Sobre las “clases medias”*

Por: Julián Meza
Fuente: Cuadernos Políticos Nª 5 (Editorial ERA, México, Julio-Sept 1995)

1. ORIGEN DE UNA IDEA E IMPRECISIÓN DE UN CONCEPTO

Pese a que el objetivo principal de las teorías sociológicas supuestamente neutrales, a propósito de las clases sociales (a las que a menudo se refieren en términos de “grupos de ingresos superiores” o “grupos de ingresos inferiores”) y de la lucha de clases (cuyas manifestaciones específicas son denominadas “conflictos”), consiste en difundir e imponer la idea de que la moderna sociedad capitalista se encamina a grandes pasos liaría la “sociedad posindustrial”, donde el “aburguesamiento del proletariado” y la “institucionalización de los conflictos sociales” imponen el “fin de las ideologías”, hay no pocos sociólogos y psicosociólogos que, tácticamente, siguen aceptando la concepción marxista de las clases sociales. Esto ocurre en particular cuando afirman que en la sociedad capitalista el proletariado y la burguesía pueden ser identificados con cierta facilidad, de la misma manera que advierten no pocas dificultades cuando se quieren precisar los límites de los diferentes estratos “a los que por comodidad se denomina ‘clases medias’”.1

Según E. J. Hobsbawn, las expresiones “clase media” y burguesía se refieren a las capas medias de la sociedad.2 En efecto, la burguesía es una capa intermedia de la sociedad en una época en que la aristocracia es la “clase superior”. Hoy, “clase media” es un concepto que se utiliza para designar a todas la capas sociales que ocupan una posición social intermedia basta cierto punto similar a la ocupada antaño por la burguesía. En consecuencia, resulta equivocado servirse del concepto “clase media” para designar las capas o fracciones de la burguesía (en particular las capas de funcionarios públicos y políticos profesionales encumbrados con poder de mando y capacidad de decisión en los asuntos que conciernen a la administración del aparato de Estado), como lo hacen los partidarios de la “objetividad científica”: ese “pedestre montaje de los fragmentos de lo inmediato fenomenal, glorificado como ‘sanos principios;3 y como lo hacen también incluso algunos “enemigos” de esa pretendida objetividad científica. Veamos un ejemplo. Según Francisco López Cámara, en el contexto social mexicano las “clases medias” buscan el apoyo de los “estratos populares” para luchar contra los “sectores oligárquicos”, pues las “clases medias” son un “instrumento natural del cambio social, de la democratización institucional y del desarrollo moderno de las sociedades sobre la base de in industria”. Por lo tanto, en México habría que localizar a las “clases medias” en el interior de ese sector propulsor del “desarrollo industrial” que integra una “nueva burguesía mexicana”, es decir una “burguesía nacional progresista” que tiene bajo su control el aparato de Estado.

El discurso de López Cámara no podría ser más claro ni los objetivos más precisos: buscar el apoyo de los “estratos populares” para un aparato de Estado cuyos miembros son indistintamente designados, por una parte, como “clases medias” y, por otra parte, como los integrantes de una “nueva burguesía” depositaría de una “herencia revolucionaria” en el “programa original de la Revolución” (de 1910). Y todo esto independientemente de la contradicción (pie se descubre al definir también a las “clases medias” como un “campo amorfo de reclutamiento y promoción social cuyos límites escapan a cualquier evaluación cuantitativa o cualitativa: desde estratos borrosos de semiasalariados urbanos y rurales, en los que podríamos encontrar elementos característicos de las capas medias clásicas […], hasta grupos acomodados que fácilmente se incluirían en la burguesía”.4 En otras palabras, prácticamente toda la sociedad: desde el barrendero hasta el presidente de la República.

El término “clase media” es demasiado amplio y, por lo mismo, sumamente ambiguo para designar con precisión un núcleo social tan extenso como heterogéneo, económica y socialmente situado entre el proletariado industrial y la clase de los capitalistas. Inversamente, el término pequeña burguesía es tan limitado que sólo puede servir para designar a sectores específicos del vasto núcleo socialmente situado entre el proletariado y los capitalistas: pequeños propietarios de medios de producción, pequeños comerciantes, profesionistas independientes: todas aquellas fracciones de la población o capas sociales cuyos miembros no están obligados a vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario por ser, en cierta forma, independientes o poseer medios de producción propios en pequeña escala. En consecuencia, es un error identificar a la pequeña burguesía con la “clase media”, como lo hace F. López Cámara. Y las consecuencias de esta identificación se multiplican al afirmar que “existen sectores asalariados con mayores ingresos que algunos segmentos de la clase media”,5 ya que implícitamente así sólo se designa como asalariados a los obreros de fábrica.

En resumidas cuentas, el concepto pequeña burguesía resulta tan insuficiente corno el término “clases medias” es impreciso para designar a las capas y fracciones sociales que ocupan una posición intermedia entre el proletariado y los capitalistas. De aquí que no pocas veces sea tan desacertado el uso y, sobre lodo, el abuso de estos conceptos en las investigaciones sociales.

A nuestro juicio, lo adecuado sería utilizar el concepto pequeña burguesía o nueva pequeña burguesía únicamente para designar a los propietarios de medios de producción o de distribución en pequeña escala, así como a los profesionistas no asalariados que subsisten en la sociedad capitalista moderna, y servirse de los términos trabajadores asalariados no proletarios (intelectuales o manuales) para designar a los miembros de las diferentes capas y fracciones de la población que ocupan una posición social intermedia entre el proletariado y los capitalistas, no poseen medios de producción o de distribución propios y perciben un salario por el trabajo que desempeñan.

Ciertamente, la distinción propuesta no deja de ser esquemática y requiere, por lo menos, de una ejemplificación que trataremos de dar en otra parte de nuestro trabajo. Por lo pronto, es preciso señalar las diferencias que existen entre la nueva pequeña burguesía y los trabajadores asalariados no proletarios, las cuales determinan que, en ciertas ocasiones y bajo determinadas circunstancias, algunos núcleos de la primera se hallen socialmente situados por encima de los segundos, por lo que resulta desacertado englobar estadísticamente, como se hace a menudo, a todos los miembros de la pequeña burguesía y a todos los trabajadores asalariados no proletarios como miembros de una misma clase o capa social. Inversamente, también existen miembros de la pequeña burguesía (pequeños comerciantes, sobre todo), cuyos ingresos se bailan por debajo de los de ciertos trabajadores asalariados no proletarios: “expertos”, cuadros técnicos y funcionarios públicos intermedios. Las condiciones sociales de estos dos grupos difícilmente pueden ser idénticas.

Por estas razones podría entonces creerse que, en última instancia, sería lícito englobar a todos los miembros de la pequeña burguesía y a todos los trabajadores asalariados no proletarios que perciben ingresos más o menos elevados en un mismo renglón (“grupos de ingresos superiores”), haciendo a un lado el papel específico que desempeñan en la producción o en la distribución de lo socialmente producido y la manera como obtienen la parte de la riqueza social que se apropian. Pero esto sería tan equivocado como incluir a todos los trabajadores asalariados no proletarios en un mismo renglón (“servicios”) o en el genérico “clases medias”, pues al proceder así se olvida que los trabajadores asalariados no proletarios no sólo no forman una clase social específica sino que, por una parte, no gozan de la relativa independencia de que disfrutan propietarios de medios de producción en pequeña escala y profesionistas independientes y, por otra parte, sus condiciones materiales de existencia son por regla general inestables, puesto que precisan de un salario para poder existir, lo que necesariamente se traduce en marcadas desigualdades de tipo social entre unos y otros.

Es cierto que en determinados momentos las características específicas de unas y otras capas o fracciones de la población se combinan y dan por resultado la existencia de núcleos sociales cuyos miembros son a la vez propietarios de medios de producción y asalariados (pequeños comerciantes que, al mismo tiempo, trabajan como empleados en una industria o en una dependencia gubernamental), pero en lugar de unificar las características específicas de diferentes capas sociales, esta ambivalencia introduce nuevas peculiaridades en la composición de las clases sociales que da por resultado la existencia de nuevos sectores o capas sociales cuyos miembros no pueden ser identificados únicamente en base a criterios estadísticos.

Hasta aquí por lo que respecta a esa confusa mezcla de pequeñoburgueses y asalariados que sólo en apariencia conforman las llamadas “clases medias”. Pero a las distinciones señaladas hay que añadir una más, determinante en el estudio de otras capas y fracciones intermedias de la población.

Existen trabajadores asalariados manuales que, en términos generales, estadísticamente son designados como miembros de las “clases medias”. Su peculiar situación en cuanto a sus salarios, a su modo de vida, a su papel en la producción o distribución de mercancías, determinan diferencias fundamentales con respecto a la situación social propia de los trabajadores asalariados intelectuales, y más aún con respecto a la de la pequeña burguesía. De acuerdo con los cuatro criterios de distinción que aceptamos para determinar la pertenencia social de los miembros de las diferentes capas y clases sociales que componen una sociedad,6 y contrariamente a la clasificación por sectores de actividad económica, según la cual numerosos trabajadores asalariados no proletarios son incluidos en el renglón “terciario”, o simplemente designados como miembros de las “clases medias”, creemos que todos los trabajadores asalariados que contribuyen de alguna manera a la valorización del capital constituyen un sector específico del proletariado industrial, a la vez que designamos como trabajadores asalariados no proletarios a los asalariados que, independientemente de que desempeñen un trabajo manual o intelectual, no contribuyen, de ninguna manera, a la valorización del capital.

No basta, en resumidas cuentas, con caracterizar al “terciario” como sector improductivo para determinar la especificidad de las diferentes fracciones de la población globalmente designadas como “clases medias”: así como hay trabajadores manuales que no producen plusvalía (cocineras, lavanderas, etcétera), hay también trabajadores intelectuales que intervienen de alguna manera en la producción de bienes materiales (“técnicos” y “especialistas” en las industrias más desarrolladas). No basta con caracterizar al trabajo manual como productivo y al trabajo intelectual como improductivo para determinar lo específico de cada uno de ellos: el trabajo manual no siempre es rentable para la burguesía, de la misma manera que ésta no invierte desaprensivamente millones de pesos en fomentar el parasitismo de ilustres pensadores encargados de destruir los animos de rebelión en la conciencia de los oprimidos. En realidad, al trabajador intelectual se le paga para que ejerza su trabajo sobre el obrero, el comerciante, el campesino, algunos de sus iguales e incluso uno que otro patrón. Así, su lugar es definido en el interior de los antagonismos propios de la sociedad capitalista: sus trabajos son pagados para que sean globalmente rentables a la burguesía, en función de la lucha de clases y no en función de la “producción en general” (A. Glucksmann); ésta es su situación en el sistema de producción capitalista y ésta es la única que permite definir al conjunto de los trabajadores intelectuales como capas o fracciones de la población cuya peculiar rentabilidad resquebraja el molde en el que se pretende hacinar a las “clases medias”.

En términos generales, y de acuerdo con los criterios de distinción antes enunciados, ésta es una manera de definir el papel del trabajador intelectual en el interior de las relaciones de producción capitalista. Con todo, la caracterización precisa de distinciones que nos permitan determinar la especificidad de las diferentes capas y fracciones sociales que integran las “clases medias”. De suyo, la “clase media” es contradictoria, pero hoy más que nunca la historia ha tornado densas las ambigüedades que pesan sobre ella:

Volviéndose sobre sí mismo, examinándose como portador de ciencia, asalariado, trabajador intelectual, el hombre de la clase media ha permanecido durante mucho tiempo prisionero de su propio misterio […]. Una posición intermedia no facilita la lucidez, se vive en medio de las contradicciones, en la tarea ciega de la historia. Salvo cuando la crisis desgarra al individuo, cuando la posición intermedia se vuelve difícilmente sostenible y que el bastardo se reencuentra en situación de bastardo. Como cuando, después de treinta años, la impugnación rompe el aparente reposo de las “clases medias”. Concebida como nuevo instrumento de defensa del capital y para ocultar la corrupción que éste engendra, la “clase media” se divide entre la corrupción y el asco que en todas partes esta corrupción inspira.7

El empeño en determinar con la mayor precisión posible la pertenencia social de las diferentes capas y fracciones de la población que corrientemente se incluyen en el “terciario” (“servicios”, “gobierno”) topará con no pocos obstáculos, en ocasiones realmente difíciles de superar. Sin embargo, es posible pensar que estas resistencias se pueden vencer a partir del momento en que se les hace frente arremetiendo ni misino tiempo contra los criterios convencionales propios de la sociología empírica, es decir contra los criterios funcionalistas y las creencias psicosociales que prevalecen en el estudio de las clases sociales. Correlativamente, es preciso oponer a estos criterios la convicción de que es en el interior de la lucha de clases y sólo en el interior de esta Incluí donde se puede determinar con precisión la pertenencia social de las diferentes capas y fracciones de la población que ocupan una posición intermedia entre el proletariado y la clase de los capitalistas.

En términos generales, se puede decir que las capas y fracciones de la población que corrientemente se designan como “clases medias” integran una pirámide social cuyos diferentes componentes pueden ser ubicados a grandes rasgos de la siguiente manera:
a] a su más alto nivel está la pequeña burguesía (pequeños propietarios de medios de producción, profesionistas independientes) que aún no ha sido arruinada por la competencia, es decir que sobrevive a los embates del capital monopólico, o que ha escapado al proceso de asalarización que tiende a absorber al conjunto de las viejas profesiones liberales (médicos, abogados, ingenieros).
En tanto que propietarios de medios de producción o trabajadores independientes, los miembros de la pequeña burguesía son el pariente pobre de la burguesía, es decir la capa de la burguesía condenada a desaparecer en tanto que fracción inferior de la clase dominante por efectos de la competencia capitalista, la subsecuente concentración del capital y la socialización de la producción.
Al lado de la pequeña burguesía y prácticamente como pieza de recambio de ésta se hallan los llamados “tecnócratas”, es decir los administradores del capital (funcionarios públicos encumbrados, asesores políticos de estos funcionarios, gerentes, administradores de empresas públicas o privadas).
En tanto que pieza de recambio de la vieja pequeña burguesía, pero sobre todo por sus ingresos y por el poder y los privilegios que le permiten estos ingresos, los administradores del capital constituyen la fracción social más próxima y más estrechamente ligada a la burguesía, en particular en épocas de crisis, es decir cuando ven amenazados sus ingresos, su poder y sus privilegios.

b] a su nivel más bajo se encuentra una amplia fracción de la población cuyos intereses coinciden hasta cierto punto con los del obrero de fábrica. Se trata de los trabajadores asalariados manuales (productivos y no productivos) que soportan todo el peso de las jerarquías constitutivas del “terciario”. Este vasto campo de la población incluye a la mayoría de los empleados, a los egresados de los centros de capacitación técnica, a todos aquellos cuyo nivel escolar no trasciende la enseñanza primaria, a los trabajadores manuales no productivos tales como sirvientas, mozos, lavanderas, etcétera.
La penuria y las restricciones que hacen presa de los obreros de fábrica, hacen presa también de esta amplia capa de la población subempleada, subpagada, siempre amenazada por la inestabilidad de sus empleos, o de plano por el desempleo; y es ella quien de hecho costea la penuria y las economías a las que hoy se halla sujeto el “terciario”.
Al coincidir sus intereses con los del proletariado, no es fortuito que muchos de estos trabajadores se vean sometidos al mismo tipo de control de que son objeto los obreros en las fábricas (vigilancia, horarios) y, por lo mismo, en ocasiones traten de agruparse reproduciendo la forma organizativa que se da el proletariado para defenderse de los embates del capital: el sindicato.

c] entre uno y otro extremo de la pirámide se hallan las rapas medias de la población propiamente dichas. Doblemente divididas en tanto que capas intermedias del todo social por un lado, y en tanto que fracción media del “terciario” por otro lado, los miembros de estas capas de la población se hallan sometidos a una doble presión social: rechazados “desde arriba”, son también rechazados “desde abajo” por los recursos que utilizan para defender su existencia: títulos, palancas, servilismo, méritos, agresividad, etcétera.
Forman parte de esta otra capa de la población los egresados de las escuelas de enseñanza media y superior que, progresivamente, desbordan el mercado de trabajo e introducen, a su nivel, los desequilibrios que origina la abundancia de mano de obra en las diferentes ramas de la producción. Se sitúa aquí a los técnicos, a los profesores, a una considerable cantidad de profesionistas, a los cuadros medios de la administración y del comercio, a los encargados de las oficinas de estudios y planeación, a los agentes de ventas, a todos los “expertos” que de alguna manera navegan entre las aguas de los organismos internacionales y las secretarías de Estado.
Producto típico de la organización social propia de la moderna sociedad capitalista, los miembros de esta capa social son objeto de una encontrada caracterización que alude tanto a su práctica política como a sus aspiraciones, deseos, inclinaciones: fascistas, parásitos, promotores de golpes de Estado, o bien izquierdistas, agitadores, promotores de desórdenes, perturbadores de la paz social. Una y otra caracterización aluden al papel que desempeñan en el interior de ese mismo orden que los modela, aceptándolos cuando se hallan a su servicio, y rechazándolos cuado los someten a su impugnación.
Aunque su condición social transitoria no permite caracterizaciones definitivas, la mayor parte de los estudiantes se hallan comprendidos en la parte intermedia de la pirámide durante los años que asisten a las universidades, a los centros de enseñanza media y superior.
Es absurdo, pues, denominar clase a este pandemónium social. Su heterogeneidad es tal que, incluso en el interior de cada una de las fracciones que lo constituyen, jerarquías, privilegios, carencias o deseos lo dividen todavía más.
Socialmente heterogéneo, este magma social es todavía más heterogéneo políticamente, y por lo mismo incapaz de constituirse en un cuerpo social organizado (en un partido político, por ejemplo). De aquí la imposibilidad de que sea de su propio seno de donde salgan sus representantes ante la “sociedad civil”, y de aquí también que los miembros de las diferentes capas que lo componen se vean obligados a hacer depositarios o representantes de sus intereses —de acuerdo con su ubicación en la pirámide— a miembros de una de las dos clases específicas del modo de producción capitalista: la burguesía y el proletariado.

2. LAS CLASES EN LA LUCHA DE CLASES

De acuerdo con Marx, es posible afirmar que no todas las capas sociales con niveles profesionales, fuentes y monto de ingresos, rango social, nivel educacional y actitudes políticas semejantes constituyen una clase. Si así fuera, las estadísticas que agrupan a la población por grupos socio-profesionales o por sectores de actividad económica bastarían para determinar la pertenencia o no pertenencia de las diferentes capas de la población a las clases sociales específicas de la moderna sociedad capitalista. Proceder así equivaldría a mostrar el todo social no en su movimiento y cambio permanentes sino, por lo menos, presa de una estabilidad engañadora, dado que no es posible establecer una diferenciación estática de la posición social que ocupan, en un momento determinado, las diferentes capas y fracciones de la población, debido a la interacción permanente de los numerosos factores que intervienen en la evolución histórica:
Los grupos que ocupaban una posición estratégicamente importante en determinada etapa del desarrollo de las fuerzas productivas bien pudieran ver su antiguo poder bastante recortado a consecuencia de los cambios en los modos de producción y consumo, y viceversa.9

Las características señaladas (status profesional, fuentes y monto de ingresos, etcétera), son, pues, fundamentales en el estudio de la estructura de las clases sociales. Sin embargo, por sí mismas no nos harían avanzar mucho en este sentido, y menos todavía si lo que se pretende es, a fin de cuentas, determinar la importancia del papel político desempeñado por una determinada capa o clase social en un momento histórico preciso. Por lo tanto, a las características señaladas hay que añadir una más que, a nuestro juicio, es la fundamental, la razón de ser de las clases: la lucha de una clase con otra, y las luchas que oponen a las diferentes capas y fracciones de clase que las componen y a los miembros de todas ellas entre sí.

En franca oposición a este punto de vista, algunos divulgadores de la sociología empírica no ven ningún inconveniente en borrar de un plumazo las categorías sociales empleadas por los marxistas en el estudio de las clases sociales, a la vez que las sustituyen por creencias que, no obstante su empirismo insustancial, pocas veces van acompañadas de la información que precisan como fundamento.

Aunque acepta que la existencia de las clases sociales está vinculada a fases históricas particulares del desarrollo de la producción, o quizá por esto mismo, sólo que interpretándolo de una manera equivocada, T. B. Bottomore considera que en la sociedad capitalista se ha producido un aumento de la igualdad en nuevas esferas de la vida social, debido al desarrollo de la ciudadanía.10 Este intento de explicar las relaciones sociales a partir de sus manifestaciones superestructurales (ideológicas) tiene un objetivo: “mostrar” el incremento de las “clases medias” en la sociedad lista, “logrado” en detrimento del proletariado industrial.

En consonancia con esta creencia, Bottomore afirma que la movilidad social actúa como un disolvente en las divisiones entre las clases.11 Cierto es que en la moderna sociedad capitalista se registra una movilidad social ascendente que parecería corroborar la afirmación de Bottomore, sobre todo en un país como los Estados Unidos. Pero si bien es un hecho que, hasta cierto punto, este ascenso se ha producido en algunos países, también es cierto que en todos ellos constituye más bien una excepción, y no la ley general que regula las relaciones entre las clases, porque la movilidad social no traduce en todas sus manifestaciones de ascenso la elevación social de una clase en particular sino el ascenso de individuos, familias y grupos reducidos. No se puede negar que, en México, ciertos miembros del proletariado (sobre todo hijos de los obreros industriales mejor remunerados: petroleros, electricistas), en determinadas condiciones y en ciertos momentos, más bien coyunturales, ascienden socialmente. Pero este fenómeno está lejos de constituir una regla. Son excepciones que confirman el ascenso social como un privilegio. Además, la elevada tasa de natalidad que predomina en los medios obreros no sólo mantiene el porcentaje promedio de los miembros del proletariado, sino que lo aumenta considerablemente. A manera de complemento de esta situación, la gradual desaparición de la pequeña burguesía en sentido estricto se traduce no en un incremento de la movilidad social ascendente, sino precisamente de la movilidad social descendente.

En la medida en que los pequeños propietarios son arruinados por la acción y los efectos del gran capital comercial y financiero; en la medida en que los profesionistas independientes se convierten paulatinamente en asalariados, es decir en trabajadores dependientes, y también en la medida en que el número absoluto de estos últimos aumenta, las condiciones y el nivel de vida de todos ellos tienden, en términos generales, a descender. Y aún ahí donde el desarrollo de la producción ha establecido un aparente equilibrio entre las clases (Estados Unidos), es evidente que ese equilibrio es sólo ficticio: el abrigo de visón (sintético) que lleva cualquier empleada de banco nunca será igual al auténtico abrigo de visón que lleva la esposa del banquero. Estados Unidos —decía Wright Mills— no es una nación de pequeños capitalistas, sino de empleados a sueldo, aunque la ideología de éstos siga siendo la de aquéllos.

De acuerdo con Bottomore, se puede concluir que hay movilidad social (tanto ascendente como descendente), entre los niveles sociales más próximos entre sí,12 pero la mezquina fantasía del pobre limpiabotas convertido en millonario de la noche a la mañana por obra y gracia del ahorro, el tesón o el incremento de los servicios sociales no deja de ser eso: una fantasía, ya que no por ello las diferencias fundamentales entre los intereses del grupo dominante y los del grupo subordinado han dejado de existir, y menos que en ningún otro lugar ahí donde las necesidades propias del “desarrollo”» o del “crecimiento industrial” exigen cambios y modificaciones orientados no hacia la transformación de la sociedad, sino precisamente hacia su mantenimiento, aunque aparenten traducir mejoras en las condiciones de vida «le las clases dominadas. En otros términos, el grupo dominante tiene interés en el cambio solamente en la medida en que reformas y concesiones pueden ser integradas o institucionalizadas, mientras que los cambios de este tipo son contrarios a los intereses del grupo subordinado, porque prolongan su subordinación;13 si bien estas reformas y concesiones constituyen un elemento de compensación para las potencias productoras de la sociedad, que contribuyen a la maduración de las contradicciones sociales, como ya antes ha ocurrido en México y como ocurre sobre todo ahora.14

Para Fierre Laroque la elevación de las rentas medias y el desarrollo, sobre todo, de las actividades de servicios que forman el sector llamado terciario, junto al sector propiamente industrial, favorecen el desarrollo de las categorías sociales que, librándose del trabajo manual, ya no tienen las características de la clase obrera y que, por el trato habitual con los elementos dirigentes, tienden a adoptar determinados aspectos de su comportamiento.15

A partir de una afirmación tan imprecisa como cuestionable (“aumento de las rentas medias”»), a la que suma un hecho que en sí y por sí no significa absolutamente nada (desarrollo de las actividades de servicios que forman el “terciario”), Laroque introduce una definición de “clases medías” basada más en una parcial y vaga exclusión, en gran medida impugnable (no tienen todas las características de la clase obrera porque se han librado del trabajo manual), que en una afirmación de sus características específicas. A todo esto añade una manifestación de la dominación ideológica burguesa, que hace pasar por una supuesta tendencia a la imitación y que convierte en criterio determinante para, más adelante, llegar a la conclusión de que la sociedad capitalista moderna tiende “hacia una nivelación de las condiciones sociales”.16

Esta peculiar definición de las “clases medias” es, a lo sumo, una burda alegoría, cuyo fundamento se halla en otra parte: una tautología (el desarrollo del “terciario” genera la “clase media”); un supuesto invalidado por la distribución real del ingreso (la prosperidad económica eleva progresivamente el nivel de vida); y un espejismo (la amplia distribución de los productos favorece la atenuación de las desigualdades del nivel de vida) llevan a Laroque a una conclusión tan falaz como endeble: la redistribución del ingreso tiende a asegurar un mismo tipo de condiciones materiales de existencia en la sociedad capitalista moderna. Así, las conclusiones de la prédica se suman al credo de las bienaventuranzas que recita el coro (“expertos”, “formadores de opinión pública”, etcétera), del “desarrollo industrial” o, como diría un “experto”, de la “inflación estabilizadora”;17 hoy las “clases acomodadas” ya no son tan acomodadas: el automóvil ya no es un lujo sino una necesidad; se favorece el acceso de todos a todas las funciones: un albañil desempleado puede gobernar al mismo título que el hijo de un banquero; “la clase obrera pierde su complejo de inferioridad” y cobra dignidad gracias a la política do organización de las relaciones entre patrones y asalariados; de clase con complejo de inferioridad y explotada, la clase obrera es ahora, gracias a la política de “participación” y “colaboración”, una clase con dignidad, aunque no por ello ha dejado de ser explotada. Consecuencia lógica: la clase obrera se eleva colectivamente en la jerarquía social.18
“»Igualación», “convergencia”, “institucionalización del conflicto”, “aburguesamiento”: inflación de fenómenos de significación necesariamente limitada, convertidos en “leyes universales”. Pero este credo del “terciario” no resiste el menor análisis: la ley de la acumulación capitalista demuestra que las realizaciones estructurales de la sociedad siguen siendo iguales en lo fundamental: la “movilidad social” continuará siendo marginal mientras el trabajo siga sudordinado al capital: “sólo los individuos, y no las clases, pueden integrarse en una estructura establecida de sociedad constituida por las mismas clases”. Además —y he aquí el foso cada vez más profundo que separa progresivamente a unas clases de oirás en la sociedad capitalista moderna—, “todo aumento de la mano de obra debe ser relativo tasa general de acumulación (el resultado del aumento de productividad, la concentración del capital acoplado con cierto grado de racionalización, etcétera) y subordinado la acumulación”:19 cuando el Volkswagen del trabajado asalariado se convierte en una necesidad impostergable es porque el jet del “hombre de empresa” ya se ha convertido en un lujo cotidiano. Pero volvamos a Laroque, puesto que cuanto se ha reproducido hasta aquí a propósito de sus “creencias” no es más que el preámbulo a la afirmación capital de su “teoría”: todo cuanto es hoy la clase obrera (clase con dignidad que se eleva colectivamente en la jerarquía social) se lo debe al “desarrollo industrial” y al “terciario”, se lo debe, sobre todo y muy principalmente, a las “clases inedias”. Afortunadamente, esta manera de caracterizar el político que desempeñan las “clases medias” en la so capitalista moderna no es la única posible.

Es verdad que ciertas fracciones de la población (técnicos, “expertos”, graduados) desempeñan —para satisfacción de la burguesía —el papel de “colchón protector”, capa tapón” que, en determinados momentos (bajo la apariencia de la paz social), impide o evita el enfrentamiento entre las clases. Sólo que este papel puede producir la
complacencia o la crítica en el observador político y, por lo mismo, llevarlo a asumir posiciones tan diferentes como opuestas. Veamos dos ejemplos.

Primero Laroque: si se favorece a las “clases medias” éstas aparecen como un elemento de equilibrio social que compensa neutraliza el antagonismo social entre proletariado y clase dirigente. Para esto se protege al artesanado, al pequeño comercio y a la pequeña y mediana empresa [es decir a la pequeña burguesía], a menudo en contra de la tendencia de la evolución económica general.20 Según esta concepción, las “clases medias” desempeñarían actualmente el noble papel de fuerza de equilibrio social, opuesto a todo tipo de violencia (seguramente tal como ocurrió en Chile), que les sería espléndidamente remunerado por lo menos supuestamente). Pequeños comerciantes, artesanos y pequeños y medianos propietarios vivirían hoy, según esto, su edad de oro, independientemente, por supuesto, o tal vez a expensas de los monopolios comerciales, de las grandes compañías constructoras y, sobre todo, del capital financiero y la moderna producción industrial. Hermosa edad de oro en la que el pequeño comerciante arruinado por los monopolios comerciales se ve obligado a cerrar su establecimiento para ir a ofrecer su fuerza de trabajo a las puertas de las fábricas, esto cuando no tiene que conformarse con engrosar las filas de los desempleados. Obviamente, Laroque concibe como un hecho (independiente del momento y las condiciones específicas en que éste se puede producir) el que, en tanto que factor de equilibrio social, las “clases medias” compensan y neutralizan los antagonismos entre el proletariado y la burguesía. Bajo la apariencia de la paz social burguesa esto es cierto. Pero en cuanto la paz social se fisura, el loado papel neutralizador corre el riesgo de ser ensartado por las bayonetas de los militares. Y sin que sea preciso llegar a un estado de guerra abierta entre las clases, el sólo anuncio de las dificultades que entraña para el desarrollo capitalista el parasitismo propio del “terciario” ya es motivo de desgarraduras en el interior de esta capa neutralizadora: las reformas fiscales dictadas como medidas antinflacionarias por el gobierno mexicano no sólo impiden que ésta siga funcionando normalmente como aparato neutralizador, sino que incluso conducen a enfrentamientos entre sus miembros (editorialistas de Excélsior que condenan las protestas de los “consumidores de gasolina”) y entre algunos de éstos y el propio aparato de Estado. El anuncio del “terciario” como la tierra prometida de la sociedad capitalista moderna se topa actualmente con una limitación que traduce las dificultades de un sistema que pretendió conjugar la explotación del obrero con la expansión del desperdicio:

Desde el punto de vista de la producción capitalista el lujo es condenable si el proceso de reproducción se ve obstaculizado, o cuando su progreso —por cuanto se halla condicionado por el progreso natural de la población— tropieza con el empleo desproporcionado de ese trabajo productivo que se presenta en artículos no reproductivos, con lo cual se reproducen demasiado pocos medios de subsistencias necesarios o medios de producción, etc.21

En oposición a la complacencia, veamos ahora la otra manera de interpretar el papel que se les ha asignado a las “clases medias” en la sociedad capitalista moderna: Para reinar en una sociedad hostil, la burguesía ha edificado un muro; para vigilar los actos y pensamientos de la población ha reunido todos los aparatos que le legó la historia, los ha multiplicado, embadurnado de barniz científico, diplomado, enmarcado. Este muro “respetable”, “técnico”, los sociólogos lo denominan en forma neutra “el terciario”. Se trata de una vasta colección de asalariados […] cuya tarea esencial consiste en controlar a la población hostil (incluido el propio terciario), a la vez que encarnan el espejismo de una sociedad fundada en el mérito y en el saber, en la que el patrón ya no sería sino un anacronismo inofensivo.22

El punto de vista de Glucksmann corrobora sobradamente aquella “previsión” hecha por Marx en una época en que las “clases medias” estaban lejos de desempeñar el papel que hoy se les asigna: el continuo incremento de la clase media […] se apoya con todo su peso en la clase obrera y al mismo tiempo aumenta la seguridad social y el bienestar de la clase superior.23

He aquí, pues, otra manera, radicalmente opuesta a la de Laroque, de valorar e interpretar el papel que desempeñan las “clases medias” en la edad de oro del “terciario”. Enfrentado a esta interpretación, fácilmente se puede desarmar el mecanismo negligentemente puesto en pie por Laroque. Bástenos con algunas ilustraciones: si es cierto que el automóvil bien puede ya no ser un lujo en la sociedad capitalista moderna, por lo menos hay que convenir en que existen distintos tipos de automóviles y que, por lo tanto, no es precisamente lo mismo el Renault 4L de un maestro de escuela secundaria que la limusina del secretario de Obras Públicas. También hay que convenir que un barrendero tiene mil veces menos posibilidades (por no decir que le resultaría prácticamente imposible) de desempeñarse como administrador de una fábrica que el hijo de un banquero. Finalmente, sería insensato negar que, por ejemplo, un obrero industrial de la rama automotriz puede hoy poseer, sin muchas dificultades, un refrigerador, una lavadora o un televisor, pero de esto no se puede deducir que, por lo mismo, ha dejado de ser un obrero industrial ni su patrón ha dejado de disfrutar, en consecuencia, la plusvalía que le extrae. De no ser así, cómo responder a la pregunta ¿quién, no siendo patrón, puede disponer actualmente de residencias palaciegas, autos, dinero a manos llenas y vacaciones permanentes? Evidentemente, no un minero que apenas obtiene el salario mínimo trabajando muchas veces más de ocho horas diarias. Pero tampoco pueden disfrutar de estos privilegios el diseñador industrial o el empleado bancario que trabajan horas extras no remuneradas por ser “empleados de confianza”. Corolario inevitable: los privilegios burgueses siguen siendo los privilegios de la burguesía. ¿De qué tamaño es, entonces, el foso que separa a los patrones de las “clases medias” y, más aún, del proletariado de fábrica?

Esto, las estadísticas sólo hasta cierto punto pueden decírnoslo. Más contundentes serán las luchas que enfrentan cotidianamente, cada vez con mayor vigor, a los dueños de autos y residencias con los sans-culottes de la sociedad del “terciario”.

3. LA “REVOLUCIÓN CIENTÍFICA” Y LA “MINORÍA” PROLETARIA

Socialmente considerado menos importante que las “clases medias”, los “expertos” también consideran —desde una óptima tan confusa como conceptualmente imprecisa— al proletariado industrial como una minoría en las “sociedades industriales”: “en lo sucesivo, los obreros son minoritarios en el proletariado”.24 Si esta afirmación proviniese de Dahrendorf nos parecería totalmente coherente; pero dado que proviene del representante de una de las centrales sindicales de “izquierda” más importantes de Francia (CFDT) no deja de ser hasta cierto punto sorprendente. Fríamente, analizada en su contexto, su lógica es también irreversible: fundamento de una política electoral que ve en las “clases media” el principal obstáculo a salvar para la formación de un gobierno socialista-comunista estilo “vía chilena al socialismo”, la afirmación de Maire posee otro significado: la expresión del reformismo imbuido del espíritu “científico” de la época. Pero ¿qué entiende Maire por proletariado?

«El proletariado —dice Maire— es el conjunto de asalariados que van del OS25 a los cuadros.»26 Brillante afirmación, obviamente imbuida de un contundente “espíritu científico”, que llamaría inevitablemente al asombro, de no ser por sus consecuencias de carácter político: la significación original del concepto proletariado sirve a Maire para englobar a toda la gama de asalariados que van del trabajador proletario superexplotado al patrón o semipatrón asalariado (gerente, administrador, contralor, etcétera), que planifica la producción y toma decisiones en beneficio elusivo de los capitalistas. Pero esta forma expeditiva de eliminar ya no sólo a las capas y fracciones sociales en que se dividen las clases, sino a las clases mismas, desborda los límites de toda teoría social para dar forma a una especie de ilusionismo cuyo secreto parecería ocultarse a la vista todo mundo.

Afortunadamente, no hay secreto que pueda guardar indefinidamente un mago: todo sombrero de copa oculta un doble fondo y el de Maire no es una excepción. Si se acepta que el concepto marxista proletariado no es, al igual que el concepto burguesía, un “tipo ideal”, sino una categoría especifica del ser: el ser de los grupos de proletarios que existen en una relación de dependencia necesaria al capital en todas las fases del desarrollo capitalista, tengan o no conciencia de esto los individuos afectados, entonces el doble fondo del sombrero de copa de Maire no oculta otra osa que la creencia en la pretendida “revolución científica y tecnológica” que barre con las fronteras entre las clases y las capas en que se dividen éstas. Desafortunadamente para Maire, la realidad es otra. Contrariamente a las pretensiones de este “representante” sindical, las relaciones de producción evidencian que, al igual que en todas las fases anteriores del capitalismo, en la moderna sociedad capitalista ciencia y técnica no eliminan la subordinación del trabajo al capital, sino que la reafirman, incluso con mayor vigor: lo que importa no es la tecnología en sí sino su modo de aplicación, o sea la producción de los artículos que impone la disciplina de la rutina vil a “superiores y subordinados por igual” hasta donde sea así. Y en la medida en que así sea, si lo es, hay el mismo interés entre esos “superiores y subordinados” por cambiar el sistema de producción reinante, puesto que demuestra que los superiores en cuestión no son la clase que manda, a la cual los trabajadores están estructuralmente subordinados y opuestos.27

Con el desarrollo de la producción capitalista todos los servicios se transforman en trabajo asalariado y todos aquellos que los ejercen en trabajadores asalariados, con lo cual adquieren ese carácter en común con los trabajadores productivos. Esto es lo que incita a algunos a confundir esas dos categorías, máxime que el salario es un fenómeno y una creación característicos de la producción capitalista. Además, esto proporciona la ocasión a los exégetas del capital para transformar al trabajador productivo, so pretexto de que es un asalariado, en un trabajador que simplemente cambia sus servicios (es decir su trabajo en tanto que valor de uso) por dinero. Esto significa pasar por alto lo que caracteriza de manera fundamental al trabajador productivo y a la producción capitalista: Una producción de plusvalía, como proceso de autovalorización del capital cuyo único instrumento (agency) incorporado a él, es el trabajo vivo. Un soldado es un trabajador asalariado, recibe un sueldo, pero no por ello es un trabajador productivo.28. Ni fantasmas de la paz social, ni espectros de la guerra civil, las “clases medias” tienen, sin embargo, que ser definidas tomando en cuenta estos dos lugares comunes propios de la sociología empírica y la politología de almanaque.

En tiempos de paz la burguesía agita el fantasma de las “clases medias” como caldo de cultivo fascista cuando las movilizaciones sociales de las clases y capas oprimidas de la población desmienten el consenso sobre el que pretende fundamentar su legitimidad el orden burgués.

Esto es así en tiempos de paz. Pero que la paz social se derrumbe, y clases y capas sociales aparecerán en toda su nitidez, es decir en el interior de la lucha de clases que abarca a todas las clases y, en el interior de éstas, a las diferentes fracciones de la población que se ven enfrentadas unas a otras por la salvaguarda del orden o contra éste. Las experiencias políticas de los últimos años en la mayoría de los países capitalistas constituyen una prueba irrefutable de esta situación, evidenciada en una u otra forma ahí donde la lucha de clases ha hecho fracasar al “espíritu científico” de la sociología institucional: las “clases medias” sólo han funcionado como conjunto unificado de guardianes de la paz social cuando esta paz de la burguesía ha reinado sin impugnación. Por el contrario, el solo anuncio de un prolongado periodo de trastornos sociales ha convertido en astillas ese bloque. Conducidas a la refriega, las “clases medias” han visto entonces cundir el pánico en sus filas, es decir han visto cómo la lucha de clases se introducía en el interior de ellas mismas (A. Glucksmann). Los ejemplos sobran, pero bastará con recordar que los militares chilenos (esa fracción en uniforme de las “clases medias”) no sólo asesinan obreros; también incendian bibliotecas y torturan y matan a sus “hermanos de clase”. Intelectuales progresistas, profesionistas demócratas, políticos nacionalistas siempre correrán el riesgo de ser asesinados por sus “hermanos de clase” en uniforme cuando la estructura de la dominación capitalista fundada en el poder civil no baste para mantener la “paz social” edificada en base al “desarrollo económico”, el “progreso” y la “armonía” de todas las clases. Ésta no deja de ser, obviamente una situación extrema. Pero en ciertos lugares y en determinadas circunstancias ni siquiera es preciso esperar a que la paz social aparente se vea amenazada para que otra fracción de los
administradores del capital (funcionarios públicos y políticos profesionales) se vuelva contra sus hermanos de clase. Hace algunos años fueron las cacerías de brujas las que aterrorizaron a intelectuales progresistas y profesionistas demócratas que en cada acción popular, en cada movilización espontánea de la población veían la obra de provocadores y espías, ineluctablemente orientada hacia un golpe de Estado militar. A esta época sucedió el antintelectualismo propio de políticos analfabetos que, acertadamente, veían en la progresiva toma de conciencia de diferentes capas de la población una amenaza permanente a sus privilegios. Más astuto, más perspicaz que los anteriores, finalmente llegó a la administración del aparato de Estado un equipo político que vio en los intelectuales progresistas el soporte fundamental de una política pretendidamente nacionalista que no se puede basar en la movilización política de las capas y fracciones explotadas del pueblo. O más precisamente: este equipo de administradores de los intereses del capital comprendió que hoy los intelectuales progresistas y demócratas son quienes pueden desempeñar, con mayor acierto y efectividad que la represión física, la
función de mecanismos de contención de los ánimos de rebelión de los explotados; esto es: el triste papel de policías de las conciencias que se asignan bajo el capitalismo a ciertas fracciones privilegiadas de los trabajadores intelectuales. De aquí, en cierta forma, la “apertura democrática” en México. Y de aquí también el vergonzoso servilismo de que han hecho gala estas capas de privilegiados que, conociendo sus potencialidades como fuerza disuasiva, voluntariamente se han ofrecido a desempeñar su papel de policías de las conciencias:

El intelectual es en muchos países, pero particularmente en los subdesarrollados, la expresión más consciente de las convulsivas clases medias. La estructura esponjosa de estas clases canaliza hacia él la función crítica racionalizadora de; sus tensiones y conflictos. Pero esa función, cuando es ejercida de manera congruente, le otorga una influencia considerable dentro de su propia clase y aún fuera de ella: el intelectual es por antonomasia uno de los modeladores de opinión pública, inclusive en los casos en que sus apreciaciones y comentarios sólo se exteriorizan dentro de los círculos privativos a los que pertenece.29

Y así es, en efecto, sólo que no es la estructura “esponjosa” de esas “convulsivas clases medias” la que canaliza hacia él esa pretendida función crítica que racionaliza “tensiones” y “conflictos”, sino la necesidad que tiene el capital de controlar política e ideológicamente a una población hostil. De aquí que la “función crítica racionalizadora” se convierta a menudo en simple instrumento divulgador de una falsa conciencia modeladora de opiniones al servicio de “círculos privativos” que se localizan en el interior del aparato de Estado. De aquí finalmente la prestancia de numerosos intelectuales para ofrecerse a los políticos profesionales como canales de transmisión de sus impulsos y decisiones, con el objeto de librar “»juntos batallas políticas decisivas”»,30 aunque ciertamente no será la última de estas batallas la que los confirme como aliados importantes del capital: que la guerra abierta de la burguesía se sustituya a la forma civil de su dominación y todos juntos, intelectuales progresistas y profesionistas demócratas desempeñados como policías de las conciencias, no cabrán en su asombro al ver cómo se vuelven contra ellos sus “hermanos de clase” en uniforme.

Rechazada la concepción de las “clases medias” como bloque social homogéneo y coherente, el problema que se presenta entonces consiste en determinar la especificidad propia de la práctica política que desempeñan. En el estudio de la práctica política desarrollada por las capas sociales que ocupan posiciones sociales intermedias entre el
proletariado y la clase de los capitalistas lo que importa es saber qué capas y fracciones de las “clases medias” participarían en un momento de crisis social al lado de las clases sociales dominadas o contra ellas. Y aun cuando ciertas capas de las “clases medias” presentasen una cierta homogeneidad, el problema estribaría entonces en saber cómo romper esa homogeneidad, pues en este sentido el propósito de toda movilización popular no es hoy el de amenazar con su práctica política a una “clase media” monolítica, sino el de destruir este aparente monolitismo con el fin de hacer pasar a las principales fuerzas de las “clases medias” al seno de la movilización.

Así planteado el problema, conviene preguntarse entonces ¿cómo hacer coincidir políticamente los intereses de esas “clases medias” supuestamente monolíticas con los del proletariado industrial? ¿Intentando atraer con promesas de “reformas estructurales” a desempleados y profesionistas a quienes se les cierra el mercado de trabajo? ¿O alentando la impugnación política bajo todas sus formas? En un momento de crisis social no son 15 mil profesionistas liberales que rehusan sindicalizarse en el SPAUNAM los que estarán dispuestos a batirse contra un enemigo parapetado detrás de las bayonetas, sino 2 o 3 mil profesionistas que ven en la sindicalización una forma de acción política encaminada no sólo a defender sus salarios o a mejorar sus condiciones de vida sino, principalmente, a organizarlos como fuerza política de impugnación que se pone a sí misma en cuestión en tanto que instrumento —real o potencial— de control político e ideológico, pues para sumarse a las luchas de la población oprimida los trabajadores intelectuales deben primero ponerse en cuestión en tanto que tales. Y este cuestionamiento no se logra sino bajo la presión combinada de las luchas de los oprimidos (las luchas del proletariado por crear sindicatos independientes del control del aparato de Estado, por ejemplo, pero también las luchas de otras fracciones de la población que, sin ser proletarias, se hallan igualmente sometidas a la dominación del capital: empleados bancarios, técnicos del metro, etcétera) y de lo que en sus inicios sólo puede ser la práctica política en una minoría (A. Glucksmann): los trabajadores intelectuales, a quienes liberales demócratas y progresistas se complacen en calificar de aventureros, provocadores, etcétera. Políticamente, los trabajadores intelectuales se analizan a sí mismos no tanto en el interior de sus contradicciones ideológicas (“pequeño-burguesas”) sino en base a la práctica política que desarrollan en el interior de las luchas que conforman la realidad social de México en la coyuntura actual.

NOTAS

*Este trabajo forma parte de la investigación que el autor lleva a cabo actualmente en el Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM sobre “La práctica política del proletariado y las ‘clases medias’ en México”.
1 T. B. Bottomore, Las clases en la sociedad moderna. Ed. Pléyade, Buenos Aires, 1973, p. 21.
2 E. J. Hobsbawm, “La conciencia de clase en la historia” en Aspectos de la historia y la conciencia de clase, compilación d Mészáros. UNAM, México, 1973, p. 14.
3 István Mészáros, «Conciencia de clase contingente y necesaria», en Aspectos de la historia y la conciencia de clase, cit., p. 127.
4 Francisco López Cámara, El desafío de la clase media. Ed. J. Mortiz, 5 Ibid., pp. 18 y 37
6 “Las clases son grandes grupos de hombres que se diferencian entre sí por el lugar que ocupan en un sistema de producción social históricamente determinado, por las relaciones en que se encuentran con respecto a los medios de producción (relaciones que en gran parte quedan establecidas y formuladas en las leyes), por el papel que desempeñan en la organización social del trabajo, y, consiguientemente, por el modo y la proporción en que perciben la parte de riqueza social de que disponen” (Lenin; “Una gran iniciativa” en Marx, Engels y el marxismo. Ed. Palomar, México, 1960, p. 315).
7 A. Glucksmann, «Nous ne sommes pas tous prolétaires» en Les Temps Modernes n. 330-331, París, enero-febrero de 1974, p. 1158México,
8 Cf. la diferenciación relativamente similar a ésta hecha Glucksmann sobre las «clases medias» en «Nous ne sommes” cit. 1971, pp. 41, 42, 9 I. Mészáros, op. cit, p. 140.
10 T. B. Bottomore, Las clases en la sociedad moderna, cit., p. 11. 47, 48, 67 y 44
11 Ibid., p. 6612 Ibid., p. 67.
12 Ibid., p. 67.
13 I. Mészáros, op. cit., p. 133.
14 En este punto cabe destacar algunos efectos de la acción reformadora que pretende desarrollar el Estado mexicano. Si en un momento dado acepta la existencia de problemas planteados por una determinada oposición (presos políticos, aborto, desempleo, braceros, secuestros, luchas electorales, huelgas, etcétera), e intenta, supone o pretende darles, desde su particular punto de vista (de clase), alguna solución, esto no significa que sólo por ello ha recuperado o institucionalizado una protesta que, por lo mismo, en lo sucesivo perderá su carácter impugnador. Esto significa, simplemente, que se ha visto obligado a enfrentar un problema que (ante la perspectiva de cierta agitación social y los posibles efectos que engendre, o por el solo hecho de constituir una manera de alertar a la población sobre situaciones que, de otra manera, se le ocultan o escapan a su atención) perturba la paz social en cierta medida, y que de no encararlo se puede agudizar hasta transformarse en un acto de desobediencia civil (1968) o de franca rebelión.
Con todo, en muchas ocasiones el problema subsiste y, por su propia fuerza, desborda el marco institucional. El gobierno puede “recuperar” a algunos de los “izquierdistas” de 68, pero lo que de ninguna manera puede recuperar son las causas que, en su momento, movilizaron a esos “izquierdistas”—ni aun cuando las utilice para alentar la participación política de otros núcleos impugnadores en el marco de la vida. institucional del país—, de la misma manera que en alguna medida se institucionalizó el movimiento de huelga con la participación del rector de la UNAM en la movilización social del 68, pero no por ello se institucionalizó el sentido último de toda huelga: la lucha de los oprimidos contra el capital (o sus representantes). Decir que no vale la pena iniciar tal o cual movimiento impugnador porque puede ser recuperado por el Estado, o que de plano se le encomiende a éste la solución de las exigencias que plantea porque, a fin de cuentas, es el único que puede satisfacerlas, equivale a decir que nunca ningún movimiento reivindicativo o impugnador ha tenido sentido, y que las expresiones concretas que adopta actualmente la lucha de clases en México sólo pueden ser resueltas en el interior del aparato de Estado: “Cocina sindical, manipulación, recuperación: estar obsesionado por aquello que no es más que fenómeno superficial demuestra que se han olvidado el abc del marxismo y sus principios de análisis político” (A. Glucksmann; “Fascismes: l’ancien et le nouveau” en Les Temps Modernes n. 310 bis, París, mayo de 1972, p. 319).
15 Pierre Laroque: Las clases sociales. Ed. Oikos-Tau, Col. ¿Qué sé?, Barcelona, 1971, pp. 26-27.
16 Ibid., p. 27.
17 Carlos Bazdresch, “La política económica”, en Plural, n. 22, México, julio de 1973, p. 20.
18 P. Laroque, op. cit., pp. 27 a 29.
19 I. Mészáros, op. cit., pp. 132-33.
21 C. Marx, El Capital, libro I. Capítulo VI (inédito). Ed. Siglo XXI, Argentina, 1971, 3a. ed., p. 86.
22 A. Glucksmann, “Nous ne sommes pas…”, cit., p. 1136.20 P. Laroque, op. cit., p. 31
23 Citado por T. B. Bottomore, «Estructura de clase y conciencia social», en Aspectos de la historia y la conciencia de clase, cit., p. 83.
24 Edmond Mavre, citado por A. Glucksmann en «Nous ne sommes pus…», p. 1138.
25 He aquí la que a nuestro juicio constituye la más escueta y acertada definición del OS (ouvriers
specialises) : “Los OS, los obreros no calificados, desempeñan trabajos manuales muy simples. Se
distinguen de, los peones —en la medida en que este término todavía se utiliza en las empresas— en
que deben llevar a cabo un aprendizaje de breve duración. A algunos de ellos se les pide adaptarse
rápidamente a máquinas muy diferentes. Se puede decir que no tiene, pese al nombre, ninguna
especialidad; los demás son destinados a sus puestos precisos a los que deben estar sujetos durante toda su
vida. Así, unos cambian a menudo de máquina y de tipo de trabajo, alternando el trabajo en serie con las
máquinas especializadas, mientras que los otros están atados durante años a una misma tarea” (Daniel Mothé,
Les OS. Ed. Du Cerf, París, 1972, p. 7).
26 Edmond Maire, cit. por A. Glucksmann en “Nous ne sommes pas…”, p. 1138.
27 I. Mészaros, op. cit., pp. 141-42 Ciertamente, en la jerarquía social, entre el proletariado y los capitalistas existen capas sociales que tienen o pueden tener, eventualmente, el mismo interés que el proletariado por cambiar el sistema capitalista de producción, pero esto no implica, de ninguna manera, que “superiores y subordinados” pertenezcan por igual a una sola y misma clase social. Implica, eso sí, que en la lucha y sólo en la lucha, sus intereses pueden, en un momento determinado, coincidir y producir así una fisura en el aparente bloque monolítico en el que se encierra a las “clases medias” durante los periodos de paz social en los que florecen el cientificismo y el economismo: esas dos peculiares manifestaciones del positivismo que “corresponde a situaciones en las que las estructuras de la sociedad son tan estables que su existencia no parece afectada por la acción de los hombres que las componen y experimentan”. (Lucien Goldmann, “Reflexiones sobre historia y conciencia de clase” en Aspectos de la historia y la conciencia de clase, op. cit., p. 90.) El ejemplo más destacado de esta coincidencia de intereses entre superiores (técnicos) y subordinados (obreros) la dieron los trabajadores de la fábrica de relojes Lip durante la segunda mitad de 1973 en Francia (Cf. Charles Piaget, Lip. Ed. Stok, París, 1973).
28 C. Marx, El Capital, Libro I. Capítulo VI (inédito). Ed. Siglo XXI, Argentina, 1971, 3a. ed., p. 82.
29 F. López Cámara, op. cit, p. 88. J0 Ibid., p. 88.
30 Ibid., p. 88.

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