¡Lean a Montaigne!

Por: Pedro Pablo Guerrero
Fuente: Diario”El Mercurio”, Revista de libros (10.08.08)

Entrevista a Pierre Jacomet (Traductor de sus ensayos)

“Soy de lo más excéntrico de esta pasión y no la amo ni estimo aunque la gente haya adoptado la costumbre de otorgarle, como si fuera obvio, un lugar especial. Con ella visten la sabiduría, la virtud, la conciencia. Adorno vano y feo”, escribe Michel de Montaigne, a propósito “De la tristeza”, en el primer libro de sus Ensayos. Obra en la que, por cierto, abundan manifestaciones de su sentido del humor y desprecio por la opinión corriente, como el pasaje en el que se burla de los altos cargos: “Por más que nos subamos en zancos, debemos caminar con nuestras piernas. Y en el trono más elevado del mundo seguimos sentados en el culo”.

Montaigne llama las cosas por su nombre yen sus escritos se mezclan, junto a ejemplos morales, hechos trágicos y reflexiones sobre la muerte, anécdotas divertidas y observaciones jocosas.

Este Montaigne es el que pretende mostrar a los lectores de hoy Pierre Jacomet (1933) en su traducción de Los Ensayos. Más próximo, menos engolado, nada de libresco. Un hombre de su tiempo, el siglo XVI, época contradictoria, de mancipación del pensamiento y autos de fe, avances científicos y supersticiones, intercambio de nuevas ideas y guerras religiosas, liberación de las costumbres y censura.

Como un “milagro de mutabilidad lo califica Harold Bloom, quien escribe que a Montaigne se le puede interpretar como escéptico, humanista, católico, estoico, incluso, epicúreo. Así de abierto y dinámico es el pensamiento de alguien que fue capaz de admitir “Mala es la opinión que no se puede cambiar”. Según el autor de de “El canon occidental”, sus Ensayos “poseen la categoría d una Escritura y compiten con la Biblia, el Corán, Dante y Shakespeare”

En la extensa presentación que le dedica al autor francés, Jacomet se detiene en los paralelos que se han establecido con Freud y la tradición judía. Para muchos lectores resultará toda una novedad enterarse de los orígenes sefarditas de Michel Louppes, Señor de Montaigne (1533-1592). Los Eyquem serían judíos portuguess, comerciantes de sardinas y vinos, afincados en Holanda y Francia, mientras que la madre, Antoneitte Louppes de Villanueva, descendía de judíos aragoneses. Uno de sus antepasados, Moisés Peçagon, al convertirse al catolicismo en 1493, adoptó el apellido García López, agregando la partícula nobiliaria “de Villanueva”.

¿Sabía español Michel de Montaigne? ¿Leyó los textos de la tradición judía? Jacomet cree que sí, y rastrea los indicios en sus Ensayos. Un dato más: en el texto de Montaigne no hay muchas citas de la Biblia, pero en las vigas del techo de su biblioteca hizo escribir varias sentencias del Eclesiastés.

Jacomet ve en el estilo digresivo y contradictorio de Montaigne el rastro de todas estas lecturas. “En el tercer libro refuta lo que afirma en el primero, en lo que yo veo una influencia de Mishná y de los escritores judíos, porque justamente Maimónides dic que dentro de ese libro se juntan opiniones de varios rabinos que se contradicen, y no se indica el autor. Sin exagerar mucho, el desprecio de la tristeza, por ejemplo, está en el Pirké Avot, donde se lee que ese sentimiento engendra odio y envidia. Estas fuentes no se han investigado a fondo. Occidente ha sido muy soberbio”.

– ¿Cuándo comenzaste a leer a Montaigne?

Mi madre era una gran lectora y una admiradora suya. Desde joven tuve la oportunidad d estar en contacto con él. La biblioteca de mi casa era totalmente abierta, jamás hubo un libro prohibido para mí. Incluso mi padre me abrió una cuenta en El Ateneo, de Buenos Aires, dond compraba lo que quería. A los onc añs ya tenía una biblioteca propia de mil libros.

– ¿Leiste a Montaigne en francés o español?

Siempre en francés. Y n francés antiguo, que es complicado, pero después uno lo aprende, así como aprendí el véneto para traducir a Aretino. Ya tenía la orja hecha para esto. El francés se hablaba en la casa en forma normal, me eduqué en ese idioma, tal como mi padre se educó en italiano cuando era chico. Junto con el castellano, habábamos los dos idiomas, aunque el italiano se me ha olvidado un poco.

– ¿Cuál es la razón para hacer una nueva traducción de “Los Ensayos?

Las traducciones que hay tienen el vicio de ser muy eruditas. Al mundo académico le cuesta mucho aceptar que un tipo que no escribe con su hermetismo pueda a llegar a ser uno de los mayores escritores del mundo occidental. Yo quise hacer una aproximación que fuera fácil a un texto que es fácil y que se presenta como difícil. Busco un lenguaje llano, capaz de llegar a todos los lectores hispanoamericanos, sobre todo a los chiquillos de quince años que es lo que más me interesa.

– ¿Por qué precisamente ellos?

Porque veo una juventud desesperada. Yo mantengo mucho contacto con ellos, porque tengo hijos jóvenes y nietos. No tiene libre elección un cabro de catorce años bombardeado por esa publicidad espantosa de las bebidas energéticas, que prácticamente les regalan para que compren la coca cola y el ron. Es un crimen. Los cabros están tomando para borrarse. Esto quiere decir que el rol de engranaje que les toca en esta sociedad no les gusta: no saben que hacer, están aterrorizados en un mundo donde el lenguaje sirve para comprar y vender, nada más. Mientras que en los colegios les enseñan, como en la Edad Media a memorizar y a repetir, pero no a pensar. Tampoco les enseñan las virtudes, como, por ejemplo, a ser leales: al contrario, estimulan la delación. Viven en un mundo muy incoherente, tremendamente fragmentado, que los aisla. En el Metro todos van con sus audífonos, con la cara perdida, totalmente idiotizados. Son unos robots. Entonces, ¿cómo sacarlos de eso?, ¿qué alternativa ofrecerles?, ¿cómo decirles que la cultura no es una cosa difícil, sino un juego?

– También destacas sus análisis novedosos de la psicología humana

Es un hombre bueno, inteligente, muy sensato, que escribe para él mismo, y por eso lo llamo Freíd antes de Freíd. Hace una introspección y un autoanálisis en el cual reconoce la existencia de ciertos “pliegues internos” en la mente, que n son accesibles, y que son los que lo impulsan a hacer cosas. Es precisamente la teoría del inconsciente dinámico que recupera Freíd, aunque éste nunca lo nombra, y eso es un muy buen dato para saber que lo leyó.

– Montaigne es el primero en usar el término “ensayo” y cmúnmente se lo considera el iniciador del género. ¿Por qué tú manifiestas dudas?

El pensamiento de Montaigne es muy, muy avanzado, de una apertura total. No emite juicios de valor, trata de evitarlos, nos da a cada uno la libertad de pensar y no nos encierra en una doctrina. En ese sentido, el ensayo ya se practicó en el Japón de la época Heian, y su representante más famosa fue una dama de la corte, Sei Shônagon, que escribió “El libro de la almohada” aproximadamente en el año 1.000. Más tartde, en el siglo XIV, el monje Kenkô publicó “Tsurezuregusa” (Ensayos en ocio). Ambos autores practicaron un estilo que se llamó “zuihitsu”, que significa “al correr del pincel”. Su encanto es la incompletad, el final abierto, precisamente como los ensayos de Montaigne o los aforismos de Cioran. Son textos que nos dejan llenos de preguntas o de asociaciones: ésa es su riqueza particular. Ahí está el origen de los ensayos. También en Marco Aurelio, por supuesto, y en los discursos de Epicteto, grandes pensadores que no edifican un sistema, como si lo hace, por ejemplo, Kant.

– ¿Cómo definirías el estil de Montaigne?

El no era escritor. La gracia de Montaigne es que escribe como habla, llanamente. Tiene un estil cómico para su época. Cuando s refiere a un hombre rico lo compara, por sus castillos y sus posesiones, con un caballo con aperos. Entonces pide: sáquenle esos adornos, quiero verlo en chemise. Lo que en castellano se podría traducir “en pelota”, aunque yo traduje en “camisa”. Así como cuando habla de garce , yo puse “lagarta”, pero se entiende que es una prostituta. En el segundo libro de sus Ensayos, del que ya he traducido más o menos la mitad, conservo un poquito más estas expresiones, usando términos del español de la época que son más gráficos.

– ¿Cómo se explica que Montaigne nunca hubiera tenido problemas con la Inquisición y casi cien años después de muerto, el Santo Oficio incluyera sus libros en el “Index”?

Creo que en eso influyó la opinión de Pascal, que le critica el uso del término garce, culo y otras “barbaridades”. Él estuvo muy influido por Montaigne y esa misma influencia, como suele suceder, trocó en odio. Le copió mucho. Como todos, Ben Jonson, dice que todos los ingleses empezando con Shakespeare, se dedicaron a saquearlo. Borges también. Yo mismo, que no soy escritor, pero evidentemente las ideas que me gustan están en Montaigne, en su libertad, su honradez, esa falta de perdón consigo mismo en el detalle cotidiano. Como dic al principio, si no hubiera sido por la sociedad en que vivía, habría mostrado mucho más al desnudo sus propios defectos

– ¿Establece comparaciones entre su tiempo y el nuestro?

Ahí está la maravilla de la torre de Montaigne, que es un faro de luz en un mundo que se parece a éste por los dogmatismos homicidas. Las guerras de religión eran de una crueldad espantosa y ahora tenemos de nuevo puesto en el tapete el tema del terrorismo y los ataques suicidas. Un mundo medio parecido al de Montaigne: Es el primer posmoderno: para él todo es relativo, no hay verdades fijas, él mismo va cambiando. Es el primero que se atreve a decir que a lo mejor lo que piensa ahora no lo va a pensar mañana.

– ¿Sus “Ensayos” son la mejor introducción a los clásicos?

Es lo que decía Quevedo: si quieren leer a Séneca, a Plutarco y a todos sin leerlos, lean a Montaigne. Es también la invitación que yo hago: entrar a los clásicos, porque son lo más fáciles de entender. Es más fácil leer a Séneca que a Joyce, es más fácil leer a Platón que a sus comentaristas. Pretendo aportar algo a esta juventud que no sabe qué hacer ni qué leer, y que cree que por primera vez está pasando una cosa que ha sucedido mil veces antes. ¡Lean a Montaigne! Es un tip fácil, simpático, divertido, que les va a despertar el gusto por los grandes escritores.

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