La metáfora…. De lo literal a lo literario

Por: Pedro J. Chamizo Domínguez
Fuente: http://www.ensayistas.org

Capítulo I del escrito “La metáfora (Semántica y pragmática)”

1.1. ¿Qué es una metáfora?

El sustantivo metáfora procede, vía latín, del sustantivo griego metáphora, que significa traslado o transferencia y está relacionado con el verbo metaphorein, que significa transferir o llevar. Así, por ejemplo, una transferencia bancaria sigue siendo en la jerga financiera griega actual “una metáfora”. Esto es, metáfora, en griego, es un término polisémico que, al ser tomado como préstamo por otras lenguas, ha restringido su significado para denominar a un determinado fenómeno lingüístico referente a un “tropo que consiste en trasladar el sentido recto de las voces a otro figurado, en virtud de una comparación tácita” o en una “aplicación de una palabra o de una expresión a un objeto o a un concepto, al cual no denota literalmente, con el fin de sugerir una comparación (con otro objeto o concepto) y facilitar su comprensión” (Las definiciones de los términos españoles las tomaré de la vigésima segunda edición del Diccionario de la lengua española, de la Real Academia Española de la Lengua, DRAE, en adelante). En principio, esta definición neutra de metáfora podría ser compartida por todo el mundo y puede funcionar como un punto de partida común para un primer acercamiento al tema de este trabajo.

Ahora bien, el hecho de que podamos usar el lenguaje metafóricamente, esto es, el hecho de que, en el contexto de una proferencia, podamos utilizar al menos un término, que significa literalmente un objeto, para denominar a otro objeto distinto que quizás no tenga nada que ver con el primero, es un fenómeno que ha maravillado a lingüistas y filósofos a lo largo de la historia. Y ello por los muchos e interesantes efectos que tiene este fenómeno. Entre estos efectos podríamos destacar los siguientes:

Su abundante uso en el lenguaje cotidiano.

Su no menor uso en los ámbitos retóricos y poéticos.

Su presencia en el lenguaje de la ciencia, aunque, en este caso, muchas veces de forma solapada y vergonzante.[1]

El hecho de que la metáfora sea un potente mecanismo cognoscitivo.

El hecho de que muchas metáforas –a pesar de que su uso es, en principio, ocasional– terminan lexicalizándose y creando nuevos significados sin necesidad de multiplicar los significantes. Esto es, la metáfora es quizás el mecanismo lingüístico más generalizado para crear polisemias.

En función de estos fenómenos las preguntas que se han hecho filósofos y lingüistas sobre la metáfora a lo largo de la historia podrían resumirse en las siguientes u otras similares: ¿Por qué necesitamos las metáforas? ¿Qué añade el uso de una metáfora al uso de una expresión literal? ¿Es la metáfora un mero recurso estético o tiene también una función cognitiva? ¿Qué nos permite usar metafóricamente un término dado para referirnos a un objeto y no cualquier otro término? Estas preguntas han sido aproximadamente las mismas a lo largo de la historia del pensamiento, pero las que han variado grandemente a lo largo de la historia han sido las respuestas que se le han dado a estas cuestiones. Y, entre estas respuestas, se puede afirmar que ha habido tradicionalmente un cierto consenso en las siguientes opiniones:

La razón última que permite utilizar un término que literalmente significa un objeto para referirnos metafóricamente a otro objeto distinto radicaría en la existencia de algún parecido entre ambos objetos. Así, si podemos afirmar cosas como “Tus ojos son de azabache”, sería porque entre la negritud del azabache y unos ojos negros habría algún parecido, aunque también haya muchas diferencias.

La metáfora ejerce una función estética indudable y por ello es un mecanismo retórico y poético de primera magnitud al que recurrimos continuamente cuando llevamos a cabo la función poética del lenguaje.

En razón de que la metáfora es un recurso retórico y poético de primera magnitud, su papel también parece ineludible cuando queremos ver un objeto desde una perspectiva distinta a la habitual.

La metáfora también ejerce una función cognitiva además de las funciones retórica y poética.

Esto último es especialmente relevante para una consideración de la metáfora desde un punto de vista filosófico, pues casi nadie ha negado que la metáfora lleve a cabo una función cognitiva, aunque sí haya habido muchas opiniones divergentes sobre la valoración de esa función cognitiva indudable. Dicho de otra manera, lo que se ha discutido hasta la saciedad es si esa función cognitiva debe ser valorada negativamente de cara a una correcta comprensión del mundo o si, por el contrario, esa función cognitiva es un instrumento precioso que nos ayuda a enfrentarnos cognoscitivamente al mundo, de modo que una metáfora nueva nos permitiría ver al mundo y sus objetos desde una perspectiva novedosa que complementaría las perspectivas anteriormente existentes. Y aquí es precisamente donde las valoraciones que históricamente se han hecho de la metáfora varían enormemente en función de las diversas posturas teóricas. Estas posturas que se han dado históricamente pueden sintetizarse en dos: las que han considerado a la metáfora como un mecanismo perjudicial para un lenguaje que pretenda ser referencial y las que, por el contrario, consideran a la metáfora un mecanismo no sólo ineludible sino incluso muy conveniente para el lenguaje referencial, de modo que el uso de metáforas en el lenguaje referencial no sólo no debería ser criticado sino que debería ser potenciado. Pues la metáfora tiene un papel ineludible lo mismo a la hora de formularse preguntas sobre la realidad que a la hora de transmitir nuestros conocimientos, ideas, creencias u opiniones sobre la realidad, incluidas las propias preguntas y respuestas de la metafísica (Bustos Guadaño, 2000: 12).

1.2. Algunas opiniones históricas

Dado que este trabajo no parece ser el lugar más adecuado para hacer una historia pormenorizada de los matices de cada una de estas dos posturas y de la nómina de los pensadores que han mantenido una u otra, me voy a limitar a dar cuenta de algunos de los hitos más destacados de cada una de estas dos opciones teóricas sobre la metáfora en el pensamiento moderno y contemporáneo, aunque las teorías y opiniones sobre la metáfora están presentes en el pensamiento lingüístico y filosófico al menos desde Aristóteles (Bobes Naves, 2004: 51-116; y Johnson, 1985). La postura que ha intentado expulsar –sea tácita o explícitamente– a la metáfora del ámbito del lenguaje referencial, y especialmente del ámbito del lenguaje de la ciencia, de la filosofía y de cualquier otro lenguaje que pretenda ser referencial, ha sido compartida por todos aquellos que han defendido que el lenguaje de la ciencia debe estar hecho de un barro distinto al del lenguaje ordinario. Esta postura ha sido compartida lo mismo por el racionalismo y el empirismo clásicos que por el primer Wittgenstein, el Círculo de Viena o por D. Davidson, aunque en cada caso los matices y las razones últimas para pretender expulsar a la metáfora del lenguaje de la ciencia puedan variar. Me centraré, para ilustrar esta cuestión, en el rechazo de la metáfora por parte del racionalismo y del empirismo clásicos (Para una exposición más amplia de este asunto, ver Chamizo Domínguez y Nerlich, en prensa). Aunque racionalismo y empirismo se suelen presentar como corrientes filosóficas antitéticas que difieren en cuanto a sus tesis sobre el origen del conocimiento y los límites de éste, ambas corrientes coincidirían en que el papel de la filosofía debe ser el de fundamentar la ciencia con objeto de hacernos comme maîtres et possesseurs de la nature (Descartes) o de natura parendo vincitur (Bacon). Y, en este proyecto de fundamentar la ciencia, un paso necesario es el de establecer un lenguaje referencial libre de ambigüedades que nos permita minimizar los idola fori baconianos.

Es sabido que el racionalismo ha privilegiado el cogito como punto de partida de cualquier certeza y de cualquier conocimiento seguro, de modo que una argumentación racional impecablemente construida y fundada se convierte no sólo en un instrumento cognitivamente privilegiado, sino incluso en el mejor método para persuadir. De ahí que Descartes afirmase ya en el Discurso del método que quienes “digieren” mejor sus pensamientos también serán los que estén más capacitados para persuadir, incluso aunque no hayan aprendido nunca retórica:

Ceux qui ont le raisonnement le plus fort, et qui digèrent le mieux leurs pensées, afin de les rendre claires et intelligibles, peuvent toujours le mieux persuader ce qu’ils proposent, encore qu’ils ne parlassent que bas-breton, et qu’ils n’eussent jamais appris de rhétorique. (Descartes, A.T., VI: 7).

Ahora bien, aunque el verbo digérer no está siendo usado aquí por Descartes metafóricamente, sino de acuerdo con el significado literal que tenía en el francés del siglo XVII como “ordonner méthodiquement un sujet”; bien se puede “leer” el texto cartesiano de acuerdo con el significado literal actual de ese verbo como “transformer les aliments dans les voies digestives pour les rendre assimilables par l’organisme” y mantener que probablemente no haya un término más apropiado cognitivamente que el usado por Descartes para significar lo que él quería significar. En cualquier caso, lo cierto es que el rechazo cartesiano a la retórica en los ámbitos cognitivos va a crear escuela. Por ello la Lógica de Port-Royal, siguiendo la estela cartesiana, va a considerar el uso de las figuras del lenguaje como “el más grande de todos los vicios”:

On a considéré, par exemple, en ce qui regarde la Rhétorique, que le secours qu’on en pouvait tirer pour trouver des pensées, des expressions, & des embellissements, n’était pas si considérable. L’esprit fournit assez de pensées, l’usage donne les expressions; & pour les figures & les ornements, on n’en a toujours que trop. Ainsi tout consiste presque à s’éloigner de certaines mauvaises manières d’écrire & de parler, & surtout d’un style artificiel & rhétoricien composé de pensées fausses & hyperboliques & de figures forcées, qui est le plus grand de tous les vices. (Arnauld y Nicole, 1981: 29. El subrayado es mío).

Esta consideración del carácter vicioso de la retórica radicaría, en última instancia, en el hecho de que la retórica y el uso de las figuras del lenguaje estarían asociadas al ámbito de las pasiones. Y en la medida en que la metáfora, como las demás figuras del lenguaje, estaría asociada a la retórica y al ámbito de las pasiones y no al ámbito de lo racional, su uso debería estar circunscrito a los casos en los que queremos convencer emocionalmente, pero no debería usarse en aquellos casos en los que pretendemos conseguir un convencimiento racional de nuestros interlocutores. Pero además, lo mismo el racionalismo que el empirismo, van a considerar a la retórica no como el arte de bien hablar sino como el arte de engañar, de modo que el uso retórico de las figuras del lenguaje no llevaría más que al engaño de nuestros interlocutores. De ahí que las figuras del lenguaje deban ser escrupulosamente excluidas de cualquier discurso que pretenda ser racional, pues las figuras del lenguaje en general, y las metáforas en particular no son más que instrumentos para el engaño (Musolff). Esta tesis que asocia metáfora y engaño va a ser doctrina común en el empirismo y va a ser mantenida explícitamente lo mismo por Th. Hobbes que por J. Locke. Y Hobbes va a ser muy claro al respecto, como muestra patentemente el siguiente texto:

In Demonstration, in Councell, and all rigorous search of Truth, Judgement does all; except sometimes the understanding have need to be opened by some apt similitude; and then there is so much use of Fancy. But for Metaphors, they are in this case utterly excluded. For seeing they openly professe deceipt; to admit them into Councell, or Reasoning, were manifest folly. (Hobbes 1996: 52. El subrayado es mío).

Por su parte, Locke va a ir más lejos aún que Hobbes en un texto que sería claramente censurado en la actualidad por su evidente incorrección política de acuerdo con nuestros parámetros de lo que debe ser un lenguaje políticamente correcto. Para Locke la retórica y la elocuencia serían como el “bello sexo” (fair sex) –sintagma que no es otra cosa que un eufemismo de mujeres–, cuyas evidentes bellezas no son más que un poderoso instrumento del error y el engaño, lo cual es especialmente grave desde el momento en que los hombres –y uno no sabría decir con certeza si aquí men se refiere al género humano en general o sólo a los varones– encuentran placer en ser engañados:

This evident how much Men love to deceive, and be deceived, since Rhetorick, that powerful instrument of Error and Deceit, has its established Professors, is publicly taught, and has always been had in great Reputation: And, I doubt not, but it will be thought great boldness, if not brutality in me, to have said thus much against it. Eloquence, like the fair Sex, has too prevailing Beauties in it, to suffer it self ever to be spoken against. And ’tis vain to find fault with those Arts of Deceiving, wherein Men find pleasure to be Deceived. (Locke, 1975: 97).

Hasta donde he podido averiguar, la metáfora comienza a valorarse positivamente en la obra del último gran racionalista: G. W. Leibniz. Y justamente la inflexión en esta valoración negativa de la metáfora que comparten racionalismo y empirismo se va a producir históricamente cuando Leibniz responda, en sus Nouveaux essais sur l’entendement humain, a las tesis expuestas por Locke en el texto citado anteriormente:

THÉOPHILE. Bien loin de blâmer contre votre zèle pour la vérité, je le trouve juste. Et il serait à souhaiter qu’il put toucher. Je n’en désespère pas entièrement, parce qu’il semble, Monsieur, que vous combattez l’éloquence par ses propres armes, et que vous en avez même une d’une autre espèce, supérieure à cette trompeuse, comme il y avait une Venus Uranie, mère du divin Amour, devant laquelle cette autre Vénus bâtarde, mère d’un Amour aveugle, n’osait paraître avec son enfant aux yeux bandés. Mais cela même prouve que votre thèse a besoin de quelque modération, et que certains ornements de l’éloquence sont comme les vases des Égyptiens, dont on se pouvait servir au culte du vrai Dieu. Il en est comme de la peinture et de la musique, dont on abuse et dont l’une représente souvent des imaginations grotesques et même nuisibles, et l’autre amollit le cœur, et toutes deux amusent vainement; mais elles peuvent être employées utilement, l’une pour rendre la vérité claire, l’autre pour la rendre touchante, et ce dernier effet doit être aussi celui de la poésie, qui tient de la rhétorique et de la musique. (Leibniz, 1966: 305-306).

Y este texto leibniziano es interesante no sólo en relación a lo que significa como cambio de valoración con respecto a los tropos en contra de las tradiciones racionalista y empirista, sino muy especialmente con respecto a los argumentos que se utilizan en él. En primer lugar, Leibniz comienza concediendo a Locke que la elocuencia y la retórica son como el bello sexo, que nos pueden engañar en cualquier momento. Ahora bien, aceptado esto, Leibniz va a desmontar las implicaciones del texto de Locke con dos argumentos. El primero de estos argumentos consistirá en mantener que el papel negativo o positivo que puedan ejercer las figuras del lenguaje dependen del uso que se haga de ellas y no de las figuras del lenguaje en sí; esto es, de la metáfora y demás tropos caben usos positivos y usos negativos. El segundo argumento tiene toda la pinta de ser un argumento ad hominem del que Locke puede escapar difícilmente, so pena de abjurar de sus propios escritos: la prueba de que la metáfora puede tener un papel sumamente positivo de cara a la transmisión del conocimiento radica en el propio uso que el mismo Locke hace de las metáforas, que parece ser un uso muy pertinente y adecuado. Y, aunque Leibniz no lo argumente explícitamente, los corolarios de su texto no pueden ser otros que el de aceptar que el uso de metáforas es perfectamente legítimo en un lenguaje que pretenda ser informativo y no sólo en el lenguaje emotivo; y que los valores de verdad de las aseveraciones metafóricas pueden ser adjudicados de forma análoga a como adjudicamos los valores de verdad a las aseveraciones literales.

La lanza rota por Leibniz en pro de una consideración positiva de la metáfora se desarrollará en los siglos XVIII y XIX, cuando la consideración de la función cognitiva positiva de la metáfora y su ineludibilidad en cualquier lenguaje y en cualquier lengua pasan a un primer plano, hasta el punto en que se van a mantener tesis como la de que la metáfora está en el origen mismo del lenguaje. El romanticismo cometerá justamente el exceso contrario al que habían cometido racionalismo y empirismo, el de privilegiar genéticamente el significado metafórico frente al literal, lo que va a asociado a privilegiar lo pasional frente a lo racional. Consideremos un texto de J. J. Rousseau para hacer ver esto:

Comme les premiers motifs qui firent parler l’homme furent des passions, ses premières expressions furent les Tropes. Le langage figuré fut le premier à naître, le sens propre fut trouvé le dernier. On n’appella les choses de leur vrai nom que quand on les vit sous leur véritable forme. D’abord on ne parla qu’en pöesie; on ne s’avisa de raisoner que longtemps après. [...] L’image illusoire offerte par la passion se montrant la première, le langage qui lui répondoit fut aussi le premier inventé; il devint ensuite métaphorique quand l’esprit éclairé reconnoisant sa première erreur n’en employa les expressions que dans les mêmes passions que l’avoient produite. (Rousseau, 1995: 381-382).

Si ahora la metáfora se sitúa en el origen mismo del lenguaje, entonces será una ardua –cuando no imposible– tarea la de delimitar lo literal de lo metafórico. Y el problema es que, sin una delimitación lo más precisa posible entre lo literal y lo metafórico, no podremos alcanzar tampoco una teoría plausible de la metáfora, aunque sólo sea porque los humanos no podemos pensar una cosa más que contrastándola con otra. De modo que, si algo es entendido como una metáfora, será porque puede ser distinguido de otra cosa.

La reflexión lingüística y filosófica del siglo XX ha retomado el tema de la metáfora y sobre él han escrito los filósofos más dispares desde J. Ortega y Gasset a D. Davidson pasando por M. Black, G. Lakoff, M. Johnson, N. Goodman, W. Alston o J. Searle. Comoquiera que utilizaré las aportaciones al tema de la metáfora de todos ellos –y de algunos más– a lo largo de este trabajo, me limitaré en este capítulo introductorio a señalar sucintamente los que, en mi opinión, son los hallazgos más relevantes de la filosofía del siglo XX sobre la metáfora. Éstos serían básicamente los siguientes:

Lo metafórico sólo puede ser definido en función de y en contraste con lo literal. La metáfora es detectable precisamente en la tensión entre los términos que se usan literalmente en una proferencia y los que se usan translaticiamente.

La metáfora no sólo se limita a poner de manifiesto una analogía aceptada por una determinada comunidad lingüística entre dos objetos dados, la metáfora también puede crear esta analogía (Ortega, 1924; Black, 1981).

En función de esa analogía que crea la metáfora es como podemos conceptualizar determinadas ideas, especialmente las ideas de aquellos objetos de los que no tenemos una experiencia sensible, como es el caso de Dios (Alston, 1989: 17-65 y 103-117).

Las metáforas no funcionan aisladamente unas de otras, sino en la medida en que forman parte de redes conceptuales que pueden ser complementarias unas de otras o incompatibles entre sí (Lakoff y Johnson, 1980).

En función de esa pertenencia de las metáforas a redes conceptuales, las metáforas conforman nuestra concepción de la realidad. Dicho de otro modo y usando la afortunada expresión de Lakoff y Johnson (1980), “vivimos de metáforas”, lo mismo en el lenguaje cotidiano que en cualesquiera jergas especializadas, sean éstas las jergas de los carpinteros, de los militares, de los científicos, de los teólogos o de los filósofos

1.3. Lo literal y lo metafórico

Si lo metafórico se entiende como un cambio en el significado de un término de modo que ese término signifique un objeto distinto del que habitualmente significa, entonces una metáfora sólo podrá ser detectada y comprendida en el contexto de una proferencia y en la medida en que el significado translaticio resulte chocante o raro para los hablantes de una lengua dada y en un determinado momento sincrónico. Esto es, si podemos decir que la metáfora conlleva un significado translaticio o derivado de un término es porque tenemos en mente que el término de que se trate tiene un significado apropiado o literal, que sería el significado normal que los hablantes adjudicarían a ese término. Así, si decimos que en “Juan es un pájaro” la palabra pájaro está usada translaticiamente es porque sabemos que Juan es un ser humano y porque sabemos también que, en este contexto, esa palabra no significa “ave, especialmente si es pequeña”, sino “hombre astuto y sagaz, que suele suscitar recelos” (DRAE).

Ahora bien, la palabra literal (y sus derivados) es una palabra sumamente polisémica (Nerlich y Chamizo, 2003). Y, de los muchos significados que tiene la palabra literal, hay varios de ellos con respecto a los cuales se define lo metafórico. Desde una consideración diacrónica el adjetivo literal sería sinónimo de etimológico, primitivo, original o primigenio. En este sentido es en el que usamos literal en aseveraciones como “Virtus significaba literalmente en latín virilidad y sólo posteriormente significó valentía o fuerza”. En casos como éste estamos informando de que el significado original de virtud era muy distinto de los significados que posteriormente adquirió ese término, por más que ahora esos otros significados sean los habituales para virtud y el significado original haya desaparecido en las lenguas modernas. En este sentido lo literal se opondrá a lo translaticio en cuanto que, por literal, se entenderá el significado primigenio o el significado más antiguamente documentado de un término, mientras que, por translaticio, se entenderán los diversos significados que un término haya ido adquiriendo en el transcurso de su historia. Y, desde un punto de vista sincrónico, literal se usa de un modo algo distinto a como se usa desde la perspectiva diacrónica. Así, si afirmamos “Screw significa literalmente en inglés atornillar y translaticiamente follar”, estamos afirmando que esa palabra inglesa tiene un significado normal, habitual o de primer orden y otro significado derivado metafóricamente de ese significado habitual para los hablantes ingleses actuales y que permite que esos hablantes tengan todavía conciencia de que screw se usa eufemísticamente para eludir el disfemismo inglés fuck, que sería el término que en la actualidad significa literalmente follar. En este sentido, significado literal querrá decir significado de primer orden en contraste con cualesquiera otros significados derivados de ese significado de primer orden.

Esta noción de literal que estoy proponiendo tiene graves dificultades teóricas (Bobes Naves, 2004: 148-149), aunque sea una noción bastante de sentido común, plausible y operativa. Y estas dificultades teóricas afectan lo mismo al ámbito diacrónico que al sincrónico. Desde un punto de vista diacrónico la distinción entre el significado literal de un término dado y el significado (o significados) que tuvo ese término en el pasado no siempre puede establecerse con nitidez. Y ello porque algunos hablantes pueden tener conciencia del significado arcaico u obsoleto de un término y de su significado actual, y, en razón de ello, usar el término siendo conscientes de esa duplicidad semántica para conseguir determinados efectos retóricos o cognoscitivos. Y, desde el punto de vista sincrónico, el criterio para decidir cuál sea el significado de primer orden de un término y cuáles sean sus significados de segundo o de tercer órdenes puede variar grandemente entre los hablantes de los diversos dialectos y sociolectos de una lengua. No obstante, y a pesar de estas discrepancias, se puede mantener razonablemente la existencia de un núcleo semántico básico para la mayoría de los términos y para la mayoría de los hablantes de una lengua dada, núcleo semántico básico con respecto al cual los otros significados del término serían considerados translaticios, estén o no estén lexicalizados en un momento dado.

Consideremos la cuestión de las diferencias semánticas entre los diversos dialectos de una lengua recurriendo a un par de ejemplos. El sustantivo inglés cock significa literalmente gallo y con este significado puede ser usado aún en el Reino Unido –y en los contextos adecuados– sin correr graves riesgos de que el hablante sea considerado una persona grosera o malhablada, aunque los británicos también sepan que cock tiene el significado de segundo orden de pene. En Estados Unidos, por el contrario, el significado de pene para cock se ha generalizado hasta tal punto que ha terminado por hacer olvidar a los hablantes cuál era el significado literal de esa palabra. El resultado de esto es que cock no puede ser usada impune e inocentemente en los Estados Unidos y los estadounidenses han tenido que sustituir cock por rooster cuando quieren designar al animal sin que se evoque automáticamente al miembro viril. Y un fenómeno análogo a éste es el que se ha producido en los diversos dialectos del español con la palabra polla. El significado de primer orden de polla es “gallina nueva, medianamente crecida, que no pone huevos o que hace poco tiempo que ha empezado a ponerlos” (DRAE). Ahora bien, en el español de España este significado de primer orden ha quedado prácticamente oscurecido por el significado de pene, que, aunque en su momento fue un eufemismo, en la actualidad tiene un carácter disfemístico tan marcado que impide prácticamente que en España se pueda usar polla para designar a la gallina joven y haya que recurrir al diminutivo pollita o a una perífrasis. Por su parte, en muchos países americanos de lengua española polla ha adquirido un significado de segundo orden de apuesta, lotería o “apuesta, especialmente en carreras de caballos”, de modo que esa palabra no tiene ninguna connotación disfemística en Iberoamérica, aunque también haya suplantado en buena medida el significado de gallina joven.

Con respecto a los diversos sociolectos de una lengua también nos encontramos con el mismo fenómeno. Así, por ejemplo, el verbo especular significaba literalmente en latín reflejar o espejear. Pero este verbo ha pasado a las lenguas modernas con los significados de segundo orden de “registrar, mirar con atención algo para reconocerlo y examinarlo”, “meditar, reflexionar con hondura, teorizar” y “perderse en sutilezas o hipótesis sin base real” (DRAE), que ahora podrían ser considerados como los significados básicos de ese verbo y que se usan muy a menudo en la jerga filosófica. Pero estos significados han sufrido ulteriormente otros cambios que hacen que el verbo especular signifique “efectuar operaciones comerciales o financieras, con la esperanza de obtener beneficios basados en las variaciones de los precios o de los cambios”, “comerciar, traficar” o “procurar provecho o ganancia fuera del tráfico mercantil” (DRAE) en el sociolecto o jerga de los economistas. Como resultado de ello los significados de especular son muy distintos si el verbo se usa en la jerga filosófica o en la jerga económica, aunque en ambos casos sus significados actuales sean metáforas lexicalizadas con respecto a su significado original. Y lo que se dice para el verbo especular es válido también, mutatis mutandis, para sus derivados y cognados como el adjetivo especulativo, el sustantivo especulación o el adverbio especulativamente.

El resultado de estas divergencias semánticas entre los hablantes en el eje diacrónico y de los diversos sociolectos y dialectos de una lengua en el eje sincrónico será el que, en algunos casos, los hablantes pertenecientes a un grupo determinado entiendan un significado como translaticio, mientras que los hablantes pertenecientes a otro grupo lo entiendan como literal. Pero en la mayoría de los casos sí hay un acuerdo entre los hablantes para decidir cuál sea el significado literal de un término (o cuáles sean, en su caso) y cuál sea su significado translaticio (o cuáles sean, en su caso).

1.4. El marco y el foco de la metáfora

Dado que la mayoría de las palabras de una lengua son polisémicas, una palabra aisladamente considerada carecería de un significado específico y concreto o, todo lo más, su significado sería el significado de primer orden que esa palabra tenga en un momento sincrónico dado y para un dialecto o sociolecto dados. Así, los sustantivos españoles gallina y leona carecerían de significado si no aparecen en el contexto de una proferencia o, como mucho, tendrían los significados de “hembra del gallo, de menor tamaño que este, cresta pequeña o rudimentaria, cola sin cobijas prolongadas y tarsos sin espolones” y “hembra del león” (DRAE), respectivamente. Ahora bien, cuando gallina y leona aparecen en el contexto de una proferencia –que a su vez está enmarcada en un contexto convencional y conversacional más amplio– es cuando esos sustantivos adquieren sus significados específicos. Así, si afirmamos

[1] “María es una gallina y Juana una leona”

y sabemos contextualmente que María y Juana designan a un ave y un felino, respectivamente, entonces los significados de esos sustantivos serán sus significados literales, que serían “hembra del gallo, de menor tamaño que este, cresta pequeña o rudimentaria, cola sin cobijas prolongadas y tarsos sin espolones” y “hembra del león” (DRAE), respectivamente. Por su parte, si afirmamos

[1.2] “María es una gallina y Juana una leona”

y sabemos contextualmente que María y Juana designan a dos bípedos implumes de sexo femenino, entonces estamos usando gallina y leona de acuerdo con sus significados metafóricos de segundo orden de “persona cobarde, pusilánime y tímida” y “mujer audaz, imperiosa y valiente” (DRAE), respectivamente.

El resultado de esto es que, al igual que ocurriría con los diversos significados literales de los términos polisémicos, el que estemos utilizando un término cualquiera de acuerdo con algún significado translaticio sólo podrá ser aprehendido en la medida en que ese término esté enmarcado en una sentencia que, a su vez, está enmarcada en un contexto convencional y conversacional más amplio. Para efectos de este trabajo eludiré habitualmente aludir a ese contexto más amplio, que supondré conocido o intuido por el lector, y me limitaré a ilustrar mis argumentos con ejemplos de sentencias concretas, aunque quiero dejar claro desde ahora que la metáfora sólo se puede dar en el marco de una proferencia o de una sentencia. Igualmente, y en razón de esto, el término metáfora deberá ser entendido las más de las veces como una abreviación de proferencia o sentencia metafórica. Establecida la tesis de que la metáfora sólo se puede dar en el marco de una sentencia o de una proferencia, habrá que indagar cómo y por qué se da esto. Y para ello hay que recurrir a la distinción clásica cuya terminología debemos a M. Black (1979), aunque el propio Black deja claro que la distinción es anterior a él. En una proferencia metafórica Black distingue el marco (frame) y el foco (focus). El marco de una metáfora serían las palabras que se usan de acuerdo con sus significados literales, habituales o de primer orden, mientras que el foco de una metáfora sería la palabra (o palabras en su caso) que se usa translaticiamente y que estoy destacando con bastardillas en los ejemplos. Así, en el ejemplo que vimos anteriormente, “María es una gallina y Juana una leona”, gallina y leona serían los focos, mientras que el resto de las palabras de esa sentencia constituirían el marco.

Y es justamente en esta tensión entre el marco y el foco y en el hecho de que el significado del foco es aparentemente incongruente con el marco en que aparece donde se genera la metáfora y donde ésta ejerce su función cognitiva. Y esta distinción entre el marco y el foco es también esencial para diferenciar la metáfora de otros mecanismos lingüísticos muy parecidos a ella. Esta distinción es especialmente relevante a la hora de diferenciar la metáfora del símil (Tirrell, 1991), máxime cuando se ha mantenido que las metáforas no serían más que símiles abreviados o encubiertos (Davidson, 1984). Es más, la falta de esta distinción entre el marco y el foco y entre metáfora y símil es lo que llevó a Ortega y Gasset (1914: 257) a analizar el verso catalán

[2] “E com l’espectre d’una flama morta”

como una metáfora cuando, en realidad, no era más que un símil muy patente. Ahora bien, hay dos diferencias básicas entre un símil y una metáfora. La primera diferencia entre un símil y una metáfora radica justamente en que los símiles carecen de focos; esto es, en que en los símiles todas las palabras están usadas de acuerdo con sus significados literales. En las metáforas, por el contrario, hay al menos una palabra a la que se le está adjudicando un significado translaticio y distinto de su significado literal. La segunda diferencia radica en que las metáforas son susceptibles de lexicalizarse, de modo que el que fue un significado metafórico ocasional de un término en un determinado momento del pasado puede convertirse, con el transcurso del tiempo, en uno más de los significados literales de ese término. Por el contrario, éste no puede ser el caso de los símiles, justamente porque en los símiles ninguno de sus términos se usa de acuerdo con un significado translaticio; con lo que los términos que entran a formar parte de los símiles siguen manteniendo sus significados más literales. El que este significado translaticio esté más o menos lexicalizado en una lengua dada es una cuestión que afecta a los avatares que sufren los significados de los términos a lo largo de su historia y que permiten hablar de metáforas muertas o lexicalizadas, metáforas semilexicalizadas y metáforas novedosas, como veremos más adelante, pero que no afecta a la distinción entre lo literal y lo translaticio. El hecho de que los significados translaticios de gallina y leona estén ahora prácticamente lexicalizados no es argumento para mantener que en su momento no fuesen entendidos como metáforas vivas y novedosas.

Y también, al igual que las proferencias en que entran a formar parte términos polisémicos, una proferencia metafórica tiene la característica de ser necesariamente ambigua, especialmente cuando el foco de la metáfora sea novedoso o esté en un estadio de semilexicalización. En estas ocasiones el significado de una proferencia metafórica siempre es un caso de implicatura y, como todas las implicaturas, siempre cabe la posibilidad de que el oyente la malinterprete porque no quiera o no pueda ser cooperativo. Es decir, cuando el oyente de una proferencia metafórica no puede o no quiere ser cooperativo, la implicatura pretendida por el hablante no surtirá sus efectos y, como consecuencia de ello, el oyente entenderá que esa proferencia está siendo usada de acuerdo con su significado literal. Este fenómeno consistente en que el oyente no quiera o no pueda ser cooperativo es justamente el que se explota con mucha asiduidad para conseguir efectos humorísticos.

Precisamente el hecho de que una proferencia metafórica cuyo foco sea una metáfora novedosa o semilexicalizada tenga que ser necesariamente ambigua y, por tanto, susceptible de al menos dos interpretaciones, tiene otra consecuencia cognitiva de primera magnitud: el que no sea posible sustituir una proferencia metafórica por otra proferencia literal equivalente y conseguir los mismos efectos cognitivos. Así, si en

[3] “Juan es un zorro”,

el hablante sabe que Juan designa a un bípedo implume, es obvio que estará usando zorro metafóricamente y queriendo significa astuto con ese término, de modo que la implicatura normal de [3] será

[3.1] “Juan es astuto”

Ahora bien, un oyente que no pueda hacer esa implicatura porque no tenga la suficiente información contextual, y precisamente porque no la tiene, no podrá ser cooperativo, de modo que entenderá o dirá que ha entendido a [3] como

[3.2] “Juan es el ‘macho de la zorra’”

y no

[3.3] “Juan es un ‘hombre muy taimado y astuto’”.

Pero, en cualquier caso, ni [3.2] ni [3.3], serán sinónimos exactos de [3] en la medida en que [3] es ambigua y susceptible de recibir al menos dos interpretaciones distintas, mientras que esa ambigüedad ha desaparecido lo mismo en [3.2] que en [3.3]. El resultado de esto no será otro que el hecho consistente en que la correcta interpretación de las proferencias metafóricas requerirá de una estrategia pragmática en la que entran a formar parte los conocimientos lingüísticos de los hablantes, sus creencias, saberes, usos sociales e implicaturas convencionales y conversacionales, como veremos en el capítulo siguiente.

1.5. Término superordenado e hipónimos

Aunque hasta ahora no he hecho referencia explícita a la definición aristotélica de metáfora, la he estado manejando de forma tácita. Recurriré ahora a ella de forma explícita para referirme a la relación de la metáfora con los demás tropos. Para Aristóteles

La metáfora consiste en dar a una cosa un nombre que también pertenece a otra, la transferencia puede ser de género a especie, o de una especie a género, o de especie a especie, o con fundamento en una analogía (Aristóteles, 1974: 1457b).

Ahora bien, si damos por buena la definición aristotélica de metáfora, lo que Aristóteles llama metáfora incluye también otros tropos como la metonimia, la sinécdoque o el eufemismo. En función de ello y de su propia teoría sobre la metáfora, Searle pudo mantener que

According to my account of metaphor, it becomes a matter of terminology whether we want to construe metonymy and synecdoche as special cases of metaphor or as independent tropes (Searle, 1986: 110).

Desde el punto de vista del contraste entre el significado literal de un término y el significado translaticio que adjudicamos a ese término, los demás tropos pueden ser considerados, pues, como casos especiales de metáforas. O, dicho de otro modo, metáfora puede ser considerado como un término superordenado, y metonimia, sinécdoque, ironía o eufemismo no serían más que hipónimos de metáfora en la medida en que el significado de metáfora incluye los significados de los otros tropos, pero no al revés. Analicemos los significados de algunos de los tropos principales para hacer ver cómo todos ellos no serían más que hipónimos de metáfora:

Si la metonimia consiste en “designar algo con el nombre de otra cosa tomando el efecto por la causa o viceversa, el autor por sus obras, el signo por la cosa significada, etc.” (DRAE), es obvio que, desde un punto de vista estrictamente lingüístico, la metonimia tampoco es otra cosa que una transferencia de significado. Si decimos “El próximo curso estudiaremos a Molière” queriendo significar “El próximo curso estudiaremos la obra de Molière” y no “El próximo curso estudiaremos a la persona de Molière”, estamos dando a Molière un significado distinto del habitual.

Si la sinécdoque consiste en “extender, restringir o alterar de algún modo la significación de las palabras, para designar un todo con el nombre de una de sus partes, o viceversa; un género con el de una especie, o al contrario; una cosa con el de la materia de que está formada, etc.” (DRAE), es también obvio que, al usar vela por barco, estamos dando a vela un significado distinto de su significado literal.

Si el eufemismo consiste en una “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante” (DRAE), es obvio que, cuando usamos lavabo por retrete, estamos dando a lavabo un significado distinto de su significado literal como “pila con grifos y otros accesorios que se utiliza para lavarse”, “mesa, comúnmente de mármol, con jofaina y demás recado para el mismo uso” o “cuarto dispuesto para el aseo personal” (DRAE).

Si el disfemismo es un “modo de decir que consiste en nombrar una realidad con una expresión peyorativa o con intención de rebajarla de categoría, en oposición a eufemismo” (DRAE), es obvio que, cuando llamamos bastardo a alguien con intención de insultarlo, no necesariamente tenemos que significar que sea “hijo nacido de una unión no matrimonial”, “hijo de padres que no podían contraer matrimonio al tiempo de la concepción ni al del nacimiento” o “hijo ilegítimo de padre conocido” (DRAE).

Si la ironía es una “figura retórica que consiste en dar a entender lo contrario de lo que se dice” (DRAE), parece también claro que, si decimos de alguien que está en su salsa cuando sabemos que está aburrido o hastiado, estamos dando a está en su salsa el significado opuesto al que el modismo suele tener normalmente.

Si la lítotes (o meiosis) consiste en “no expresar todo lo que se quiere dar a entender, sin que por esto deje de ser bien comprendida la intención de quien habla” (DRAE), es claro también que, si decimos de alguien que estaba ligeramente ebrio, cuando sabemos que estaba completamente borracho, estamos dando a ligeramente un significado diferente al que suele tener normalmente y que es sinónimo de levemente.

El mecanismo lingüístico de todos estos tropos es, por tanto, el de la adjudicación de un significado distinto del que tiene normalmente un término o un sintagma, de modo que las distinciones terminológicas entre ellos parece que, en principio, no irían más allá de significar de qué tipo de metáfora se trata en cada caso, o, por decirlo también con palabras de Searle,

In each case, as in metaphor proper, the semantic content of the P term conveys the semantic content of the R term by some principle of association. Since the principles of metaphor are rather various anyway, I am inclined to treat metonymy and synecdoche as special cases of metaphor and add their principles to my list of metaphorical principles. I can, for example, refer to the British monarch as ‘the Crown’, and the executive branch of the US government as ‘the White House’ by exploiting systematic principles of association (Searle, 1986: 110-111).

1.6. Las funciones sociales de algunos tropos

Aunque todos los tropos a los que he aludido en la sección anterior son casos especiales de metáforas o hipónimos de metáfora, hay, sin embargo, algunos a los que quiero referirme de forma particular por sus especiales características y por las funciones sociales que llevan a cabo: la ironía, la lítotes y el eufemismo. Ironía y lítotes ejercen la función social de permitir al hablante referirse a personas o emitir opiniones que pueden ser ofensivas para el oyente o para terceras personas sin que la ofensa sea demasiado patente. Ello es posible en la medida en que una proferencia en que entren a formar parte estos tropos siempre es susceptible de recibir al menos dos interpretaciones. Esto es precisamente lo que permite al hablante expresar sus verdaderos sentimientos u opiniones –y que el oyente los entienda– sin que la conversación degenere en una pelea o en una guerra abiertas. Justamente por esta razón, estos tropos son usados típicamente en el lenguaje diplomático. Pues, glosando y adaptando para la ocasión la famosa frase de Carl von Clausewitz, el lenguaje de la diplomacia no sería más que un medio de intentar evitar la guerra. Y ello porque, como bien insinúa el famoso dicho popular, el lenguaje de un diplomático tiene que ser lo más elusivo posible, pues

[4] “Cuando un diplomático dice no, quiere decir tal vez; cuando dice tal vez, quiere decir sí; y, cuando dice sí, no es un diplomático de ninguna manera”.

Ahora bien, los estudios sobre la metáfora suelen hacer referencia a los parecidos y diferencias entre la metáfora y los otros tropos, especialmente con respecto a la sinécdoque y a la metonimia (Bobes Naves, 2004: 166-185; y Le Guern, 1973). No obstante, aunque hay algunas excepciones (Pfaff et alii, 1997; y Chamizo Domínguez, 2003),[2] las múltiples teorías sobre la metáfora no se han aplicado habitualmente al estudio del eufemismo y del disfemismo. De modo que los estudiosos de la metáfora no suelen aludir –ni tan siquiera de pasada– al eufemismo y al disfemismo, mientras que los estudiosos del eufemismo y del disfemismo tampoco suelen aludir a las teorías sobre la metáfora. Quizás el origen de este divorcio esté en los escrúpulos que pueden existir ante el eufemismo mismo en la medida en que no se puede hablar del eufemismo sin referirse al término vitando al que sustituye o en que se piense que su uso es eludible en los ámbitos cognitivos, estéticos o literarios. Sea cual sea la causa de este divorcio, el eufemismo merece una atención especial y pormenorizada en la medida en que su presencia es sumamente relevante lo mismo en el lenguaje cotidiano que en los lenguajes supuestamente más excelsos como pueda ser el de la ciencia –y muy especialmente el de la medicina– o el de la literatura. Además de las funciones sociales que cumplen la ironía y la lítotes, el eufemismo cumple con un abanico de funciones sociales mucho más amplio que el de los dos tropos anteriores, aunque el eufemismo puede construirse con cualesquiera otros tropos (Chamizo Domínguez, 2003).[3] Su principal función consiste, obviamente, en poder nombrar un objeto desagradable o los efectos desagradables de un objeto en la medida en que “A euphemism is used as an alternative to a dispreferred expression, in order to avoid possible loss of face either one’s own face or, through giving offense, that of the audience, or of some third party” (Allan y Burridge, 1991: 11). De acuerdo con ello, la función primera de un eufemismo será la de evitar usar un término tabú. Y los términos tabú suelen ser principalmente los que se refieren a los siguientes objetos:

Dios y la religión, a fin de evitar las blasfemias (Allan, 2000: 156-157). Vg.: Diantres para demonios; ostras para hostias.

Objetos o acciones sexuales. Vg.: Conocer, pasar la noche con, poseer, tomar, irse a la cama con, salir con y otros muchos para tener un coito.

Fluidos corporales o partes del cuerpo. Vg.: Transpirar para sudar; expectorar para escupir; axila para sobaco; extensiones para postizos.

Lugares u objetos sucios, peligrosos o temibles. Vg.: El título de la película clásica del oeste The Cheyenne Social Club, que en realidad hacía referencia a un burdel, funcionaba como un eufemismo y buena parte de la trama de la película se basa en lo ambiguo de llamar social club a un burdel. Del mismo modo, camposanto, necrópolis, sacramental o, más modernamente, tanatorio para cementerio. Y ello a pesar de que cementerio fuese originalmente un eufemismo en griego construido a partir de su significado literal de dormitorio.

La muerte y las enfermedades. Vg.: hemorroides para almorranas. Y lo interesante de este caso es que, lo mismo hemorroides que almorranas, proceden de la misma palabra griega. Y, si hemorroides tiene un marcado sabor eufemístico mientras que almorranas tiene un marcado sabor disfemístico, no es porque no signifiquen etimológicamente lo mismo, sino porque el término hemorroides es preferentemente usado en la jerga médica, mientras que el término almorranas es preferentemente usado en el lenguaje ordinario.

Pero, además de esta función principal consistente en permitirnos nombrar a todos esos objetos, el eufemismo lleva a cabo otras funciones añadidas. Hasta tal punto es esto así que la vida en sociedad sería difícilmente concebible sin el recurso al eufemismo, pues el eufemismo se usa también para:

Ser cortés o respetuoso Vg.: Mi señora esposa o mi señor esposo para mi mujer o mi marido, respectivamente. En la actualidad los profesores K. Allan y K. Burridge, que son los autores de un excelente libro sobre el eufemismo y el disfemismo que se ha convertido en un clásico sobre el tema (Allan y Burridge, 1991), están trabajando en un nuevo libro cuyo título provisional es Taboo and the Censoring of Language en el que, entre otros temas, tocan este punto. Los borradores de este trabajo pueden encontrarse en Internet en http://www.arts.monash.edu/ling/spec/tcl/.

Elevar la dignidad de una profesión u oficio. Vg.: Barman para camarero; chef para jefe de cocina; maître para jefe de camareros o jefe de comedor; tripulante de cabina/auxiliar de vuelo para azafata; etc. Nótese que la palabra azafata –que originalmente significaba “criada de la reina, a quien servía los vestidos y alhajas que se había de poner y los recogía cuando se los quitaba” (DRAE) y se usó por las compañías aéreas españolas por su función eufemística de elevar la dignidad de una profesión, lo que no se habría conseguido con el uso de los términos camarera o moza (Lázaro Carreter, 1997: 590-593)–, ha dejado parcialmente de ejercer esa función desde que se usa como sustitutivo eufemístico de puta, especialmente en los anuncios eróticos de los periódicos. En México, por el contrario, las auxiliares de vuelo recibieron el nombre de aeromozas mediante un calco del francés hôtesse de l’air y el resultado ha sido que aeromoza no ha pasado a tener un significado disfemístico, al menos que yo sepa.

Algunos de esos eufemismos son préstamos. Los préstamos se utilizan muy frecuentemente como eufemismos, especialmente cuando las palabras que se toman como préstamos proceden de lenguas que se consideran más cultas, refinadas o elegantes (Sagarin, 1968: 47-49). De hecho, el término puta, por ejemplo, fue tomado del italiano –cuando el italiano era considerada la lengua europea de la cultura en el Renacimiento– como un eufemismo, aunque ahora sea un evidente disfemismo. Sorprendentemente, cuando un préstamo se usa en la lengua término con un significado eufemístico, éste no suele estar presente en la lengua origen. Así, el español ha tomado prestado el sustantivo inglés relax y el sustantivo finlandés sauna como sustitutivos eufemísticos de prostitución y burdel, respectivamente, aunque esos términos no tengan estos usos eufemísticos en sus respectivas lenguas origen.

Dignificar a una persona que sufre alguna enfermedad, minusvalía o situación penosa. Vg.: Ser trisómico del par 21 o padecer/sufrir el síndrome de Down para mongólico; tercera edad o mayores para viejos; invidente para ciego; etc.

Atenuar una evocación penosa. Vg.: Dormirse en el Señor o exhalar el espíritu para morir. Los eufemismos para morir son especialmente abundantes y proceden de muy diversos dominios origen, especialmente del dominio del viajar y del dominio del sueño/descanso. Así, del dominio del viajar, y sin pretender ser exhaustivos, podemos citar los siguientes: liar el petate, irse al otro barrio, irse al otro mundo, irse al cielo, abandonar este mundo, irse a la gloria, hacer el último viaje o irse al seno de Abrahán. Y, del dominio del sueño/descanso, los eufemismos usaderos no son menos abundantes: descansar en el Señor, dormir el sueño de los justos, dormir el sueño eterno, dormirse en el Señor o descansar en paz.

A veces el sustituto eufemístico al que se recurre para evitar la evocación penosa que conlleva el término vitando produce efectos casi humorísticos. La jerga médica y/o paramédica está plagada de este tipo de eufemismos. Véase, a título de ejemplo, el siguiente caso: “From the department of tasteless euphemisms. Reader Aidan Merritt used to work for an organisation that tabulates medical statistics. Its reports invariably replaced the unfriendly word ‘deaths’ by ‘unscheduled bed vacancies’”. (New Scientist, cubierta posterior, noviembre de 2003, p. 84. Agradezco a mi amiga Brigitte Nerlich el haberme comunicado este sabroso ejemplo).

Ser políticamente correcto. Vg.: Países surgentes o tercer mundo para países pobres. El llamado “lenguaje políticamente correcto” es básicamente e”ufemístico. A veces los excesos del lenguaje políticamente correcto pueden llegar a extremos insospechados. A este respecto quiero recordar que la Asociación Sociológica Británica, rizando el rizo de lo políticamente correcto, ha recomendado que no se use el adjetivo seminal y que, en su lugar, se usen adjetivos tales como classical o formative (Chamizo Domínguez y Nerlich, 2002). Parece ser que alguien ha descubierto de nuevo el Mediterráneo y, al haberse enterado que seminal procede etimológicamente de semen –que en latín significaba literalmente semilla y metafóricamente lo que en las lenguas modernas es ahora su significado literal, esto es “conjunto de espermatozoides y sustancias fluidas que se producen en el aparato genital masculino de los animales y de la especie humana” (DRAE)– ha decidido declarar al adjetivo en cuestión una palabra machista y, por ende, políticamente incorrecta. Pero, además, el caso es más interesante si cabe, dado que es harto dudoso que los otros adjetivos que se proponen como sinónimos, funcionen como tales en cualesquiera contextos.

Los excesos de cautela del lenguaje políticamente correcto rozan a veces la beatería, lo ridículo y hasta lo autocontradictorio. A raíz del atentado de la Torres Gemelas, de Nueva York, se puso en circulación el sintagma tolerancia cero para significar que se iba a perseguir sin tregua al terrorismo. Ahora bien, tolerancia cero no es más que un sustituto eufemístico de intolerancia, término éste que alguien debió considerar demasiado políticamente incorrecto y disfemístico. El resultado de ello es que ya no se puede ser “intolerante” ni tan siquiera con el terrorismo. Crucemos los dedos y confiemos en que a ninguna mente bienpensante se le ocurra que el título de la conocida película, de D. W. Griffiths, Intolerance (1916) deba ser desde ahora Zero Tolerance, para no herir algunas susceptibilidades.

Permitir manipular los objetos ideológicamente. Vg.: Nasciturus o embrión para feto o criatura; o interrupción voluntaria del embarazo para aborto. Este proceso de ingeniería semántica es el que permite que podamos manipular sin graves problemas de conciencia a un embrión cuando utilizamos el término nasciturus, cosa que probablemente no ocurriría si utilizásemos el término embrión, aunque muy probablemente la referencia de ambos términos sea la misma. En función de lo anterior se ha llamado a los eufemismos “palabras corrosivas” (Mitchell, 2001), pero, a pesar de su poder corrosivo, son ineludibles en el lenguaje cotidiano y muchas veces también en los lenguajes especializados, especialmente en el lenguaje de la medicina y la biología.

Evitar agravios étnicos. Vg.: Subsahariano/subsahariana para evitar el disfemismo negro/negra en español o Afro-American para evitar el disfemismo black en inglés; caucásico/caucásica para blanco/blanca; o magrebí para evitar el disfemismo moro. Y obsérvese que, aunque blanco/blanca no suelan tener connotaciones disfemísticas, suelen ser sustituidos por caucásico/caucásica para mantener la analogía con el caso de negro/negra.

Evitar agravios relacionados con la condición sexual de una persona. Vg.: gay para evitar el disfemismo maricón o lesbiana para evitar el disfemismo tortillera. Y obsérvese que, mientras que tortillera es un disfemismo en el español de España, en México es un término axiológicamente neutro que no significa más que “persona que por oficio hace o vende tortillas, principalmente de maíz” (DRAE).

Recopilando, la metáfora consiste en la adjudicación a un término, en el contexto de una proferencia, de un significado distinto de su significado literal. Esta transferencia de significado tiene una función cognitiva de primera magnitud que ha sido tradicionalmente valorada de forma positiva o negativa, pero que casi nadie ha negado. Y, finalmente, algunos hipónimos de metáfora (ironía, lítotes o eufemismo) ejercen, además, funciones sociales que harían difícilmente imaginable la convivencia social si tales recursos lingüísticos y cognitivos no existieran.

Notas
[1] Hipertexto: http://www.medtrad.org/panacea/IndiceGeneral/n13-14_tribuna-metafora.pdf

[2] Hipertexto: http://www.ensayistas.org/critica/retorica/varios/chamizo.htm

[3] Hipertexto: http://www.ensayistas.org/critica/retorica/varios/chamizo.htm

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Una respuesta

  1. [...] La metáfora…. De lo literal a lo   literario [...]

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