Crítica de la Modernidad

Por: Hernán Montecinos
Fuente: Tomado del ensayo: “Del pensamiento mágico al posmoderno”. Autor Hernán Montecinos.

La condición optimista, en relación con los fines fundamentales de la Modernidad, no vislumbra en un principio las debilidades que debían prontamente sobrevenirle. Así, ya antes de la Posmodcrnidad, la Modernidad se encuentra sujeta a implacables críticas. En ese contexto, la historia sabe reconocer, entre otros, las críticas de Marx, Nietzsche, Weber, Adorno y las del romanticismo y existencialismo, entre otros.

El romanticismo

El romanticismo, como movimiento estético, es la primera expresión que empieza a manifestarse en contra del excesivo racionalismo que caracteriza al tiempo moderno. Bertrand Russell sostiene que éste no fue un mero movimiento estético, sino una actitud vital, una manera de asumir el mundo y su presencia en él, alejadas del positivismo modernista.

Como se sabe, a fines del siglo XVIll el pensamiento se había acrisolado en vigorosos sistemas de ideas. Por una parte, la Ilustración francesa y, por otra, el empirismo ingles y el racionalismo alemán. De allí que la Modernidad queda a un paso de quedar caracterizada por el sentido utilitarista en la visión, experimentación v desarrollo de todas las cosas. La confianza en la capacidad del hombre para la comprensión del mundo y ordenarlo a su modo habían llegado a su clímax y a su máximo apogeo.

Pero, si Bertrand Russell es de opinión que el romanticismo es una actitud vital, otros piensan que éste se muestra como un mero estado de fuga, de evasión, ante una realidad presente que demostraba todo un vigor cuya fuerza nunca antes la humanidad había conocido. Así y todo, cualesquiera que sean las visiones que se puedan haber tenido sobre el romanticismo, lo cierto es que este movimiento es la primera manifestación en contra del entonces altanero modernismo. En este contexto, el extravío de la humanidad en un orbe de cosas sin sentido, sin significación trascendente, la confusión do los valores y perdida de sueños e ilusiones que se olvidan, os lo que fundamenta el surgimiento del romanticismo que no acepta un mundo sólo bajo el signo del positivismo. Parte de la base que el modernismo, con su apología al racionalismo, es fuente de la desacralización en que vivimos, aquella que nos describe el periodismo, la que nos vende la publicidad, la que moldea el ideologismo. El romanticismo afirma que un Universo explorado y explotado por la ciencia, manipulado por la técnica, transformado por la industria, se va transformando gradualmente en un reino do desechos y escombros en donde sobra toda poesía, toda filosofía, toda inteligencia coartando la posibilidad misma de la creatividad y la belleza.

Si bien la razón excluía todo aquello que no podía ser claramente explicable en su origen, medible en su extensión, previsible en su funcionamiento y expresable mediante fórmulas fijas, el romanticismo se esfuerza por demostrar que, más allá de ello, existen otras realidades que a pesar de no encontrarse expuestas a tales consideraciones, existen, y por tal, no pueden excluirse indiscriminadamente como si no existieran. Los sueños, el dolor, la enfermedad, el amor, la locura, la imaginación, la pasión, tanto como las esperanzas y los presentimientos existen, a pesar de que no puedan ser explicados ni comprendidos por la lógica racionalista. El romanticismo puede ser mirado como un resultado inevitable y como la primera vía desarrollada por el propio hombre moderno para escapar de ese mundo gris en el que la mirada de la ciencia y la operatividad de los criterios técnicos se han transformado finalmente en la ideología dominante. En buena medida, el romanticismo refleja, en el fundamento de su crítica, el momento en el cual la Modernidad inicia su propia autocrítica. Se reivindica, entonces, aquella otra parte fuera de la razón que había quedado desplazada por las fuerzas de las ideologías ilustradas y modernizantes, la que irrumpe para poner en tela de juicio a esa voluntad de orden, de control y de sistematización con el que una Modernidad jovial y demasiado segura de sí misma había reaccionado frente a las ideas anteriores. De este modo, el oculto mundo de las fantasías, del sueño y de la sensualidad salen con decisión provocativa para mostrar al hombre que no sólo hay un camino para acceder a la existencia, sino que debe aprender, también, a valorar lo inexplicable, lo inaudito, lo que nunca se deja someter a ningún criterio, a ningún procedimiento.

El romanticismo surge de aquel fondo oscuro capaz de encontrar una explicación a lo que la lógica racionalista no puede con sus formulaciones deterministas y matemáticas. Corresponde a una época de pasión y exaltación en que la profusión artística va a responder a una lógica de medición distinta a la del racionalismo. Representó un torbellino salvaje de emociones que elevó a sus más grandes alturas a las jóvenes generaciones. Es así como en Francia, Inglaterra y Alemania, las mismas tierras en donde habían prosperado la lógica de la razón, empiezan a alzarse letras, voces, músicas e imágenes que vienen a manifestar la expresión de una nueva sensualidad como contrapartida ante la gravedad y la enormidad de una naturaleza que sólo nos sabía entregar utilitarismo en todas las cosas.

También podemos pensar que el romanticismo, más que una época fue la representación de un augurio. Un augurio, en la medida que adelanta un presentimiento respecto de un futuro acallado por fuerzas que nos dejan ignorantes para explicamos las cosas que la lógica no alcanza. Lo anterior, más aún cuando para existir y sobrevivir se nos hace forzoso creer sólo en las evidencias, sin pensar que éstas puedan representar sólo ilusiones. Puede ser, entonces, que nuestro problema no se encuentre radicado en las fantasías y emociones que nos produce el mundo sensible, sino en que somos demasiado sensatos, demasiado cuerdos, demasiado precisos. En definitiva, el romanticismo postula que la razón no puede ser el único elemento de valoración final del mundo y de las cosas porque allí donde la razón encuentra su límite empieza lo otro, vale decir, lo sensual, lo divino y lo fantasioso.

La crítica de Marx

Si bien hay acuerdo en considerar a Marx un moderno, éste aspira a llevar hasta sus últimas consecuencias los objetivos emancipadores de la Modernidad, lo que lo lleva a poner al descubierto sus negatividades y debilitamientos. En tal sentido subraya el terrible costo social y humano que el progreso ha tenido para la naciente clase proletaria surgida con el productivismo industrial.

Señala que el dominio del hombre sobre la naturaleza se ha traducido en un dominio mayor expresado en la explotación, alienación y enajenación del hombre. La crítica de Marx, sin embargo, no es ni mucho menos sobre el conjunto de los principios de la Modernidad, toda vez que reconoce y valora los aportes al progreso por efecto de ésta. Centra su crítica, fundamentalmente, sobre la variable capitalista y, en tal campo, se muestra implacable en su denuncia. Pone al descubierto una sofisticada nueva forma de opresión y esclavitud, esto es, la explotación que sufre el proletario por las nuevas formas que adquiere el trabajo capitalista. Pone al descubierto también la lucha de clases que se da en los planos más diversos. La intuición genial de Marx está en haber percibido, tal vez como nadie, esta situación. Supo además interpretar, racionalizar y ubicar en su contexto histórico todo el antagonismo acumulado en las clases sociales con intereses opuestos.

Se puedo decir que el marxismo, al contrario del romanticismo, no correspondió a una actitud asumida exclusivamente por el mundo del arte y del intelecto. Tuvo el mérito de corresponder a aquella actitud vital a que hacía referencia Bertrand Russell, en la medida que supo ser asumida por vastos conglomerados sociales de la humanidad que rebasaron los propios límites intelectuales de sus teóricos fundacionalistas. Tuvo el mérito de hacer estremecer las bases materiales y sociales que sostenían los principios fundacionalistas de la sociedad moderna logrando imponer, a una parte importante de la humanidad, el reemplazo de la sociedad capitalista por la socialista. Es decir, el proyecto marxista no fue una fantasía ni un sueño, ni menos, un estado de evasión y fuga corno el representado por el romanticismo, más que eso, llegó a constituir la finalidad de un proyecto concreto asumido por un vasto conglomerado humano que supo ver en él la consolidación y culminación de una sociedad igualitaria liberada del signo de explotación capitalista.

Penetrar los fenómenos que afloran a la superficie para comprender su profundidad y elaborar como fruto de este análisis una teoría dentro de la cual la situación presente no es sino un episodio de la vida milenaria de la humanidad, incluso en el movimiento cósmico de toda la naturaleza, tal es la tarea que se impone Marx desde sus primeros escritos. Pero, lo fundamental de su obra es que no se circunscribe a lo puramente especulativo, no se limita a presentar un mero diagnóstico de la realidad y a enunciar las leyes que la gobiernan. Su pensamiento se encuentra marcado por el apremio de una acción transformadora que introduzca el orden, la equidad y el humanismo en un mundo que describe como deshumanizado y absurdo. Si penetra en la realidad es para desentrañar las leyes que rigen su desenvolvimiento con el propósito de utilizar las mismas en orden a cambiar la situación del hombre para hacerla genuinamente humana. La posición de Marx no se asemeja, ni mucho menos, a la del típico moralista que se rebela en contra de las injusticias de la sociedad, toda vez que buscará una base de orden científico, esto es, las leyes mismas de la evolución de la sociedad.

La crítica de Nietzsche

Nietzsche, al criticar los conceptos de superación y progreso postulados por la Modernidad, descalifica a la historia como proceso ascendente que se inspira bajo el principio de lo nuevo. Postula que no hay ascenso sino retorno, y niega el proceso de desarrollo de la razón y del progreso dentro de los conceptos mismos y de los objetivos prefijados por la Modernidad. Atribuye el peligro de lo moderno al ilimitado uso de la ciencia, el racionalismo y la muerte de Dios. Su desconfianza en los principios normativos del nuevo orden moderno y, más aún, en todos los principios normativos de la cultura occidental, lo hacen crear toda una filosofía nueva que representa el nuevo carácter de su pensamiento. De otra parte, se muestra premonitor en sus concepciones filosóficas de representaciones más profundas. Y este carácter se asienta y determina en la medida que reflexionamos y conceptualizamos la situación actual en que nos encontramos viviendo. Entonces, más allá de la importancia del carácter crítico de su filosofía contra toda sistematización y racionalización en el pensamiento, surge su visión premonitora de lo que ha estado aconteciendo en el presente siglo. Y tanto es así, que ya hace más de un siglo escribe:

«Conozco mi destino. Alguna vez irá unido a mi nombre el recuerdo de algo gigantesco, de una crisis como jamás la había habido en la tierra, de la más profunda colisión de conciencia, de una decisión tomada mediante un conjuro contra todo lo que hasta ese momento se había creído, exigido, santificado. Yo no soy un hombre, soy dinamita.» (Ecce homo. 1888.)

Las críticas a la Modernidad tienen el mérito de haber denunciado sus elementos negativos en un tiempo en que aún no se vislumbraba muy claramente lo que sería su actual crisis; es más, estas denuncias se hicieron en un periodo en que se la miraba con gran optimismo. En otras palabras, constituyen juicios de hombres visionarios que tempranamente supieron anticipar premoniciones más o menos ajustadas a lo que hoy ha llegado a ser la realidad de la Modernidad. Pero, tiene que sobrevenir un tiempo de crisis mayor para que la credibilidad del tiempo moderno sea puesta en duda dentro del espíritu de una sensación más generalizada. Así, la mayor universalización de la crítica de la Modernidad viene a ser planteada recién en el periodo contemporáneo, en la mitad del presente siglo, a través de la filosofía de la existencia. La crítica existencialista

Son hijos naturales de la Modernidad la amenaza nuclear, el deterioro ambiental, las guerras mundiales, la explotación, etc. De otra parte, los problemas derivados del industrialismo y las urbanizaciones desembocan en el desarraigo de millones de personas bajo economías capitalistas que derivan en profundos desajustes sociales.

Estas y otras consecuencias de la Modernidad van a concitar las fuentes vivas de la filosofía existencialista en donde el retorno a lo fundamental se convertirá en una obligación estricta. Así, para la filosofía de la existencia, se plantea a la humanidad el problema concreto, práctico de otorgar una significación y un valor a la existencia humana. Son las dos guerras mundiales las que ejercen una influencia determinante en el resurgimiento de la filosofía de la existencia. En gran medida obligan a todas las filosofías existentes a ser filosofías de la existencia porque los fundamentos de la existencia eran puestos en duda y la respuesta no podía ser postergada. No es casual, entonces, que el existencialismo haya conocido su mayor auge después de grandes situaciones trágicas. En Alemania, después de la derrota de 1918, en Francia, después de la de 1940. El derrumbe de los marcos sociales, políticos, nacionales y espirituales que daban cierta consistencia a la vida, condujeron al hombre a adquirir conciencia de su responsabilidad personal, de su libertad en un mundo en ruinas. Es un ataque general contra la concepción de un mundo vaciado de la presencia del hombre. Este ataque será iniciado por Edmund Husserl, quien va a dejar la puerta abierta para lo que más tarde se convertiría en la filosofía de la existencia.

Husserl plantea una lucha no contra la ciencia misma, sino contra una concepción de ella, la del positivismo, que la priva de significación humana. No se puede, ni en las ciencias ni en la vida, hacer abstracción de la presencia del hombre en el sentido más enérgico, esto es, la responsabilidad personal del hombre en la elaboración de la concepción científica del mundo. Husserl tuvo el mérito de formular el problema fundamental al cual debe responder toda filosofía contemporánea: la reducción positivista de la ciencia a una simple serie de hechos arrebata a la ciencia su significación humana porque excluye el problema del sentido y del valor de nuestra existencia.

Pero, es la literatura de Jean Paul Sartre la que sirve de enlace entre la situación posbélica vivida en Europa y las formas conceptuales del existencialismo. En efecto, esta literatura tiene el mérito de detenerse en la descripción de situaciones humanas que llevan grabadas muy fuertemente la huella de la problemática radical del hombre. Esta literatura subraya las situaciones menos respetables, las más dramáticas, las más tristes, las más dolorosas. Estos temas se repiten también en las obras de Simone de Beauvoir, Albert Camus, Kafka y otros.

La Náusea recoge toda la riqueza del pensamiento existencialista de Sartre. En ella plantea el punto de partida de una filosofía de la negación y, más allá de ello, una filosofía del absurdo como contrapartida y respuesta a una filosofía clásica de la afirmación y del valor. La tesis misma de esta novela se nos presenta como un verdadero manifiesto filosófico, en cuanto que el mundo no significa nada en tanto el sujeto mismo carezca de objetivo. Plantea la cuestión del problema metafísico, esto es, el problema del aburrimiento profundo que, al extenderse a los abismos de la existencia, sumerge a los hombres en una indiferencia general. Este aburrimiento es la revelación de lo existente en su totalidad. Es precisamente esta revelación la que asalta al protagonista de La Náusea, Antoine Roquentin. Bastó que un día Roquentin pusiese en duda sus razones de vivir, que se preguntara qué es él y qué es el mundo que lo rodea, para que fuese invadido por un sentimiento de angustia y de absurdo, esto es, por la náusea.

La Náusea viene a representar el sentimiento experimentado hacia lo real cuando se adquiere conciencia de que está desprovisto de razón de ser, de que es absurdo. A partir del momento en que su propia vida ya carece de orientación, ya no está imantada por un objetivo o no tiene ya sentido, Roquentin tiene la impresión de existir a la manera de una cosa, de un objeto. Tal es el punto de partida, la experiencia original que marca la obra literaria y filosófica de Sartre. La crítica del objeto, del mundo objetivo está estrechamente vinculada a la crítica del mundo burgués y de los valores establecidos.

Pero no solamente en La Náusea, sino que también en el Ser y la Nada y el resto de su obra literaria y filosófica Sartre plantea, a través de sus personajes, los conceptos fundamentales de la filosofía existencialista. Tiene la preocupación en toda su obra de hacer adquirir al hombre conciencia aguda de su responsabilidad total y, para ello, demuestra que el fundamento del ser es la libertad. El individuo no es un elemento de un todo o un eslabón de una cadena; su vida no es el desarrollo de una ley. El hombre no florece a la manera de una planta cuyo porvenir entero está inscrito en la simiente; es el artesano, el autor de su propio porvenir.

En la filosofía de la existencia ha hallado su reflejo la crisis del sistema para explicar la inestabilidad y la desorganización de la vida humana en la sociedad burguesa, los sentimientos de angustia, desesperación y desolación del hombre moderno. Según la doctrina existencialista, para adquirir conciencia de sí mismo como «existencia», el hombre ha de encontrarse en una situación límite, por ejemplo, ante la faz de la muerte. En el existencialismo ocupa un lugar preponderante el planteamiento y la solución del problema de la libertad definida como la «elección» que hace el hombre de una posibilidad entre innumerables posibilidades y no por aquella a lo que lo obligan las intrincadas y complejas normativas que imponen los sistemas político-sociales.

Al optimismo de la burguesía, a la confianza en el progreso, en la razón, en la armonía de los intereses y las libertades sucede -en la hora de la decadencia con sus convulsiones, sus antagonismos, sus crisis y sus guerras- una conciencia desdichada que encontrará en el existencialismo negativo su justificación filosófica. La creciente estandarización de los individuos, la paulatina sustitución del yo auténtico por el conjunto de funciones sociales impuestas se expresa con la tendencia a la entrega y al sometimiento voluntario de la propia individualidad a autoridades omnipotentes que la anulan.

Nada puede ilustrar mejor este estado de ánimo de crisis que la filosofía existencialista. Se trata, en definitiva, de una significativa expresión de tal época y, en especial modo, de la crisis de la personalidad. La filosofía de la existencia se debate entre dos opciones: la existencia banal y la existencia auténtica que determinan respectivamente el existencialismo negativo y el positivo. El existencialismo negativo expresa el naufragio de la personalidad en la existencia impersonal que huye de sí misma y que pierde, en la conducta socialmente prescrita, toda su autenticidad. Representa la situación del hombre de las posguerras y su desesperada necesidad de salir de la esclavitud del anónimo para reconquistar su propio, auténtico, yo. El existencialismo positivo, en cambio, nos presenta los temas de la salvación. Esos temas expresan, frente al derrumbe de un mundo, la presencia o posibilidad de una revolución que vendría a ser una especie de redención. El existencialismo positivo señala el sentido de la vida, el empeño para la solución del trabajo, del uso de la técnica y la ciencia, uso que no debe fetichizar y considerar a los métodos científicos como reales, sino que debe dirigirse a un fin, hacia un sentido de la vida y de la historia misma. El ser no está nunca dado, es una tarea, por lo tanto, en realidad, no es un ser, sino un horizonte de posibilidades que se presenta en la historia como un horizonte final abierto, como futuro. Solamente en este sentido hay una trascendencia hacia un futuro como posibilidad y como valor.

La trascendencia hacia el futuro nace del seno de la existencia temporal que, como problema, de hecho se orienta ya hacia una solución y hacia la posibilidad de un valor. En el existencialismo positivo el ser se presenta como ser trascendental que va en la búsqueda de su horizonte. En el existencialismo negativo se postula que se ha perdido definitivamente el ser cuyo principio y fin es imposible volver a hallar. Podríamos concluir afirmando que los elementos posmodernos ya se encuentran presentes en el existencialismo negativo, por su aproximación a las modernas formas del nihilismo. Sin una visión tan radical como la posmodema, el existencialismo, al definir la libertad como una opción entre varias posibilidades, no acepta aquella posibilidad que ya se encuentra orientada por el metarrelato, por cuanto asume que esa posibilidad es una decisión única y exclusivamente del hombre, ya que sólo entonces podrá adquirir la plenitud de su libertad, la cual ya no le es más impuesta

 

 

 

 

About these ads

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 41 seguidores

%d personas les gusta esto: