¿Para qué filosofía?

Por: Agustín Squella
Fuente:  “Artes y Letras” del diario “El Mercurio,  23 de noviembre de 1997

Hay un breve y sugestivo texto de Isaiah Berlin al que deseo referirme como un homenaje a su memoria. Tiene ese texto un título académico y algo seco, lo cual puede constituir una redundancia: su autor lo llamó, simplemente, “El objeto del a Filosofía”.

Bien conocido y admirado por su ensayo “Dos conceptos de libertad”, el afable y legendario profesor de Oxford, recientemente fallecido, no pudo evitar hacerse la pregunta crucial de todos quienes cultivan una disciplina, a saber, cual es la materia de estudio de que ella trata o se ocupa.

Berlin sabía bien que las opiniones en cuanto al objeto de la Filosofía difieren bastante y que la misma valoración que se hace de este saber van desde la opinión que considera a la Filosofía como la piedra angular del arco del conocimiento, como la reina de las ciencias, hasta la que querría apartarla como un seudo saber que se nutre de nuestras confusiones verbales y cuyo destino, como en su hora el de la astrología y la alquimia, no podría ser otro que el de ir a parar al museo de fósiles y curiosidades que se ha ido formando como consecuencia de la marcha victoriosa de las ciencias naturales.

Jorge Millas notó también que la actividad de los filósofos a dado siempre lugar a reacciones tan excesivas como dispares de parte de la gente, y escribió lo siguiente: “Rendidos unos de admiración ante ella, la veneran con respeto casi religioso. Mal dispuestos otros frente a ella –y estos son los más- la desdeñan ya por ociosa, ya por oscura, ya por anticientífica, y siempre por inútil”. Quizás por eso los griegos, “que tanta honra concedieron a la inteligencia, no pudieron menos que considerar a algunos de sus filósofos como creaturas semidivinas” -Platón, por ejemplo-, aunque “tampoco vacilaron en condenar a muerte al más íntegro de todo sellos –Sócrates- y en perseguir con uno y otros pretextos a muchos de sus sucesores”.

COMPRENDER LA REALIDAD

A decir verdad, la filosofía no es más que uno de los varios modos de preguntar de qué nos valemos para procurarnos alguna comprensión de la realidad. Otros modos de preguntar, como la técnica y la ciencia, son ciertamente más populares y accesibles para el común de la gente, porque sus resultados son siempre tangibles y tienen que ver más directamente con el incremento del bienestar de las personas. Las preguntas de los filósofos, en cambio escapan a nuestras preocupaciones más ordinarias e inmediatas, aunque tiene la particularidad de calar muy hondo en el espíritu cada vez que éste es capaz de superar la desconfianza, el abatimiento o el tedio que suele producirnos un tipo de interrogantes de las que por lo común lo único que percibimos inicialmente es su capacidad par asumirnos en una profunda desazón y perplejidad.

Pero así como atormentan, las preguntas filosóficas pueden también fascinar, y todo el sentido de continuar frecuentándolas estaría no tanto en la esperanza de obtener las correspondientes respuestas, cuanto en el disfrute de esa afligida dulzura que se consigue merced al intento de formular cada vez mejor esas mismas preguntas. Goethe decía que el hombre no nació propiamente para resolver los problemas del universo, sino para advertir donde comienzan los problemas y mantenerse dentro de los límites de lo razonable.

Isaiah Berlin, preguntado cierta vez en un programa de televisión por qué los filósofos de nuestro tiempo daban tanta importancia a las palabras, hasta el extremo de transformar su examen en el cometido principal de su oficio, respondió que la Filosofía al analizar el empleo que hacemos del lenguaje, contribuye a liberarnos de los hechizos del lenguaje, o sea, nos ayuda a curarnos de las grandes palabras, a raíz de todo lo cual la Filosofía prestaría uno de sus mayores servicios a la humanidad.

FILOSOFÍA EN EXPANSIÓN

Creyó Berlin también que si miramos dentro de la canasta de las preguntas filosóficas, comprobaremos que ella se ha ido vaciando lentamente a favor de las canastas donde viven las preguntas empíricas y las de carácter formal. Esto quiere decir que preguntas que alguna vez fueron consideradas filosóficas, esto es, preguntas respecto de las cuales no se sabía donde hallar las respuestas, pasaron luego a ser tratadas y contestadas con los métodos ciertos de que se valen las ciencias para plantear y resolver sus problemas. Campos completos de investigación, dice Berlin, como la astronomía y la psicología, se han independizado de la Filosofía, hasta el punto de que una de las características de la propia carrera de la Filosofía es que ésta “expele grandes masas de gas incandescente que se convierten ellas mismas en planetas y adquieren vida independiente y propia”. Sin embargo, la canasta de las preguntas filosóficas nunca se vaciará del todo, porque persistirán cuestiones que los hombres no podremos sujetar a los puros métodos de la ciencia. Examinar esas materias será siempre la actividad de los filósofos, una actividad que Berlin considera “socialmente peligrosa, intelectualmente difícil, a menudo dolorosa e ingrata, pero siempre importante”.

Si bien es cierto entonces, que la agenda de la Filosofía fue para Berlin lo que a inicios de siglo había trazado el positivismo lógico al llamar a los filósofos a ocuparse no de la verdad, sino de los significados, también lo es que Berlin no aceptó plenamente la opinión positivista de que “la Filosofía tenía que cumplir los modestos papeles de secretaria de la ciencia y redactora de la nota necrológica de la metafísica”. Por lo mismo, concluye Berlin, los filósofos continuarán intentando hacer que la gente preste atención a “problemas sustantivos” y a “preguntas molestas”, tales como “¿Qué es justicia?”, “¿Cuáles son los objetivos de la vida humana en la tierra?” o “¿Son todos los hombres verdaderamente hermanos?”.

SALIR DE LA OSCURIDAD

La conclusión que nos ofrece Berlin a propósito del objeto de la Filosofía es que la meta de ésta consiste en “ayudar a los hombres a comprenderse a sí mismos y, de tal modo, actuar a plena luz, en vez de salvajemente en la oscuridad”.

Se comprenderá entonces por qué no faltan quienes pedimos algo más de filosofía en la enseñanza media, en los bachilleratos, en algunas carreras universitarias, en magísteres y doctorados. No se trata de producir con ello filósofos en serie, sino de despertar atracción, o cuando menos sensibilidad, por el tipo de preguntas que enuncia la Filosofía, de modo que todos –abogados, médicos, periodistas, jueces, ingenieros, empresarios, economistas, políticos, militares- tengamos mayores posibilidades de actuar de la manera propuesta por Berlin: a plena luz y no salvajemente en la oscuridad.
 

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