¿Sigue vigente el socialismo?

Por: Michael Albert
Fuente: www.zmag.org

Para responder a esta pregunta, he de dar tres distintas respuestas a tres posibles significados del término “socialismo” y considerar una cuestión semántica: el uso de la palabra “socialismo” en cualquiera de sus acepciones.

Para algunos socialistas, “socialismo” significa un tipo particular de economía que implica la propiedad estatal o colectiva, con una distribución basada en la planificación central o de mercado y las típicas divisiones de trabajo corporativas. Llamaremos a éste Socialismo 1.

Para otros socialistas, “socialismo”, aunque también relacionado con lo económico, no hace referencia a instituciones específicas. Implica el disfrute por parte tanto de trabajadores como de consumidores de una autoridad adecuada, recibiendo ingresos justos y equitativos no basados en ningún tipo de ventaja estructural o personal. Pero en esta versión del socialismo no se hace referencia alguna a cómo se llega a tales condiciones. Lo llamaremos Socialismo 2.

Finalmente, algunos socialistas utilizan la palabra “socialismo” para significar el conjunto de una sociedad a la que se aspira, no sólo a su aspecto económico. Éstos parten de uno de los dos tipos de economía descritos anteriormente, pero incluyen también nuevas relaciones de tipo político, doméstico y cultural dentro del sistema social general, aunque estas relaciones rara vez son descritas seriamente. Lo llamaremos Socialismo 3.

Si queremos ser exhaustivos, hemos de preguntarnos sobre la vigencia de cada uno de estos tres “socialismos”.

Socialismo 1

El Socialismo 1 está, o debería estar, fuera de consideración. Pero tal afirmación no debe basarse en la habitual premisa según la cual el Socialismo 1 simplemente no funciona. De hecho, el Socialismo 1, que existió (o existe) en la antigua Unión Soviética, Europa del Este, China y Cuba, funcionaba / funciona bastante bien dentro de los habituales estándares económicos, aunque con su propia serie de ventajas e inconvenientes. La distribución de ingresos y riqueza es típicamente más justa en el Socialismo 1 que en economías capitalistas comparables, y se otorga una mayor atención a las condiciones sociales de los peor parados. Para llevar a cabo una comparación ecuánime no tomaríamos a la Unión Soviética y los EE.UU. hacia 1985, o a Cuba y EE.UU. en el 2000, sino a la antigua Unión Soviética y a un país capitalista de comparable tamaño y recursos en un estado de desarrollo semejante en 1917, dando cuenta, por tanto, del impacto relativo de tomar la ruta capitalista o la Socialista 1 durante los setenta años en cuestión. Brasil podría ser una buena elección. O una comparación verdaderamente informativa podría confrontar Cuba con Guatemala o cualquier otro de los países latinoamericanos de tamaño, recursos, y condiciones similares hace cuarenta años, por supuesto compensando por el embargo, reflexionando sobre qué hubiera pasado con la Guatemala capitalista de haber sido sometida a tal aislamiento, o, también, qué hubiera supuesto para la Cuba Socialista 1 su ausencia. Gracias a estas ecuánimes comparaciones, se hace evidente que con relación al modelo capitalista, la salud del modelo Socialista 1 es cualquier cosa menos débil. Por el contrario, el Socialismo 1 es capaz, cuando menos, de resolver debidamente ciertas tareas socio-económicas, algunas de ellas mejor en muchos aspectos que sus alternativas capitalistas, tanto si comparamos tasas de crecimiento, diversificación económica, o la apremiante situación de aquellos en una peor condición económica.

La verdadera razón por la cual el Socialismo 1 ha de ser rechazado es la misma ahora que hace veinte, treinta, cincuenta o setenta y cinco años. Y no es que la carrera militarista durante la Guerra Fría, la dictadura política, la corrupción y osificación interna hayan hundido la economía soviética; ni que las elites soviéticas hayan considerado que saldrían beneficiadas con un sistema transformado a la manera capitalista cualesquiera que fueran los efectos negativos para el resto de los ciudadanos. No, la razón última por la cual deberíamos rechazar el Socialismo 1 como un objetivo válido no es que nunca haya sido compatible con la satisfacción óptima y la prosperidad de los productores y consumidores de una economía. Ni tampoco el problema del Socialismo 1 es que esté destinado a colapsar inevitablemente – lo cual es falso -, sino que, en el mejor de los casos, el Socialismo 1 es un sistema autoritario que implica la dominación económica y clasista por parte de unos pocos sobre la mayoría, con una propensión análoga al autoritarismo político. En pocas palabras, ni en la mejor de sus manifestaciones puede el Socialismo 1 proveernos con los valores y objetivos a los que aspiramos.

El Socialismo 1, como sistema económico, está construido sobre la base de la propiedad estatal de los medios de producción, con distribución a través de planificación central o de mercado, con sus correspondientes jerarquías y divisiones de trabajo dentro de las unidades de producción. Esta combinación de instituciones eleva los intereses de un subconjunto de los agentes económicos (planificadores y administradores de la economía, y sectores con alto nivel educativo y poder de decisión en general) sobre el resto de los agentes económicos (que están suficientemente ocupados desempeñando trabajos monótonos y degradantes). En vez de ser la privilegiada clase dominante la que posee los medios de producción, como bajo el capitalismo, en el Socialismo 1 resultan ser aquellos que monopolizan las condiciones de trabajo los que alcanzan el control colectivo sobre cómo ha de ser realizado el trabajo, cuáles han de ser sus objetivos, y quién ha de recibir sus frutos. Por lo tanto, el Socialismo 1 es un modelo económico que por la propia naturaleza de sus instituciones y las inevitables consecuencias que acarrea, eleva necesariamente a la que yo llamo “clase coordinadora” a un status dominante, dejando a la clase obrera subyugada a un nuevo jefe, que ciertamente ya no es el mismo que antaño pero al que, sin duda alguna, se le parece mucho.

Indudablemente, acabar con la propiedad privada de los medios de producción en la manera en que lo hace el Socialismo 1 elimina una de las más notables causas de diferencias injustificadas en términos de riqueza y poder, como es el caso de un Bill Gates que acumula más riqueza que Noruega y que, junto con unos pocos de sus colegas, tiene más poder corporativo sobre la economía global que cientos de millones de seres humanos juntos. Pero a pesar de dar un paso positivo en eliminar la propiedad privada y el lucro personal, en su lugar el Socialismo 1 o bien conserva los mercados o bien expande la planificación central, y esto es algo negativo, de igual manera que lo es el mantener anticuadas jerarquías laborales que otorgan a unos pocos el control sobre las decisiones económicas. Estas particularidades en la distribución y organización del espacio laboral destruyen toda esperanza de solidaridad, equidad, diversidad y autogestión. Benefician y engrandecen a unos pocos en términos de ingresos, status y poder, creando un autoritarismo que tiende a permear todas las esferas de la vida social. Por todo ello mi respuesta es que sí, el Socialismo 1 debería ser desechado.

Socialismo 2

Recordemos que el Socialismo 2 no adelanta instituciones específicas dentro de la economía propuesta. Por el contrario, el Socialismo 2 no es sino una fórmula que indica que productores y consumidores conjuntamente autogestionan la producción económica y disfrutan de una remuneración equitativa no determinada por la propiedad, el poder u otro tipo de ventaja social o personal resultante de circunstancias tales como el racismo, el sexismo o los diferentes talentos productivos innatos.

Partiendo del supuesto de que el Socialismo 2 es potencialmente viable, afirmar que debería ser desechado sería tanto como decir que la humanidad debería dejar de progresar y debería resignarse a un sistema económico que carece de tales virtudes. En el caso de los EE.UU., significaría que preferiríamos una economía en la cual una pequeña minoría, digamos un 1%, posee la mayoría de los medios de producción y por lo tanto acumulan fabulosos beneficios. Una economía en la cual aproximadamente otro 4% posee la mayoría de los bienes productivos restantes, convirtiéndose por ello en inmensamente ricos y poderosos. Una economía en la que otro 15 o 20% posee ciertos bienes productivos residuales y que, lo que es más importante en términos de situaciones y opciones personales, monopolizan las posiciones socio-económicas que determinan a diario las circunstancias y resultados económicos suyos y de muchos otros, y por eso mismo disfrutan de los correspondientes rangos sociales, poder y condiciones generales y, por supuesto, de unos ingresos tremendamente desproporcionados. Sería tanto como decir que estamos satisfechos con una situación en la cual económicamente la mayoría de la gente pasa toda su vida obedeciendo órdenes, subordinada como trabajadores y en buena parte también como consumidores, de modo muy similar a como están políticamente subordinados a sus dictadores los ciudadanos en sistemas tiránicos.

Me cuesta creer que una persona en completa posesión de sus facultades mentales, sin estar moralmente corrompida, pueda defender que menos solidaridad es preferible a más solidaridad, que menos equidad es preferible a más equidad, que menos control sobre nuestras vidas es preferible a más control, etcétera. Pero esto es lo que significa afirmar que el Socialismo 2 debería ser descartado aun siendo potencialmente viable. Por ello, el Socialismo 2 no debería perder vigencia en manera alguna.

Existe, sin embargo, otra lógica empleada por mucha gente para argumentar que el Socialismo 2 debería rechazarse. Ésta afirma que el Socialismo 2 es simple y llanamente impracticable, y que intentar alcanzarlo no es sino una ensoñación que nos distrae de objetivos verdaderamente útiles. En consecuencia, hay quien puede creer sinceramente que el Socialismo 2 sería maravilloso y al mismo tiempo sentir que, desgraciadamente, no existe tal combinación de instituciones que lo pueda hacer posible. Así, todo esfuerzo en mejorar la solidaridad económica, equidad, justicia, autogestión, diversidad, etc., a) resultaría insuficiente para lograr nuestros objetivos, y b) causaría tales pérdidas en términos de producción y / u otros resultados deseables (por ejemplo, privacidad) que las relativamente modestas mejoras conseguidas en cuestión de equidad, autogestión, o cualquier otra a la que aspiremos, no compensarían ni siquiera mínimamente esas enormes pérdidas en producción, privacidad, etc. Ésta es la lógica detrás del N.H.A. – la celebre afirmación de Margaret Thatcher según la cual “No Hay Alternativa”– que sería, de hecho, mejor denominada como N.H.M.A., o “No Hay Mejor Alternativa” [en inglés, TINA, “There Is No Alternative”; y TINBA, “There Is No Better Alternative”].

Una primera objeción al N.H.A. o N.H.M.A. sería “¿por qué nadie en sus cabales debería articular alegremente tal frase?” Imagina que alguien hubiera defendido que N.H.A. o N.H.M.A. a la esclavitud, o al trabajo de menores, o al analfabetismo generalizado, o a la esperanza de vida media de los años 20, 30, 40 o 50, o a las dictaduras, etcétera. Cualquier persona racional o moralmente íntegra que afirmara que N.H.A. o N.H.M.A. a tales situaciones, supuestamente lo habría hecho con lagrimas en los ojos, y tan sólo después de que sus esperanzas hubieran sido arrolladas por un poderoso conjunto de argumentos y evidencias. ¿Por qué, si no, tendría nadie que erigir un “prohibida la entrada” ante dominios que en buena lógica toda persona moral desearía acceder? Sería de un egoísmo grotesco, rayando en lo patológico, que unos pocos favorecidos por la esclavitud, el trabajo de menores, el analfabetismo generalizado, la reducida esperanza de vida, las dictaduras, o, en el caso actual, las increíbles desigualdades económicas y políticas, afirmaran que nada distinto es posible y se mostrasen encantados con ello.

La segunda objeción a aquellos que proclaman que N.H.A. o N.H.M.A. es que no existe nada que respalde convincentemente su postura. Nada más, de hecho, que los estridentes pronunciamientos de aquellos sectores de la población que avariciosamente se benefician de tales creencias. No hay evidencia operativa ni argumento analítico capaz de sostener que las instituciones económicas que permiten a trabajadores y consumidores influir en la toma de decisiones proporcionalmente al impacto que éstas tienen sobre ellos, o que recompensan a estos agentes sociales de acuerdo tan sólo con sus esfuerzos y sacrificio en vez de su propiedad, poder o producción, o que distribuyen la toma de decisiones económicas de un modo tal que se equilibran responsabilidad y calidad de vida… no hay evidencia, digo, que pruebe que tales instituciones económicas son o bien imposibles o bien cargadas de problemas tan graves (o simples problemas, para el caso) que no compensen sus virtudes. Muy al contrario. Para aquellos entre nosotros que han llevado a cabo estudios preliminares de tales instituciones, han resultado ser muy prometedoras, aunque los defensores de que N.H.A. o N.H.M.A. virtualmente han ignorado (como era previsible) estos análisis.

Por lo tanto, y como mínimo, sólo cuando alguien presente una demostración completa e irrefutable de que la equidad, la justicia, la autogestión, la diversidad, y otros valores deseables, pero inalcanzados por las instituciones económicas actuales, o bien a) son imposibles de ser alcanzados por instituciones económicas diferentes, o bien b) en el caso de lograrlos, nos llevarían a sufrir mayores males contrarrestando así los beneficios, por supuesto que el Socialismo 2 debería ser incorporado dentro de nuestros objetivos. Es más, afirmaría que la propuesta de tal modelo económico existe actualmente – la llamada Economía Participativa – la cual puede alcanzar los fines propuestos por el Socialismo 2 y, por si fuera poco, sin ninguna de las temidas consecuencias negativas, y por lo tanto debería convertirse en un plausible punto de partida a partir del cual consumar nuestras aspiraciones.

Permítaseme un breve comentario sobre esta seria alternativa, ya que una de las maneras más obvias y atractivas de respaldar el argumento de que un objetivo dado debería ser alentado, en este caso el Socialismo 2, es describir cuál sería su realización, dar las razones por las cuales habría de funcionar perfectamente, y enumerar cuáles son sus características distintivas. La Economía Participativa, una implementación particular del sentimiento Socialista 2, logra eficiencia en la producción, consumo, y distribución, al mismo tiempo que contempla valores económicos y sociales, incluyendo solidaridad, igualdad de oportunidades e ingresos, diversidad, y autogestión (que no es sino la capacidad de influir en las decisiones proporcionalmente al impacto recibido por ellas). La Economía Participativa se basa en un número limitado de instituciones decisivamente definitorias: consejos y federaciones de consejos democráticos y autogestionados compuestos por trabajadores y consumidores (reemplazando jerarquías corporativas autocráticas), remuneración de acuerdo al esfuerzo y sacrificio (no de acuerdo a la propiedad, poder o incluso productividad), complejos laborales equilibrados que otorguen poder a todos los trabajadores por igual dentro de sus actividades económicas (en vez de divisiones de trabajo discriminatorias, monopolios de información y conocimiento, y acceso restringido a los mecanismos de decisión para una elite), y planificación participativa (sustituyendo mercados o planificación central). No hay espacio en este corto ensayo para explicar en todo su detalle la lógica e implicaciones de estas estructuras, pero aquellos lectores interesados pueden visitar http://www.parecon.org donde están disponibles entrevistas, ensayos, e incluso libros completos sobre el tema. La Economía Participativa es una respuesta positiva al N.H.A. o N.H.M.A.. Es una alternativa bien especificada y definida en suficiente detalle como para permitir la evaluación racional de los valores y resultados que el modelo produciría en la práctica.

Socialismo es algo más que economía: La semántica de la etiqueta “Socialismo”

¿Cómo deberíamos evaluar el uso que hacen algunos de la palabra “socialismo” para referirse al conjunto de una mejor sociedad? ¿Debería este tipo de socialismo ser aceptado, con el nombre de Socialismo 3?

Bien, eso dependerá de cuál es el modelo económico que forma el núcleo de la sociedad propuesta. Si partimos de un Socialismo 1 en lo económico en conjunción con otros cambios compatibles, igualmente autoritarios, en otros ámbitos (tales como una dictadura política, la perpetuación de un patriarcado más o menos atenuado, o una homogeneización cultural), en ese caso el Socialismo 3 sería tan deplorable como el Socialismo 1. En cambio, si tomamos los atributos económicos del Socialismo 2 y le añadimos unos atributos compatibles en otras facetas de la vida, entonces el Socialismo 3 representaría una gran idea. Esto es algo que se sigue lógicamente de los argumentos anteriores.

En mi opinión, en el caso del Socialismo 3 los problemas reales son a) si deberíamos utilizar el termino “socialismo” para referirnos a algo fuera de lo económico, o b) si deberíamos utilizar el termino en cualquiera de sus acepciones.

Creo que la respuesta a a) debería ser “no”. Primero, la palabra “socialismo” no tiene un significado específico fuera del ámbito económico, por lo que utilizarla fuera de la economía no sugiere, en el mejor de los casos, nada interesante y podría decirse que, de hecho, no sugiere nada en absoluto. No existe una visión “socialista” práctica, me parece, definida con claridad y seriamente detallada que vaya dirigida a las relaciones domésticas, instituciones políticas o lealtades culturales. Y las experiencias históricas, reales, de aquellos países que se han auto-denominado socialistas (Socialistas 1, o en mi terminología, de economía coordinativa) no han resultado, por decirlo de alguna manera, merecedoras de emulación. ¿Cómo podríamos echar las campanas al vuelo con resultados tales como un patriarcado ligeramente atenuado o en ciertos casos agravado; con una democracia ligeramente reducida u otras veces completamente desmantelada, incluyendo la adopción de un grotesco estalinismo; con el nulo interés que han despertado los problemas que afectan a distintas comunidades culturales, bien sean de naturaleza religiosa, étnica o racial, cuando estas no han sido homogeneizadas terriblemente? No es sorprendente, dados los defectos del Socialismo 1 / Coordinativismo, que dentro de esta combinación no quede mucho a lo que aspirar en cuanto a objetivos finales se refiere.

Necesitamos una visión feminista, por descontado, y aquellos que aspiren al Socialismo 2 deberían aspirar también a una positiva visión feminista. Y lo mismo puede decirse sobre la necesidad de una visión política y una visión cultural. Estas deberían ser apoyadas también por aquellos que ambicionan un Socialismo 2. Y sí, esto significa que el Socialismo 2 (en mi opinión, la Economía Participativa) ha de ser compatible con visiones de género, políticas y culturales todavía por ser enunciadas completamente y a la inversa. Sin embargo, creo que es un error el uso de una denominación conceptual que se refiere principalmente a una sola esfera de la vida social para describir nuestras aspiraciones libertarias en todos los aspectos de la vida social. Así, mi respuesta a a) es que no, no deberíamos utilizar el término “socialismo” (ni la etiqueta Economía Participativa) para referirnos a esferas fuera de la economía, excepto en el caso de aquellos campos que hayan de ser compatibles con la economía y viceversa.

¿Y qué ocurre con b)? ¿Hay algún caso en el cual deberíamos utilizar el término “socialismo”? Hemos acordado que el Socialismo 2 debería apoyarse, y también he sugerido que el modelo económico de la Economía Participativa representa un modelo de implementación del Socialismo 2. Luego, ¿Por qué no llamarlo Economía Socialista 2, o quizás Socialismo Participativo?

La respuesta es que no creo que la palabra “socialismo” contenga un gran valor comunicativo. Debido a la historia del siglo pasado, para la mayoría de la gente “socialismo” significa Socialismo 1. Para mí, como para ti – espero – “socialismo” significa Socialismo 2, mientras que el Socialismo 1 es un sistema económico que rechazamos, que yo llamo “coordinativo” debido a la particular clase dominante que es elevada al dominio económico. A veces es necesario hacer una guerra de palabras, porque cuando se pierde una palabra algo de gran valor desaparece de la discusión pública. El caso es que esta palabra, “socialismo”, se perdió hace mucho tiempo, cuando tanto el bloque del Este como el del Oeste decidieron asociarlo al modelo económico soviético. El Oeste lo hizo para así deslegitimar la palabra “socialismo” haciéndola connotar Socialismo 1. El Este lo hizo como un medio para otorgar mayor legitimidad al modelo del Socialismo 1 fingiendo incluir todas las esperanzas puestas en el Socialismo 2. En ambos casos la palabra “socialismo” fue despojada de sus connotaciones Socialistas 2.

Dudo mucho que la palabra “socialismo” pueda ser recobrada ante tal desarreglo. Y, francamente, no creo que se pierda gran cosa. ¿Hasta qué punto necesitamos esta palabra para poder defender auténtica autogestión, equidad y justicia? En resumen, favorezco el Socialismo 2 en la forma de Economía Participativa. Rechazo el Socialismo 1, como siempre he hecho, aunque bajo el nombre de Coordinativismo. Y, finalmente, sé tan poco como cualquier otro sobre qué significa Socialismo 3, conque si bien tampoco lo secundo per se, espero sinceramente poder dar mi apoyo a visiones políticas, de género y culturales de valor en el futuro próximo, siempre y cuando la gente sea capaz de darles una forma viable y aceptable.

Quizás todo esto haya resultado un tanto abstracto, serio y académico. Si ése es el caso, probablemente la culpa sea de la pregunta a la que he sido requerido contestar. En un tono más vivo y comprometido, diría que debemos dejar de hablar de “socialismo”, pues es un término vago e incluso engañoso, y empezar a hablar sobre objetivos económicos, políticos, domésticos, y culturales concretos, en términos fáciles de entender que no escondan demasiadas connotaciones. Si logramos esto, estoy convencido de que el tono abstracto, serio y académico dará paso a un vívido lenguaje capaz de inflamar imaginaciones, esperanzas y luchas.

En lo económico, quiero ver a trabajadores y consumidores con el control de sus propias vidas económicas. Quiero que todo el mundo disfrute de condiciones justas que plenamente desarrollen sus talentos y potenciales. Quiero ingresos que estén de acuerdo con el esfuerzo que la gente pone en su trabajo. Quiero que aquello que se produce, por quién se produce, bajo qué condiciones y por quién es consumido, sea todo ello determinado de acuerdo con el fomento del bienestar y desarrollo humano, y que sea decidido por quienes son parte interesada. Quiero la abolición de las jerarquías de poder y riqueza, el final de una división de clases en la que la mayoría de los agentes sociales son subordinados a una elite. Para lograr todos estos fines propongo las instituciones de economía participativa: consejos de trabajadores y consumidores, remuneración de acuerdo a esfuerzo y sacrificio, complejos laborales equilibrados y planificación participativa. Y si alguien es capaz de demostrar que estas instituciones son incapaces de llevar a cabo las necesarias funciones económicas o tienen efectos colaterales negativos, sociales o personales, que no compensan los beneficios, gustosamente cederé el testigo. Explotación, alienación, pobreza, subordinación, trabajo fragmentador y debilitador, producción para el beneficio de unos pocos, por no hablar de pura indigencia, hambre y degradación, no son como la fuerza de gravedad. Surgen de las relaciones institucionales establecidas por seres humanos. Nuevas instituciones, también establecidas por seres humanos, pueden generar otros resultados infinitamente superiores. La definición de esas nuevas instituciones y el trabajo para hacerlas reales: esos deberian ser nuestros objetivos económicos vigente

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