¿Dios ha muerto?

Por: Marcos Winocur
La Insignia. México, junio del 2003.

No es mi intención chocar con las creencias de nadie, que religiosamente respeto, sino retomar la frase como concepto que tiene su transitar por la Filosofía. “Dios ha muerto”: ¿cuál es el alcance? Comencemos aclarando que en rigor lingüístico, la frase encierra un contrasentido. Si se trata de Dios, nunca muere. Y si muere, no es Dios. La expresión es más bien provocadora, como quien, a sabiendas del despropósito, lanza su reto. En el fondo se trata de negar la existencia de Dios, colocándolo en situación de simple mortal.

En efecto, se replantea la sempiterna pregunta: ¿Dios existe? Dando por respuesta: existía, ya no existe más, ha muerto. Naturalmente, se abre de inmediato un racimo de nuevas preguntas. ¿Lo mató el hombre en su corazón, ganado por la ambiciosa carrera de llegar a ser no sólo imagen y semejanza, sino su idéntico? ¿Dios era el Padre de un hombre que ya no necesita de padre, de un hombre desafiante ante la muerte en ánimo de vencerla? ¿Pagará con el exterminio tamaña soberbia? Estamos en vísperas de un nuevo diluvio universal o del Apocalipsis, que no será de agua sino de radiación y no necesitará de cuatro jinetes, que no será ordenado desde el Cielo sino en la Tierra y por el hombre en contra del hombre? ¿El conocimiento es perverso, adquirido a raíz del pecado original, y contrario a la sabiduría? ¿El deicidio parricida seguido de autoinmolación es entonces el destino del hombre?
Son preguntas más que inquietantes, responden a la provocación contenida en la frase “Dios ha muerto”. Pero es suficiente contraponerle el “Dios nunca muere”, popular vals mexicano que suele interpretarse en los sepelios, como si fuera un “vade retro, Satanás”, para que toda la provocación se desinfle.

Por lo demás, el tema es polémico por naturaleza. ¿Dios existe? Entre los años 1865 y 1868 lo discutieron, océano de por medio, Emilio Castelar desde España y El Nigromante, seudónimo de Ignacio Ramírez, desde México. Eran dos célebres plumas de la época, dos hombres de activa vida intelectual y pública. En el curso de la polémica y entre otros temas, El Nigromante escribió: “Dios no existe como ustedes se lo figuran”, es decir, negaba el antropomorfismo que se Le atribuye. Es frecuente escuchar la cita incompleta: “Dios no existe”. Hace años, Diego Rivera pintó un fresco donde va la frase en su versión truncada, lo cual fue motivo de escándalo, según da cuenta un colaborador de “Excélsior”, Xosé Figueroa Custodio (11-10-90).

Hay también quien afirma otra letra para la frase del Nigromante: “Dios no existe si el hombre no existe”, la cual lleva automáticamente a razonar: El hombre existe, luego Dios existe. El planteamiento, poco convence. A los no creyentes porque en definitiva afirma la existencia de Dios; a los creyentes, porque subordina éste al hombre. Con esta variedad de versiones a la vista, se me ocurre tentar otras combinaciones, por ejemplo: “Dios no existe si el hombre existe”. Esta versión se acomoda más con el “Dios ha muerto”, pues da la idea del reemplazo de Dios por el hombre, quien siempre, desde la historia de la manzana, ha aspirado a constituirse en El Otro de Dios sin advertir que ese puesto ya está ocupado por Satanás, quien no sólo es El Otro, sino El Contrario.

De ordinario, el “Dios ha muerto” se atribuye a Nietzsche y se suele aceptar su autoría sin vacilaciones pues encaja con la imagen que el filósofo alemán se ha forjado en su iracundia y nihilismo. Sin embargo, lo encontramos antes en Hegel (“Fenomenología del Espíritu”, FCE, 435). La obra se editó originalmente en 1807, en tanto que Nietzsche pertenece a la segunda mitad del siglo XIX. Por lo demás, Hegel la da como expresión ya conocida y corriente en el lenguaje. Para este filósofo, significa la imagen de lo que antes ha llamado “autoconciencia desventurada” y “conciencia desventurada”, algo muy presente y no el anuncio de lo que vendrá como ocurre en Nietzsche.

En ambos casos, la muerte del padre entraña un vacío. Nietzsche lo llena rápidamente con el “superhombre”, aquel sujeto que nos ha de suceder y hacia cuyo alumbramiento las acciones humanas han de orientarse. La distancia entre el hombre y Dios puede ser franqueada simplemente adquiriendo los atributos que un día el primero atribuyó al segundo, tanta sabiduría y poder como él. Y en esto ayuda el relato bíblico de Eva, Adán, la manzana del árbol de la ciencia y la serpiente que hace el papel de Lucifer.

De rechazar a Satán, Mefistófeles, Lucifer, o como se llame, se trata cuando la conciencia popular no tolera el “Dios ha muerto” , francamente blasfemo. “Todo está perdido” o bien “ya no queda esperanza”, son giros afines, que Hegel retoma en un “ha muerto el alma de las cosas”. Todo conduce a la negatividad absoluta en el territorio de la ética, y sobre esto reflexiona Hegel cuando trae a colación el “Dios ha muerto”. Y es la conclusión del novelista Dostoievski, también del siglo XIX: “Si Dios no existiera, todo estaría permitido”, frase que pone en boca de uno de los hermanos Karamazov.

Para Hegel, la situación es más complicada, se trata de la supresión de la esencia de las cosas, gracias a la cual éstas son lo que son y, con la esencia, caduca el ser moral. Y entonces el vacío se hace insoportable. Para Hegel, “Dios ha muerto” es “el dolor que se expresa en duras palabras” pues “se ha hundido toda esencialidad”. Para el hombre, las cosas se presentan en sus apariencias, engañosas y siempre corregibles, a contrario de la esencia que muchas veces se confunde con la “causa final”, como diría Aristóteles.

Si alguien propone equipar las motocicletas de ceniceros y, para mejor, está prohibido que sean cubiertos, la esencia de las cosas caduca por la inutilidad del objeto mismo y, en todo caso, pasará el “cenicero de moto” a una vitrina del “Museo de las curiosidades”, adonde irá igualmente a parar el “claxon de aviones”, que, para peor, prohibe utilizar al efecto los truenos. Claro que Hegel no habría podido dar estos ejemplos no sólo por imposibles en sus tiempos, sino por falta de sentido del humor, y tampoco estar muy de acuerdo con eso de la “causa final”, menos aún procediendo de Aristóteles, que no era santo de su devoción.

Ello no impide a Hegel ser terminante elevando a continuación una protesta, tal vez de su “conciencia desventurada”, contra los tiempos que le ha tocado vivir, protesta que por cierto trasciende los límites de la filosofía: “Ha enmudecido la confianza en las leyes eternas de los dioses (…) Las estatuas son ahora cadáveres (…) ya no hay ni la vida real de su existencia ni el árbol que los sostuvo (a sus frutos) ni la tierra y los elementos que constituían su sustancia ni tampoco el clima de su determinabilidad o el cambio de las estaciones del año que dominaban su devenir.” Pérdida de esencialidad o muerte del alma de las cosas, fin de ese aliento que cayó sobre ellas cuando salieron de la nada, cuando fueron creadas por el Dios Padre, es cancelar el futuro, en una palabra, regresar a la nada sin antes olvidar el remate de los valores éticos, como unas Sodoma y Gomorra en vísperas de recibir el fuego sagrado que las reducirá a cenizas.

Al límite, las cosas pierden no sólo su contenido esencial sino también su continente. Pero, salvando la institución divina por encima de los nombres, llámese en un tiempo el Yahvé que castiga del Antiguo Testamento o el Jesús que perdona del Nuevo Testamento, se obrará más bien en la continuidad: “Dios ha muerto, ¡viva Dios!”. Esto es: “Yahvé ha muerto, ¡viva Jesús!”

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: