Por: José María Tortosa
Fuente: www.blogs.tercerainformacion.es (12.01.08)
Hugo Chávez ha propuesto que las FARC dejen de estar consideradas, en las listas oficiales, como “terroristas” y que pasen a ser vistas como lo que son: insurgentes. Guerrillero, efectivamente, no es lo mismo que terrorista.
De entrada, conviene recordar que no existe una definición consensuada sobre qué es terrorismo. Naciones Unidas no lo ha conseguido y los Estados Unidos disponen de varias definiciones que, además, han ido cambiando a lo largo del tiempo. La palabra terrorista, pues, que carecía de definición, sigue careciendo de ella.
La definición pragmática (”será terrorista la organización que esté incluida en la lista negra”) es problemática. Las dos más importantes (la del Departamento de Estado y la de la Unión Europea) no coinciden entre sí. Pero hay más: por lo que respecta al terrorismo internacional, y aunque la Unión Europea sí tiene una definición común, después resulta que cada uno de los países que la componen tienen sus propias definiciones que son las que usan para generar estadísticas al respecto que, como la Europol reconoce, hacen perder bastante valor a las estadísticas obtenidas sumando los datos de las policías de cada país. Las estadísticas del Departamento de Estado, que, por imperativo legal, debe presentar cada año (tenemos los datos de 2006, pero todavía no los de 2007, que se harán públicos en abril), tampoco son muy clarificadoras.
Las listas no sólo no coinciden sino que son de quita y pon. Quiero decir que se supone que tiene miembros que después resulta que no aparecen en la lista (algunos conservadores estadounidenses criticaron a su gobierno conservador por entablar negociaciones con un país terrorista -Corea del Norte- arguyendo que estaba en la lista, cuando en realidad no aparece). O hay miembros que hoy aparecen y mañana no están o viceversa.
Sin definición unívoca y estas anomalías, las listas no son una buena fuente para saber quiénes son terroristas y quiénes no: su contenido está motivado por cuestiones políticas coyunturales y por eso aparecen y desaparecen sus miembros a tenor de lo que interesa en ese momento al gobierno de los Estados Unidos (así fue, por ejemplo, la inclusión de ETA en la lista, que se hizo oficial coincidiendo con una visita de José María Aznar, entonces presidente, a Washington).
Algunos gobiernos se enteraron de que algunos de sus problemas con la violencia eran causados por “terroristas” gracias a la lista del Departamento de Estado. Fue el caso del gobierno japonés, que nunca había pensado que Aum Shinrikyo fuese terrorista y que, cuando los vio en la lista comenzó a hablar de ellos utilizando la palabra. El otro caso, todo hay que decirlo, fueron las FARC que pasaron de guerrilleros a narcoguerrilleros y de ahí a terroristas.
Supongamos que se acepta la definición que dio Joseph Nye en 2004: “Es un viejo método de lucha que a menudo se define como el ataque deliberado en contra de inocentes con el fin de sembrar el miedo”. Las FARC lo han hecho. Pero también el Estado de Israel con sus “asesinatos selectivos” o la policía de muchos países (Estados Unidos, España entre ellos) cuando se “extralimita” en las manifestaciones o incluso con algunos detenidos.
Definir a algún grupo como terrorista tiene sus efectos y por eso se evitan definiciones internacionales que se aplicarían a los mismos que las patrocinan. En general, no ayuda a comprender mejor qué está pasando.
En el caso de las FARC (no voy a discutir el carácter inhumano de sus secuestros contra todo derecho humano, como, para España, ha denunciado Amnistía Internacional con respecto a algunas prácticas de ETA) parece obvio que comenzó como insurgencia, como guerrilla, es decir, como grupo armado que ocupa territorios en su búsqueda del poder del gobierno central. Eso fue lo de Sierra Maestra (victorioso) y eso fue el Che en Bolivia (fracasado). El caso de ETA es diferente. A lo más, se podría clasificar como guerrilla urbana, pero no es ése ahora mi tema.
Volviendo a las FARC, ese grupo armado tiene que afrontar dos problemas importantes: el de mantener la moral (la teoría de la bicicleta: si dejas de pedalear, te caes) y el de la financiación (el avituallamiento cotidiano y en armas y municiones del grupo ha de venir de algún sitio). El primer problema les lleva a comportamientos que, desde fuera, suenan a mafiosos: todo vale con tal de mantener al grupo pedaleando y con tal de afrontar las bajas, defecciones y desánimos que se producen cuando el fin se ve cada día más lejos. El segundo problema se solucionaba, en tiempos de la Guerra Fría, recurriendo a la financiación del enemigo de mi enemigo (los anti-soviéticos recibían ayuda de los Estados Unidos -como fue el caso de los talibán y en concreto de Osama bin Laden- y los anti-americanos recibían fraternal ayuda de la Unión Soviética -con la sangrante excepción de la guerrilla del Che en Bolivia-). Como eso ha terminado, la financiación hay que buscarla donde esté. Hay muchos medios: diásporas (el caso del IRA), acceso a recursos y materias primas (diamantes, petróleo, Sierra Leona por ejemplo), narcotráfico (las FARC), extorsión (ETA, FARC) y secuestro (FARC y, cada vez menos, ETA).
Si se insiste, algunas prácticas de las FARC son ahora calificables de terrorismo. Como lo fue la matanza de Acteal en México, por parte del ejército, cuyo décimo aniversario de impunidad se conmemoró hace pocos días. Pero, insisto yo, cómo se califique un acto no ayuda mucho a evitar que se repita. Ni siquiera, en el caso de que sea eso lo que se pretende, a castigar a sus autores.
Lo que sucede es que George W. Bush afirmó en su “National Strategy for Combating Terrorism” de 2003 (hay una versión actualizada en 2006) que el terrorismo es “la violencia, premeditada y motivada políticamente, perpetrada contra objetivos no combatientes por parte de grupos subnacionales o agentes clandestinos” y que “el enemigo no es una persona. No es un régimen político determinado. Ciertamente, no es una religión. El enemigo es el terrorismo”. A partir de esa definición (que excluye al terrorismo de Estado) y esa declaración, los que quieren ayuda del Gran Hermano buscan desesperadamente que sus enemigos aparezcan como enemigos de sus propios amigos. Con ello afianzan la amistad, por un lado, y, por otro, consiguen la ayuda que en otros tiempos funcionaba con la lógica de la Guerra Fría.
Sigo pensando que la palabra terrorista (terrorista como palabra y el terrorismo de la palabra) no es el mejor camino para resolver algunos problemas que se manifiestan con este tipo particular de violencia. Ni la inclusión o exclusión de una lista tan problemática sirve para mucho. Eso sí, tiene el componente propagandístico que Chávez ha utilizado. Sea. Pero es propaganda. No sirve para mucho más. La violencia (más o menos irracional) de las FARC (o de ETA) seguirá existiendo si su existencia depende de cómo la llamemos. Y también la de los respectivos Estados. Y de otros muchos que en el mundo han sido.
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