¿La política en la caverna?

Por Pablo Salvat B. *
Fuente: http://www.elclarin.cl (15.08.08)

Digamos que no sólo la política, sino también la educación y la cultura, parecen estar hoy como en una caverna. No sólo Platón en el libro VII de su famosa República, sino -se dice-, también un Aristóteles, habría visto el peligro de que la humanidad terminase viviendo como en una caverna. Es decir, alejada del sentido y realidad de las cosas, acciones y procesos. Del interés por su verdad, de espaldas a ella, volcados hacia las sombras y la apariencia de las cosas.

O, también, confundida la humanidad, en una maraña de medios instrumentales, de sensaciones y opiniones, gobernadas por meros gustos particulares, el inmediatismo, el ranking televisivo, o por la última moda tecnológica. Eso sí, ahora sería una caverna modernizada, es decir, con todas las comodidades e incluso algunos lujos, por cierto, en nuestro caso, accesibles sólo a unos pocos. Pero, haciendo de lujos, comodidades y poderes –veloces e instantáneos, mercadeables-, la única realidad existente, deseable; fuera de ella, no habría más nada. Al parecer una buena parte de nuestras sociedades –y sus elites-, no parece inquietarse mayormente por sus condiciones de vida actuales, con sus dificultades crecientes.

Sucedería que la caverna modernizada, a diferencia de la reseñada por los clásicos griegos, no cesa de moverse y extenderse, de expandirse urbi et orbi, dando la impresión que en sus límites se puede tener una vida libre. Esta caverna tiene como principio rector la ética del mercado, su autosuficiencia, sacralidad y ubicuidad. Todo lo que no ha resuelto nuestra sociedad hasta ahora, bien lo puede el mercado, el capital, el así llamado progreso y su racionalidad de cálculo costo-beneficio, siempre que no intentemos limitarlos. Claro, el mercado y el capital por sí mismos, no. En alianza con la ciencia y especialmente, la tecnología, por cierto. Esa tríada de mercado capitalista, ciencia y técnica autofinalizada y globalizada funge hoy como la nueva autoridad absoluta; la nueva verdad que preside la caverna. Algunos le llaman el sistema. La nueva ilusión.

No hay más ideologías; tampoco diversas interpretaciones o proyectos políticos concurrentes. Hay una sola ideología; una sola interpretación correcta, un sólo proyecto de mundo: el de esta nueva autoridad absoluta. Aunque el deseo de lograr tener o acceder a una serie de bienes, lograrlos de hecho o vivir bajo su promesa ilusoria, aparecen como el leitmotiv primordial que llena la vida de los miembros de la caverna, de todas maneras tienen la impresión que se les escapa la medida, el criterio o la dimensión por medio de las cuales la realidad se convierte en un mundo, y un mundo en el cual los humanos pueden vivir de manera libre y con cuotas crecientes de felicidad. La publicidad machaca las conciencias convertidas en ojos con sus nuevos medios técnicos: todo es posible, todo en un ahora y cerrar de ojos. Todo es canjeable. Todo dentro de los límites de la caverna. Es cuestión de desearlo.

El Leviatán actual pasa a ser un monstruo que termina adaptando a los humanos y al medio ambiente a su propio funcionamiento; los transforma y los adapta a su lógica de crecimiento incesante y calculador, devastando a su paso a la propia naturaleza, al mismo ser humano y su vida en la ciudad. Esta nueva caverna modernizante ya no sabe quién es el hombre, qué es el ser humano; no le importa, solo le sirve de retórica. De esa manera este pseudo-sujeto formatea y modela el andar de los hombres y mujeres de este tiempo que, al parecer, sólo pueden distinguir algo en medio de sombras y apariencias. En la caverna hay que asegurarse unos contra otros; hay mucha desconfianza mutua; mucho recelo de poderes atesorados. En ella no hay realidad sino a través de la telepantalla. Ella llena los días de los humanos. Esto claro no deja de tener consecuencias.

Cuentan que para Angelo Silesius (1624-1677), el humano posee dos ojos: con uno escruta y se dirige al instante; con el otro, otea el infinito. Sólo el acuerdo entre las dos miradas nos daría la medida. Si perdemos un ojo, perdemos el sentido de la medida y cedemos a la ceguera parcial. El humano moderno habría perdido el sentido de la medida: por un lado, se sacrifica en el altar del progreso perfectible, del otro, subestima el sentido de la perfección. Desde el ojo escrutador del instante contempla el planeta natal, así como el universo. Desde su ojo orfelino, da una mirada conquistadora y de colonizador-explotador de ese mismo mundo. Cuando el rodar vertiginoso en esta caverna no parece tener límites a su despliegue, surge la impotencia que observamos en nuestra sociedad. Por momentos se percata de cómo vive bajo esta caverna poderosa, pero al mismo tiempo, no haya los caminos de salida, hacia el reencuentro con la realidad-mundo que corresponde a su altura y dignidad.

¿Quién podrá salvarnos de esta inesencialidad reiterada, de este ir y venir incesante e inquieto, de la ilusión tecnológica sobre cuanto vive, nos rodea y marcha sobre el planeta? Según algunos, bajo el actual escepticismo y pluralismo no parece haber ya una divinidad disponible que concite acuerdo para ir en nuestra ayuda. ¿Podrá ayudarnos nuestra actual democracia? ¿Tiene ella acaso la imaginación suficiente, la fuerza, el coraje, como para hacer de contrafuerte de la acción destructiva de esa caverna extendida en la que pernoctamos? ¿Acaso la democracia existente no se ha habituado a esa misma caverna y se presta casi únicamente para la administración y gestión de los negocios que en ella se dan? Y sin embargo, lo sabemos, la democracia es también la forma y el espacio por medio del cual los humanos podemos ir ajustando y perfeccionando lo que es justo, equitativo, libre o felicitante, pues para eso están el habla y la palabra, frutos de nuestra vida en la ciudad. Por ello no puede ofrecernos una salida liberadora a esa situación tan fácil y tan rápida.

¿Cómo podemos encontrar caminos, entonces, que puedan salvar el mundo de esa caverna, de su asimilación reductora? Pareciera que una vía posible consistiría en hacer aparecer el humano como aquel ser inclasificable, y que sabe que lo es. Una auténtica ética de la resistencia haría posible oponerse a la fatalidad del sistema-máquina en marcha, rechazar su incorporación. La grandeza del humano consiste también en su capacidad de decir que No. Él, es lo no-englobable. Quizá todo esto tenía en mente un pensador francés cuando escribía: “la economía es la forma esencial del mundo moderno, y los problemas económicos son nuestras principales preocupaciones. Sin embargo, el verdadero sentido de la vida está en otra parte. Todos lo saben, todos lo olvidan, ¿ Porqué?”.

*Doctor en filosofía y Director del Magíster de Ética social y Desarrollo humano del Departamento de Ciencia Politica y RRII de la Universidad Alberto Hurtado

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