¿Quién recuerda a Nietzsche como compositor?

Por: Susana Desimone
Fuente: www.mundoclasico.com (02.07.2004)
 
Al evocar la figura de Nietzsche acuden a nuestra memoria, en primer lugar, el filósofo, el pensador y también –claro está- el personaje torturado por la sífilis y la locura.

Es cierto que no ha pasado a la historia por la calidad de las obras musicales que compusiera. Sin embargo es innegable que, durante toda su vida, profesó una verdadera devoción por la música clásica y trató reiterada, y a veces, desesperadamente, demostrar a sus contemporáneos y a sí mismo que él era un compositor.

La ideología nazi se aprovechó de sus ideas filosóficas, interpretadas en forma tan aviesa e intencionada como se hizo con la música de Wagner, cuya ideología sí era francamente antisemita, aunque fue su obra musical en particular la que sirvió a la estética del Tercer Reich.

Friedrich Nietzsche nació en 1844. Fue hijo de un pastor protestante y estudió filología clásica en Bonn y en Leipzig, interesándose muy pronto por la teología y la filosofía.

La revalorización de la filosofía nietzscheana (desarrollada al margen de la exposición sistemática de estilo científico y expresada a través de una prosa de enorme poesía) ha sido más intensa en la segunda mitad del siglo XX, cuando los más importantes pensadores franceses (Foucault, Deleuze, Lacan, Derrida) intentaron construir una izquierda no marxista, a diferencia de Jean Paul Sartre, quien buscó efectivizar una síntesis con el marxismo en su Crítica de la Razón Dialéctica.

La célebre frase de Nietzsche: “Dios ha muerto”, provocó una verdadera conmoción, al desarrollar su idea de que el concepto de lo absoluto (que Descartes, Kant y Hegel  depositaban en el sujeto, es decir, en el hombre), radica en la “Vida”, la “Voluntad de Poder” y en la noción del “Superhombre”. El sentido de su afirmación, pues, es que “ha muerto el mundo suprasensible de Platón”, pero Nietzsche sostiene como base de su filosofía los tres conceptos antedichos, vinculados con el “mundo sensible”, esto es, con la Vida. Quizá por este enfoque es que su pensamiento se aproxima más al existencialismo del siglo XX que a cualquier otro pensamiento reaccionario.

Mientras llevaba adelante sus estudios secundarios, fue uno de los primeros en advertir, en un artículo, los valores del poeta Friedrich Hölderlin, original y aún desconocido en la Alemania de la época. Esa misma sensibilidad fue la que, con sólo diecisiete años, experimentó un verdadero impacto al escuchar por primera vez algunas escenas de Tristán e Isolda de Wagner, interpretadas por su amigo Gustav Krug.

Su devoción por la música, siempre presente a lo largo de su vida, se puso de manifiesto en la que sería una de sus frases más célebres, la que solía repetir en sus cartas a Peter Gast y Georg Brandes: “Sin música la vida sería un error”. Otro pensamiento semejante le expresó un día a su madre, desde la Escuela de Pforta, donde estudiaba: “Cuando no oigo música, todo me parece muerto”.

Ya en la Universidad, donde se dedicó a estudiar filología, (y también teología, cuyo estudio luego abandonó y a la que sólo se había acercado para satisfacer el ruego de su madre) pudo asistir a numerosos conciertos y representaciones teatrales.

Fue en octubre de 1868 cuando le fue posible escuchar el prólogo de Tristán e Isolda y la obertura de Los maestros cantores. A partir de ese momento comenzó su admiración apasionada por la música de Wagner, acrecentada luego del 8 de noviembre de 1868, fecha en que conoció en persona al autor de la Tetralogía. Comenzaría entonces una estrecha relación de amistad con Wagner y su esposa Cosima en Tribschen, relación que, sin embargo, estaba destinada a concluir de modo casi violento y exasperado.

En el trato personal con la pareja, Nietzsche pudo asistir a algunas creaciones como las de Sigfrido y El crepúsculo de los dioses y su fascinación le hizo llamar a Tribschen “la isla de los bienaventurados”. El recuerdo de esos días produjo en su espíritu una enorme impresión destinada a perdurar a pesar de los enfrentamientos definitivos que tuvo más tarde con Wagner, por el que pasó de una admiración incondicional al más profundo desprecio.

Digamos también que, por otra parte, Wagner se sirvió de esa admiración que le profesaba Nietzsche, ya por entonces profesor de Filología Clásica de la Universidad de Basilea, para hacer de él un propagandista de la música que componía dentro del medio académico en el que todavía no era demasiado conocido.

Como recuerda Claudio Schulkin en su valioso artículo Nietzche compositor (http://serbal.pntic,mec.es/ ) Nietzsche “fue seducido absolutamente y aceptó emocionado el rol con que lo distinguía el genio al aceptarlo en el reducido círculo de sus elegidos. Hay que considerar que tenía veinticinco años, había quedado huérfano a los cinco y Wagner había nacido en el mismo año que su padre (1813)”.

Así fue como el joven filólogo escribió El nacimiento de la tragedia, un verdadero panegírico de Wagner, proclamando que “a través de su música volverían los gloriosos y heroicos tiempos trágicos de los griegos”.

Sin embargo, los conocimientos y la preparación musical de Nietzsche eran insuficientes para alcanzar sus ambiciones como compositor, y el desdén con que más tarde lo tratarían Wagner y su esposa Cósima, a quien -en cierto modo- consideraba su musa inspiradora, produjo su alejamiento de la pareja.

Cinco años después del fallecimiento de Wagner, Nietzsche concentró sus agresivos ataques en contra del compositor alemán, en dos suscintas obras: El Caso Wagner, y Nietzsche contra Wagner, escritos ambos en 1888, es decir, en el ultimo año de su producción creativa, ya que desde 1889 hasta su muerte, ocurrida en 1900, vivió postrado por la locura y la parálisis.

Nietzsche se consideraba a sí mismo como un aficionado, pero su pasión por la música lo llevaba, aun con escasos recursos, a persistir en su tarea de compositor.

En 1976 la Bärenreiter-Verlag de Basilea publicó El legado musical de Nietzsche, bajo el cuidado de Curt Paul Janz, uno de sus biógrafos, y allí figuran la totalidad de sus partituras. 

Con el tiempo se ha reconocido el valor de muchos de sus lieder e impresiona también la cantidad de música religiosa compuesta por él, habida cuenta de que era la misma persona que había escrito El Anticristo, aunque debe señalarse que ese tipo de música impresionaba profundamente su espíritu, aunque su bagaje técnico, propio de un intuitivo, no le resultaba suficiente para emprender obras de mayor envergadura.

Cuando buscó la aprobación de su Meditación de Manfredo, compuesta sobre la base de la Obertura Manfredo de Schumann, en Hans von Bülow, quien había sido el primer esposo de Cósima, ya por entonces esposa de Wagner, sólo encontró el desprecio de von Bülow.

En efecto, este fue particularmente despiadado en su crítica y no ahorró crueldad alguna para señalarle los errores y defectos de la partitura.

Este juicio lapidario habría bastado para que otro músico –en su lugar- no volviera a intentar nunca más la tarea de dar forma a los sonidos que resonaban en su cabeza y en su espíritu. Nietzsche, en cambio, no se dejó vencer y siguió componiendo.

En 1874 el Himno a la Amistad, para piano; en 1875 un Himno a la Soledad, de cuya existencia sabemos por la carta a un amigo en la que le explicaba que se hallaba trabajando en él, pero que, lamentablemente, se ha perdido y nunca pudo ser encontrado.

En 1882 escribe su última composición: el lied Oración a la Vida, luego de tres semanas de convivencia con la fascinante Lou Andreas Salomé, una mujer brillante y talentosa que fue el amor de varios de los más grandes intelectuales de su época.

Aun en medio de sus frustraciones e intensos sufrimientos, conmueve la imagen de Nietzsche ya demente, a causa de la sífilis, cuando (como recuerda el citado autor Schulkin) “se sentaba al piano para tocar una de las sonatas de Beethoven y cuando en 1900, el año de su muerte –ya casi completamente paralizado- el único estímulo del mundo exterior que lo hacía reaccionar era la música.”

Esas patéticas imágenes permiten vislumbrar hasta qué punto este maestro del pensamiento amaba la música y deseaba rendirle su propio tributo que, aun imperfecto en su forma, nacía con la misma pasión y entrega con las que había dado forma a sus ideas filosóficas.
 
 
 

 

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