La alienación del lenguaje

Fuente: Manifiesto para una izquierda rebelde
(Extracto)

El proceso socializador humano se ha significado por la asunción definitiva de nuestra identidad humana diferenciada. Lentamente nos hemos representado a nosotros mismos mientras fuimos adquiriendo, de manera cooperativa, conciencia de especie. Una plasmación de lo que somos que se ha ido concretando históricamente a través de diversas conquistas sociales y políticas. La Igualdad y la Libertad (factibilizadas por medio de la Justicia Social y la Democracia), la Solidaridad (la actual Fraternidad), la Declaración Universal de los Derechos Humanos –aprobada por las Naciones Unidas después de la Segunda Guerra Mundial- se han incorporado de un modo gradual como elementos consubstanciales al devenir del Homo sapiens. Hoy en día son pocos los gobiernos que no hacen mención a estos valores para justificar su actuación. Ahora bien, la marcha de capitalismo no se ha caracterizado por la aplicación extensiva e intencionada de esos principios en el conjunto de la población. Y es a causa de su incumplimiento por lo que ha debido exprimir una vieja fórmula reaccionaria para amparar así la autoridad del imperio, en la medida que ya no parece plausible retroceder ante tales adquisiciones adaptativas. Nos referimos a la alienación del lenguaje.
La alienación del lenguaje supone privatizar las palabras, apropiándose de su valor originario para manipular los significados (manteniendo la forma silábica) en provecho de los poderes dominantes. Como ya no es aceptable la ausencia de democracia (ni que sea representativa) para organizar la vida de cualquier sociedad, el poder apela a ella al tiempo que incumple su ontología. Y en el resto de cuestiones, como en el respeto de los derechos humanos, sucede igual. La hipocresía del imperio, que dice una cosa y hace otra, es funcional al capitalismo, tal y como probaron Marx y Engels al criticar las democracias burguesas, y se respalda en el control jerárquico ejercido por el biopoder y en los instrumentos tecnológicos que utiliza. Las ventanas informativas-comunicacionales y el monopolio de la palabra que ostentan los primates-capitalistas nos atacan sin cesar con conexiones que matan el pensamiento libre, imponiéndonos su “pensamiento único” (I. Ramonet). El arma usada por el imperio es una estrategia nazi, en la que una mentira repetida cien veces acaba incorporándose en la mente humana a modo de verdad. De tanto en tanto se acepta la irrupción de alguna voz antagonista, pero si ésta no se fundamenta en un contrapoder de base, sólo sirve para legitimar el biopoder, que lo esgrime de coartada para demostrar la existencia de “libertad”. La contrainformación, cuando es residual, se ve engullida una vez detrás de otra por un magma informacional que nos cae desde arriba, sin apenas probabilidad de impactar de una forma notoria en el común de las personas. El acoso y derribo del Estado español contra el periodismo de investigación y los medios de comunicaión alternativos vascos es una demostración de lo que estamos diciendo, pues en este caso se comprueba porqué el poder rompe la baraja cercenando sin complejos la libertad de expresión: cuando la contrainformación se convierte en una amenaza para la estabilidad de sus intereses.
Alrededor de este dispositivo central –el monopolio de la verdad transformada en mentira- el biopoder utiliza otras tácticas (subsidiarias y correctivas) en situaciones de crisis. Si se ven apurados, el discurso primate-capitalista nos advierte que los que no gozan del sistema es porque no se han esforzado lo suficiente, externalizando los conflictos al culpabilizar al “otro” por no saberse integrar adecuadamente al modelo civilizatorio imperante. Se recicla así la herencia ideológica del protestantismo para argumentar que tod@s podemos progresar, tanto los individuos como los países subdesarrollados, pero para ello, dicen, hay que trabajar a fondo asumiendo las reglas del juego.
Otra variente ideológica suplementaria es la que procede de la moral católica ultraconservadora. Cuando la especie recula en su proceso socializador (pérdida de libertades, de derechos sociales, involuciones democráticas, etc) se les dispara la agudeza mesiánico-redentora, pues entonces el biopoder afirma que tales reflujos son penitencias obligadas para salvaguardar los intereses generales y la sociedad que los garantiza, atacada por las “fuerzas del mal” internas y/o externas: el peligro terrorista, la delincuencia, la violencia obrera contra la competitividad económica “generadora de puestos de trabajo y de riqueza”…

Las palabras no son dogmas, son nodos de energía de una red sistémica que llamamos lenguaje, un modelo que se acciona de manera colectiva y dinámica. La libertad recrea el lenguaje redefiniendo el sentido de las palabras constantemente. Pero también consensua significados, un hecho imprescindible para entendernos y comunicarnos. La alienación, en cambio, dinamita la dimensión colectiva del lenguaje al trastocar las semánticas de manera autoritaria. El poder primate-capitalista niega el lenguaje libre para implantar un pensamiento único: se apropia de los productos lingüísticos de la especie manipulando la química interna de éstos, y, a su vez, privatiza el proceso de producción comunicacional, relegando a la mayoría humana a la posición de receptores-repetidores pasivos.
Nosotr@s no reclamamos la pureza de las palabras, reivindicamos el derecho a mantenerlas vivas participando como emisores autónomos. En igualdad de condiciones.

La alienación del lenguaje se añade, pues, a la del trabajo y la política. Pero para cuadrar el círculo el imperio necesita aún un cuarto aspecto que integra los tres apartados anteriores, metamorfoseándolos en uno de solo: la manipulación del deseo a través de la alienación de las relaciones biosociales, que atrapan en una tela de araña inseparable las relaciones productivas, reproductivas y de intercambio.

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