Victor Farías: ¿lenguaraz?… o, ¿difamador prosesional?

Por: Sergio Sánchez Rodríguez
Fuente: www.elclarin.cl (11.07.09)

Título original del artículo: “La tesis de grado de Salvador Allende y las acusaciones difamatorias de Víctor Farías”
En Latinoamérica, la criminología estuvo íntimamente ligada a la medicina legal y a la psiquiatría. En los afanes de “medicina social” iba implícito el propósito de reforma, pues la criminalidad –pese al componente biológico que todos los defensores del lombrosianismo le reconocían- se derivaba de condiciones ambientales inadecuadas o paupérrimas, que podían y debían ser corregidas. El delito, pues, aparecía como un problema de salud pública.

De allí su tratamiento conjunto con temas como la prevención del alcoholismo, las enfermedades venéreas y las toxicomanías. El ex presidente Salvador Allende hizo su Memoria de grado sobre estas materias y con ese preciso enfoque. En 1933, presentó a las autoridades de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile su trabajo Higiene mental y delincuencia. El joven aspirante a médico, humanista convencido y armado de ideales de reforma social radical, postula en términos generales, lo que era la ortodoxia criminológica de su tiempo, que ponía especial énfasis en el delincuente mismo, en su carga hereditaria y en el medio ambiente que desencadenaba la aparición de las conductas antisociales. Por supuesto, desarrolla conceptos habituales en la Scuola y sus continuadores: etiología del delito y profilaxis; influencia del clima, de la raza y “delitos colectivos”. Como socialista, Allende considera que un adecuado concepto de “higiene mental” producirá un cambio en las condiciones de vida del pueblo, sacándolo de su postración y miseria. La “higiene mental” puede abrir paso a la prevención efectiva del delito, postergando a la mera represión (basada en quimeras pre-científicas y, en definitiva, en una peligrosa ignorancia). Realiza Allende una declaración que, en el tono y contenido, se revela deudora de las pretensiones del positivismo:

“La beneficencia de ayer es la asistencia social de hoy. La necesidad colectiva ha supeditado a la bondad personal.

“Y así… frente a los problemas de la mente y de la delincuencia, la humanidad ha recorrido y está recorriendo un largo y accidentado camino. El loco y el delincuente han dejado de ser escarnecidos, despreciados, aherrojados. Una amplia comprensión, basada en hechos científicos, ha puesto fin a su martirio; y ese complejo humano, ilimitado, variable y oscuro, que forman locos y delincuentes, se ha iluminado, en gran parte, a la luz de estudios recientes” (1933: Introducción).

Los estudios recientes a los que alude Allende son, precisamente, los de la antropología criminal que le era coetánea y constituía, para todos los estudiosos de la época, sobre todo para los médicos de estas latitudes, un cuerpo no dogmático pero sí casi obligatorio de conocimientos.

Sin embargo, esto no ha impedido que el escritor Víctor Farías, con un envidiable sentido de la oportunidad, perpetrara un libro que lleva el título de Salvador Allende. Antisemitismo y eutanasia (Editorial Maye, Santiago, 2005). El tremebundo “descubrimiento”, como es típico del personaje citado, resulta bastante trivial: la escuela lombrosiana ha seducido al joven Allende, allá por los años treinta. Suponer que esa adhesión es una muestra de antisemitismo o, incluso, de “nazismo”, es una imputación ridícula y sólo puede obtener audiencia por el prontuario de supuesto “desmitificador” que Farías explota, para edificación moral de sus insensibles contemporáneos (que, mezquinos ellos, no siempre están dispuestos a compartir sus obsesiones).

Cabe preguntarse, llegados a este punto, de dónde surge el pretendido antisemitismo de Allende -considerando que Gossens, su segundo apellido es de origen “sefaradí”. La explicación radica en la parte de su tesis en que Allende menciona la variable “raza”, en cuanto relacionada con ciertos tipos de criminalidad. El joven tesista sólo se ha limitado a seguir a Lombroso, nacido de familia judía, y al que difícilmente podrían adjudicársele pulsiones antisemitas (en 1894 publicó, de hecho, una fuerte requisitoria –como judío y como científico- contra la judeofobia de su tiempo: el libro El antisemitismo y la ciencia moderna). Con acierto, Joan Garcés ha destacado algunos fragmentos en que Lombroso especula en esta específica dirección, en la obra –que ya abordamos en el capítulo IV- El delito. Sus causas y remedios (1902) y que fueron citados por Allende. Veamos los textos concretos de Lombroso:

Indostánicos: “En la India hay una tribu, la de los Zacka-Khail, cuya profesión es la de robar. Cuando nace un niño, le consagran haciéndole pasar por una brecha practicada en el muro de la casa, repitiendo por tres veces las palabras ‘sé ladrón’” (1902: 36).

Árabes (los otros semitas): “Entre los árabes (beduinos) hay tribus honradas y laboriosas; pero hay muchas más de tendencias parasitarias, conocidas por su espíritu aventurero, su valor imprudente, sus cambios continuados, su falta de ocupación y su tendencia al robo” (1902: 36-37).
Gitanos: “(…) los gitanos, una raza de criminales con todas sus pasiones y vicios (…) son vengativos hasta el extremo (…) vanidosos como todos los criminales (…) feroces, asesinan sin remordimientos” (1902: 57-59).

Judíos: “La criminalidad específica de los judíos (…) en Francia se encuentran familias enteras de estafadores y ladrones (…) los condenados por asesinato son raros (…) los judíos rusos son, especialmente, usureros, monederos falsos (…) En Prusia eran muy frecuentes en otro tiempo las condenas de judíos por falsedades y calumnias (…)” (1902: 35-60).

Los que quedan en peor pie, para la clasificación lombrosiana, son los gitanos, qué duda cabe. En el caso de los judíos, el alienista habla de “cuando delinquen” (de lo contrario, ¡se habría incluido a sí mismo!), sin atribuirles una delictuosidad intrínseca, aunque sí una especial inclinación por cierto rango de conductas (“los condenados por asesinato son raros”). Ahora bien, hoy nos resulta evidente que estas curiosas tipologías provienen, sin duda, de inveterados prejuicios y de condiciones socio-económicas concretas, que no dicen relación con “la raza”. Empero, cuando Lombroso escribe, lo hace dentro de los límites y la perspectiva del determinismo racial, que era un sustrato teórico incuestionado, casi con el rango de paradigma, esto es, como una asunción generalizada e inconsciente de un todo un gremio científico.

¿Asume Allende estas ideas de forma irreflexiva o acrítica? En modo alguno, pues afirma que no han sido confirmadas por la evidencia. O sea, el joven médico no se adhiere a la tesis de una correlación entre tipos de criminalidad y factores étnicos en cuanto tales (que la población judía de Francia, por ejemplo, esté vinculada a cierto tipo de actividad económica, sólo indica que la minoría de esa población que cometa delitos, lo hará en un ámbito que le es más próximo). ¿Dónde queda, pues, el antisemitismo de Allende? ¿Dónde, el carácter filo-nazi de su Memoria?

Como bien recuerda Garcés (2005), uno de los amigos más egregios de Allende fue Israel Drapkin, adalid de la criminología en Chile, que finalmente se radicó en Israel y fundó la primera cátedra de criminología en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Suponemos que no aparecerá un nuevo libelo de Farías denunciando el antisemitismo de Drapkin (uno de los intelectuales judíos de más renombre internacional en el período de post-guerra), pues participaba, al igual que Allende, de parecidas ideas criminológicas y había bebido de idénticas fuentes (Vid. Drapkin, 1949).

Podemos entender, por fin, la magnitud de la tergiversación a que ha sido sometida la Memoria de marras y al atrabiliario sensacionalismo que ha rodeado a “la denuncia”. Cuán grotesco es, por ejemplo, el título de la edición española del libro de Farías: Salvador Allende: contra los judíos, los homosexuales y otros ‘degenerados’. El difamador cede aquí a sus propios temores y fijaciones, pues Allende está del todo alejado de esa cruzada purista. Tal es el celo de nuestro autor de best sellers, que suprime los párrafos en que Allende rechaza ciertas exageraciones positivistas y le atribuye –increíblemente- el contenido de las citas que el memorista reproduce. Imaginemos que alguien hace un trabajo histórico y cita a los ideólogos del Ku Klux Klan… ¿sería lícito que un cantamañanas cualquiera le atribuyese al investigador las citas y le acusase de racista y esclavista? Transcribo un fragmento del Gran Dragón Blanco y me cuelgan sus dichos, palabra por palabra. Imaginemos que todo esto se hace con el aparato de escándalo al uso, en un libro con vocación de “pan caliente de librerías”, con glamorosas entrevistas y artículos multimediáticos, en que el desenmascarador es felicitado por su “perspicacia” y su “valentía”, por los “terribles obstáculos” que ha debido superar, etcétera. Imaginémoslo y ya tenemos un “suceso” al estilo de “Víctor Farías contra Allende”. ¿No vemos aquí un proceder no sólo antiacadémico y antiético, sino también delictual (ya que de criminología hablamos)?

Lo de Farías puede explicarse por dos razones, que deben leerse en forma copulativa, pues ninguna se basta a sí misma: 1) al momento de escribir, nuestro aventurero lo ignora todo sobre la historia de la criminología (por cierto, ¡Allende no dedica en su Memoria un solo párrafo al tema de la eutanasia y le da una mención mínima, como al pasar! Incluso, era contrario a la pena de muerte); 2) a sabiendas, Farías saca frases de contexto y manipula el material que con avidez atenaza, lo cual demostraría un singular grado de mala fe. Quisiéramos sentirnos más inclinados por la primera hipótesis. Pero la manipulación del texto y la adulteración de las ideas de la Memoria son obvias, para quien se tome la molestia de leerla.

En todo caso, Farías puede estar satisfecho: le ha dado alas a la difamación y al rumor calumnioso, los que han tenido una acogida extraordinaria en ciertos círculos. Cosechar aplausos, no importa de quiénes ni por qué; es una divisa y una forma de vida. A fuerza de no poder vivir como se piensa, se termina pensando como se vive. Y nosotros también podemos sentirnos complacidos en lo que a Farías respecta, pues, al querer revelarnos una letrina moral imaginaria, la ha materializado en su propia búsqueda.

San Bernardo, Noviembre de 2006.

Por Sergio Sánchez Rodríguez

(Publicado como un anexo en Criminología teórica. La formación del ‘homo criminalis’, Santiago: Editorial Metropolitana, 2008, pp. 227-232)

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