¿Es arte esta mierda?

Por: Daniela Reyes Marcos*
Fuente: Diario Granvalparaiso (29/09/05)

* Teórica e historiadora del arte – España

Siempre ha existido desconfianza entre el espectador y el quehacer artístico, pero ahora se ha agudizado hasta la ruptura a causa de la ausencia de críticos especializados en los medios

LA CRECIENTE DESCONFIANZA por parte del observador común y casual hacia las obras actuales se plasma, tras un recorrido por una galería, museo o sala de exposiciones, en la pregunta: ¿Es esto arte? La desconfianza, que encuentra su primera materialización verbal en aquella pregunta, se acentúa enseguida en una aseveración categórica y que no admite revisión: “Esto no puede ser arte”.

Este auto-diálogo, precedido de su respuesta de que no puede ser arte todo aquello que presenta como tal, es apenas la reacción cutánea a un problema mucho más profundo y grave: el cisma abierto entre el espectador y el arte de su tiempo. Arte que se constituye con reflexiones llevadas a cabo por el artista y concretadas bajo una estética que se sirve de diferentes soportes para concretar una idea, producto del momento histórico contemporáneo, con todas sus coyunturas y problemáticas. Pero que al espectador le resultan tan ajenas, tan inaccesibles y distanciadas de su realidad, que se convierten para él en objetos ininteligibles, debido al fallo de la experiencia comunicativa y sensitiva tanto para el artista, la obra y el espectador.

Esta interferencia entre la obra y el espectador siempre ha funcionado como el motor de un diálogo de sordos que acaba siendo alimento para la posteridad historicista, pero que motiva hoy en día -cuando el papel del arte en la sociedad está tan absorbido y mimetizado con el alto desarrollo tecnológico-, la abundancia de obras con soporte multimedia de difícil digestión tanto para el crítico especializado como para el crítico de formación periodística; y, finalmente, con desastrosos resultados para el espectador no familiarizado con las nuevas tecnologías.

El problema de la escritura periodística que intenta abordar el arte actual no es un tema de puntuaciones o construcciones gramaticales, sino el de la carencia de una reflexión que logre dar cuenta de una obra de manera clara para luego ser asimilada por los espectadores. Y la carencia de reflexividad sobre el arte actual por parte de esta escritura informativa afecta al espectador, contribuyendo a generar interferencias que se producen en los espacios de exposición de arte porque condicionan fatalmente el primer encuentro con la obra: el sensorio.

La escritura de divulgación en los medios informativos no sabe abordar la obra de arte desde un ángulo que ayude a este espectador no especializado, a entrar en ese espacio de reflexión que propone la obra de arte. De allí que la intromisión de datos mal dados sea un punto de repercusión importante ante la actitud del espectador, que entra a ese espacio condicionado por sus propios prejuicios; y añadidos a éstos, los de un escritor poco reflexivo y desvinculado -la mayor de las veces- de la formación artística.

EL PUNTO DE INFLEXIÓN

En los tiempos del arte conceptual y de multimedia, donde lo estético encubre una serie de operaciones de orden lingüístico y semiológico, la reflexión filosófica, estética y teórica se presentan como las únicas herramientas capaces de constituirse en el eslabón perdido entre el espectador, obra y artista.

Es innegable que el aceleramiento de la vida cotidiana, producto de la imposición del dictamen económico cada vez más erosivo para la vida intelectual, nos distancian de formas de pensamientos reflexivos y contemplativos, capaces de afrontar el rigor que exige una obra de arte actual para su comprensión. De allí el problema de cómo dar buena cuenta de una obra en sus múltiples dimensiones. Por lo general los medios divulgativos toman el arte como mero relleno informativo de rápido consumo, que no cuestiona qué es lo que se espera de una crítica de arte. Esto explicaría por qué se relega a las últimas páginas de sus ediciones, contenidos tratados con una metodología informativa que no se encauza adecuadamente a los requerimientos específicos del arte y del público lector al cual va dirigido ese segmento. Porque hay diferencia entre dar cuenta de un suceso artístico a emitir una opinión sobre él, sobre bases que no aparecen como las más adecuadas metodológicamente.

Por lo común, un lector cualquiera es incapaz de diferenciar una crítica especializada a una noticia informativa de un suceso artístico redactada por un periodista sin especialización. Es que la mayoría de estos medios carece de un editor que proponga destinar ese espacio dedicado al arte un contenido de tipo teórico o crítico, que abarque la obra de arte como un cuerpo de escritura, si bien divulgativo, con una base teórica o estética.

Si la contingencia noticiosa exige un tratamiento de la información según las líneas editoriales de cada medio, basada en metodologías propias, la contingencia artística exige una divulgación especializada que permita al lector, en este caso, ser luego un espectador de arte en posesión de ciertas claves que le posibiliten iniciarse en la reflexión propuesta por el artista a través de sus obras.

¿Dónde esta la arbitrariedad con el arte? La arbitrariedad reside en que estos escritos destinados al campo artístico no gozan del privilegio, del que gozan otros temas más intrascendentes, de ser tratados por especialistas. Y si los editores creen que es competencia de un periodista entrenado para divulgar información fáctica inmersa en el histerismo colectivo por lo más actual, lo más reciente, impactante y rápido de eliminar, sencillamente la relación entre espectador, obra y artista continuará llenándose de interferencias y quiebres, porque ese espectador no tendrá jamás a su disposición unos datos bien construidos y trabajados que le permitan acceder a la obra de arte. Si existe una desconfianza del espectador hacia la obra de arte, no lo es tanto porque su percepción pueda ocasionar disonancias, en tanto reflexiones opuestas sobre un tema definido por el autor y por su elección material en la concretización de sus ideas. La desconfianza siempre ha estado presente entre el espectador y el quehacer artístico, no es algo nuevo. Desde los encargos renacentistas hasta la Brillo Box de Warhol, pasando por los accionismos y los últimos soportes de multimedia la desconfianza esta allí. El problema en la actualidad existe no en tanto una duda acerca de si lo que estoy recibiendo como parte constitutiva de la obra es lo acertado, sino como si eso que estoy viendo es realmente arte. Y esto, independiente de su calidad. La desconfianza no va dirigida hacia las capas exteriores del mensaje artístico y al cuestionamiento de las operaciones que se están llevan a cabo, sino que directamente clausura la obra de arte … negándola.

La desconfianza instalada en el espectador se ha convertido en una espada de Damocles, la cual no pende, sino que corta cualquier tipo de comunicación interior y exterior con la obra por parte del espectador. La niega y la clausura simultáneamente, erigiendo como referentes visuales para dicha operación, la larga tradición realista y figurativa de las artes visuales en Occidente.

Son muy raros los casos en que un medio de divulgación masiva cuente con un teórico o crítico de arte entre sus filas. Y no es por falta de ellos, sino porque la crítica de arte especializada ha sido relegada a medios especializados. La razón: se tiende a creer, por parte de estos medios masivos, que la crítica especializada de arte es incapaz de adecuarse a un lenguaje más sencillo a la hora de realizar un texto; y porque se intuye que el crítico especializado en arte tendrá ciertos criterios discriminatorios a la hora de seleccionar qué entra o no dentro de esa información que será entregada a través del medio.

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