¿Iguales o diferentes? El feminismo que viene

Por: Amanda Paltrinieri
Fuente: www.amanza.com.ar

“Queremos igualdad” fue el grito de guerra de los sesenta y setenta. “Conozcámonos” pareció ser el lema de los ochenta. En los noventa se produjo otra vuelta de tuerca y la consigna con que llegaremos al nuevo milenio es, aunque suene paradójico, “viva la diferencia”.
Cambiaron muchas cosas desde que las sufragistas del siglo pasado comenzaron a luchar para conseguir el voto femenino. Si hace treinta años todavía se ridiculizaba a las feministas como arpías, histéricas o varoneras y viejas feas que se metían a activistas porque no podían conseguir un hombre, hoy esas caricaturas ya no corren.

Muchos de los postulados feministas hicieron carne en la sociedad: ya no se discute que la mujer puede ocupar cualquier espacio; nadie mira como bichos raros a quienes deciden vivir solas, no casarse o no tener hijos, y lentamente se comienzan a combatir el acoso sexual y la violencia doméstica.

Quedan temas pendientes, pero lo cierto es que algo cambió y muchas agrupaciones plantean que la igualdad está conseguida (o, al menos, instalada su idea) y es tiempo de mirar hacia atrás, valorar aciertos, corregir errores y poner el acento en los valores femeninos: en otras palabras, en la diferencia.

Pocos dicen que la Revolución Francesa no podría haberse hecho sin el protagonismo activo de las mujeres. Sin embargo fueron ellas quienes marcharon hacia Versalles y obligaron a Luis XVI a ir a París, desde donde iba a serle más difícil escapar.

En medio de aquella efervescencia se crearon numerosos clubes de mujeres, muchas de las cuales incluso tomaron las armas. Pero si pensaron que las cosas iban a cambiar para ellas, se equivocaron fiero: establecida la República, les dieron las gracias y las mandaron a casa. Acto seguido se negó la propuesta del marqués de Condorcet de dar la misma educación a mujeres y varones.

Probablemente pocos movimientos feministas se hayan sentido tan traicionados como los de esa época. Olympe de Gouges, quien pertenecía a los sectores más moderados de la Revolución, autora de la Declaración de derechos de la mujer y la ciudadana, fue a parar a la guillotina. En 1793 fueron cerrados los clubes de mujeres y al año siguiente les prohibieron cualquier tipo de actividad política. De derechas o de izquierdas, las más destacadas perdieron la cabeza (literalmente) o debieron exiliarse.

Paralelamente, la Revolución Industrial produjo una paradoja: mientras las mujeres de clases acomodadas quedaban en su hogar, las menos pudientes fueron incorporadas masivamente a las fábricas, pues les pagaban menos que a los varones y eran más sumisas que éstos. Esta situación dio origen en el siglo diecinueve al movimiento sufragista. La del voto no era la única reivindicación, sino sólo la primera y la que podía unir a todas las mujeres más allá de sus diferencias políticas y sociales. En cada país el movimiento tuvo sus propias características: en los Estados Unidos, por ejemplo, estaba ligado a la lucha contra la esclavitud.

Las sufragistas protagonizaron huelgas y manifestaciones, y sufrieron fuertes represiones. Cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, se recuerda a las obreras estadounidenses que murieron quemadas en 1908, cuando se declaró un incendio en la fábrica que habían tomado.

La idea de que las mujeres eran tan explotadas como los obreros volcó a muchas feministas hacia el marxismo. Otro fiasco: aunque éste denunciaba la explotación económica y sexual de la mujer, la restringía al marco de la lucha de clases y cualquier pretensión fuera de ese marco era considerada una “desviación burguesa”. Los reclamos, en todo caso, había que dejarlos para después de la revolución. Pero la experiencia soviética dejó en claro que una cosa no tiene que ver con la otra: se estableció la igualdad por decreto, pero no se hizo nada por cambiar la mentalidad de la sociedad en ese aspecto.

Hoy parece absurdo considerar que la mujer no está capacitada para elegir autoridades o ser parte activa de la vida política y económica de cualquier sociedad. Sin embargo, el derecho a votar sólo se consiguió en las primeras décadas de este siglo (y no en todo el mundo). Eso sí: quedó demostrado que las sufragistas habían acertado al suponer que el voto sería sólo el primer paso, en especial después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la economía de tantos países descansó sobre los hombros femeninos.

Durante los años sesenta y setenta no quedó títere con cabeza: si algo caracterizó esas décadas fueron los cuestionamientos. En ese período el feminismo resurgió y ganó la calle con reclamos, como el derecho de la mujer a disponer de su propio cuerpo o la igualdad económica y profesional.

Por boca de autoras como las estadounidenses Kate Millet y Sulamith Firestone comenzaron a oírse términos como “patriarcado”, “género”, “casta sexual”, y con ellos los planteos sociales entraron también en el terreno de lo privado. “Lo personal es político”, era la consigna. ¿Qué significa esto? Que como nuestra sociedad es patriarcal todos los varones, más allá de la clase social a la que pertenezcan, se benefician económica, sexual y psicológicamente. El ejemplo más claro es el del trabajo hogareño, que suele estar a cargo de la mujer (aunque además tenga un empleo fuera de su casa) y que carece de retribución.

Al llevar las discusiones a la esfera privada comenzaron a gestarse grupos de autoconciencia. Estos grupos permitieron dar otra dimensión al movimiento feminista: más que desde la teoría se comenzó a pensar desde las experiencias personales. Sin descuidar los espacios para estudiar y organizarse, se crearon otros que atendían a las necesidades de las mujeres de carne y hueso como guarderías o centros para mujeres maltratadas y víctimas de la violencia sexual.

Como todo movimiento, el feminismo evolucionó a la par de la sociedad: su escandalizadora irrupción en los años sesenta y setenta con manifestaciones en favor del aborto o actos como la quema de corpiños mostró -al igual que el hippismo o los movimientos estudiantiles- que los valores tradicionales de la sociedad occidental estaban en crisis y debían ser discutidos. Los ochenta fueron años más conservadores y mostraron una paradoja que encuentra el ejemplo más acabado en la figura de Margaret Thatcher. Una mujer llegó a gobernar uno de los llamados “países centrales”. Pero ¿hubo algo más masculino que ella? ¿Hay que masculinizarse para ganar un espacio en una sociedad de varones? Entonces, ¿a qué clase de mujer -y a qué clase de sociedad- se aspira?

Los noventa fueron precisamente eso, años de barajar y dar de nuevo. De la discusión -todavía no acabada- surge un nuevo feminismo que viene pisando fuerte: el de la diferencia.

Betty Friedman, fundadora de la principal organización feminista de los Estados Unidos, revisó su postura y opina que “no debemos dejar los valores de la familia a la derecha”. Jane Roe, la mujer cuyo caso llevó a legalizar el aborto en ese país, se convirtió al catolicismo. Naomi Wolf, una de las más conocidas militantes del feminismo norteamericano, también cambió su posición ante el tema desde que tuvo una hija.

Probablemente el gran cambio es la aceptación del derecho a elegir cualquier opción. Ya no se trata de mirar por encima del hombro a la mujer que elige trabajar en su hogar o considerar “desnaturalizada” a quien prefiere no casarse o no tener hijos. Incluso cambió el concepto de familia (Nueva 282). El modelo tradicional ya no es el único: las familias a cargo de una sola persona siguen en aumento y ya no extraña ver a un varón que cambia pañales o que se encarga de buena parte del trabajo hogareño. “El hombre y la mujer han de asumir nuevos papeles -dice la escritora Erica Jong-, y yo creo que muchas parejas jóvenes se esfuerzan en experimentar con ello… Los hombres también están pasando malos momentos.”

Así como el feminismo actual no es el mismo de los años sesenta, la sociedad incorporó muchos de sus planteos en esferas que podrían parecer insólitas: es el caso, por ejemplo, de infinidad de empresas que (tras comprobar sus bondades) optaron por lo que se podría llamar estilo gerencial femenino, en el que las decisiones se toman desde la participación, en contraposición al estilo masculino, vertical, inapelable y sujeto a errores. Muchas compañías -japonesas especialmente- están muy contentas con los resultados que obtuvieron desde que implementaron este sistema.

Ahora, bien: ¿qué es esto de un pensamiento femenino? “La mujer tiene una diferencia en relación con el hombre -opina la italiana Alessandra Bocchetti-, no sólo biológica, sino histórica, de práctica cotidiana que proporciona un saber. Las mujeres conocen a los seres humanos desde el lado menos heroico, en sus necesidades, en su cotidianidad, en sus debilidades… Creo que ésa es su gran fuerza, su gran aporte a la sociedad: un don de realismo.”

Para la sexóloga Shere Hite “el feminismo de los 90 debe estar basado en la diversidad: diversidad de estilos de vida, en los objetivos y en las opiniones: a medida que crecemos, podemos asimilar y disfrutar de nuestras diferencias, conocernos mutuamente”.

No todas las feministas coinciden con ellas: “Donde las situaciones de poder son jerárquicas -opina la española Celia Amorós- lo diferente queda bloqueado en el lugar del desigual.” Para Susan Faludi, la idea de que la igualdad ya está conseguida es un engaño, pues considera que el patriarcado tiene numerosos recursos para perpetuarse.

“El fin del patriarcado no quiere decir que no exista dominio patriarcal -responden las partidarias de la diferencia-, sino que ya no significa nada en la mente de la mujer, e incluso ya en la de muchos varones.”

Desde esta óptica, ya no hay más banderas de guerra: ellas sostienen que es tiempo de mediación y que las llamadas políticas de igualdad empequeñecen el sentido original de la diferencia sexual. Para ellas ya no se trata de pedir reconocimiento, sino de negociar, precisamente, desde la fuerza y la autoridad que da la diferencia.

La ley de cupo femenino, por la que uno de cada tres cargos electivos corresponde a una mujer, es un buen ejemplo de esta discusión. Desde un ángulo, la medida cubre un bache: la política siempre estuvo dominada por los varones y con ella la mujer tiene una representación que tradicionalmente le fue negada. Desde el otro ángulo, es sólo un paliativo que suena a limosna. ¿Por qué plantear treinta por ciento para las mujeres? ¿Por qué no decir que ninguno de los dos sexos puede ocupar más de setenta por ciento de los cargos?

Lo cierto es que muchas dicotomías (ama de casa/trabajadora, esposa y madre/mujer sola) han desaparecido y no se trata de competir o no con el varón. “El hecho de que una mujer sea libre vuelve necesaria la amistad entre hombres y mujeres -afirma Alessandra Bocchetti-. La vuelve obligatoria. Si no hay amistad entre hombre y mujer no existe posibilidad de hacer sociedad.”

El sentido de la diferencia

Alessandra Bocchetti es una política y teórica feminista italiana muy respetada en su país. Sus opiniones -que reflejan la postura de las feministas de la diferencia- fueron extractadas de un reportaje realizado por la revista Mujer/Fempress, red de comunicación alternativa de la mujer para América latina:

• “No pesa ya sobre ellas (las mujeres) la posesión patriarcal. Hoy deciden si casarse o no, si tener hijos con marido o sin él. Trabajan, viajan, pagan impuestos, estudian… No digo con esto que todas las mujeres son libres, pero creo que la libertad comienza cuando una es testigo de la libertad de otra mujer.”

• “La idea de la igualdad ha aportado mucho a este mundo, pero hoy es necesario cambiar de idea (…) Somos sujetos de derechos y de reglas de esta sociedad, no porque seamos iguales sino porque somos, y todos participamos de esta sociedad con nuestras diferencias.”

• “Las políticas de igualdad son en el fondo políticas que marginan. Los políticos piensan que las mujeres son sujetos a los cuales hay que ayudar; no ven ninguna grandeza en la vida de las mujeres, no pueden siquiera imaginar su libertad. La igualdad es una política de tutela que, queriendo superar la marginación de la mujer, al final la replantea.”

• “El feminismo es una experiencia fundamental para las mujeres occidentales. Creímos en la igualdad. Fuimos las ‘fans’ del concepto de persona como concepto que superaba el de hombre y mujer. Las occidentales tratamos de asesinar la diferencia y ahora necesitamos que el feminismo nos la devuelva. Hemos tenido que volver a aprender a ser mujeres.”

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