“La Sociedad del Riesgo” ¿Que es?

Por: Raul-hommodolars
Fuente: hommodolars (02/03/05).

Un acercamiento a la idea de “sociedad de riesgo” para saber en que consiste este concepto y de que manera podemos adecuarla en nuestros discursos para las luchas anticapitalistas. Cada uno es libre de interpretar el texto y desechar o tomar lo que crea pueda servirle en su lucha. Aqui les damos la posibilidad de saber en que consiste esto. Esperamos les sea de utilidad
“La Sociedad del Riesgo” ¿Que es?

La “Sociedad del riesgo”: Primeros acercamientos.

El modo de producción industrial requiere, para satisfacer sus pretensiones de desarrollo constante y “progresivamente expansivo”, de un igualmente constante y progresivo dominio y control por sobre la naturaleza. Dicho dominio sobre la naturaleza se manifiesta mediante la explotación que ejerce el ser humano por sobre ella, teniendo como objetivo principal la producción de riqueza. Es así como se reemplaza aquella relación que el hombre mantenía con la naturaleza y que la convertía en su medio de subsistencia, por una explotación extendida y radicalizada por sobre ella. La explotación de los recursos naturales, lejos de haber disminuido, a pesar del surgimiento de nuevos modos de producción, de la consolidación de sectores “terciarios” de servicios relativamente consolidados (sobretodo en los países industrializados), de la invención de nuevas y mas sofisticadas tecnologías de producción, ha aumentado sustancialmente, por lo que continua siendo “la base” sobre la cual se sustenta el desarrollo económico capitalista, y es precisamente al interior de este modelo de producción en donde se fusionan la explotación de la naturaleza con la explotación del ser humano mismo y su propia naturaleza. De esta forma la explotación que el ser humano ejerce por sobre su medio natural –el planeta tierra-, se expresa sincronizadamente en una explotación por parte de él, de su humanidad misma.

En términos de Beck, en la actualidad estaríamos frente a una sociedad “postindustrial”, esto en la medida que las formas de organización, los modos de producción, la organización económica y las formas en las que se ejercía lo político que reinaban en el apogeo de la sociedad “industrial” (consolidadas en el período de la post-guerra mundial del siglo XX), han cambiado sustancialmente, en múltiples aspectos. Podría decirse –quizás apresuradamente- que “el éxito de la modernidad es contra-moderno”, en la medida que ella misma “posee el germen de su propia caída y reestructuración”. La sociedad industrial tomaba como eje central de su funcionamiento la producción de riqueza. Al intensificarse históricamente la producción de riquezas, que se lleva a cabo, como hemos visto, tomando como base la explotación del ser humano por sobre la naturaleza, hemos ingresado a una etapa de la historia humana en la cual la sociedad industrial a abierto paso a la producción de riesgos. Al respecto, Beck postula que “mientras que en la sociedad industrial la lógica de la producción de riqueza domina a la lógica de la producción de riesgos, en la sociedad del riesgo se invierte esta relación, (…). La ganancia del poder del progreso técnico-económico se ve eclipsada cada vez más por la producción de riesgos” . Nos trasladamos entonces, desde una sociedad industrial que tenía como eje central la producción de riquezas, hacia una sociedad post-industrial que tendría como centro la producción de riesgos. Cabe preguntarse entonces por la lógica que subyace dicha transformación, por sus fundamentos y causas, y sus posibles consecuencias.

La lógica del reparto de la riqueza y del reparto de los riesgos:

Ulrich Beck omite referirse a nuestra contemporaneidad con el término –tan en boga- de postmodernidad, ya que dicha categoría implicaría la aceptación de que existe una especie de quiebre, de cambio radical, que nos concedería la condición de “posterioridad” con respecto a lo moderno. Por el contrario, Ulrich Beck reconoce en los cambios y transformaciones constatables (efectivamente reconocibles) no un “quiebre”, sino una consolidación de lo moderno, que puede ser denominada con el nombre de modernidad avanzada. Como hemos visto anteriormente, en la modernidad avanzada la producción social de riqueza va acompañada sistemáticamente de la producción social de riesgos. En la “sociedad industrial” primaba políticamente el debate sobre el cómo se repartía la riqueza producida socialmente de forma desigual, dicha noción no ha variado sustancialmente con respecto a la actualidad, sin embargo, las formas en que se manifiesta, y por sobretodo, los nuevos riesgos que han aparecido sistemáticamente, con el acelerado proceso de modernización, sitúan el problema en nuevos lugares y le otorgan nuevos matices. El desarrollo técnico-económico se ve sobrepasado por los riesgos que el mismo –conciente e inconcientemente- construye, tales como el colapso ecológico, las catástrofes nucleares, el envenenamiento químico o el desempleo masivo. El nivel mas avanzado de las fuerzas productivas ha generado riesgos “invisibles”, como por ejemplo el no control de la radiactividad, generadora de daños irreversibles y masivos, potencial genocida de la humanidad. Las implicancias y extensión de este tipo de catástrofes “no dejaría títere con cabeza” y “democráticamente” exterminaría tanto a ricos como pobres.

Sin embargo, a mi parecer, no podemos dejar de lado la noción de desigualdad, en la medida que estamos ingresando a una nueva forma de organizar las sociedades a nivel mundial, en la que aparecen nuevos tipos de dominación internacional, que no obstante muchas veces prolonga aquello que la sociedad industrial llevaba a acabo por medio de la “extracción de plusvalía absoluta”. No es difícil reconocer sustanciales diferencias, tanto cualitativas (como las formas que adquiere la sobrespecialización en la división social del trabajo) como cuantitativas (Ingresos, PIB, etc..) entre los denominados países del “tercer mundo” con los países “primermundistas”, asimismo, existen relaciones de dominación al interior de cada uno de ellos, tanto en los periféricos como en los industrializados.

Con el desarrollo de la modernización, hoy en día los riesgos se constituyen en el big bussines (“Gran Negocio”) de la sociedad actual y de la economía internacional de corporaciones. Podemos apreciar por ejemplo que ante el riesgo que implicaba la supuesta tenencia de armas químicas y destrucción masiva por parte de Irak, EE.UU. invadió este país nuevamente (ya lo había hecho en 1991), tomando como argumento político el derrocamiento de Hussein. Eso sí, “de paso”, apoderándose junto a sus “aliados” de absolutamente todo el petróleo de Irak, “para pagar los costes de la guerra”, para luego someterlo a las leyes de un mercado que es precisamente controlado por ellos, con lo que el beneficio aumentaría. El riesgo es un gran negocio en la medida que las multimillonarias inversiones que se hacen “para evitar el riesgo de las armas de destrucción masiva en manos de tiranos como Hussein” implican un incremento exponencial del gasto militar por parte de “la civilización”, que poco a poco va dándose cuenta del costo humano y político de sus intervenciones.

Ocurre también que en lo que respecta al reparto de la riqueza, podemos apreciar un reparto desigual, esto es, predominantemente orientado “hacia arriba”, allí donde los que más riqueza poseen son los que están en la “parte superior” de la estructura social. Nada nuevo bajo el sol. No obstante, en el caso del reparto de riesgos, “la riqueza se acumula arriba, los riesgos abajo”, allí donde la “seguridad” con respecto a los riesgos, (educación especializada como elemento para sortear el desempleo, viviendas alejadas de zonas “riesgosas”, condiciones sanitarias de calidad, incluso el consumo de alimentos “orgánicos” para prevenirse de las sustancias químicas, y un largo etcétera) es posible sólo para un sector afortunado de la población.

Por otro lado, tomando como ejemplo la destrucción global de los bosques, lo que en su momento podría haber llegado a ser considerado como apolítico puede ser considerado hoy en día como algo eminentemente político. Por ejemplo, al enfrentarnos a la inexorable realidad de que si pretendemos no estrellarnos como humanidad en una catástrofe ecológica generalizada se deben tomar determinaciones a nivel global por la vía, por ejemplo, de acuerdos internacionales. La muerte del planeta tierra vaticinada por medio de la cada vez más profunda degradación ecológica no puede ser tratada exclusivamente por cada Estado por separado, no puede ser considerado como un tema solamente productivo, ya que el desarrollo de la economía mundial y las fuerzas productivas en su relación con la naturaleza, han abierto paso a riesgos globales, que no respetan fronteras, tales como el debilitamiento de la capa de ozono, el calentamiento global, la destrucción de las especies vegetales y animales y la desertificación.

La extensión y prolongación de esta forma de producción humana nos ha llevado a un límite frente al cual no resulta “irracional”, sino que “terriblemente lógico” pensar el hecho de una catástrofe gigantesca puede conducir a la destrucción del humano mismo, del planeta como lo conocemos: vivos. “La sociedad del riesgo es una sociedad catastrófica. En ella, el estado de excepción amenaza con convertirse en el estado de normalidad”. En lo que respecta las sustancias nocivas que afectan efectivamente la vida de miles de personas y amenazan a millones, tales como los desechos tóxicos de labores industriales y la “basura radiactiva” que arroja el manejo de la energía atómica, sus implicancias han trascendido los límites técnicos y económicos para tomar la forma de un fenómeno que puede –y “debe”- ser abordado políticamente, en la medida que cada vez más concierne a mayor cantidad de afectados, directa o indirectamente por la toxicidad y las enfermedades.

El “Saber” con respecto a los riesgos:

Con la sociedad del riesgo se pone en tensión uno de los ejes fundamentales de lo que podríamos reconocer como una “cosmovisión moderna”. Dicho eje fundamental es lo que –grosso modo- podría denominarse como racionalidad de las ciencias. Su monopolio por sobre el devenir “técnico” de la producción se ve puesto en jaque, ya que, hoy en día, una multiplicidad de actores sociales pretenden tener “algo que decir” con respecto a lo que algún día se pensó correspondía a una decisión específica y exclusivamente técnica, digna solamente de los expertos. El contenido del riesgo sobrepasa aquella noción de objetividad que la racionalidad científica pretendía construir con el objetivo de “controlarlos, predecirlos, eliminarlos”. Los riesgos y catástrofes aparecen ahí donde menos se esperaba, tal y como sucedió en la catástrofe atómica de Chernobyl, en donde un error humano implicó una gigantesca explosión atómica, con el consiguiente daño irreversible que esta genera. Ocurre que la ciencia se impone como meta la categorización y la clasificación de los riesgos en una lógica que los limita a “lo manifiesto”, a lo “visible”, esto quiere decir que aquellos “riesgos potenciales” que aún no se manifiestan concretamente, pero se intuyen, escapan de sus manos. La sola existencia de potenciales catástrofes nos colocan ante el hecho que aunque éstas sólo sean comprendidas como una posibilidad, incluso calculable como probabilidad, no es algo controlable, ya que, por ejemplo, en lo que respecta al manejo de la energía nuclear, un accidente puede implicar un exterminio. Es así como surge la necesidad de que, frente a los nuevos riesgos, se lleven a cabo prácticas, discusiones, investigaciones, intervenciones y acciones en general que aglutinen tanto a la racionalidad social como la científica. Es necesario entonces otorgarle una nueva importancia a las implicaciones sociales que tiene lo técnico. La crítica y la intranquilidad públicas han generado un campo discursivo que poco a poco adquiere más fuerza y reclama por tener mayor relevancia decisional en lo que respecta a los riesgos producidos por la modernización. Dicho proceso no es, en absoluto, algo sencillo, y es fruto de múltiples tensiones y luchas, y por sobretodo, por la manifestación latente de dichos riesgos en los afectados, al cristalizarse en ellos mismos, que pagan con su vida, por ejemplo, un error atómico, o las malformaciones producidas por los residuos tóxicos y plaguicidas.

En lo que respecta al riesgo, por más conocimiento o desconocimiento que se tenga científicamente sobre dicho riesgo, su efecto social no depende de él, no depende de que lo que se sepa sobre el riesgo. Allí donde cotidianamente el “campo de experimentación tóxico” no es estudiado ni analizado sólo hasta que aparecen las primeras víctimas, es decir, cuando ya el riesgo se ha socializado.

“Globalización del riesgo”:

Cuando Beck hace mención al hecho de que las sociedades del riesgo no corresponde propiamente sociedades de clases, no quiere decir que en ellas se hayan terminado las diferencias sociales. Nada mas lejano a la realidad, por el contrario, podría decirse que dichas diferencias sociales toman nueva forma y hasta se encuentran potenciándose. Sin embargo, por lo general, los efectos secundarios ocasionados por los riesgos se manifiestan a lo largo y ancho de las relaciones sociales, no primando por sobre ellas un imperativo de clase que las regule, que no obstante influye como condicionante de factores de riesgo. El término de la posesión o no de determinadas propiedades no incide en lo absoluto a la hora de considerar a los afectados por el riesgo, las condicionantes que dan forma a los riesgos provienen de una causa sistemática que coincide con el modo de producción capitalista, pero quienes padecen y quienes conviven con los riesgos no lo hacen en función de una determinada propiedad, posición económica, o status, sino por pura inmanencia, por convivencia con el peligro.

Es así como Beck llega a hablar de una determinada “globalización del riesgo”, “en la civilización desarrollada (que supuestamente había aparecido para desmontar las asignaciones, para abrir a los seres humanos posibilidades de decisión y liberarlos de las imposiciones de la naturaleza) surge una novedosa asignación global y mundial de peligros frente a la cual las posibilidades individuales de decisión apenas existen, pues las sustancias nocivas y tóxicas estan entrelazadas con la base natural, con los aspectos elementales de la vida en el mundo industrial” Es el mismo ser humano quien ha construido, fomentado y potenciado los riesgos que lo amenazan como especie, más allá de la pertenencia a determinada clase social. Sin embargo, al respecto señala que “la igualación mundial de las situaciones de peligro no puede engañar sobre las nuevas desigualdades sociales dentro de la sociedad del riesgo. Estas surgen en especial allí donde (de nuevo a escala internacional) las situaciones de clase y las situaciones de riesgo se solapan: el proletariado de la sociedad mundial del riesgo vive bajo las chimeneas, junto a las refinerías y las fábricas químicas en los centros industriales del Tercer Mundo” .

La miseria material del Tercer Mundo se convierte en esta forma en el escenario apropiado para que dichos países, avalados por sus elites criollas, asuman una política “de venta”, en donde son bienvenidas las industrias más tóxicas y dañinas, en las cuales se lleva a cabo la explotación desmesurada de los recursos naturales cada vez menos abundantes, mas bien, cada vez más escasos. Al unísono, se llevan a cabo además las formas más extremas de explotación en el trabajo mismo, por sobre los trabajadores. Son ellos mismos, los explotados, los que conviven con el riesgo producido por las sustancias tóxicas, son ellos quienes manifiestan los síntomas y enfermedades producto del trabajo que realizan, en minas, fábricas, refinerías e industrias químicas, la población del Tercer Mundo experimenta en carne propia, y paga con la vida el hecho de “no morirse de hambre” y trabajar “en lo que tenga al alcance”, allí donde el modo de vida rural ha conducido a la precarización extrema de las condiciones de trabajo, y por consiguiente, a la precarización de las condiciones materiales de existencia. Sin embargo, Beck pretende trascender esta “situación de clase” internacional con respecto al riesgo planteando, por ejemplo, la idea del “efecto boomerang” que se produce cuando en los países primermundistas se consumen productos contaminados.

Teoría Política del Conocimiento en la Sociedad del riesgo:

En palabras de Beck, “en situaciones de clase, el Ser determina a la conciencia, mientras que en situaciones de riesgo sucede al revés, la conciencia determina al Ser” . Con esto el autor se refiere al hecho de que en las sociedades industriales, cuando aún el proceso de modernización aún no había adquirido las proporciones que ha adquirido en la actualidad, el “ser” proletario, o el “ser” burgués (especialmente el primero), adquirían conciencia de sí mismos en la medida que se reconocían como sujetos sociales, históricos en definitiva, cuando construían un conocimiento y una imagen de sí mismos a partir de su existencia como “seres” con determinadas características e historia. La conciencia de clase emergería desde una situación de clase precedente, con existencia coyuntural impuesta históricamente. Dicha conciencia de clase era la que les permitía establecer su lugar en el mundo, y desde ella se construía la praxis política e ideológica de las personas Por el contrario, en las sociedades del riesgo la conciencia, es decir, el conocimiento con respecto a los riesgos, la determinación de sus probabilidades, sus “motivos”, sus implicancias y consecuencias, determina la forma en que el ser se manifiesta –esta vez, “individualizado” postindustrialmente- frente a ellos. Se visualiza entonces un futuro extremadamente incierto, aparecen conflictos en latencia, conflictos nacientes, se van consolidando aquellos que hasta hace poco tenían un carácter embrionario, lo que antes era invisible ahora se hace visible, los riesgos son conceptualizables sólo en la medida que se reconocen. Los riesgos sólo pueden existir si es que son objeto de conocimiento, ahí donde quienes conocen los riesgos, conocen también –de manera relativa- sus implicancias, sus consecuencias y sus alcances, experimenten o no directamente sus consecuencias. Aquí cabe señalar es el hecho de que un individuo diezmado por la toxicidad química no precisa manejar las teorías de la sociedad del riesgo para ser consciente del riesgo que implica lo tóxico, allí donde su vida misma es afectada. Asimismo, no se necesita morirse de hambre para saber que muchos niños en Tucumán (y alrededor de todo el mundo) mueren –literalmente- de hambre, lo horrible aquí, aparte del hecho mismo, es la naturalización de dicha catástrofe, la naturalización del hambre y de la muerte, la naturalización del silencio y la indiferencia.

A esta concientización con respecto a los riesgos Beck le asigna un rol político fundamental en las nuevas formas de orden social, allí donde aparecen nuevas formas de enfrentar a los riesgos de manera colectiva en la medida que se regeneran las bases del conocimiento edificadas por la sociedad industrial. Puede verse hoy en día que, más allá, de las implicancias efectivas que tenga, muchísimas personas adoptan una actitud política –al menos en el ámbito de la “opinión personal”- frente a los riesgos que implica la modernización, dicha actitud política puede percibirse como una crítica, un desencantamiento o incluso una aprovechamiento y usufructo del riesgo, tal y como ocurre por ejemplo, en la industria armamentista. Esa actitud política posibilita también su aglutinamiento colectivo mediante la conformación de nuevos grupos de acción.

Racionalidad Científica y Racionalidad Social

Beck pretende difuminar las fronteras entre la determinación racional y científica del riesgo y la percepción “irracional” (no propiamente “científica”) que pueda tenerse sobre el mismo. El conocimiento acerca de los riesgos y peligros que acarrea la civilización se plantea de esta forma como un campo extendido para el cual las categorías pasadas no dan cabida. “Las ciencias, tal como están concebidas –en su división sobreespecializada del trabajo, en su comprensión metódica y teórica (…)- no están en situación de reaccionar adecuadamente ante los riesgos de la civilización, ya que se forman y participan de manera notable en el crecimiento de estos riesgos. Mas bien las ciencias devienen (…) en un protector legitimador del embrutecimiento y envenenamiento industriales a escala mundial del aire, agua, alimentos, etc.., así como de la caquexia y muerte generalizadas y vinculadas a ello de plantas, animales y seres humanos” . La obstinada búsqueda por una pureza racional que determine y “controle” a los riesgos pretende minimizar al máximo los alcances que éstos puedan tener, con ello se pone en relevancia la necesidad de su manejo, de su experimentación, lo que es a su vez caldo de cultivo para su potenciación. Beck nos alumbra esta paradoja: cuanto más se levan los criterios de control, más estrecho se vuelve el círculo de los riesgos conocidos, aumentando la cantidad de riesgos que quedan por fuera de los límites del conocimiento. El control racional por sobre los riesgos se constituye como una forma efectiva de minimizarlos, pero de esta forma el “des-reconocimiento” de nuevos riesgos hace que éstos aumenten su peligrosidad. Lo que queda “por fuera” de las clasificaciones de “riesgo” y que puede constituirse en algo potencialmente devastador es de esta forma “permitido” pues no responde a los cánones de clasificación de riesgos. Aquello que aún no ha sido declarado como tóxico, funciona en el mercado sin restricciones y continúa expandiéndose por el tejido social, aquello sobre lo que “no habla” el discurso del control es precisamente lo mas peligroso. Al respecto Beck toma como ejemplo los “valores límite” que se le asignan a las sustancias tóxicas a modo de controlarlas en su desenvolvimiento global. “Cuantas mas sustancias contaminantes se pongan en circulación, cuantos mas valores límite relacionados con sustancias individuales se establezcan y cuanto más libremente se fijen aquellos, mayor sinsentido tendrá todo el embuste de los valores límite de tolerancia, porque aumenta el peligro tóxico global sobre la población” . Se hace necesario entonces el hecho de que se traten y analicen los riesgos en su acción combinada y no como partes individuales divisibles unas de las otras, dicha limitación individual de los riesgos quiere servir al aumento de la productividad pero no a la limitación o control efectiva por sobre los peligros. Aquella limitación individual es –en parte- producto de la sobreespecialización de la producción, ya que los campos de control de los científicos y técnicos se hace más acotado, pues la división específica del trabajo les impide ejercer un control social sobre los mismos.

La racionalidad científica es en general, puesta en tela de juicio, siendo puestas en tensión sus premisas fundamentales, ya que los riesgos trascienden la distinción entre teoría y praxis, de especialidad y disciplina, a las competencias individuales y las responsabilidades institucionales, a la distinción entre valor y hecho. Pero fundamentalmente, los riesgos trascienden y resquebrajan a las formas tradicionales de entender a las esferas política, pública, científica y económica. En definitivas cuentas, la comprensión sobre la sociedad del riesgo impone la necesidad de poner fin a la contraposición entre naturaleza y sociedad , ya que, en palabras de Beck, “la naturaleza no puede ser pensada sin la sociedad, ni la sociedad ya no puede ser pensada sin la naturaleza” .

Nos encontramos ante un creciente proceso de socialización del riesgo, lo que se manifiesta como una destrucción y amenaza sobre la naturaleza/sociedad. En términos sociales y políticos, Beck plantea que esto debería tener como consecuencia la creación de movimientos sociales, además de la denuncia y el reconocimiento de las contradicciones políticas y económicas, para condicionar efectivamente las condiciones de vida, con el objetivo de hacer frente a los riesgos de manera social, no meramente técnica. Se llega entonces a la idea de que los problemas medioambientales no deberían ser percibidos como problemas del entorno, sino, tanto en su creación como en sus consecuencias, como problemas sociales, que atañen al ser humano mismo. Los científicos trabajan ahora con un objeto cargado más que nunca de implicancias sociales y políticas. En realidad su objeto de estudio nunca ha sido des-socializado, sin embargo, hoy en día dicha concepción es más que nunca riesgosa.

Individualización de las desigualdades sociales:

La sociedad del riesgo tiene como una de sus principales características la expansión de el denominado fenómeno de individualización, que se manifiesta de muy variadas formas, pero que debe ser enfrentado mediante la superación de la oposición entre naturaleza y sociedad. Esto debido a que se han reestructurado las formas en que se manifestaba el desenvolvimiento social característico de las sociedades industriales “de clase”. Por lo tanto, debería verse reestructurada también, su comprensión acerca de la ciencia y la técnica, la familia y el trabajo , la política y la subpolítica. Las personas son ahora presas de una nueva tendencia individualizada, allí donde son ellas el centro de sus propios planes de vida, dejando atrás las categorías sociales que caracterizaban a las sociedades de grandes grupos, tales como las clases, los estamentos o las capas. La agudización y la profundización de los problemas sociales son vistos en la sociedad actual como un “fracaso personal”. Si hoy en día, una persona está desempleada, lo más probable es que sólo se reconozca a ella como la que se ve afectada por dicho problema, corresponde a un fracaso que sería de su exclusiva responsabilidad. Las crisis sociales son entonces vistas como individuales, tal y como un envenenamiento masivo puede ser tratado en pacientes particulares, inconscientes de la comunidad que genera su condición de intoxicados. El individuo mismo se convierte en el centro de reproducción de la vida social, la presentación biógrafica y el currículo personal adquieren entonces una importancia primordial en el desenvolvimiento de la sociedad postindustrial. Beck comprende entonces a la individualización como un proceso de socialización contradictorio.

Si bien las desigualdades sociales se han mantenido con el correr de los años, en los países desarrollados se ha producido un aumento cuantitativo en los ingresos de los asalariados, lo que presenta un consiguiente mejoramiento de sus condiciones de vida, (alimentación, vestimenta, salud, vivienda…). Si bien los desempleados pueden ser millones, incluso en un país desarrollado, las protestas masivas no se producen, ya que el significado social de las desigualdades a cambiado sustancialmente. En los países industrializados se ha llevado a cabo, en palabras de Beck, un efecto ascensor, mediante el cual se ha producido un mejoramiento en las condiciones de vida de los trabajadores, multiplicándose los sueldos, mejorando la vivienda, la alimentación y la salud, y con esto, las expectativas de vida de la población en general. Las nuevas posibilidades materiales creadas por el efecto ascensor abren paso a que se produzca un exponencial crecimiento del consumo, que se manifiesta como la posibilidad que tiene un individuo de consumir bienes individualmente. También se manifiesta un reordenamiento en las formas en que se desenvuelve la movilidad social, en donde se produce una individualización del destino colectivo que termina por socavar las bases en las que se fundaba la “familia tradicional”. Al respecto, Beck señala que “la exigencia de movilidad que va unida al mercado del trabajo se revela también como un veneno contra la familia. Esta cuna acaba siendo introducida en la familia: o bien los dos son los que exige el mercado laboral (es decir, completamente móviles), y entonces amenaza el destino de la “familia separada”, con una sección infantil en el tren, o bien, una parte (ya sabemos cual) queda “inmóvil por la parálisis matrimonial”, con las desventajas que ello implica” . Asimismo, la educación se ha reestructurado en la medida que se ha producido una apertura masiva a la competencia por el aprendizaje, en donde la lucha por el capital cultural se lleva a cabo de manera individual, tomando la forma de evaluación en exámenes y tesis que poseen un eminente carácter individualizador.

Karl Marx:

Beck considera a Marx como uno de los teóricos que ha estudiado de manera más profunda el fenómeno de la individualización, “pues Marx subraya en muchos lugares de su obra que con la difusión del capitalismo industrial moderno se pone en marcha un proceso de liberación desconocido con anterioridad. (…). También en el capitalismo los seres humanos son desprendidos, una y otra vez, de las vinculaciones tradicionales, familiares, vecinales y culturales y son mezclados en los caminos de su vida” . Sin embargo, y es aquí donde Beck pone en tensión los conceptos elaborados por Marx, señala que “para él, este proceso permanente de individualización y liberación en el sistema del capitalismo siempre esta interferido por la experiencia colectiva de la pauperización y por la dinámica de la lucha de clases desarrollada de este modo” . Beck pone en duda, tomando en cuenta la experiencia de los países industrializados, el empeoramiento continuo de la situación de los trabajadores profetizado por Marx. Según Beck, la lucha obrera, mal que mal, ha tenido sus logros en los países industrializados y el Estado de bienestar es precisamente una consumación de aquello, quizás no como el punto de culminación “buscado” específicamente por la lucha obrera, pero sí como fruto de su acción histórica y revolucionaria, ocurre que “el movimiento obrero se traslada de la calle a los despachos”, y el antiguo “destino de clase” es trastocado por las categorías jurídicas individualizadotas constituyéndose en “caso personal”.

Destradicionalización del concepto de “clase”:

No obstante Beck, a pesar de hablar de “el fin de la sociedad industrial o de clases” no excluye la posibilidad de que la sociedad del riesgo abra paso a que se constituyan “clases” no tradicionales y que no respetarían los cánones tradicionales de clase bajo las condiciones de crisis que el mercado laboral-liberal agudiza sistemáticamente, de la misma forma que no dicta una sentencia final para la industria. “El final de la sociedad tradicional de clases es el comienzo de la emancipación de las clases respecto de las limitaciones regionales y particulares. Comienza un nuevo capítulo de la historia de las clases que aún tendría que ser escrito y descifrado. A la destradicionalización de las clases en el capitalismo del Estado de bienestar podría corresponderle una modernización de la formación de clases que recoja el nivel de individualización alcanzado y lo reúna social y políticamente de una manera nueva” . Beck plantea la posibilidad de que se lleve a cabo una resignificación de las vinculaciones y los conflictos sociales, de la disposición y ordenamiento de las relaciones sociales privadas, de las formas de vida y de trabajo. Es así como aparece la posibilidad concreta de que surjan nuevas redes, formas de organización, identidades culturales y movimientos sociales
 
 

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