objeciones de conciencia

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