¿La historia en crisis?

Por: Santos Julia*
Fuente: Suplemento “Ideas”. Diario “La “Época”, (0 4.12.94)

* Sociólogo e historiador español

Sólo la revolución soviética de 1917 proporciona los medios y el modelo para un auténtico crecimiento económico global a escala planetaria y para un desarrollo equilibrado de todos los pueblos”. Escritas no hace más de quince años, estas palabras del eminente historiador marxista británico Eric Hobsbawm muestran bien que la maestría en el conocimiento del pasado no produce, por si misma, una mejor comprensión del presente ni sirve de nada para prever el futuro. Una idea de la historia que pretendía que conocer el pasado era la herramienta necesaria para analizar mejor el presente y así construir el futuro aparece hoy reducida a cenizas.

Pero esa idea de la historia no era privativa del marxismo. En realidad, la historia como un saber con aspiraciones científicas sobre la sociedad entendida como totalidad unitaria dotada de sentido viene de la Ilustración, se reafirmó con el historicismo y alcanzó su cénit en las décadas inmediatamente posteriores a la Primera Guerra Mundial.

El trabajo del historiador consistía en demostrar que, en efecto, la sociedad constituía una totalidad estructurada que había evolucionado en el tiempo guiada por algún principio rector de carácter universal que confería unidad al proceso y lo dotaba de sentido.

Este principio podía ser diverso: la historia de la humanidad era la historia de la libertad, o la historia de “la lucha de clases, o la historia de la razón, o la historia de la liberación de los pueblos, o la historia de la salvación.

Pero si los principios eran distintos, el suelo sobre el que se levantaban era idéntico: una concepción unitaria de la humanidad, una ley metahistórica del desarrollo, una visión suavemente evolucionista y eurocéntrica y el postulado de un fin de la historia como reino de la libertad, como fin de la explotación o como triunfo de la razón.

De ahí que el saber sobre el pasado tuviera un sentido y sus poseedores se creyeran investidos de una misión: indicar el camino para un futuro mejor. El historiador era un oráculo, un profeta. Había que interrogar a la historia para descubrir las grandes leyes de desarrollo de la sociedad, para revelar sus contradicciones y penetrar en el secreto de la estructura social y de sus procesos de cambio.

Evolucionismo, liberalismo, nacionalismo, funcionalismo, marxismo: cualquiera que fuera la teoría subyacente, el historiador podía aspirar a construir un relato dotado de unidad, de coherencia interna, en el que todos los niveles de tiempo y espacio aparecieran trabados y guiados por una ley de desarrollo que determinaba el futuro.

Es inútil cerrar los ojos

Todo eso se ha venido abajo y es inútil cerrar los ojos para no verlo o pretender que no ha pasado nada e intentar reconstruirlo.

Los historiadores —si se creen los múltiples lamentos que repiten un poco cansinamente en revistas y libros— sufren una crisis de sentido: no saben con seguridad para qué sirve su profesión.

Donde antes existía una concepción de la historia, un paradigma científico que unificaba la investigación y un claro objetivo del trabajo histórico, hoy reina la dispersión de concepciones, el desmigajamiento de temas, la pluralidad de métodos y caminos y la falta de un claro propósito.

No hay ningún rey en Israel, escribía no hace mucho un historiador para lamentar el estado de la disciplina, caída a su parecer en la confusión y en la irrelevancia. No, desde luego, ya no hay ningún rey de Israel: ni volverá a haberlo en un inmediato futuro. Pues esa caída del rey de Israel es, en la práctica concreta del oficio del historiador, disolución de las grandes escuelas que han guiado el trabajo historiográfico durante este siglo.

No hay rey quiere decir que no hay ya ninguna escuela dominante: la francesa de los Annales, narcisista, contemplando su pasado glorioso, ha constituido su propia crisis en objeto de investigación; la gran historiografía nacional-liberal británica lamenta la pérdida de la visión de la historia como relato de la construcción del estado nacional que convertía a los historiadores en mediadores entre el pasado y el presente; los marxistas que no se limitan a consolarse repitiendo que la desaparición del comunismo no tiene nada que ver con ellos, quieren que se les tome por weberianos y proclaman la validez de la teoría de la acción racional. Y mientras tanto, en Estados Unidos, los sucesivos presidentes de la American Historical Association lamentan desde hace años la burocratización del trabajo, la superespecialización, la fragmentación, la dispersión y la creciente incertidumbre sobre la importancia de la historia para la educación del ciudadano o la acción del gobierno.

Lo paradójico es que este lamento general sobre la crisis del sentido de la historia viene acompañado de un extraordinario incremento de la producción bibliográfica. Jamás tantas revistas, nunca tantos libros, sobre temas tan diversos, estudiados desde puntos de vista y con, técnicas tan dispares.

Los viejos y venerables troncos de la historia —económica, social, política, cultural— han florecido desde los años 60 en decenas de ramas que pretenden, y logran, su autonomía y una vida propia con sus asociaciones, sus secciones, sus revistas.

Para completar el cuadro, las dos últimas décadas han presenciado la eclosión, por arriba, de la macrohistoria o historia comparada de grandes procesos sociales y, por abajo, de la microhistoria, el estudio de una vida, de un caso, penetrando en la trama de significados que constituye una acción simbólica, un rito, unas creencias. Ningún tema queda por explorar, ningún camino por recorrer.

No sólo una crisis moral

No sorprenderá, pues, que en un campo cruzado por tantos senderos nadie pueda stablecer con seguridad una amplia avenida que conduzca a una meta segura. ¿Es entonces el caos, más que la crisis, lo que reina? Ese es el diagnóstico de algunos que, si resaltan los grandes progresos de profesionalismo y la amplitud temática, lamentan la falta de cohesión y de unidad de la disciplina, el alejamiento del público lector culto y, sobre todo, el relativismo, la incapacidad para producir verdades objetivas respecto al pasado.

Por si fuera poco, el giro lingüístico ha dejado sentir su efecto suscitando un gran debate en torno al relato histórico como forma narrativa sometida a las reglas, y a los límites, de cualquier narración.

De modo que la pérdida de sentido del oficio de historiador no puede entenderse sólo como una crisis moral, sino como resultado de la enorme proliferación de los estudios históricos que ha producido, inevitablemente, el desplome de las grandes escuelas establecidas.

La crisis de sentido se dobla así de una crisis epistemológica, que reabre una vez más, como hace un siglo, la discusión en torno a la posibilidad misma de conocimiento objetivo sobre la sociedad y los procesos de cambio. Lo grave, para unos, lo excitante, para otros, es que esa discusión se produce después de que se hayan derrumbado los grandes , paradigmas objetivistas.

Grave, porque parece imposible, con los escombros de esos paradigmas, reconstruir un nuevo principio unificador del conocimiento del pasado y porque, sin tal reconstrucción, no se puede establecer un orden en la producción de los trabajos.

Excitante, porque al ser imposible la reconstrucción del objetivismo y de cualquier principio metahistórico y al no quedar en pie ninguna escuela capaz de imponer el orden, diez, cien caminos se abren a la exploración y a la experimentación.

Por eso, la música que acompaña a tanto discurso sobre la crisis de la historia suena a llanto por la pérdida de hegemonía de las grandes escuelas y a miedo al pluralismo y a la libertad que necesariamente se abren detrás de esa caída.

Pero de ahí también que la excitación producida por la falta de una jerarquía se traduzca a veces en la consigna de que, puesto que todo está permitido, todo vale.

Tal vez la única forma de resolver ese dilema consista en negarlo: ni pueden ponerse ya límites al pluralismo en nombre de una ortodoxia, ni todo vale. Las viejísimas dicotomías entre explicación e interpretación, entre, búsqueda de causas y búsqueda de sentido, entre holismo e individualismo metodológico, entre determinación estructural y acción racional, entre análisis y narración, no tienen por qué resolverse en afirmación de uno de los polos y negación del otro.

Paradigmas opuestos pueden ser igualmente válidos si se acepta la idea de que distintos objetos requieren diferentes tratamientos y se pone la mirada algo más allá del falso dilema entre objetivismo y subjetivismo.

¿Oráculos o intérpretes?

Lo cual quiere decir que la salida posible a la crisis consiste sencillamente en negarla. No hay un sentido en la historia capaz de ser establecido por medio de la investigación empírica: aliviado de tan trascendental misión, el historiador puede, más que salir de la crisis, no entrar en ella.

Su tarea no es la del oráculo ni la del profeta, es la del intérprete. Más que explicar el pasado, el historiador lo interpreta, consciente de que su interpretación está afectada también de historicidad, lo que descarga de todos los malentendidos acerca de misiones trascendentales, pues ninguna interpretación podrá aspirar jamás a la validez universal, sino que, por referirse a acciones de sujetos construidas por otro sujeto, es siempre provisional, expuesta como está a la comprobación empírica y a la crítica de las nuevas generaciones listas para mirar con otros ojos el pasado.

No quiere esto decir que sea siempre imposible discriminar lo verdadero de lo falso, sino que únicamente el tiempo y la roedora acción de la crítica podrá establecer lo que vale y lo que no vale del trabajo de cada generación.

La pluralidad de paradigmas, la eclosión de temáticas, los caminos cruzados, la diversidad de interpretaciones del pasado, la apertura e indeterminación del futuro constituyen la situación normal de la historia, como de toda ciencia social.

Crisis sería, en efecto, que por poseer un sólido paradigma explicativo y por creer que el conocimiento del pasado es la llave del futuro pudieran seguir formulándose, con idéntica gallarda seguridad, oráculos similares a los de Hobsbawm.

Esa si que era una crisis y no la certeza de que poseemos un incierto saber sobre el pasado y de que apenas sabemos nada del futuro.

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